Campanadas por Fran Rubio Varela

Las campanas sonaban todas, se habían vuelto locas. Sonaban sin razón aparente ante el asombro de la gente , parecían haber sido embrujadas, los campaneros desesperados no sabían como pararlas, ellas teñian los pueblos y sus plazas de su peculiar sonata.

Había un pasaje que hablaba de que habrían fanfarrias sonando desde el cielo el día que  avisaran de un gran cambio. Pero en este mundo ya nadie se acordaba de ellas, ni siquiera se sabía ya que era una fanfarria, así que las campanas asumieron tan elevada labor sonando todas al unísono.

Pero la gente, ésta gente de ahora ya no se sorprendía ni se maravillaba de nada. Se pusieron como siempre que sucedía algo inusual a buscar la respuesta más lógica o si no la encontraban, a buscar aquella que más se les acomodara para sus intereses …

Y mientras las campanas sonaban más fuerte.

Las gentes, muchas de ellas empezaron a alejarse de los campanarios y las plazas, en cambio otros optaron por soportar el estruendo del bronce. Aquellos que volvieron al campo empezaron a recordar lo que era una flor, y la dulce sensación del aire  limpio en sus rostros,vieron jilgueros cantar  y se maravillaban ante tales cosas, incluso muchos de ellos las tomaron por milagros.

Aquellos que quedaron en las urbes pensaban que terminarían callando las dichosas campanas, y si no, pues se acostumbrarían, como a todo en su vida, con una sutil y fría indiferencia,en la que instalados se creían invencibles.

Y así fue, hubo un día en que las campanas enmudecieron, fue el mismo día en que el suelo comenzó a temblar, el mismo día en que las plazas y campanarios callaron y cayeron sobre sus cabezas, aplastando su cruel indiferencia.

Un silencio sepulcral se instauró en todo el mundo tras aquella debacle anunciada por las campanas a falta de fanfarrias y fue sólo roto por la luz de una flor, la sensación del aire limpio y el trinar de los jilgueros…

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