Cuando regresemos a casa por Ana Gutiérrez

Una tarde de septiembre, cuando el sol poco a poco iba escondiéndose detrás del horizonte y mientras mi cansado cuerpo descansaba sobre la aún caliente arena, de pronto noté como si alguien me empujara. Como si alguien me diera alas para poder volar. Como si pudiese flotar.

Sentía un inmenso calor. Aunque al mismo tiempo, tenía la sensación de no tener temperatura. Era como si estuviese sin estar. Me sentía tan extraña…

Intenté mirarme las manos y los pies pero no entendía su forma. Daba saltos en el aire, traspasaba hojas, palmeras…Ya no podía acariciar la tierra como antes. Ni juntar mis manos para sentir el frescor del agua. Ahora sólo podía caminar sobre ella sin hundirme, y traspasar la arena sin llegar a sentir nada.

Cuando me giré para intentar estabilizarme y mantenerme de pie, pronto entendí lo que había ocurrido. Pude ver mi pálido y delgado cuerpo que yacía sereno cual movimiento de un mar en calma, mientras los rayos de aquel inmenso sol aún iban proyectándose sobre lo que quedaba de mí.

– He muerto- me dije.

Y lentamente, abandoné aquel hermoso lugar.

Aún me costaba sostenerme en pie. ¿Qué clase de cuerpo era aquello? ¿Cómo es que ahora podía hacer todo lo que siempre había soñado pero sin sentir nada?

Por un lado me gustaba la sensación de flotar, de moverme tan rápido y sentirme tan ligera. Pero si era sincera conmigo misma, de alguna manera echaba de menos el tacto. Sentía añoranza. Pasajera, porque pronto me acostumbré a mi nuevo cuerpo.

Ahora podía correr de aquí para allá sin lesionarme y sin sentir ese tremendo dolor en el pecho que siempre se me ponía al intentar respirar y correr a la vez. También podía dar piruetas en el aire como si de un delfín queriendo alcanzar al sol se tratase. Podía andar sobre el agua sin mojarme y sin hundirme, sentarme sobre la arena de las formas más cómodas posibles, y aún podía seguir contemplando el esplendor del mar teñido por el violeta y el rosa del atardecer.

Y mientras comenzaba a alegrarme y a relajarme, alguien me cogió la mano, me susurró algo al oído y me dijo mientras se alejaba: “Ven conmigo”.

No supe bien quién era porque no le podía ver bien la cara. Sólo sé que era luminoso. Muy luminoso. Lo más luminoso que he visto jamás.

– Ven, te mostraré cómo puedes llegar a casa- me dijo en un tono tranquilizador.

– ¿A casa?- pregunté extrañada. -¿Cómo voy a ir a casa? He muerto. Ya no puedo dormir en mi cama. Ni tampoco puedo regar las plantas, ni prepararme ese aromático té que tantas tardes hizo que pudiera calentarme con algo las manos.

– Aquí eso no te hace falta. ¡Sígueme!- dijo aquella voz.

Nuevamente, sentí como si me hubiesen dado alas. Pero esta vez la sensación de vigor y ligereza era mucho más fuerte.

– Te dejaré aquí. No temas. Primero debes quedarte aquí. Pronto entenderás por qué- dijo.

Aparecí en un lugar que conocía bien. Era un lugar que me había trasladado múltiples emociones cuando estaba aún en vida. No podía explicar con palabras qué me suponía. Lo que sé es que en parte, cuando llegué allí, sentí una alegría perfilada con toques de nostalgia.

Los árboles seguían en el mismo sitio. El verde. Los atardeceres inigualables del cielo. Todo estaba en su sitio.

– Bueno, ¿y qué hago aquí?-pregunté. A lo que de pronto, escuché: -Mira dentro de tu corazón y hallarás la respuesta- dijo de nuevo aquella voz.

(Me dispondré a investigar. Ahora que nadie me ve, será un buen momento para intentar entender qué ocurre)

Y mientras pensaba en esto y contemplaba todo lo que me rodeaba a los lados, sin querer me choqué con alguien familiar. Alguien a quién sabía que aún le debía algo. Bueno, y ese alguien a mí. Podía notarlo con fuerza. Podía intuirlo.

Era como si su alma estuviese intentando contactar con la mía. Su inconsciente intentaba hacerme guiños aunque sus ojos no me viesen, y yo intentaba responder pero nos desconectábamos rápido porque él aún seguía despierto.

A los pocos segundos, escuché:

– Voy a ir a echarme un poco debajo de este árbol. De pronto me ha entrado un sueño atroz y necesito tumbarme un rato- dijo somnoliento.

¡Esta es mi oportunidad! ¡ lo percibo!- pensé

Y antes de que pudiese seguir pensando en más cosas, noté una voz que me decía en tono serio:

– Hola. ¿Qué haces tú aquí?-

– Hola. Eso mismo te pregunto yo. ¿Qué haces tú aquí? En teoría nadie puede verme. Sólo….

– ¿Sólo qué?-

– Sólo si has muerto…-

– ¿¡QUÉ?! No me he muerto, ¿verdad?… ¿VERDAD?-

– No, creo que no, aún veo tu cordón plateado-

– ¿Qué cordón plateado?-

– El cordón que nos conecta a la vida y nos hace ser dueños del cuerpo que tenemos allí- expliqué

– Ah… Bueno, y…¿por qué estamos aquí y por qué te veo? ¿Qué significa esto?-

-¿ Y por qué te veo yo a ti?-

– Pues estamos bien…- dijo en tono irónico.

– Tal vez tenemos que vivir algo juntos- dije.

– ¿QUÉ? ¿Yo contigo? Ni loca. Con todo lo que ha sucedido o sucedió, eso es inviable-.

– Yo no te guardo rencor-

Y de pronto, despertó.

-Vaya…-

– No desesperes. Volverá. Es ley de vida que lo haga- dijo la voz de la luz.

 

 

 

 

 

 

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