El Espejo cap 6 por Ricardo Zamorano

—Ven, siéntate aquí, chico —le decía el hombre conforme le empujaba del omoplato—. Tendrás frío. Ayna se dejó llevar. Se sentó cerca del fuego, de modo que veía a la mujer de perfil; esta no le quitaba los ojos de encima, unos ojos inexpresivos pero muy brillantes: las llamas dibujaban unos puntitos naranjas en las pupilas que obligaron al chico a retirar la mirada de ellos. El hombre no se sentó; dio media vuelta y fue hacia la carretilla. El antiguo niño lo vio por el rabillo del ojo, pero no le prestó atención. Él estaba mirando el fuego sin verlo. Delante de sus ojos llorosos de nuevo estaban sus padres; esta vez no había podido evitar que los recuerdos se filtrasen en su mente. Eran recuerdos de cuando aún el mundo no era del todo peligroso —siempre lo había sido, pero todavía quedaban los suficientes suministros—. Eran  recuerdos llenos de luz, una luz mucho más intensa que la de la hoguera. Sin embargo, de repente, uno más oscuro intentó abrirse paso. Pudo ver fugazmente a su padre tumbado ya en la cama, calvo, y sin fuerzas. Y justo cuando le iba a decir algo, el hombre habló, y el […]

Seguir leyendo

El Espejo cap 5 por Ricardo Zamorano

Y la encontró, vaya si la encontró. Pero no bajo las estrellas. Fue a las afueras de la ciudad. Anochecía. Le había llevado lo que quedaba de día llegar hasta el cartel con el nombre de la localidad tachado con una línea roja. Lo mismo que ocurría con el sol, ocurría con la luna y las estrellas, por lo que las noches eran totalmente oscuras (no se veía nada de nada ni siquiera a unos centímetros de distancia), y el consejo de buscar a gente bajo la luz de las estrellas se hacía imposible de seguir. Antes de que el mundo se tiñera de negro en su totalidad, Ayna salió de la carretera desesperanzado y buscó en la cuneta un sitio donde pasar la noche. Ya no había hierba verde; no llovía, y el calor por el día era fuego puro, por lo que lo que quedaba de ella era un seco y amarillento recuerdo. Recuerdos. La palpable oscuridad, el silencio que hay en ella, hacía que el sentimiento de soledad se intensificase, y que el cerebro se llenase de imágenes, imágenes dolorosas que no quería volver a ver. Experimentó un poderoso impulso de levantarse y regresar a la iglesia. […]

Seguir leyendo

El Espejo cap 4 por Ricardo Zamorano

Los pasos resonaban dentro de aquella gran sala de suelo de mármol. Pensó que nunca había visto nada igual en su vida, aunque en realidad, nunca había visto nada en su corta vida. Tan solo el interior de aquella casa que ya no era suya y lo que alcanzaba su vista. Siguió avanzando hasta el altar, dejando unos viejos bancos de madera a cada lado. Estaban desvencijados y viejos, pero aun en su mejor momento, tampoco debieron ser gran cosa. Sin embargo, al llegar al altar, no pudo evitar dejar escapar un «oh». Allí todo era dorado y brillante. Estaba limpio, y la luz que se colaba a través de las vidrieras confería a aquel espacio sagrado una atmósfera irreal. Se acercó a una gran mesa donde estaban expuestos algunos objetos, los más brillantes de entre todos, y extendió el brazo para coger una copa de oro con piedras verdes engarzadas. —¿Eres creyente, muchacho? ¿O un ladrón? —susurró una voz desde alguna parte. El niño buscó con la mirada para encontrar a quien le había hablado. Era la primera vez que oía a alguien que no fueran sus padres. Se estremeció, una amalgama de sorpresa, esperanza y miedo recorrieron su […]

Seguir leyendo

El Espejo cap 3 por Ricardo Zamorano

Desde que el nuevo niño recordarse, sus padres habían estado enseñando al antiguo niño todo tipo de cosas. No le habían dejado hacer nada; solo le enseñaban y enseñaban. Y justo unos días antes de haberse quedado dormi… —no, de haber muerto, se corrigió—… solo unos días antes de haber muerto, su padre, pues su madre apenas podía emitir unos profundos sonidos desde su garganta y asentir débilmente con la cabeza, le empezó a hablar sobre algo que ahora comprendía: la supervivencia. De pronto, se sintió un tanto irritado con él por el hecho de que no le hubiera explicado el significado exacto de esa palabra, por el hecho de que ni siquiera la hubiese mencionado una vez durante todas esas clases, clases que ahora, por una repentina y poderosa razón, comprendía se trataban de Clases de Supervivencia, aleccionadas por el maestro Papá y la maestra Mamá. Él no era un chico al que le gustase usar su cerebro, y era normal, si se consideraba que durante sus nueve años de edad, sus padres no le habían dejado hacer nada sin su ayuda; jamás le habían dejado pensar por sí solo, cosa que ahora entendía. Cuando él había intentado prepararse […]

Seguir leyendo

El Espejo cap 2 por Ricardo Zamorano

Aquel antiguo niño que respondía a esa pregunta tan ingenuamente había desaparecido por completo tres semanas después. El de aquel día fue el primer intento de este por trepar el muro recién alzado de independencia y colarse. Pero poco a poco, los constantes pensamientos de dependencia de los padres fueron desapareciendo conforme el nuevo niño iba aceptando la situación, conforme se iba convirtiendo en un prematuro hombre. Cuando regresó a su casa el día en el que se dio cuenta que sus padres no estaban dormidos, el día al que definió como el Final, se encontró con las puertas cerradas y sin llaves… y las ventanas enrejadas. «¿Y ahora qué?», había pensado inmóvil frente la familiar fachada que de pronto se le antojaba lejana, lejana y desconocida. El lugar en el que creía estar a salvo, en el que creía iba a estar siempre bien, junto a sus padres, le había engañado por completo. Para el nuevo niño, aquella casa había cambiado, ya no era su casa. «¿Y ahora qué? —repitió—. ¿Cómo entro? Tengo que coger algo de comida y ropa». El antiguo niño hizo una nueva reaparición, fugaz pero eficiente, para revelarle dos palabras con un único significado: la […]

Seguir leyendo

El Espejo por Ricardo Zamorano

PRÓLOGO El hombre hablaba y hablaba. Sin esperar respuesta. Sin esperar interrupciones. Nunca las había. Él lo sabía y no le importaba. Le gustaba hablar, y le gustaba que se le escuchara. En ese sentido, no tenía problemas, pues su mudo interlocutor era infinitamente paciente. Infinitamente paciente y calmado. El más paciente y calmado del mundo («Ja, ja. El mundo», pensó el hombre). Ya podía soltar por su boca toda la mierda que quisiera, que este no le detendría. En ese sentido, ningún problema. Pero el hombre, de vez en cuando, echaba en falta algún «¡Buenos días!» alegre, o un «¿Qué tal?» ligeramente preocupado. Aunque eso era al principio, solo durante los dos o tres meses que siguieron al Final, solo durante los dos o tres meses que siguieron a su encuentro con el Espejo.   1 El niño de nueve años caminaba en busca de comida arrastrando los pies bajo un cielo amarillo y enfermizo. Un cielo que hacía años que no se veía, un cielo que aquel niño no conocía de otro modo; sus padres le habían contado que una vez fue azul y brillante. Ya pocas cosas quedaban azules y brillantes. Y a ellos mismos, esto, se […]

Seguir leyendo