Bang! por Pamela Díaz

Llevo caminando durante varios minutos desde que salí de casa y en ningún momento me he sentido nerviosa. Hasta ahora. Me detengo de golpe cuando lo veo fuera del local, con la espalda apoyada contra la puerta y fumando un cigarrillo.

Aprieto las manos en dos puños rígidos y, sin más vacilaciones, voy directa hacia él.

—Dime dónde está —exijo saber, firme, pero lo único que obtengo a modo de respuesta es una densa nube de humo en mi rostro—. Dime dónde se encuentra —insisto.

—Será mejor que te largues de aquí, muchacha —responde en tono gélido, como si no me conociera; como si hace menos de un año no hubiera estado follándome casi todos los días de la semana.

—Eso lo decidiré yo.

—Matt te ha dejado en paz. ¿No es eso lo que querías? Ahora, si no quieres meterte en problemas, vete muy lejos y rehace tu vida.

Ya es muy tarde para eso. A estas alturas es imposible empezar de cero, pues he estado inmersa en la oscuridad más absoluta durante muchos años. Y para colmo he vuelvo a revivir mi permanente e insoportable pesadilla en los últimos cinco meses.

Aunque nadie pueda percatarse, tengo demasiadas cicatrices invisibles tatuadas bajo mi piel; demasiado odio y rencor albergando en mi interior.

—Si no me ayudas, y sabes muy bien que me lo debes, me las apañaré yo solita.

Él decide ignorarme, así que no pierdo más tiempo y entro en el local. Lo primero que perciben mis ojos es una orgía, que se está llevando a cabo en medio del gran salón. Sin embargo, en vez de apartar la mirada escaneo la treintena de caras desconocidas, cuál de todas más desencajadas por el placer. Pero Matt no se encuentra entre ellos.

Empiezo a esquivar las decenas de cuerpos, todos ellos empapados en sudor y en posturas diferentes, hasta que me detengo frente a tres puertas. Ansiosa, abro la primera y me hallo ante una escena escalofriante: una mujer, estirada sobre un potro, está siendo fuertemente azotada.

Cierro la puerta y, a continuación, me dirijo hacia la segunda. Al acceder a ella, mi corazón deja de latir. Se me acelera la respiración al verlo sentado en un sofá color rojo carmesí. No obstante, Matt está tan absorto en sus propios pensamientos que ni siquiera nota mi presencia.

Mientras él sigue a lo suyo, yo camino despacio hasta situarme a pocos pasos de él. Es entonces cuando levanta la vista y al fin me ve. Pero no se inmuta. Ni tampoco detiene a la pelirroja que le está haciendo una experta mamada.

—¿Qué estás haciendo aquí? —me pregunta con la voz ronca.

—Algo que debería haber hecho hace mucho tiempo.

Enarca las cejas, sorprendido.

—¡No pares! —le gruñe a la prostituta cuando ella intenta alejarse de nosotros, antes de volcar toda su atención de nuevo en mí—. Parece que no has tenido suficiente. Eso, o es que me echas de menos.

—Creo que nadie es tan enfermo como para echar de menos ser violada día y noche. Mucho menos si es tu propio padrastro quien lo hace.

Tras terminar de pronunciar aquellas crudas palabras, que no son más que la mismísima realidad, unas ganas enormes de llorar me invaden. Pero a duras penas trago el nudo que me oprime la garganta y domino las lágrimas que amenazan con brotar.

No quiero parecer vulnerable delante de él. No debo hacerlo. Ahora soy adulta. Y no deseo darle el gusto de verme humillada otra vez.

—Te lo volveré a preguntar. ¿Qué es lo que quieres?

De manera desafiante alzo la barbilla.

—Quiero verte sufrir y padecer como tú has hecho conmigo; hacerte pagar por lo que me hiciste, por lo que permitiste que tus amigos hicieran conmigo cuando yo no era más que una niña y no podía defenderme. —Con la respiración agitada meto la mano dentro del bolsillo de mi gabardina y, a continuación, saco mi revólver. Apunto decidida hacia Matt y, entonces, le digo lo último que ansío decirle—: Quiero verte muerto.

Antes de que pueda abrir la boca y emitir palabra, le disparo. Y, acto seguido, mato a la prostituta también. El sonido de una, dos, tres, cuatro, cinco balas resuenan en la habitación.

Con el corazón latiéndome con poderío, doy un paso hacia atrás para tener un mejor plano de mi primer crimen. La joven pelirroja yace semidesnuda en el suelo; su sangre ennegrece la madera antes inmaculadamente limpia. Y Matt, aún con una erección de caballo, tiene los ojos abiertos y sus labios forman una perfecta «O».

Sonrío. Después de tanto tiempo, sonrío de verdad. Con manos trémulas a causa de la súbita adrenalina, abro el tambor del revólver para asegurarme de que aún puedo ejecutar la última parte de mi plan. Y vuelvo a sonreír tras confirmar que sí podré.

Exhalo un suspiro, largo y tembloroso, y luego sitúo la pistola en mi sien. Me siento pletórica al apreciar la fría superficie de la boca del revólver en contacto con mi piel ardiente, pero sobre todo me siento libre. Al fin puedo saborear la plena y absoluta libertad. Al fin soy la dueña de mi destino.

Y sin pensármelo dos veces aprieto el gatillo. Lo último que mis oídos alcanzan a escuchar es el silbido de la sexta y última bala que había reservado para mí.

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