Daniela cp 9 por Gelo Fernández de la Reguera

Capítulo 9
Desde la tarde del miércoles a la del viernes, Çakir intentó ponerse en contacto con Daniela para que por favor le explicara de qué iba toda esta historia. Ya no sabía ni qué pensar. Casi le podía el desánimo. Otra vez. El desánimo. Pero ya no era el desánimo que le producía la voz de la prudencia de su amigo, el checo. Era la voz de la mofa y la burla de Adal. “Una amiga tuya”. Ahora era él quien tenía la sartén por el mango. Con Yuri haciendo perder toda la credibilidad que tenía Daniela cuando Çakir habló en la reunión en su casa, y el resto del grupo pensando en la paliza que les iban a dar ese viernes. Y por otra parte, otro fantasma rondaba su cabeza. Çakir lo pensaba concienzudamente. ¿Por qué ahora les retaban? No era su estilo. La noche de la muerte de Alejandro, les pillaron por sorpresa. Pensaba que quizás querrían medir sus fuerzas. Quizás esta vez habrían reunido más de los 30 que aquella vez pelearon tras el ayuntamiento. O quizás era algo peor. No lo sabía. Y eso le hacía estar muy rabioso.
La tarde del viernes se la pasó encerrado en el gimnasio de su casa. Se preparó a conciencia. Recordaba las clases que había recibido de los profesores de Vale Tudo con Ulises. Y lo ponía en práctica aporreando por todos lados su saco de boxeo, con las manos envueltas en pequeños guantes. No luchaba. No golpeaba. No tenía ninguna técnica. Solo se desahogaba. Media hora más y hubiera descolgado el saco por la vía rápida. Al final, exhausto y rebelde, acabó por abrazar el saco para no caer rendido al suelo. Por un momento vio a Daniela. Recordó su abrazo, y su beso. Aquel beso. Le daba rabia haberse tenido que marcharse así. Suspiró, y se dejó caer sobre la colchoneta que había debajo de sus pies. Se la imaginaba encima de él otra vez regalándole otro beso.
Se levantó y se quitó la ropa de deporte, volviendo a poner cada material en el gimnasio, y la ropa sudada por el conducto de la ropa sucia. Se metió en la ducha y salió revitalizado. Recordaba que ella le había dicho que volvería el viernes, hoy. Pero no sabía ni la hora ni nada. Y ella aun seguía aislada del mundo por estar en un pueblo sin cobertura. Seguía sin noticias de ella, en pleno viernes, a las 9 de la noche. Se vistió con ropa cómoda, y apenas se arregló como hacía a diario. Salió de casa sin cenar, en su coche, a reunirse con sus amigos. Se habían citado en la plaza del ayuntamiento a las 10 de la noche. No tenía ninguna prisa por llegar. Justo cuando entraba en Castelar, su móvil empezó a sonar. Era Daniela. Bien. Por fin buenas noticias. Aprovechó el semáforo en rojo para conectar el “manos libres” y descolgar.
–         ¡Daniela!
–         Hola Çakir. – Dijo ella, con su voz. Estaba contenta.
–         ¡Por fin, tengo noticias de ti!
–         Acabo de llegar ahora a casa. ¿Te apetece que nos veamos más tarde? Que aun te tengo que contar muchas cosas.
–         Si, perfecto…
–         Deja que me duche, cene algo y me arregle y quedamos.
–         No, espera. Tendrá que ser más tarde.
–         ¿Y eso?
–         Adal nos ha retado. Esta noche, a las once. Por no devolverle el fardo. Y hemos aceptado.
–         Çakir, no vayas…
–         Tengo que ir. No puedo dejar solos a mis amigos.
–         Vais a una trampa. Adal no es de los que dice donde y cuando. Estará preparando algo. Por favor, no vayáis. Por favor.
–         Volveré. – Se hizo el silencio.
–         Usas demasiado esa palabra, ¿no?
–         Ya ves… – La voz de Çakir llevaba un hilo de esperanza – No te preocupes. Te llamaré en cuanto todo acabe.
–         Quiero que vuelvas a mi entero.
–         Espérame en tu casa. Volveré.
–         Vuelve.
El turco colgó el móvil. No había sido Daniela. No tenía sentido que a la vez le hubiera llamado para prevenirle. Y eso creó en Çakir un sentimiento de fortaleza y confianza tremendo. Se los merendaría con patatas, y luego quedaría con Daniela. Tenía una motivada enorme. Se dio varias vueltas por el centro antes de aparcar el coche, al lado del Santa Clara. Bajó la cuesta y se dirigió al ayuntamiento. Solo Yuri estaba ya allí. Estaba cabizbajo, sentado a las puertas.
–         ¿Ocurre algo, checo?
–         Nada… – Dijo Yuri, con la boca chica.
–         ¿Nada? Nada bueno. ¿Qué pasa?
–         Nada, tío. Que he discutido con Berta. Que no la hace gracia que no haya ido a su casa, hoy que no están los padres.
–         Joder…
–         Pero bueno, confío en poder ir cuando acabemos con estos.
–         Venga, ya verás como luego vas a su casa y se la pasa.
–         Eso espero… ¿tú qué tal con Carolina? –
–         No he vuelto a hablar con ella desde que me curó el tajazo. Estaba un poco cabreada.
–         De eso quería hablarte… me ha dicho que si os podéis dar un tiempo. – Çakir se quedó un poco asombrado.
–         ¿Un tiempo? Pero si no tenemos nada serio.
–         No sé. A mí es lo que me ha dicho ella.
–         Bueno, bueno… está bien. Nos damos un tiempo. – Parecía ser que todo le pintaba bien esa noche a Çakir. Ahora no tenía ningún problema en ver más tarde a Daniela y acabar lo que empezó el otro día.
–         Ya se lo diré luego. Cuando vaya a su casa, que han quedado para ver una película en casa de Carolina.
–         Vale.
A medida que pasaban los minutos se iban incorporando todos a la cita. Todos con el mismo propósito: repetir la hazaña de detrás del ayuntamiento. Aunque todos sabían que ocurría algo raro por el hecho de haber sido citados, no tenían miedo. Confiaban en sí mismos. Confiaban en sus posibilidades. Por Alejandro. Y por Santos. Cuando por fin llegó Salva, el último, se fueron caminando hasta el lugar en que habían sido citados. Durante el camino todo fueron risas y ansias de victoria. Ninguna voz se mostraba pesimista ni diferente a las demás. Y eso llamó la atención de Yuri, no así la de Çakir. EL checo estaba convencido de que durante el transcurso del lío, haría algo que le delatara. Algo. Lo que fuera. Por otra parte, Çakir no había vuelto a soltar prenda en ese tema. Se había limitado a mantener silencio. Había vuelto a confiar en Daniela, y seguía mostrándose escéptico acerca de que Pizarro fuera un traidor, pese al peso de los argumentos del checo.
El reloj de Ulises marcaba las 11 cuando llegaron al lugar. Seguramente no fuera una casualidad. Era un pasillo largo, con una pared enorme que formaba uno de los lados de la catedral. En esa misma pared había unas escaleras de 6 peldaños de piedra en paralelo a la pared que subían hacia un rellano donde había una puerta con fuertes y altos barrotes, acorde a las proporciones de la puerta. Al otro lado, en frente, una barandilla de mármol. Estaba claro que desde ahí podrían emboscarles. Podrían hacerles un buen sándwich. Bastaba con esperar a que todos estuvieran en el centro para que ellos les envolvieran por cada lado del pasillo. Todos pensaron lo mismo justo cuando llegaron. Ni un alma. Nadie. Sin duda era lo que pretendían Adal y los demás, cuando llegaran. Si es que llegaban. Eran ya las 11 y media de la noche y la situación se ponía cada vez más tensa. No daban señales de vida por ninguna parte, y por allí no pasaba nadie, salvo una pareja con un niño en el cochecito, 3 chavalas que se les quedaron mirando, murmurando,  y un grupo de cuarentones que al parecer celebraban un aniversario de unos amigos. Pero ni rastro de Adal y los suyos.
–         No es por nada, pero yo creo que se están riendo de nosotros a la puta cara. – Comentaba Salva.
–         Puta idea – Dijo Néstor.
–         No lo entiendo. ¿Por qué iban a querer citarnos aquí?
–         Igual se han acojonado – Dijo Pizarro.
–         Su puta madre… ¿y para esto nos hacen venir? – se quejaba Iván. – Cuando les coja…
–         Relájate anda. Ahorra fuerzas para cuando vengan.
Permanecieron allí, unos apoyados en la escalera, otros en la barandilla, otros en el pórtico, charlando durante un buen rato. Casi hasta las 12 y media de la noche. No les importaba demasiado esperar. “Lo que no nos gastemos hoy en mamarnos ya nos lo gastaremos mañana”, decía Néstor. Estaban apalancados con la luna llena, hablando, de relax, de risas sin estar de fiesta. Pero no les importaba. Ninguno se movería de ahí hasta que aparecieran los demás, o hasta que todos decidieran retirarse y dejarlo todo para el día siguiente. Daniela incluso intentó llamar a Çakir varias veces, pero el mantenía su móvil en vibración, sin que sonara, y la ignoró. Sin embargo no ocurría lo mismo con Yuri. Desde que llegó había estado pendiente de su móvil. Le había mandado un mensaje a su novia diciéndole que por favor la esperara, que llegaría lo antes posible, pero ella no le había contestado. La había fundido a toques, pero no contestaba. Se desesperaba, pero no lo admitía ni lo exteriorizaba.
Y así llegaron hasta las 00:45 de la noche. Un coche les cortó la conversación. Un flamante Ferrari entraba por el callejón entre  la iglesia y el edificio de correos, sobre la carretera de adoquines. Se detuvo y no le faltó tiempo para bufar el motor. Quería que los que estaban en la escalera se dieran cuenta de que ese coche había llegado.
Cuando por fin se levantaron, la ventanilla del piloto se abrió, dejando ver el rostro de Adal con una cara de satisfacción de oreja a oreja. Çakir y los demás se pusieron en pie cuando reconocieron quien era el del coche, desde la distancia. Era Adal, que se les presentaba.
–         Gracias por vuestra paciencia, caballeros. – Les gritó
–         ¿Qué coño haces? – Gritó Yuri.
–         ¡Venía a daros las gracias! ¡Parece ser que ya estamos en paz!
–         ¿Qué? ¿Que estamos en paz? – Preguntó Çakir.
–         ¡Estamos en paz¡ Vuelvo a tener lo que es mío.
Subió la ventanilla, dio la marcha atrás y se fue por donde había venido. Se podía oír como quemaba la rueda y como runfaba el motor de su coche. Ninguno entendía nada. Se habían tirado en ese pedestal de piedra fría más de hora y media para que Adal fuera simplemente a darles las gracias. Para algunos supuso un cabreo monumental. Una pérdida de tiempo.
Pero para Çakir no. “Que volvía a tener lo que era suyo”. Eso solo podía significar que había pasado algo con Daniela. Era ella quien debía de tener el fardo. Salió escopetado hacia su coche intentando llamarla al móvil. Sus amigos desde el pedestal gritaron su nombre, pero él los ignoró. Con las prisas ni se dio cuenta de que el semáforo del paso de cebra estaba en rojo, pero le ignoró. La primera vez el teléfono de Daniela comunicaba. Se puso muy nervioso. Bastante cansado se puso a subir la cuesta hacia el Santa clara. Tomó aire y consiguió por fin dar con ella. Su móvil estaba encendido. Daba señal. Ella respondió. Su voz sonaba normal.
–         ¡Daniela!
–         ¿Çakir? ¿Qué pasa?
–         ¿Estás bien? ¿Has visto a Rivas y a los suyos?
–         No… ¿por qué?
–         ¿Estás segura? ¿No te han ido a buscar a casa ni nada?
–         A ver, llevo en casa desde que te he llamado antes. No han venido, ni han llamado al portal, ni nada. No sé nada de ellos desde que le diste la paliza a Rivas aquí en mi casa. Estoy bien, de verdad.
–         ¿Puedo pasarme?
–         Ahora no puedo…  pero mañana por la mañana ya te paso a buscar a tu casa si quieres…
–         Si, perfecto.
–         ¿Qué ha pasado en la pelea?
–         No se han presentado.
–         ¿Cómo que no?
–         No ha venido nadie. Ni un alma. Acaba de venir ahora mismo Adal en su coche, ha dicho que ha recuperado lo que es suyo, y con la misma se ha ido.
–         ¿Entonces no ha pasado nada?
–         Nada. Estamos sanos como una pera.
–         Menos mal… ya tenía miedo de que te hubiera pasado algo.
–         Tranquila. Mañana me verás entero.
–         Eso espero.
–         Bueno, pues me voy a mi casa. Hasta mañana.
–         Hasta mañana. Descansa.
Una preocupación menos. No hubo necesidad de partirse la cara con nadie. Ni hubo que preocuparse de Daniela. Solo había que dormir y esperar al día siguiente. Llegó al coche, se subió en él y tranquilamente se fue a su casa. Llegó y se acostó pensando en que mañana por fin podía volver a verla. ¿Tendría ella las mismas ganas de verle a él?
Mientras tanto, en el pedestal todavía estaban Yuri, Pizarro y los demás, preguntándose a que venía esa espantada de Çakir. Rápidamente descartaron que hubiera ido a echar una carrera con ese coche. Se quedaron hablando durante un poco, pero Yuri no tardó demasiado en despedirse. Ya había perdido bastante tiempo esperando para nada. Todavía tenía que llegar a casa de Berta e intentar solucionar las cosas. Se marchó dejando a los demás hablando de ir al centro. El se metió las manos en los bolsillos y comenzó a pasear. La luna llena seguía acompañándolo. Caminaba pensando que había estado perdiendo el tiempo, y eso le molestaba mucho, pensaba. Tiempo que podría haber empleado él en ver la película con su novia. Pero confiaba en que ella aceptara sus disculpas y se quedara a dormir con ella. “Más vale tarde que nunca”. Cuando llegó observó que la puerta del porche estaba abierta. Echada. Subió las escaleras hasta el quinto piso, sin hacer demasiado ruido. Llamó al timbre sin esperar que ella abriese de inmediato.
Pero no pasó nada. Nadie abría. Volvió a llamar, prolongando la duración, pero nada. Empezaba a impacientarse. Golpeó con los nudillos en la puerta, con la luz encendida, para que si se asomaba pudiera ver que se trataba de él, pero nada. No abría nadie. Intentó apoyar su cabeza en la puerta, pero no escuchaba nada que no fuera la televisión. Como había supuesto, se escuchaba algo. Un diálogo. Una película, pensaba. Seguramente se había quedado durmiendo viendo una película. Cogió su móvil y la llamó al móvil, que se oía cantando desde la habitación. Se oía desde la puerta, pero ella debía de estar tan dormida que ni se enteraba. Yuri optó por dejarla un mensaje en el móvil y dejarla descansar. Aunque en el fondo le daba rabia que no se despertara.
Bajó las escaleras, cerró el portal y se fue, de nuevo, caminando hacia su casa. Pensaría que seguramente estaría en pijama y bata en el sofá de su casa, tranquila, durmiendo a pierna suelta. Y que mañana por la mañana, cuando se diera cuenta de la cantidad de toques que tenía, le llamaría y le pediría perdón. Todo se arreglaría. Seguro que sí. Llegó a su casa después del paseo de siempre, a través del pasaje de peña y luego hacia la calle Vargas, y se acostó. En el fondo le repateaba bastante la idea de no poder estar en ese momento durmiendo con Berta.
Por la mañana  las cosas no sucedieron como él esperaba. Para empezar, Berta lo llamó, si, a las nueve de la mañana, cuando Yuri  aun estaba en el séptimo cielo. Pero en ningún momento ella pronunció la palabra perdón. Estaba llorando. Parecía desesperada, muy nerviosa. Gritaba…
–         ¿Si?
–         ¡Yuri, por favor! ¡Ven a buscarme!
–         ¿Berta? ¿Qué pasa?
–         ¡Ven, por favor! ¡Por favor, ven! ¡Corre!
–         A… ahora mismo voy.
Yuri se levantó de la cama a todo correr. Se vistió con lo primero que cogió de la silla de su cuarto y con la misma se fue al cuarto de su madre, a comprobar que su hermana seguía durmiendo. No se molestó tan si quiera en desayunar. Bajó a la calle y cruzó al otro lado de la carretera. Corrió a través del parque del agua para conseguir llegar antes a la calle Castilla. No dejó de correr ni un solo segundo. El fuerte sol que se dibujaba en el cielo le cansaba bastante. Pero él aguantó corriendo hasta llegar al portal de Berta, sin descansar un solo momento. Estaba abierto, lo mismo que su casa. Eso era muy raro. Ayer todas las puertas cerradas y hoy sin embargo la puerta estaba abierta de par en par. Más raro era ver el cuerpo de Berta tendido en el suelo, en bata, sin consciencia. Se asustó muchísimo al ver esa imagen tan escalofriante. Intentó incorporarla, pero estaba calada, tenía la mirada perdida, y apenas se movía. Se temía lo peor, pero milagrosamente su pulso se mantenía cuando lo comprobó. Tenía junto a ella su teléfono móvil. Yuri lo cogió y comprobó que la última llamada que había hecho era al 061. Justo después de llamarle a él.
¿Qué diablos había pasado esa noche? Estaba tan asustado que su mente se bloqueó. Estaba demasiado cansado. Tenía demasiado calor. Se mareaba. Fue andando hacia al baño, a través de una alfombra encharcada, después de volver a dejar a Berta en el suelo, como buenamente pudo, mientras esperaba que llegara la ambulancia.
El paisaje era desolador. La bañera estaba hasta arriba, llena de agua, y cubitos de hielo, pocos, como si se hubieran derretido. Y en el espejo, escrito con el pintalabios “llama al 061. Te quedan 24 horas de vida”. Volvió rápidamente hacia ella, sin apenas mojarse la cara. Le producía una fuerte revulsión tocar cualquier cosa que hubiera dentro de ese baño. Intentó que se incorporara, que se despertara, pero fue inútil. Comenzó a llorar. A derramar lágrimas de amargura, de las que realmente duelen. De las que congelan cada centímetro de la cara que recorren. La abrazó con todas sus fuerzas. “Mi niña… no me dejes… por favor, no me dejes…” decía mientras lloraba.
A los dos minutos ya había llegado la ambulancia. Menos mal que Berta les llamó antes de que lo llamara a él. El personal sanitario, compuesto por 3 personas,  subió las escaleras lo más rápido posible, y se la llevaron mientras hablaban en una jerga que al checo le costaba bastante seguir.  Lo único que veía es que la habían puesto en una camilla, que la habían administrado oxígeno y poco más. Él insistió en acompañarla ante la mirada de uno de ellos, y no le pusieron ninguna pega. De hecho, durante el viaje le fueron preguntando como se había encontrado así a Berta. Él los contó todo, desde la última vez que había hablado con ella hasta el momento en que la encontró en su casa. No dudaron en ningún momento de su versión de los hechos.
Cuando llegaron a Valdecilla, le pidieron que esperara. Ella fue trasladada a la unidad de cuidados intensivos de inmediato. El se quedó afuera, esperando sentado, impaciente. Estaba nerviosísimo. Si se hubiera dado el caso de que fumara, se habría ventilado dos cajetillas de tabaco en las dos horas que duró la espera. Durante ella no dejó de llorar ni un solo momento.
Llamó a Çakir para pedirle que fuera a buscarle, y él se presentó a los pocos minutos, ya que tardó un poco en orientarse. Se disculpó por la tardanza y escuchó con atención toda la historia.
–         …Y justo he entrado en su casa y me la he encontrado tirada en el suelo, bocabajo. Estaba inconsciente. Y de repente parecía que me quería ahogar de calor, tío. Me he tomado antes una tila a ver si me calmaba, pero nada…
–         No te preocupes… seguro que pronto se recupera.
–         No lo sé, no lo tengo tan claro. Cuando fui al baño de su casa he visto la bañera encharcada de sangre. Llena hasta arriba. Y con cubitos de hielo. Han escrito en el espejo que le quedaban 24 horas de vida. Suponiendo que se lo hayan hecho anoche, cuando estábamos esperando a estos… – Yuri se detuvo. Ya tenía la idea de quienes habían sido.
–         Adal y los suyos… pero entonces… – Çakir se temía lo peor.
–         Disculpad. – dijo un hombre vestido con una bata, saliendo de la sala de cuidados intensivos. Era un cincuentón, con gafas y mostacho castaño, un poco corpulento – ¿Tu eres el chico que ha venido con la chica que le faltan los riñones? – Sus palabras se clavaron en Yuri como 10.000 puñaladas.
–         ¿Cómo? – Dijo Yuri, sin dar crédito a lo que escuchaba.
–         ¿Eres tú o no? – Insistió el doctor.
–         Si… sí, soy yo…
–         ¿Sabes quién le ha quitado los riñones? – Yuri no acababa de creérselo. Los riñones.
–         No… no. Me ha llamado esta mañana y me ha dicho que fuera a su casa corriendo. Y cuando he llegado… bueno, la he visto tirada en el suelo… la he intentado reanimar, pero nada.
–         Estaba empapada cuando ha llegado.
–         Si… si, también lo estaba cuando yo la encontré. Y el pasillo desde el baño hasta la puerta. La habían metido en la bañera, con agua muy fría. Y ensangrentada.
–         Te diré una cosa. Sin riñones no va a poder vivir mucho tiempo. Ha sido una suerte que la hayamos encontrado. Pero si no encontramos pronto unos riñones…
–         ¿Y no hay alguno en el hospital que se pueda trasplantar?
–         Lo lamento, muchacho… pero esto no va igual que un taller de coches. Un riñón no es tan fácil de encontrar como unas pastillas de freno.
–         Pero… ¿pero ella está bien?
–         Estamos haciéndole algunas pruebas todavía. Lo más gordo es que esta noche le han abierto y le han quitado los riñones. Los dos. Para colmo, el inútil que lo ha hecho la ha cosido mal, y sufre una hemorragia interna. Habrá que intervenirla… – a Yuri se le caía el mundo encima por momentos. – y… tenemos motivos para creer que alguien de los que lo hicieron ha mantenido relaciones sexuales no consentidas… – Eso ya la remató. Lo mató y lo remató. Eso no… – por favor, decídselo a sus padres lo antes posible. Preguntar por el doctor Valverde. ¿Entendido?
–         Si…si. Gracias.
–         Haga lo que pueda, por favor. – Dijo Çakir.
Salieron de la sala con más miedo en el cuerpo que otra cosa. Çakir estaba muy asustado por la situación. Yuri estaba reducido a escombros por completo. Sus ojos eran dos cascadas secas, dos nubes de tormenta, dos esponjas. Se arrepentía de tantas cosas. Pero sobre todo se arrepentía de no haberla protegido. Pensaba que esa misma mañana podría estar todavía durmiendo sobre los pequeños pechos de Berta, en su cama, después de compensarla por el calentón sin premio de la noche en casa de Pizarro. Se había obcecado tanto en protegerla que había olvidado protegerla de sí mismo, de su orgullo, su ansia de victoria… Para colmo dos agentes de la guardia civil estaban esperándoles nada más abandonar la sala.
–         ¿Tú eres el chico que venía con la chica de los riñones?
–         Si… soy yo.
–         Tenemos que hacerte algunas preguntas.
–         Adelante. – Dijo él mientras uno de ellos sacaba una libreta.
Les pidieron muy cortésmente que les acompañaran a la cafetería. Ellos aceptaron sin rechistar. Bajaron a la cafetería, que a aquella hora no estaba demasiado llena. La mayor parte del personal estaba todavía colocando las tazas, partiendo el pan de los pinchos y preparando los zumos. Y no había tampoco muchos clientes en la barra ni en las mesas. Ellos se sentaron en la primera que encontraron, encarados dos a dos. Los policías en uno de los lados, y ellos en otro.
–         ¿Cómo encontraste a la chavala?
–         Me llamó esta mañana. Yo estaba en mi casa, cogí el teléfono, me dijo que fuera a buscarla. Y cuando he llegado me he encontrado la puerta abierta, y a ella tirada en el suelo, calada.
–         ¿Estaba consciente?
–         No señor.
–         ¿Se te ocurre como pudieron entrar?
–         No lo sé.
–         ¿Sospechas de alguien? ¿alguien que haya podido entrar en esa casa? – Çakir pasó su pie por encima de su rodilla, mientras por encima de su cintura se le veía tranquilo, esperando, como los policías, que Yuri contara la historia. Yuri le miró intrigado por su gesto, y contestó.
–         No… no señor.
–         Y tú, ¿qué relación tienes con esa chavala?
–         Soy su novio. Desde hace unos meses.
–         No ha podido haber sido él, Marcos.
–         Ya. Lo sé.
–         ¿A qué se refieren? – Preguntó Çakir. No sonaba demasiado bien que digamos.
–         Éste es el tercer caso que se produce en Cantabria en 6 meses. Pero entre el segundo y el tercero solo ha pasado una semana.
–         Joder… – dijeron Çakir y Yuri a la vez.
–         Vale… necesito tus datos. Y los suyos. Y por favor, avisar a sus padres. Nosotros pondremos la denuncia mientras tanto
Çakir y Yuri salieron del Hospital marqués de Valdecilla a las 12:00 de la mañana. Para el turco la situación estaba clara. Todas las piezas del rompecabezas encajaban. Daniela había convencido a Santos para que la acompañara a buscar esas pruebas. Pero algo salió mal, y por eso Santos acabó en coma. Como ella está obstinada en acusar a Adal, y en demostrar que era fiable, decidió hacerlo ella por su cuenta, y por ello metió uno de los fardos, uno de esos riñones en el bolso, pero se enteraron y salieron a su encuentro. Entonces él la encontró, la ayudó y por eso Adal creyó que le había entregado a él el riñón, que no salió del bolso de Daniela en toda la tarde. Pero el calor del interior del bolso había acabado por derretir los cubitos de hielo que lo guardaban, y eso explicaba las gotas a la entrada de la casa de Çakir, cuando ella posó el bolso para irse, y el charco que dejó en la moqueta de su habitación, que fue donde más tiempo estuvo hablando con Daniela. Y como ella había desaparecido del mapa durante una semana, les urgía conseguir uno nuevo. Se enteraron a través de alguien de que este fin de semana ella estaría sola en casa, así que sería una víctima fácil. Pizarro. Quizás el fuera el delator. Y al saber que ya tenía un nuevo riñón, si es que Daniela no se había llevado dos, ya se daba por satisfecho, sabiendo del daño que le había provocado a uno de esos chavales que ya le había ridiculizado ese sábado. Pero Çakir solo estaba seguro de todo lo referido a la historia de Daniela. En el lugar de Pizarro aun quedaban varias dudas por aclarar.
Yuri por fin había conseguido retener sus lágrimas, pero clamaba venganza. En su interior tan solo existía un sentimiento de odio. De venganza. Adal los había distraído para que fueran allí mientras él hacía el trabajo sucio. Ellos habían caído en la trampa como unos pardillos, y el realmente se estaba riendo de ellos a la puta cara. Pero no estaban dispuestos a dejar que las cosas se quedaran así. Lo más difícil sería, sin duda, decírselo a los padres. Pero no volverían hasta el domingo. Y por mala suerte, Yuri no tenía ninguno de sus números móviles. No sería una tarea fácil. Pero Çakir estaba con él.
–         Sé cómo te sientes.
–         No… no lo sabes. – Dijo cabizbajo – No tienes la más puta idea – dijo mirándole a los ojos.
–         ¿Sabes por qué salí corriendo anoche?
–         No.
–         Por que cuando dijeron que habían recuperado el fardo, pensé que le habían hecho algo a Daniela. Y a mí también me hubiera jodido que la hubieran hecho algo, ¿sabes? – Ahora era Çakir el que estaba muy molesto.
–         ¿Por eso te dio igual que Carolina te pidiera tiempo? Para poder irte con la otra.
–         No estamos hablando de eso. Pero mira, te voy a decir una cosa. Ella me dijo que no viniera anoche. Que seguro que era una trampa. Y sabes. Tenía razón. Si no hubiéramos ido, tú hubieras estado allí para protegerla.
–         ¿Y por qué te callaste la puta boca?
–         ¿Acaso me hubieras creído? – Yuri no dijo nada. Mantuvo un silencio sepulcral. Estaba claro que no lo hubiera hecho – ¿No, verdad? ¿Cómo ibas a creer que esa chavala nos estuviera previniendo?
–         Bueno, vale… está bien. No quiero discutir. Vamos.
–         ¿A dónde quieres ir?
–         A recuperar esos riñones. Voy a ir a casa de Adal.
–         Espera. No puedes ir así. Estás demasiado furioso, y demasiado cansado. Aun te duele el golpe de calor.
–         Es solo un mareo.
–         Cálmate. Si vamos a entrar ahí dentro, es mejor que tengamos un plan. Y un plan bien trazado. – Çakir intentaba poner la mente fría, aunque entendía a su amigo.
–         No pienso acabar como Santos. Y no puedo pedirles eso a los demás. Y encima les he dicho que no sé quien ha podido ser cuando lo sé de sobra.
–         Si se lo hubieras dicho hubieran ido a registrar y seguramente no hubieran encontrado nada. O lo hubieran destrozado. No podemos decirles eso. Y por cierto, a mí no hace falta que me lo pidas.
–         ¿Y estos qué?
–         Vendrán. Estoy seguro. No pudimos hacer nada con lo de Pelayo. Pero ahora si podemos hacer algo. Solo tenemos que recuperarlos y tener una prueba sólida. Ahora mismo no se van a creer quienes han sido. Y a ti te tienen en el punto de mira.
–         Me da igual. Los recuperaré como sea. No pienso permitir que también me quiten a Berta.
–         Cálmate. Entraremos esta noche.
–         Para esta noche Berta puede haber muerto.
–         Para esta noche tendremos un plan. La oscuridad nos cubrirá y será más fácil entrar. Daniela nos explicará cómo.
–         ¿Daniela?
–         Si. Daniela. ¿Tienes algún problema?
–         No… ninguno. Pero más la vale que no sea una trampa.
–          Joder…
Çakir cogió su móvil y la llamó. Se citaron en media hora en su casa. Pero Yuri dijo que prefería no ir. Aunque dijo que ciertamente el golpe de calor le había dejado medio tonto, Çakir sabía de sobra que no soportaba la idea de ver a Daniela tan pronto. Cogieron el coche y salieron del aparcamiento del hospital hacia la casa de Yuri. Aprovechó un semáforo en rojo para detener el coche y bajarse. Quedaron para verse por la tarde cuando supieran algo. Él hablaría con Daniela. Yuri, con los demás. Con todos. Pizarro incluido. Pero Çakir no se fue directamente a casa de Daniela. Cuando llegó al centro se desvió a través del pasaje de peña para ir rumbo a casa de Carolina. Esta vez no le hizo falta dar muchas vueltas para aparcar, pues tuvo la suerte de que otro coche salía en la misma calle.
Aparcó  aprovechó que una señora con dos perros salía del portal de casa de Carolina para entrar. Subió hasta la puerta y llamó al timbre, confiando en que ella estuviera dormida. Que la casa estuviera aun silenciosa. Y así fue. Volvió a insistir y a los pocos segundos se oía un “ya va” desde el interior. Era ella, sin duda. Se detuvo para mirar a través del visor de la puerta. Abrió la puerta directamente y se encontró con un Çakir de rostro un poco triste.
–           Hola Çakir – le saludó ella.
–           Hola.
–           Que venía a decirte que vale, que si necesitas un poco de tiempo… que adelante. Aunque me jode porque me gustas muchísimo – dijo intentando acariciarle la mejilla.
–           Ah… – ella no se opuso – bueno, vale… pero que…
–           No, no, no te preocupes. Tómate tu tiempo. Yo te estaré esperando. Cuando te decidas sólo avísame, ¿va? – Aquella mañana, Çakir se estaba marcando el papel de su vida. Aunque no le darían nunca un Goya por eso.
–           Si, si… como quieras.
–           Bueno, me voy ya… – se inclinó hacia ella y la dio un profundo beso lo más cerca de su boca que pudo, pero sin rozarla.

 

Se despidió de ella y bajó las escaleras corriendo. Cruzó la calle y se volvió a subir al coche. No tardó mucho en llegar a casa de Daniela, ya que el recorrido era en línea recta, y por suerte no encontró ningún semáforo en rojo. Aparcó en la pendiente y pudo ver como Daniela le esperaba desde el balcón. Justo cuando él se escondía a la entrada del portal ella entró corriendo en la casa y escuchó como llamaba al timbre. Rápidamente le abrió. Subió en el ascensor y bajó en la quinta planta. Ella lo estaba esperando allí, en el marco de la puerta, y en cuando salió lo recibió con un fuerte abrazo. Çakir se lo devolvió, mientras le daba unos besos donde buenamente pudo, ya que ella le apretaba muy fuerte.
–         Me has tenido muy preocupada.
–         ¿Y eso? Ya me habías visto peleando.
–         ¿Qué pelea dura hora y media? Ninguna… pensaba que te habría pasado algo.
–         A nosotros no. Pero tenías razón. Era una trampa. – dijo mientras pasaban al salón, y se acomodaban.
–         No te entiendo. – contestó mientras se sentaba
–         Utilizaron la escusa como señuelo para mantenernos alejados. Mejor dicho, para mantener a Yuri alejado de casa de Berta, su novia. Han ido a recuperar lo que era suyo. Hazte una idea de a que se referían.
–         … – Daniela no supo que contestar. Estaba claro lo que habían hecho. – No me digas que…
–         Si… le han robado los riñones. Porque nosotros no les devolvimos el que tú robaste. – Çakir no lo decía en tono acusador, pero eso no pudo evitar que Daniela se entristeciera.
–         Lo siento, de verdad. Yo no quería que esto pasara. – Dijo agarrando la mano de Çakir. Él la devolvió el apretón
–         ¿Por qué no lo denunciaste cuando te lo llevaste?
–         ¿Cómo sabías que me lo llevé? – Dijo atónita.
–         Es un poco largo. Dime, ¿qué paso?
–         Bueno… la noche que Santos me acompañó le dije como podría entrar adentro. Le advertí de que era difícil que lo hiciera solo, así que me prometió que intentaría hablar primero con vosotros. Pero no me hizo caso. Me fui a mi casa, y a las 3 de la mañana me llamaron y me dijeron que donde había estado. Me hicieron ir allí. Me dijeron que un chaval había entrado en la casa, pero que se había matado intentando bajar al sótano. Me dijeron que llamaron al de los traslados y que él se ocupó de él.
–         Leandro.
–         ¿Le conoces?
–         No importa… continua.
–         Le llamaron y se le llevó. Pero pasó algo raro. Cuando llegó a la playa donde pensaba tirar el cuerpo, se encontró que ya no estaba en la furgoneta. Y por la noche, cuando vieron el cuerpo los de recogida de basuras, llamaron a la policía. Y al rato aparecisteis vosotros.
–         Vale… Leandro es el padre de un amigo nuestro. Adrián Pizarro. ¿Te suena?
–         No.
–         ¿Estás segura?
–         No sabía que tenía ningún hijo. Lo único que sé es que llegó hace dos semanas desde Lyon. Bueno. El caso es que estaba decidida a llevármelo, así que por la tarde, cuando me dijeron que volviera, mientras ellos estaban en el piso de arriba yo bajé al sótano, metí lo que pude en mi bolso y me fui. Pero me descubrieron
–         Entonces aparecí yo.
–         Y me salvaste. Entonces pensaron que estábamos juntos en esto, por que reconocieron a Santos, y también a ti. Creyeron que yo os di el fardo.
–         Y por eso saquearon la laguna. Porque sabían que nosotros parábamos allí. Pensaban que nos encontrarían. Pero tú fuiste más rápida y te adelantaste y nos sacaste de allí. Todavía con el riñón en el bolso.
–         Cuando me sacaste de allí, me dejaste en mi casa. Creí que tendría tiempo para poder ir a la comisaría, enseñar el riñón y tener una prueba sólida. Pero Adal envió a cuatro chavales a que fueran allí, a merodear por si yo me presentaba. Me dio mucho miedo entrar. Entonces les oí decir que os buscarían a vosotros… y fui corriendo a sacaros de allí. Pensaba que si hablabais con Tania os convenceríais.
–         Pero Tania no estaba en casa.
–         Te lo intenté explicar el otro día. Cuando me encontraste nos fuimos a tu casa, ¿recuerdas? Pero me enfadé contigo  porque no confiabas en mí. Así que me fui. Intenté encontrarla, pero no hubo suerte. Y cuando por fin la localicé le conté lo que pasó y se enfadó conmigo porque no os había logrado convencer para que la ayudarais.
–         Y por eso tu el lunes por la mañana estabas llorando.
–         Si. Se podría decir que sí. Por eso y porque tenía razón. Porque desde el principio he querido que confíes en mí porque sí, y las cosas no van así, sobre todo sabiendo lo de vuestro amigo.  Lo siento.
Se notaba que Daniela estaba triste por creer que la había liado bastante mal. Se arrepentía de haberse comportado así con el turco y de no haber podido hacer muchas cosas. Había tardado bastante en rectificar, y eso no había estado bien. Estaba bastante triste. Miraba a Çakir muy lejano. Como ése chico que la había intentado ayudar y ella no se había dejado por qué no acababa de confiar en ella. Çakir continuaba apretándola la mano mientras estaba callada. Jugaba con ella, y ella también. Buscó el momento apropiado y la hizo apoyarse en él. Con la torpeza de la situación, él acabó apoyándose en el sofá, y ella casi encima. Ambos se rieron. Se miraron. Se besaron. Esta vez no le vino de sorpresa al turco, como cuando ella salió del baño. Ahora se había dado la situación idónea. Ahora los dos disfrutaban del beso, con tiempo suficiente. Era un beso lento, sencillo, marcando los tiempos. Cuando por fin se reincorporaron a la realidad, se volvieron a reír. Él intentó ponerse un poco más cómodo, y ella se volvió a apoyar en él, y esta vez besó él. Estaba contento. Pensaba que era el camino al fin de toda la historia. Y también estaba tranquilo, pues no tenía a la imagen de la dulce y pequeña carolina rondándole la cabeza y recordándole que eso no estaba bien.
–         No te preocupes. Ahora solo quiero saber cómo podemos recuperarlos.
–         No va a ser fácil. Desde el viernes pasado han reforzado la vigilancia. Tienen dos seguratas y varias cámaras.
–         Deja que nos ocupemos nosotros de ello. Tu solo dinos como podemos entrar y salir enteros.
–         Está bien. Escucha. – Ella cogió un papel y trazó la forma de la casa. Con su jardín y todo. – la única forma de entrar es por esta puerta. Por suerte para vosotros tiene la cámara rota, así que no se ve quien llama y quién no. La única forma de colarse es a través de este muro. – dijo señalando un muro lateral. – es un ángulo muerto para las cámaras del exterior. Pero es muy cantoso. Luego hay que conseguir entrar por la puerta, que es blindada.
–         ¿Hay algún otro hueco por el que podamos colarnos?
–         No ninguno. En el piso de abajo las ventanas están cerradas durante el día, y por la noche solo abren las de arriba. Pero no es fácil trepar por esa pared.
–         Está bien. ¿Qué más?
–         Hay que conseguir la llave del sótano. Y esa la tiene Adal. La suele dejar en su cuarto cuando está en casa. La habitación está aquí, al final de este pasillo.
–         Bien. ¿Y luego?
–         Nada más. La cosa está en conseguir entrar en la casa, coger las llaves del sótano, coger los riñones, que seguramente estarán en una nevera portátil, y salir de ahí cuanto antes
–         Vale. Hay que hacerlo hoy. Y creo que sé como lo haremos.
Çakir parecía haber tenido una idea. O al menos, eso era lo que  demostraban sus palabras. Le dijo a Daniela que la acompañara a comer a su casa y ella aceptó. Pero antes llamó a todos y les dijo que se verían en su casa por la tarde, a las cuatro. Era un asunto de vida o muerte. Pero mantuvo una especial conversación con Yuri. Aunque todos se habían ofrecido a ir a la casa de Çakir, él le hizo prometer una cosa muy importante a Yuri. “Me tienes que prometer que pase lo que pase esta noche, no me cuestionarás ninguna decisión, ni mía, ni de ninguno de nosotros. Cuando acabe todo esto, te contaré quien ha tenido la culpa de todo” y Yuri, aunque a regañadientes, y con una curiosa referencia a Daniela, aceptó. Ya en casa de Çakir, lo hablaron todo. Quienes podrían estar en la casa. Por donde entrar. Como recuperarlo todo. Y sobre todo. Como salir. A los ojos de Daniela parecía muy arriesgado. A los del turco, era la única manera de que no hubiera una víctima más. No había otra. Después de comer con Halil, subieron a su habitación. Ella se pasó media hora dibujando la casa desde distintas perspectivas, distintos ángulos. Apuntando todo. Horas, personas, acciones. Todo lo que pudiera interesarles. Poco a poco la habitación se fue llenando, y mientras algunos entraban, otros miraban a esos papeles encima de la cama intentando descubrir que significaban. Otros no entendían que hacía ahí ella. Çakir prestó mucha atención a las reacciones de Pizarro  de Yuri. La de Pizarro fue la esperada. Aun no había visto a Daniela ningún día, según los pensamientos de Çakir. Y efectivamente, ninguno reconoció a otro.  Cuando por fin entró Yuri, todavía mareado, miró a Daniela. Ella le devolvió la mirada, un poco nerviosa. Çakir se quedó mirando cual sería su reacción. No fue la que él esperaba. Se dirigió hacia ella, sentada en la cama, y mirándola bastante por encima del hombro, la preguntó:
–         ¿Puedes ayudarnos a salvar a Berta?
–         Si. – Dijo ella, seria, convencida.
–         Çakir – Dijo Yuri – ¿Cuál es el plan?
Fuente: www.historiasdeacoma.blogspot.com.es

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