Zona de confort por Ana Centellas

ZONA DE CONFORT «No quiero ir al trabajo». Esa era la frase que Susana repetía cada mañana, todas, sin excepción. Álvaro le daba un abrazo con las pocas fuerzas que le proporcionaba un descanso de menos de cinco horas. «Tranquila, cariño», le repetía cada día. Susana había sido una joven inquieta, con grandes sueños. Soñaba con hacer grandes cosas, con cambiar el mundo, con ser alguien en la vida, como si no fuera ya suficiente con ser ella misma. Un brillante expediente académico a sus espaldas le daba la energía necesaria para elevar a lo más alto sus sueños de grandeza, aquellos que nunca llegaron a concretarse en nada. Cuando conoció a Álvaro, este también tenía enormes sueños por cumplir. Tal para cual, aunaron sus sueños en uno solo, superlativo, sin detenerse a considerar si aquel era o no un imposible. Tanto Susana como Álvaro comenzaron bajando sus expectativas a un nivel que les permitiese comenzar sus vidas, unos inicios humildes podrían ser la base perfecta para un sueño a gran escala como el suyo. Pero pasaron los años y la rutina se apoderó de ellos. Se estancaron en una zona de confort que a ambos parecía adecuada, suficiente para […]

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Campanadas por Fran Rubio Varela

Las campanas sonaban todas, se habían vuelto locas. Sonaban sin razón aparente ante el asombro de la gente , parecían haber sido embrujadas, los campaneros desesperados no sabían como pararlas, ellas teñian los pueblos y sus plazas de su peculiar sonata. Había un pasaje que hablaba de que habrían fanfarrias sonando desde el cielo el día que  avisaran de un gran cambio. Pero en este mundo ya nadie se acordaba de ellas, ni siquiera se sabía ya que era una fanfarria, así que las campanas asumieron tan elevada labor sonando todas al unísono. Pero la gente, ésta gente de ahora ya no se sorprendía ni se maravillaba de nada. Se pusieron como siempre que sucedía algo inusual a buscar la respuesta más lógica o si no la encontraban, a buscar aquella que más se les acomodara para sus intereses … Y mientras las campanas sonaban más fuerte. Las gentes, muchas de ellas empezaron a alejarse de los campanarios y las plazas, en cambio otros optaron por soportar el estruendo del bronce. Aquellos que volvieron al campo empezaron a recordar lo que era una flor, y la dulce sensación del aire  limpio en sus rostros,vieron jilgueros cantar  y se maravillaban ante […]

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La Cinta de Möbius por Inkomar, Nicolás Oleinizak, Nefelibata, Olga LaFuente, Informático Farero, JJ Kastle, EvilOdradek, Ana Centellas, Elena Siles y Asilo Oscuro

@inkomar Y despierto desorientado. Con un sabor metálico en la boca. Todo es oscuridad. Negrura. ¿Dónde estoy? Oigo algo. Son pasos. Juraría que son pasos. Tap. Tap. Tap. No espero. Aquella cadencia rítmica de pasos me hace estremecer. Siento que me ahogo. Una punzada. Una opresión en el pecho. Instantes de angustia. Me duele. Siento temor. Mi parte coherente me pide tranquilidad. Pero no la escucho. Algo ajeno a mí me hace girar en redondo y encararme con más oscuridad. Los pasos ahora es escuchan a mi espalda. Cerca. Cada vez más cerca. Comienzo a correr. Una luz ¿Es una luz lo que veo allí al fondo? No lo sé, pero corro sin pensar. Tap. Tap. Tap Me falta el aire. Me arden los pulmones del esfuerzo. Maldigo mi mala forma física. Encaro un corredor entre muros tapizados de líquenes. Una escalera. Nicolás Oleinizak @Leizanico Subo y de un momento a otro la luz desaparece. Hay otro corredor idéntico al anterior, pero ahora los muros parecen filtrar olor a muerte y podredumbre. Tap, tap, tap. Una voz espantosa me llama. Ya no siento nada más que miedo y angustia. @jardindebonsais (Nefelibata) Al fondo del corredor se vislumbra una puerta entreabierta. […]

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Ciudad… por Asilo Oscuro

Salgo a caminar internándome en la oscura niebla. Pasos lentos, pesados, acompañados por ratas que  recorren aberturas de concreto. Me asquean, recuerdan que es un territorio donde vienen sombras lejanas con sacos de ilusiones que nada quieren cambiar. Congelado por el compañero fiel de aventura de cada mañana, sobrevivo en esta ciudad. Esquivo seres invisibles para la sociedad, huyendo de los puñales de esquina, viendo el placer escurrido sobre las paredes de calles manchadas por la avaricia de generosos don juanes de elecciones…un lugar macabro, hermoso, si se ve desde el corazón de los que luchamos siendo extraños seres de honestidad.

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Ojos muertos por Gala Rama

Bajo la indiferencia de ver el mundo con ojos muertos. Caminamos sin sentir el dolor ajeno. Anesteciados, bajo el conjuro extremo de un consumismo que sin darnos cuenta nos consume poco a poco. Hacemos alarde de una humanidad ausente y nos vemos jueces del error ajeno, más somos incapaces de aceptar los propios. Desdibujamos una realidad con falsos espejos que creamos para vivir en un mundo de fantasias. No hemos vuelto incapaces de gritar la verdad, entonces creamos el murmullo que dejamos caer en el hombro del otro como si así pudieramos quitarnos ese descontento con la vida, como si eso nos aliviara esa pesada carga. La desconformidad a pesar decompartirla como reguero de polvora avanza entre nosotros abierta y libre sin que ninguno se atreva a encender la llama. Nos sentimos agredidos, desconsiderados, olvidados y mal manejados con quien ostenta el poder. Hablamos, criticamos,nos enojamos más la palabra solo se transmite de uno a otro como un gran secreto a voces. Pero lejos, muy lejos está esa actitud de unirnos. Simplemente continuamos en ese tren de vida donde se critica pero no se actua. Como entonces pretendemos se originen los cambios. Desde nuestro como sillón en nuestra casa. Desde […]

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DESPEDIDA por Ana Gutiérrez Expósito

Algún día, con el ondear de mi cabello y mientras miramos al horizonte hallando sin buscar, encontraremos una razón que sea suficiente para dejar de echarnos de menos y entender que sólo hay una manera única de amar: dejar que, por separado, igual que los pájaros, surquemos otros cielos para dar tregua a la libertad Sabes que fuimos como las olas que un día vienen y al instante se van. O como el viento que hoy nos mece y mañana se olvida de volar Ambos sabíamos que en algún momento, tendríamos que devolver nuestras cartas al mar, para que quiénes se quieran de verdad las encuentren y cuenten el secreto de que, por siempre, repetiríamos la misma historia una y otra vez más.. (Ana GE Robles ©)

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Mi último escrito por Ana Centellas

MI ÚLTIMO ESCRITO Sábado. Llevo toda la semana sumida en la desidia y ni una sola palabra coherente ha conseguido escapar de mi cerebro aturdido por el calor. Solo me quedan dos días para enviar mi colaboración con el más importante de mis clientes y aún no he sido capaz de escribir nada. ¿Estaré perdiendo facultades? ¿Será la edad? ¿O tan solo será este maldito calor del mes de julio que mantiene atrofiada mi capacidad creativa? Espero que sea esto último porque si no, estoy perdida. Sí, como lo oís, literalmente perdida. Jamás me había ocurrido algo así y mi parte victimista no puede evitar regodearse en la desesperación y centrarse en un único pensamiento: ¿por qué a mí? Bueno, no seamos tremendistas. Aún quedan dos días, cuarenta y ocho horas completas para poder realizar mi trabajo como de costumbre. ¿Desde cuándo mi pensamiento es tan negativo como para llegar a decir «solo quedan dos días»? No, aún quedan dos días. Mucho mejor. Mi mente parece despejarse ante esta idea. Seguro que un café la ayuda un poco con la tarea. Cinco horas. Ya han pasado cinco horas desde que me senté frente a mi fiel máquina de escribir. Cinco […]

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El último acto por Ana Centellas

EL ÚLTIMO ACTO Todo el mundo empezó a aplaudir en cuanto terminó la función. Había sido todo un éxito y el teatro al completo estallaba en aplausos. Se llegaron a escuchar incluso silbidos y vítores, algo que no solía ocurrir entre el público tan formal y educado que acudía a aquel tipo de funciones. La compañía de ballet había ejecutado una actuación soberbia. Pero, sobre todo, fue el último acto el que había causado semejante sensación en el público. Álex y Natasha, los bailarines principales, habían danzado de manera magistral en solitario sobre el gran escenario, con una compenetración y una agilidad extraordinarias. Natasha parecía volar con la ligereza de una pluma para ir a caer con sutileza en las fuertes manos de Álex, que la sostenían como si realmente el peso de aquella fuera mínimo. La ejecución había sido tan buena, tan sincronizada, tan bella, que había mantenido al público cautivado durante los casi quince minutos que había durado aquel último acto, en los que no se había escuchado ni siquiera el sonido de las respiraciones, que parecían suspendidas, como si de una gran apnea colectiva se tratara. La música y el movimiento de los bailarines eran lo único […]

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