Buscando refugio por Ana Centellas

Imagen: Pixabay.com

BUSCANDO REFUGIO

Desde aquí, desde mi refugio, mi lugar secreto, ese que no conoce nadie, al fin encuentro ante mí la serenidad que tanto ansiaba. Sentada sobre la nieve, con una taza de chocolate caliente entre las manos, contemplo la maravilla que necesitaba para templar mi ánimo.

No es la primera vez que desaparezco. Lo hago con cierta frecuencia. Reconozco que hay veces en que la vida me viene grande y necesito desaparecer durante unos días. Romper con todo. Trabajo, amigos, incluso familia. Mi ritmo siempre es tan frenético que llega un momento en que la única necesidad que tengo es la de tirar del freno de mano y salir volando de aquí atravesando el parabrisas de la vida. Y lo hago, porque si no lo hiciera dejaría de ser yo para convertirme en un autómata cualquiera que sigue con los ojos cerrados la rutina auto impuesta. Ese sería mi fin.

Un par de veces al año, tres en el peor de los casos, mi familia llega a casa y encuentra una nota mía cuidadosamente sujeta a la puerta de la nevera con un imán cualquiera. Una despedida temporal más, un hasta pronto sentido, una escapada de urgencia. Para cuando esto ocurre, yo ya estoy volando hacia mi refugio. Lo descubrí en un viaje que realicé en la juventud, una escapada de enamorados que nunca más tuvieron el valor de volver a reunirse. Pero de aquella experiencia me quedó el encanto de una pequeña cabaña de madera en mitad de la montaña, en el mismo corazón de los Alpes Suizos, y la oportunidad de comprarla a un precio ridículo. Así que lo hice, algo que jamás llegué a contar a nadie.

Llegué anoche, tras un par de horas de autobús al pueblo más próximo y una caminata sobre la nieve de otra hora de duración a través de la oscuridad. No hay peligro de pérdida, pues yo misma me encargué de balizar buena parte del camino con troncos de los que utilizaba para la lumbre. Ahí es donde comienza mi verdadera liberación, en ese paseo, siempre nocturno, que realizo con mi pequeña mochila y el frontal encendido, cuando solo se escucha el crujir de mis pasos sobre la nieve. La primera noche siempre realizo el mismo ritual, encender la chimenea, que transforma en apenas media hora la fría casita en un confortable hogar, y dormir sobre el suelo enroscada en mi edredón, frente a la lumbre que arde controlada mientras dibuja preciosas sombras que proyecta en todas direcciones.

Esta es la primera mañana de mi última escapada a mi refugio particular. Aquí, sentada sobre la nieve, con una taza de chocolate caliente entre mis manos, como os contaba al principio de esta historia, observo el despertar del día en el horizonte. Los primeros rayos de sol asoman tímidos tras las montañas para, en poco tiempo, brillar con un fulgor deslumbrante sobre las nubes que recubren el valle. Desde mi privilegiada posición en la altura, veo el destello sobre nubes y nieve y me encuentro más cercana al cielo que nunca. Aquí no hay problemas, no hay prisas, no hay estrés, no hay agobios.

Por primera vez, me planteo quedarme para siempre en mi refugio, bajarme de una vez del mundo que gira a velocidad de vértigo y quedarme varada de forma eterna en esta semi-ingravidez que me proporciona la montaña. Sonrío al sol y tomo mi decisión. Es hora de saber si todos aquellos que dicen quererme, lo hacen de tal manera que no les importará perderme en pos de mi bienestar.

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