Claustrofobia por Ana Centellas

CLAUSTROFOBIA

Ramiro era un hombre que nunca había demostrado tener miedo a nada. Se atrevía con todo y raro era el fin de semana que no dedicaba a practicar algún deporte de riesgo. Incluso fue el que demostró mayor entereza el día que, estando en el interior de una sucursal bancaria, sufrió en sus carnes un atraco con armas de verdad. Pero Ramiro tenía un secreto que no se había atrevido a confesar a nadie y que, hasta el momento, durante los más de veinte años que llevaba vividos, había sido capaz de ocultar a la perfección. No era algo anormal, pero en su interior le causaba una terrible vergüenza admitirlo. Quizá por eso, para compensar esa carencia que sentía, era tan arriesgado en los demás aspectos de su vida. Ramiro padecía una tremenda claustrofobia.

Por supuesto que había tenido momentos en los que había visto peligrar su secreto. Él se dio cuenta cuando era muy pequeño, una tarde de lluvia en la que pasó horas encerrado en un armario mientras jugaba al escondite con su hermano mayor y este se olvidó de él. O quizá su fobia fuese la consecuencia de aquella experiencia, no estaba del todo seguro. Con total certidumbre, ponerse en manos de un profesional sería muy beneficioso para él, pero ello supondría tener que aceptar su miedo y revelar su secreto, algo a lo que Ramiro no estaba dispuesto por nada en el mundo, tal era el bochorno que le ocasionaba.

Hoy Ramiro permanece en su casa, no ha sido capaz de ir al trabajo. Una excusa barata, proporcionada fortuitamente por el incidente que ocurrió ayer, le ha permitido quedarse dentro de su caparazón sin temor alguno a ser descubierto. Por primera vez en su vida, se plantea con seriedad comenzar un tratamiento. Ayer estuvieron a punto de descubrirle. De hecho, aún no se explica cómo ha sido capaz de salir airoso de aquella situación angustiosa sin que ni sus compañeros ni los sanitarios que lo atendieron se dieran cuenta de que aquello que le hizo terminar en el suelo no fue, como dijeron, una subida de tensión, sino un ataque de ansiedad en toda regla, además de ser el más fuerte que había tenido nunca.

Hace un par de semanas que Ramiro comenzó a trabajar en la empresa nueva, un golpe de suerte que le había proporcionado la vida a su corta edad y nula experiencia. Pero el destino, que siempre ofrece una de cal y otra de arena, había querido que su oficina estuviese situada en el piso número veintidós de uno de los edificios de oficinas más altos de Madrid. En realidad, era una maravilla trabajar a aquella altura, con unos amplios ventanales que ofrecían a Ramiro unas vistas espectaculares de la ciudad, un plus añadido a su trabajo. El único inconveniente era el trayecto en ascensor que tenía que realizar a diario en varias ocasiones. Desde que montaba en él, a pesar de no ser demasiado angosto, su miedo se apoderaba por completo de él y tenía que aferrarse a la barra que había en la pared del fondo, contra el gran espejo. Lo hacía con tanta fuerza que sus nudillos se ponían blancos, eso sí, con el mayor disimulo de que era capaz. Ni siquiera era capaz de intercambiar una palabra con sus compañeros hasta que el trayecto no hubiese finalizado. Entonces, se relajaba como si acabara de superar una de las mayores pruebas de su vida.

Pero ayer ocurrió lo que siempre había temido. Regresaba a la oficina por la tarde después de realizar una visita a un potencial cliente y estaba solo. Nadie más esperaba al ascensor en el elegante vestíbulo. A aquellas horas, todos estarían en sus oficinas esperando con ansia a que sus relojes marcasen el momento de la salida, para la que aún faltaba más de una hora. Ramiro se adentró en el ascensor como siempre hacía, con el corazón saltando dentro del pecho, y se dirigió a agarrarse a su barra salvavidas después de pulsar el botón que correspondía a su piso. Sin que nada evidenciase su estado salvo la fuerza de su agarre, el ascensor comenzó su lenta e interminable subida. El calor era sofocante allí dentro o, al menos, eso le parecía a él. Si algo odiaba más que los viajes en ascensor, eran los viajes en ascensor sin compañía alguna.

De pronto, como si algo se hubiese confabulado con el destino para ponerle a prueba, el ascensor se detuvo con un ruido seco en algún punto situado entre los pisos quince y dieciséis. A Ramiro por poco se le para el corazón en el acto. Sus ojos miraban en todas las direcciones posibles mientras, con cautela, se separaba de la barra para pasar a pulsar frenéticamente todos los botones del panel.

—Venga, venga… No me hagas esto… —farfullaba, mientras pulsaba enloquecido los botones de apertura de puertas y el de alarma. Esta no sonó. A los pocos segundos, la luz de la cabina se apagó de golpe. Ramiro quedó encerrado y en la oscuridad más absoluta.

Sin saber qué hacer y carente de visión, los latidos del corazón empezaron a palpitarle con demasiada fuerza en las sienes. Empezó a sentir unos intensos sudores fríos que le recorrían la espalda, mojando a su paso su elegante camisa nueva. Era incapaz de emitir sonido alguno, la garganta se le había secado en extremo y cualquier intento de sacar la voz le arañaba como si fuese papel de lija. Pocos minutos tardó en comenzar a hiperventilar. Las paredes del ascensor parecían estrecharse a su alrededor y el espacio se le hacía cada vez más y más pequeño. Dejó resbalar su espalda mojada por la pared, de modo que quedó sentado en el suelo, acurrucado, encogido, abrazándose las rodillas como si fuera un niño pequeño. Un niño pequeño al que le costaba respirar y que estaba a punto de ser devorado por las paredes de un ascensor de un edificio de oficinas. Un niño pequeño que volvía a estar encerrado en un armario esperando a que su hermano lo encontrase.

Despertó tendido en el suelo. Cuando abrió los ojos, lo primero en lo que se fijó fue en el amplio espacio que lo separaba del techo. Estaba fuera. Varias personas se arremolinaban a su alrededor, entre las que se encontraban sus compañeros de trabajo, que eran dispersadas por los sanitarios que lo estaban atendiendo. Al parecer, no habían sido ni diez minutos los que había pasado encerrado, aunque a él le hubiesen parecido largas horas de reclusión. Le diagnosticaron una subida de tensión.

Hoy se ha quedado en casa, incapaz, de momento, de volver a tomar ese maldito ascensor. La alternativa es subir andando los veintidós pisos que separan su oficina de la calle. O asistir a terapia si no quiere pasar otra vez por un momento así… ¿Por qué se empeñarán en construir edificios tan altos?

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