Airah por Elena Saavedra

Fuente: pixabay.com
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Había una vez una princesa del próximo oriente en la época de los faraones llamada Airah. Su padre Naftari, se había puesto enfermo y esa misma mañana le había llegado un mensaje urgente. Se moría, los médicos ya no podían hacer nada más por el faraón. Aurora al escuchar la lamentable noticia decidió viajar para ver a su padre antes de su cercana muerte.

Comenzó pues la historia de Airah; joven prometida con un príncipe que la esperaba en palacio, su nombre era Mohamed. Airah era famosa, como ya dije antes por su belleza. Ella cautivaba a todos los hombres su largo pelo trenzado y negro le llega hasta la cintura, sus ojos esmeraldas y su delicado cuerpo hacían que todos se rindieran a sus encantos.

Decidida llamó a su fiel montura, un elefante que la llevaría hasta su padre. Acompañada de unos quince soldados se puso un elegante vestido verde a juego con sus ojos y se subió a su montura para viajar por el desierto hasta el palacio real, que se encontraba a kilómetros de su alcance. Airah montó sobre su fiel montura y seguida de sus quince soldados emprendió su viaje por el árido desierto. Kilómetros y kilómetros andando bajo el caluroso sol a más de cuarenta grados. Los soldados paraban dos veces en un día, una para comer, y otra para dormir.

En la noche del primer día caminando les atacaron unos ladrones y la mayoría de los soldados murieron, el resto huyó dejando a la princesa indefensa. Por suerte la princesa pudo montar a tiempo en su elefante y salir viva del conflicto. Con ella sólo se llevo tres cantaros de agua lo que dificultó aún más su viaje por el desierto. Airah siguió avanzando sin parar durante tres largos días, teniendo la vaga esperanza de encontrar un oasis.

Gracias a una fuerte fuerza de voluntad consiguió cruzar exhausta muchos kilómetros durante esos tres días. El agua ya se le había acabado y comer serpientes era ya un recurso al que no podía recurrir. Airah segura de inminente muerte no pudo evitar derrumbarse esa noche del cansancio y dormir. Al día siguiente levantó la mirada con el alba a pesar de su cansancio siguió avanzado con su elefante kilómetros y kilómetros bajo el sol. Su padre le había enseñado que jamás había que rendirse, así pues aunque se desvanecía de hambre y su elefante ya no pudo llevarla más siguió andando y andando. Ella jamás se daría por vencida. Su esfuerzo pronto dio sus frutos pues a los dos días encontró un lujoso oasis, por fin sus esperanzas se habían cumplido.

Comió y bebió hasta hartarse; elefante estaba de nuevo en plena forma; decidió coger algo de comida y bebida para el camino, y ya al día siguiente emprendería de nuevo su viaje. Con el amanecer se despertó con gran alegría, sabía que pronto llegaría junto a su padre y con esa ilusión siguió su camino. Tras largas horas consiguió deslumbrar alo lejos la ciudad. Contenta avanzó hasta las puertas y cuando entró todo el pueblo se inclinó ante ella. A pesar de todas las adversidades, de todos los obstáculos pudo llegar hasta su padre, el cual se moría a cada segundo que pasaba. Airah cogió su cántaro con algo de agua del oasis, su padre bebió y al rato sus ojos verdes se abrieron. Su pelo gris se volvía negro de nuevo, le crecía y su cuerpo parecía fortalecerse. Naftari volvió a mirar a su hija lleno de vida y la abrazó. Airah pensó que el agua era mágica, pues curó a su padre la enfermedad; sin embargo cuando la abrazó comprendió que no era el agua lo que le había curado sino el amor que ella había puesto en ella.

FIN

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