Abril por Ana Centellas

Aún recuerdo el momento exacto en el que, acurrucados bajo las sábanas que hacía unos instantes habían sido testigos mudos de nuestro amor, decidiste cambiarme el nombre. Nuestra respiración todavía estaba desordenada, inhalábamos el aire con esfuerzo, como si acabásemos de ser arrollados por un tsunami desolador, y pequeñas gotas de sudor permanecían remanentes en nuestros cuerpos, ansiosas por mezclarse de nuevo en el crisol en que ambos nos convertíamos cuando nos dejábamos llevar por la pasión.

—A partir de ahora te llamaré Abril —dijiste, en un cálido susurro que me erizó la piel al instante, sin dejar de mirarme a los ojos, perdido en ellos como si hubieses sido víctima de un embrujo. Una vergüenza súbita se apoderó de mí tan pronto como pronunciaste aquellas palabras y, sin ni siquiera preguntarte el motivo de aquella decisión, la asumí y me acurruqué contra el calor de tu pecho, al amparo de aquel dulce ronroneo que surgía de tus adentros y del que, desde aquel momento, me sentiría una parte importante.

Abril. Desde aquel día me llamaste Abril. Y yo me sentí la lluvia que nos cubría a los dos cada mañana, que limpiaba nuestros cuerpos y refrescaba nuestras mentes cuando ambos abríamos los ojos a un nuevo amanecer. Me sentí el frescor que los dos necesitábamos para no caer en la desidia. Me sentí cálido refugio al que regresar siempre al final de cada día, el que guarece del frío y reconforta cuando lo sientes entre unos brazos que no son los propios. Me sentí la brisa fresca que te alborotaba el pelo y estiraba las comisuras de tus labios hasta deshacerte en sonrisas. Me sentí tisana ardiente en la que tú te sumergías al final de cada día para emerger renovado y siempre empapado en mí.

Aquella noche me llamaste Abril y, desde entonces, dejamos de caminar sobre el asfalto para hacerlo por grandes alfombras de encarnadas amapolas. Dejamos atrás el invierno para vivir en una eterna primavera.

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