CITA A CIEGAS

Casarse. Ese era su gran deseo tras tantos años de noviazgo, pero sus ingresos no se lo permitían y había llegado la hora de buscar una solución. Con esa idea fijada en la mente se había dormido la noche anterior y con ella había despertado muy temprano. Se duchó con rapidez, se vistió y corrió al quiosco a comprar la revista de anuncios clasificados con la esperanza de encontrar algo que pudiera ayudarles. Con lo que ganaba en su trabajo de media jornada, apenas podía guardar un pellizco a base de apretar tanto el cinturón que prácticamente la dejaba sin respiración. Su prometido se había impuesto un estricto plan de ahorro que cumplía sin perdonar un solo euro y ella no podía dejar de sentirse culpable por su pobre aportación.
Cerró con suavidad la puerta de entrada, dejó el diario sobre la mesa de la cocina y preparó un desayuno a base de tostadas con mantequilla y mermelada, una ensaimada y un humeante café con leche.

Mimí, su gatita siamesa, ronroneó junto a sus piernas reclamando su atención, pero Melisa apenas le prodigó una rápida caricia. Tomó un bolígrafo y se dispuso a sumergirse entre los anuncios de palabras: secretarias con buena imagen, con elevados conocimientos, con idiomas y que en muchas ocasiones debían estar dispuestas a viajar, administrativas con sueldos miserables, dependientas recién salidas de la escuela, chicas para el servicio doméstico… Con mirada ágil recorrió las páginas principales sin localizar ningún anuncio que se ciñese a sus conocimientos y necesidades. En el apartado de “Atención a niños y personas mayores”, unas breves líneas llamaron su atención:

ACOMPAÑANTE PARA INVIDENTE,
SOLO TARDES

Lo marcó con trazo firme y tomó con aire pensativo un sorbo de café, dejó la taza en el plato y segura de estar ante una buena posibilidad, tomó el teléfono y marcó el número.
Una voz grave y profunda sonó al otro lado.
– ¿Dígame?
Imaginó un hombre joven, moreno, fuerte y sumamente educado.
– Llamaba por el anuncio.
– ¿Mi oferta de trabajo?
– Sí, quisiera… ¿Podría decirme de qué se trata?
Hubo una leve pausa, “Tal vez no he hecho la pregunta correcta. – Pensó. – Lo he dicho como si malinterpretase el tipo de compañía que busca”. Pero la voz varonil sonó pausada y sin denotar cambio alguno.
– Perdí la visión como consecuencia de un accidente. Aun no me he habituado a mi nueva vida y necesito a alguien que me ayude en ciertas tareas bastante básicas y que me acompañe a algunos recados. – Oyó su respiración pausada, como si quisiera tomarse su tiempo y dárselo a ella a su vez. – ¿Puede interesarle?
– ¿Cuál sería mi horario de trabajo?
– De cuatro a ocho de la tarde, sábados incluidos.
Que le robasen parte de su fin de semana no representaba ningún problema, ya que Arturo, su novio, también trabajaba. El horario le pareció perfecto, podría comer y desplazarse sin dejar su aliento por las calles. Con suerte a las ocho y media de la noche podría estar en casa.
– ¿Cuál es el sueldo?
– Cuatrocientos, sin contrato, no puedo permitírmelo.
Hizo un rápido cálculo de lo que ese extra supondría para sus planes de boda y sonrió, era más de lo que esperaba.
– Sí, puede interesarme, creo que deberíamos vernos. – Al instante sintió lo que había dicho, mordió su labio inferior como para castigarse por su torpeza – Quiero decir… – Al otro lado silencio – Que creo que deberíamos tener una entrevista.
– El silencio se prolongó unos segundos más. Melisa pensó que de un momento a otro él colgaría el auricular para esperar una oferta más profesional, pero la voz llegó de nuevo, suave, educada.
– ¿Cuántos años tiene?

– Veintiséis.
– ¿Puedo tutearla?
– Por favor.
– Yo tengo treinta, a tu edad aun veía el cielo.
“Le he entristecido, eso es cuanto parece que he conseguido”
– Lo siento.- Murmuró.
– ¿Por qué lo sientes?
– Pues… – No supo que debía contestar. Acarició mecánicamente a Mimí que volvía a reclamar su atención y luego se levantó, dando vueltas sobre si misma, tratando de no liarse con el hilo telefónico. – Bien, siento lo tuyo… – Dijo al fin, cada vez más desconcertada.
– Ya, sientes que no vea el cielo… ¿De qué color está hoy?
Se acercó a la ventana y mientras retiraba la cortina, pensó en lo extraña que le resultaba ya aquella conversación. Un cielo escasamente luminoso, oculto tras densas nubes apareció ante sus ojos.
– Azul, – susurró – muy azul.
De nuevo el silencio, un suspiro y al fin la voz.
– ¿Cómo te llamas?
– Melisa.
– Bien Melisa, si vamos a valorar la posibilidad de compartir tantas horas, deberás antes meditar sobre la absoluta confianza que yo depositaré en ti y en tus opiniones sobre mí y mi entorno – Se sonrojó como si él estuviera presente y pudiera verla. De nuevo la quietud. Aprovechó para tomar aire y tratar de relajarse. – Repetiré mi pregunta. ¿De qué color está el cielo?
– Gris.
Fue como un susurro al aire. Le imaginó sonriente al otro lado, en algún lugar de aquella enorme ciudad, sentado en una cama o en un sofá frente a un ventanal por el que entraría una luz prohibida para él.
– Gracias.
Sonrió a su vez, agradecida por el tono apacible. Miró descuidadamente el reloj y descubrió con sorpresa que llevaban un cuarto de hora hablando.
– ¿Dónde debo acudir para la entrevista? – Apremió sintiendo la necesidad de concluir.
– ¿Te parece el lunes a las seis?
– Sí, es perfecto.
Anotó la dirección en el margen del diario y tras despedirse, dejó reposar al fin el auricular y cogió a Mimí en sus brazos. Su corazón bombeaba sangre a toda velocidad, sentía una punzada de remordimientos, aquella conversación le había alterado más de lo normal. “Es por el misterio, eso siempre enaltece los sentidos, su voz en directo no tendrá la misma fuerza y los silencios no serán tan angustiosos porque se verán acompañados por su presencia desvalida”.
Debería reaccionar con naturalidad ante sus limitaciones. ¿Dónde estaba la frontera para ser simplemente eficiente o agobiante en las atenciones? Permaneció inmóvil frente al teléfono, quizás más inteligente sería anular la entrevista e intentarlo con algo menos comprometido. Media hora más tarde, una hoja repleta de extraños dibujos y garabatos, daban testimonio de su profunda reflexión. Finalmente cerró las páginas de la publicación y recogió los restos del desayuno.

El fin de semana transcurrió sin grandes emociones, habían reducido los gastos al mínimo y eso significaba largos paseos, cenas en casa de los padres o algún amigo o una película de la biblioteca, de la que muchas veces no llegaban a ver el final si tenían la fortuna de encontrarse solos.
El lunes por la mañana fue intenso en la panadería, su compañera estaba de baja y el trabajo se le acumuló, por lo que no logró salir hasta las tres. Pensó en ir a una cafetería para ganar tiempo, pero lo descartó al instante, mejor ahorrarse los 9 euros que seguro le costaría. Comería cualquier cosa y si no se quedaba adormilada frente al televisor, podría ducharse y acudir a la cita sin grandes esfuerzos.

Nada entorpeció sus planes, por lo que a las seis menos cinco salió del ascensor y respirando hondo ganó la escasa distancia que le separaba de la oscura puerta en la que no había más que un pequeño número indicándole que tras ella se escondía la voz grave y serena que le había puesto a prueba preguntándole por el color del cielo. Sonrió al recordarlo, acercó un tembloroso dedo al timbre y lo presionó. Al momento un chico de mediana estatura y complexión delgada apareció en el marco de la puerta. No pudo evitar sentir una mezcla de alivio y decepción, no era el hombre atractivo e interesante que había imaginado tras su conversación telefónica: moreno, ojos castaños vacíos de luz y rostro alargado. El blanco amarillento de su piel delataba un prolongado encierro.
– ¿Melisa?
La voz también había perdido todo su misterio. Suspiró y le tendió la mano, al momento comprendió que él no podía verla y la retiró de nuevo.
– Sí, soy Melisa.
– Yo soy Juan. – Y se hizo a un lado indicando que podía pasar.- Entra por favor, estaremos más cómodos en la sala.
Su timbre de voz denotaba cierto nerviosismo, por lo que pensó que para él tampoco resultaba fácil encarrilar aquella entrevista de una manera distendida.
Se acomodaron en una breve estancia presidida por unos sofás verde oscuro y una televisión que permanecía cubierta de polvo evidenciando el olvido en el que había caído. Sobre una mesita de cristal que ocupaba el centro de la habitación, descansaba una bandeja con una jarra de limonada, una humeante tetera que expandía un fuerte aroma de café, una jarrita de leche y un plato con galletas variadas. No pudo evitar sonreír.
– ¿Esperas a alguien más?
Él sonrió a su vez.
– No, es que soy un hombre prevenido, no sabía que preferirías tomar y bien… sírvete tú misma.
Intuyó que ante las dificultades que se le debían presentar para preparar cualquier cosa, había optado por hacerlo con calma y en soledad. Se sirvió un vaso de limonada y tomó un largo sorbo.
– ¿Quieres que te sirva algo?
– No, aun tengo problemas con estas cosas, pero voy cogiendo práctica.
La tensión se fue deshaciendo lentamente como el hielo de la limonada. Melisa dejó de sentir la claustrofobia de aquella estancia repleta de fotos y recuerdos, oscurecida por la escasez de luz natural y la sobriedad de los colores que cubrían paredes, suelo y mobiliario. Él le explicó como un año atrás había perdido la vista en un accidente con su Harley Davidson, en la que volaba por la carretera de Sitges.
– ¿Ibas solo?
– No, Ana, mi novia iba conmigo, amaba el riesgo tanto como yo, pero ella pagó el precio más alto.
La angustiosa habitación amenazó con echársele encima, cogió el vaso entre sus manos y saboreó el frío y amargo refresco.
– Lo siento.
Pero él ya no deseaba seguir pensando en ello y apartó sus recuerdos concentrándose en ella.
– ¿Te gusta?
– Sí, está fresca.
– ¿La habitación?
Parpadeó tratando de concentrarse.
– No, la habitación no está fresca.
– ¿Y te gusta?
Recordó el cielo, primero azul, luego gris.
– No, me temo que no.
Él sonrió satisfecho y le confesó que la había decorado él mismo antes del accidente.
– ¿Y toda la casa es igual?
– No, lo demás lo decoró Ana, nuestros gustos eran opuestos en eso, yo me revelé y le dije que por lo menos una estancia debía estar a mi gusto. Discutimos por el resultado de esta salita, pero ya quedó así. ¿Tu novio y tú también tenéis serias diferencias en la elección de los muebles?
– Aun no hemos llegado a esa faceta, pero creo que él me dejará hacer a mí.
– Ya, es de la antigua escuela.
Trató de comprender el exacto sentido de aquella afirmación y de repente pensó que aquel tema no era el más adecuado para discutir con él. ¿Por qué estaban hablando de su vida privada? Bien, había sido una concesión, ya que él le había hablado de Ana, de su accidente, tan solo para comprenderse un poco. El silencio llenó la estancia.
– Perdona, ¿te he molestado?
– No, pero tal vez deberíamos hablar del trabajo.
– Ya lo estamos haciendo, necesito compañía hasta que logre ser más independiente y debo conocerte un poco para saber si estoy ante una persona de confianza. ¿Te parece mal?
Todo lo que decía tenía tanto sentido… No había nada de malo en todo aquello, sin embargo un cierto desasosiego palpitaba en su interior.
– No, no es eso.
– Creo que levantas un muro para protegerte.
Una sonrisa nerviosa se despegó de sus labios.
– Eso es absurdo. ¿De qué debo protegerme?
– De lo desconocido.
– Lo… lo siento, no creo que para ofrecerte mi compañía y ayuda, deba desvelarte los detalles de mi vida.
– No, tal vez con el tiempo logremos ser buenos amigos, sólo trataba de saber con quién estoy, soy ciego y estaremos en mi casa, solos muchas horas, muchos días, una mente perversa podría planear cualquier cosa.
– Una mente perversa inventaría una hermosa historia que explicarte.
– Otros sentidos se agudizan, te sorprendería saber las cosas que se adivinan a través del timbre de voz.
– Tal vez en las gentes normales, pero creo que las mentes frías son capaces de mentir con absoluta naturalidad.
– Creo que has visto muchas películas.
– ¿Tantas como tú?
Las risas llenaron la estancia, luego el silencio y de repente Melisa sintió que debía hacer algo para que él confiara en ella. Abandonó el extremo del sofá que había ocupado y sentándose junto a él, colocó su mano sobre la suya.
– Mi nombre es Melisa Rodrigo, tengo novio y trabajo en una panadería por las mañanas, debo confesar que he matado moscas, mosquitos y alguna araña y también he mentido en alguna ocasión. No tengo nada más que ocultar.
-¿Mañana a las cuatro?
Sonrió satisfecha.
– Seré puntual.

Los días se sucedieron con increíble rapidez, acabó el otoño y los árboles desnudos recibieron las primeras heladas, las calles reflejaban un cielo gris y frío que poco invitaba a los largos paseos a los que ambos se habían acostumbrado. En ocasiones le había acompañado al parque Cervantes, en la entrada de la ciudad, se habían tendido sobre el césped al sol y ella se dedicaba a la tarea cada vez más placentera de leer algún capítulo de una novela o la poesía que cuidadosamente había seleccionado buscando entre los libros de la biblioteca. Mil sensaciones desconocidas para ella, pequeños momentos nunca antes retenidos con tanto amor: el susurro del viento entre los árboles, la risa de una niña, la caricia del sol. En ocasiones se descubría a si misma con los ojos cerrados, tratando de sentir en toda su intensidad el roce de una prenda, la calidez del agua o simplemente reteniendo a Mimí en sus brazos; “Así lo siente él”, se decía y entonces miraba a Arturo que la observaba con mil interrogantes danzando en su mente y ella enrojecía y desviaba la mirada, tratando de concentrarse en los planos que él había extendido en la mesa del comedor: “Es una gran ocasión – le había dicho – son unos pisos preciosos”. Tenía razón, eran un sueño pero ella estaba tan lejos de allí…

“Un poquito de sol,
y mis ojos que llorarán luz, amor”

¿Qué era aquello? … Sí, ya recordaba, era un fragmento de Juan Ramón Jiménez, lo había leído en la biblioteca aquella mañana, pero pensó que no era adecuado para leérselo.
En algún momento Arturo dio un manotazo, recogió los planos y la dejó sola, tratando de no sentirse tan culpable y desorientada como lo estaba en aquellos momentos. Una hora más tarde hablaban por teléfono y aquella noche hicieron el amor en un hotel de carretera. La decisión estaba tomada, el cuarto primero sería su nido de amor, a finales de la primavera les entregarían las llaves y podrían empezar a pensar en los muebles.

Por las fiestas navideñas Juan se reunió con sus padres en su apartamento de Sitges, no regresó hasta el ocho de Enero y Melisa decidió aprovechar para aclarar sus sentimientos.
– Quizás podrías venir uno o dos días a visitarme, el mar es muy hermoso en invierno, pero tan nostálgico… – Susurró Juan antes de partir hacia Sitges.
Le aseguró que sería imposible, tenía muchas cosas que hacer, papeles que arreglar por lo del piso, comidas familiares y su hermana que viajaría desde Italia, donde vivía desde que conociera a un Siciliano durante unas alocadas vacaciones en las que quedó embarazada. No había resultado un feliz matrimonio, los celos de él se encargaban de estropear todos y cada uno de los días, pero de su unión había salido un precioso bebé al que no veía desde su nacimiento ocho meses atrás.
Fueron las Navidades más largas que recordaría en toda su vida, la presencia de su sobrinito y su hermana fueron para ella como un bálsamo.
– No te cases si no estás segura, no cometas el mismo error que yo.
La decisión estaba tomada, le pediría a Arturo un poco de tiempo y a Juan que buscase a otra chica, no podía echarlo todo por la borda por lo que podía ser un espejismo.

Como el día en que acudió a la entrevista, el ascensor la dejó en el rellano junto a la puerta, se acercó lentamente y con un dedo tembloroso pulsó el timbre. Él, habituado a su escrupulosa puntualidad, abrió la puerta al instante y estiró los brazos esperando ser correspondido, lo necesitaba después de su primera separación. No se le escapó la tensión que agarrotaba el cuerpo de Melisa y suspiró resignado.
– No viniste a verme.
– No, ya te dije que lo tenía muy difícil.
– Comprendo.
Entraron en la salita verde de claustrofóbico ambiente y se sentaron como si un muro de cristal se hubiese levantado entre ellos.
– ¿Ya has arreglado los papeles del piso?
– No, decidimos esperar un poco más.
El silencio sobre sus cabezas, el insistente tictac de un reloj, el goteo de un grifo.
– ¿Quieres tomar algo?
Ella vio una puerta abierta para tomarse un respiro y reordenar sus ideas.
– Yo misma me serviré. ¿Te traigo algo?
– Una cerveza por favor.
Tardó más de lo normal en preparar el refrigerio y cuando regresó con una bandeja, él no había movido un dedo, temeroso de hacer cualquier cosa que pudiera empeorar la situación. Esperó paciente a que ella se acomodara y el silencio volvió de nuevo a llenar la estancia.
– ¿Todo bien en Sitges?
Juan adelantó el cuerpo, algo más fuerte que la primera vez que se encontraron hacía unos meses, también su rostro había perdido el tono macilento.
– ¿Qué ocurre?
Y como estallan las tormentas de verano, de repente y casi sin avisar, le abrió al fin su corazón, desahogó sus miedos y anhelos, el laberinto de su mente y la decisión que había tomado. Él extendió su brazo, buscándola. Melisa se acercó, depositó un suave beso en sus labios y salió de la horrible sala. Sus pasos resonaron en el pasillo y la voz grave y misteriosa que tanto la turbó por teléfono, llegó a ella cuando abría ya la puerta.

“A todas mis llamadas
has respondido con un eco lento…
Pero ¿dónde estás tú, mujer que ya eres mía,
en dónde estás, que no te veo?
Jardín de las memorias inefables,
ocaso de los sueños venideros,
brisas que acercas más las cosas
cuando viven más lejos,
¿pasaré ya la vida
a tientas como un ciego?

La puerta quedó inmóvil, las lágrimas bañaban el rostro de Melisa que se debatía ante la decisión de huir y la imperiosa necesidad de quedarse y formar parte de aquel nuevo mundo que había descubierto.

Sí, a todos mis suspiros
has respondido con un suspiro quedo…

Retrocedió un paso, aun sin darse la vuelta, con la vista fija en aquella puerta que podía marcar su futuro.

!Aquí estás, aquí estas;
me embriagas, te siento…!

Tanta sensibilidad tras aquellos ojos sin luz… ¿cómo renunciar a ella?

Pero, ¿en dónde estás tú, mujer que ya eres mía,
en dónde estás que no te veo?

La cabeza de Melisa reposó en el marco de la puerta de la salita y aguardó a que la voz la alcanzara. Sintió el cálido aliento en la nuca y rendida al fin esperó un segundo, una eternidad, a que Juan besara su piel, a que sus manos rodearan su cintura, entreabrió los labios y con los ojos cerrados, el mundo se redujo a un electrizante baile de sensaciones.

!Aquí estás, aquí estas;
me embriagas, te siento…! (*)

(*) CENIZA DE ROSAS – Juan Ramón Jiménez

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