Apagado por Ricardo Zamorano

No sé cómo sucedió, pero cuando me quise dar cuenta, tenía la cabeza de mi mujer abierta entre mis manos, con la sangre formando regueros rojos sobre los nudillos. Eso es lo único que recuerdo, eso y algo más que no logro entender por más que lo intento cuando puedo. A veces ni siquiera lo recuerdo. A veces ni siquiera sé quién soy. A veces ni siquiera soy consciente de que he de ser alguien. Tan pronto estoy lúcido, como no estoy. Es como si estuviera apagado. Y es en esos momentos de lucidez cuando comprendo que he estado fuera de mí, y cuando recuerdo. Recuerdo el largo cabello color azabache brillante y apelmazado. Un cabello brillante y apelmazado por la abundante sangre, enredándose entre mis dedos, agarrándolos como exigiendo clemencia. Sé lo que pensáis: otro caso de violencia de género. Otro marido cabrón que ha matado a su mujer. Yo no recuerdo lo que pasó, pues lo que sucediera transcurrió en ese estado cada vez más frecuente en el que estoy apagado. Pero os aseguro, con lo que pueda quedar de mi corazón, que jamás había pegado a mi mujer, que jamás la había siquiera gritado. La quería, de […]

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Moscas, moscas y más moscas por Ricardo Zamorano

Los zumbidos son constantes. Pero también el olor. No sé cuánto tiempo llevo aquí, no sé el tiempo que he estado dormido o inconsciente antes de despertar. Por no saber, no sé ni dónde estoy. Solo sé que lo que hay dentro de mi campo de visión es el cielo, aunque lo vea de un sucio morado. También sé que algo me pasa en la mitad izquierda de mi cara, porque no la siento. Ahora imagino que esto fue lo que experimentó mi hermano allá por 1920, cuando solo teníamos ocho años él y once yo. Ese día se dio cuenta que jugar con los avisperos no era nada divertido. Al igual que con el fuego, podías quemarte, o en este caso, un enjambre de avispas podía picarte. Y así ocurrió. El lado derecho de su cara fue la parte más afectada. Quedó tan hinchado como un animal que lleva demasiado tiempo muerto en medio de un camino y al sol. El médico del pueblo le puso una inyección enorme en el culo en su sucia casa, lugar utilizado también como clínica. Milagrosamente no se le infectó más (la aguja debía de estar limpia, al contrario de lo que mi […]

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Un Ave María y dos pensamientos sucios por Ricardo Zamorano

Las malas acciones siempre van un paso por delante de las buenas. Desde luego que sí. En mis cuarenta años como investigador no lo he dudado ni un instante. Y el caso más breve pero más enfermizo que he llevado me lo confirmó en su día, y lo sigue haciendo cada vez que pienso en él. Recibí la llamada a la misma hora que recibimos las llamadas todos los detectives: a las tantas de la madrugada. La habitación aún estaba a oscuras, pero cuando levanté la persiana vi en el horizonte una delgada línea anaranjada. Pronto emergería una cegadora bola blanca que inundaría de luz los tres muebles llenos de polvo de mi cuarto, como un gigantesco ojo acusador. De momento deshacía la penumbra lo suficiente para ver el culo desnudo sobre la cama. El familiar acceso de vergüenza y frustración vino a mi encuentro en forma de rabia, y no tardé en echar al hombre que me había tirado aquella noche. Esta vez era más joven de lo normal. El chico se levantó confuso, luego le sobrevino un repentino enfado, y finalmente sus ojos azules se llenaron de terror. Claro, lo apuntaba con mi pistola. Una vez le hube […]

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Efecto placebo

Hace un día o así, descubrí que las mentiras son como el placebo. Contienen promesas vacías, pero producen el efecto deseado si no se sabe la verdad. No obstante, la estupidez y la poca autoestima también influyen en el resultado. Mi nombre es Edmundo Escolano; sí, el apellido fue objeto de múltiples risas, bromas rectales y motes en el instituto, y eso, sumado a mi creciente obesidad, al estrabismo de mi ojo izquierdo, el cual se giraba hacia el tabique de la nariz, y el leve astigmatismo que me obligaba a llevar unas gafas enormes, hacía de mí un blanco tan claro para los demás chicos y chicas como un oso pardo en la nieve para un cazador furtivo. Todo empezó con una tetera. Sí, la razón por la que voy en este coche, camino de mi nuevo y definitivo hogar es, simple y llanamente, una tetera. Bueno, vale, lo justo sería incluir también al hombre sin ojos y dentadura postiza. De este modo caí, como el bobo que era, en el engaño más viejo y surrealista del mundo. Surrealista hasta que lo vives en tus propias carnes, claro, y en mi caso, este aforismo (o metáfora) es totalmente literal. […]

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