Daniela cp1 por Gelo Fernández de la Reguera

Capítulo 1

Estaban rodeados. Chocando espalda con espalda, contemplaban la cruda realidad que los esperaba. Un chico de complexión mediana, tez pálida y pelo rubio, la sonrisa de quien más sabe en su boca, y a sus espaldas, una cabeza por encima de él, su amigo, con pelos de punta, con más fuerza en la mirada y en el cuerpo, la luna era el foco central. El solitario callejón era la pista de baile, y los chavales que los rodeaban eran, como nunca, las más feas. Ulises se preguntaba el porqué de esa situación, pero Yuri se lo recordaba.

– Tío… ¿No puedes estar dos findes seguidos sin liarte con la novia de un kie?
– La última vez que acabamos así, tú eras el que se había liado con una.
– Sí, pero no era la novia.
– Era la hermana. Para el caso es lo mismo.

Mientras discutían, el cerco se cerraba. Los chavales se acercaban. Las amenazas eran continuas, los puños cerrados, presagio de pánico y sangre en el ambiente. Yuri esperaba ansioso a que alguno se abalanzara sobre él. Pronto cayó uno, que al acercarse a él recibió un duro golpe en la mandíbula que lo dejó yaciendo en el suelo. Dos más se aproximaron a los rodeados para después acabar en el suelo de la misma manera. El resto de los chicos parecían asustados. La ventaja numérica estaba de repente quedando anulada. Los golpes empezaron a sucederse entre los que aún quedaban en pie. Gotas de sangre caían al suelo. Los gritos se escuchaban desde los propios pubs, que aun sonaban estrepitosamente a las 11 de la noche, en Acoma. Finalmente, solo quedaba uno de los que provocaron la pelea en pie. Ulises se acercó a él casi riéndose, al observar el estado del chaval, que al verse desposeído de la ventaja numérica, se estremecía de miedo, aunque intentaba disimularlo, alejándose lentamente. Lo agarró por la pechera y despegándolo del suelo con ambos brazos, lo lanzó contra la pared más cercana, volvió a coger al chaval, prácticamente indefenso, esta vez con una mano, y encañonándolo con su diestro puño, comenzó a hablarle.

– Sois todos una pandilla de acojonaos… ¿No sabéis ni pegar ni mantener una pelea justa?… no, ¿verdad?-
– ¡Cómeme la polla!

No parecía que aquella contestación le hubiera producido mucha gracia a Ulises. A los pocos segundos el chaval se lamentaba acurrucado en el suelo mientras sangraba por la boca, tras un fuerte directo de Ulises, que lo hirió en la boca. El resto se arrastraba por el suelo, intentando levantarse. Las manchas de sangre ensuciaban el suelo de losa fría, como la mirada de Yuri. Mientras se retiraban no perdió ocasión para dejarle un recado en el riñón al último que quedaba en pie. Ulises le hizo un gesto con la cabeza y se fueron de la escena.

– Aun no hay quien nos tosa, eh Ulises.
– Yo no estaría tan seguro. Un día de estos nos forran a cualquiera de nosotros. Hoy, porque eran pocos y se han acojonao. Nos estamos creando demasiados enemigos.
– A mí eso no es lo que me jode. Me jode que vengan todos. No son capaces de decir “venga, tu y yo, y nadie más”. Por cierto, estas sangrando por el labio.
– ¿Eh? – Se paso la mano por el labio mientras bajaban la cuestecilla – Ah. Bueno. Me echaré agua fría cuando lleguemos a la laguna.

Sus pasos les llevaban hacia la calle Magallanes. Muchos eran los bares que cada noche hacían retumbar las paredes de los edificios con su estridente música, y uno de ellos era su punto de encuentro, un lugar “tranquilo” que apenas se llenaba, debido a la música que ponían y a haber sido lugar de tráfico ilegal de drogas. Tras varias denuncias, un viejo se había hecho cargo de él. Apenas entablaban conversación con él, tan solo para pedir algo. Pese a ello, el local estaba bien. Laguna Estigia era el nombre. A la puerta un cartel con las letras de “quien atraviese esta puerta, que abandone toda esperanza”, tal como la entrada del infierno, según la mitología griega. A la derecha, tras la pared que formaba un pasillo entre la pared de la entrada y la misma, otros cinco chicos estaban sentados en una cuadrada mesa, en una esquina. Todos con su cerveza al lado, estaban jugando al mentiroso. Mientras Yuri se acercaba a la barra, Ulises se acercó a la mesa.

– ¡Tres Reyes¡ – Comenzaba Iván
– ¿tres reyes…? – Suspiraba Santos – Pues otros 2.
– Otro más. – dijo Salva
– Otro – Néstor
– Otro – Çakir
– ¡Qué panda de mentirosos tengo por amigos…! – Dijo Ulises mientras se sentaba
– Ulises, nadie te ha preguntado, capullo – le dijo Iván – Venga siéntate aquí. ¡otros tres reyes!… ¿Qué santos? ¿no tienes reyes?-
– ¿Cómo no, Iván, como no…? Otro.
– Bueno, pues otro – Mientras Salva echaba su carta, Yuri se sentó
– Pues otro más – Néstor.
– Éste es mentira – Dijo Çakir levantando la carta, que efectivamente, era un 6. – tienes menos arte para mentir que Santos para ligar.

Las carcajadas se sucedieron por toda la mesa. Ya estaba reunido todo el grupo. Iván, alto y corpulento, llevaba unos días con el pelo teñido de negro muerte. Una cabeza más abajo que la suya se distinguía la de Santos, un renacuajo con los pelos de punta, rubitos, de mirada feliz, un tanto escurridiza el chico. A su lado estaba Salva, un espárrago morenito. Alto como él solo, con su mirada vacilona, se había ganado su fama como MC en Acoma. Néstor estaba a su lado, un curioso personaje, con el pelo rapado, gafas y toda la pinta de empellón. Junto a él estaba Çakir, otro moreno, turco de origen, con un curioso peinado rapado, robusto como un roble.

La noche transcurría con la normal tranquilidad con la que discurriría la noche de un viernes cualquiera. Aun eran las 10 de la noche y ninguno tenía prisa por volver a su casa, pues todos ellos eran ya adultos, recién alcanzada la mayoría de edad ese mismo año. Disfrutaban de su preciada libertad, de su juventud, tesoro efímero, ansiado por conseguir, pero que poco a poco desaparece, como la piedra que se erosiona en el río, así eran sus almas. El tan afamado quinito ya empezaba a hacer mella en todos. Tanto que ninguno se había percatado de que en la laguna Estigia había entrado un nuevo personaje. Era una chica, y a juzgar por sus pintas, parecía la típica pija. Aunque al principio parecía un tanto desconcertada, divisar al grupo de chavales que seguía jugando el quinito. Puso mirada interesante y tranquilamente se acercó a ellos. Llevaba unas manoletinas negras, un culote blanco muy corto y una chaqueta vaquera bajo la cual había un Niki con dos corazones rotos. No era muy delgada, con mofletitos, típicos de la niña buena, con una larga melena castaña rubia. Mientras se acercaba a ellos, los que estaban en la esquina se quedaron un poco flipados. Si quiera sus antiguos rollos habían entrado en la laguna, la mayoría porque decía que era un antro, otras por la música que ponían, y otras simplemente porque así se lo habían pedido. Sin embargo allí estaba, apoyando las manos en el borde de la mesa, e intentando buscar una cara conocida comenzó a hablar.

– Hola… ¿alguno de vosotros pueda ayudarme? Estoy buscando a Alejandro Pelayo. – De repente se hizo el silencio en toda la mesa. Los chavales se quedaron mirando a la chica. La mayoría con cara de desprecio. Todos sorprendidos. Todos perplejos. Ni un solo gesto de indiferencia.
– Está muerto – Sentenció Iván – Lo mataron hace 2 meses después de una pelea.
– ¿Vosotros sois amigos suyos?
– Éramos… ahora lo tenemos un poco difícil, chavalita – Replicó Salva, sarcástico.
– Me dijeron que podía contar con vosotros… tengo un problema serio. Tengo que ayudar a una amiga y solo vosotros podéis ayudarme. Tiene una cosa que es suya.
– Me parece que te equivocas, niña – Dijo Santos – Ahí fuera pone laguna Estigia, no Policía Municipal.
– Necesito vuestra ayuda. Es por vuestro amigo.
– ¡Alejandro está muerto, cojones! – Dijo Iván dando un golpe en la mesa.
– Se quienes mataron a vuestro amigo.

Todos los chavales se quedaron atónitos. ¿Qué sabría ella de Alejandro? Hace dos meses habían tenido una fuerte gresca con unos chavales. Parecía increíble, pero ocho chavales, liderados por ese tal Pelayo habían conseguido retener la embestida de más de 30. Muchos hablaban de una cuestión de orgullo. Aquella tarde de primavera, Alejandro había desafiado a Roberto Carlos, uno de los que cortaba el bacalao en la gándara, llamado Rivas, para resolver una disputa. Literalmente, Rivas recibió una paliza, siendo ridiculizado por varios de sus compañeros, a la salida del colegio Cotska, donde estudiaban todos. Yacía en el suelo mientras Alejandro permanecía en pie, sangrando por la nariz, los labios y la ceja, y pese a ello derramando menos sangre que el que ante él se presentaba. Rivas no admitió esta circunstancia y esa misma noche reunió a todos los kíes que pudo para intentar recuperar su honra, su posición. Eran más de 30, mientras que Alejandro, desprevenido, solo consiguió reunir a sus amigos, su grupo. No retrocedieron, sino que pelearon, pese a que no se jugaban nada. Durante el altercado de golpes, que se llevó a cabo detrás del ayuntamiento, Alejandro volvió a demostrar su valía, como también lo hicieron sus amigos. Era un espectáculo digno de ver, pues los de Alejandro les zurraron hasta la extenuación. Sus caras demostraban la euforia de una auténtica heroicidad, y más aun, de no haberse rendido ante la adversidad. Pero su alegría no duró mucho. A la mañana siguiente, Alejandro había desaparecido. Después de una semana de búsqueda, su cadáver fue hallado por fin. Un cuerpo sin vida fue encontrado en la playa de los peligros, junto a la Magdalena. La autopsia, sin embargo no corroboró la hipótesis de un asesinato, sino que simplemente había muerto la misma noche de la pelea a causa de una intoxicación etílica. La policía fue incapaz de resolver el caso debido a que no se encontraban más signos

– Todos los sabemos. Fueron los hijos de puta amigos de Rivas. Ellos lo mamaron y lo tiraron al mar. Pero no hay pruebas – Replicó Ulises.
– Perdonad… pero creo que si hay pruebas.

Çakir levantó por primera vez la cabeza, al igual que Néstor. ¿Pruebas? ¿De quién? Y ¿Dónde habían estado todo este tiempo?

– ¿Qué clase de pruebas?
– Eso.
– La tarde del día que vuestro amigo murió, quedó con mi amiga, después de la primera pelea. Ella le regaló medio corazón de plata con una cadena a juego, y ella se quedó con la otra mitad. Le quería muchísimo. Pero en el momento de la autopsia, no la llevaba. Ella lo vio. Sin embargo mi amiga conserva la mitad de ese corazón. Tuvieron que habérsela quitado a Alejandro después del altercado. Si conseguís ayudar a mi amiga, ella podrá ayudaros.

Çakir seguía algo desconcertado. ¿Alejandro con una chica? No era algo irrisorio, sin duda. Pero ¿porque no se lo había dicho? Eran amigos desde siempre, y siempre habían hablado de lo que fuera. Y ahora de repente una chavala sabe más que el de la vida de su mejor amigo.

– Si tu amiga tiene eso de Alejandro, ¿Por qué no viene ella a pedir ayuda?
– Eso, ella tendría que ser la interesada y no tu. Ni si quiera sabemos quién eres tú.
– Bueno, sino queréis ayudarme lo entiendo. Seguramente ahora tendréis muy fresco el recuerdo de vuestro amigo. Pero bueno, lo entiendo – Decía la chica mientras hacía el amago de marcharse.
– Espera – Dijo Néstor. La chica se detuvo, y se giró. – ¿en serio puedes probar el asesinato de Alejandro?
– Eso depende de vosotros, chicos… pero si queréis cualquier cosa, aquí os dejo mi móvil.

Salió de la laguna después de dejar una tarjetita encima de la mesa. Salva se apresuró en cogerla. En ella estaba apuntado su móvil y su nombre. Los chicos se miraron los unos a los otros. Estaba claro que todos los allí presentes estaban de acuerdo con el testimonio, y que muy raro sería que la chica lo hubiera descubierto por casualidad. Pero entonces, ¿porque decidía ayudarles? Si lo decidía por ayudarles, ¿por qué no lo hizo antes? Todos estos pensamientos corrían por las cabezas de los 7 amigos, y no tardaron en manifestarse.

– Esta es buena, tío. Después de tanto tiempo tenemos la oportunidad de vengar a Alejandro.
– No creo que así resolvamos nada – Respondió Ulises – esto me parece muy raro.
– ¿De qué vas, macho? Quizás esta es la mejor noticia que hemos tenido en meses. – Dijo Néstor.
– Yo estoy de acuerdo con Ulises – Contestó Çakir – Pensadlo un poco. Una tía que no tenemos ni puta idea de quién es. Aparece así porque sí y dice que es amiga de una chavala que se lió con Alejandro, y que encima no conocemos de nada. Alejandro nunca nos ocultaría que está con una tía, que encima le regala un medio corazón. Hay que tener algo muy serio con una tía para que re regale eso, y Alejandro nunca nos habló de ellas.
– Quizás prefirió mantenerlo en secreto, tío. Alejandro era muy reservado para esas cosas.
– No me jodas, Santos. Si Alejandro estuviera saliendo con una lo sabríamos alguno. Uno de nosotros por lo menos – Dijo Yuri.
– Vamos, checo, relájate. Vamos a verlo desde el lado positivo, coño. Vamos a suponer que realmente esta chavala puede mandar a Rivas y su grupo de hijos de puta al trullo. ¿qué perdemos por intentarlo? – Decía Salva – Además, merece la pena vengar a Alejandro que no quedarnos aquí de brazos cruzados como mariconas. – Todos se miraban pensando en las razones que cada miembro del grupo aportaba.
– Vosotros veréis lo que hacéis, tíos. Yo marcho para casa. Mañana os veo. Ulises, dame un toque.

Mientras se levantaba de la mesa escuchó como sus amigos seguían discutiendo. Seguramente no resolverían nada así, pero quizás despejaran muchas dudas. Cuando llegó a casa, en la avenida de la Reina Victoria, eran más de las 3 de la mañana. Pese a todo no daba una imagen de noche fría, sino más bien tranquila. La avenida era un sitio maravilloso para pasear de noche, dadas las suaves luces de las farolas y el reflejo de la luna sobre las tres playas del Sureste de Acoma, que siempre se llenaban durante todo el día en verano. Sin embargo, tras dejar la moto en el garaje entró en el recibidor de su casa y vio que las luces y la televisión aun estaban encendidas. Descartando pensar que hubiera un ladrón en la casa, ya que había entrado tranquilamente, sin que estuviera activada la alarma de robo, se acercó al sillón más largo del salón. La figura que estaba allí sentada, ataviada con una bata azul y un pijama a juego, viendo la tele plácidamente apoyada en el sofá con su copa de anís chinchón dulce no le era nada desconocida.

– ¿No te parece un poco tarde para llegar a casa un viernes por la noche, hijito?
– Padreee – gritaba Çakir mientras se acercaba a darle un abrazo
– Hola Campeón. ¿Cómo estás?
– Pues un poco cansado la verdad. Ha sido un día largo, la verdad. ¿Y tú? ¿no se supone que no volverías hasta finales de mes?
– Si… se supone… pero creo recordar que dentro de poco es tú cumple… y naturalmente, no pensaba perdérmelo. Además, en que mal lugar de padre quedaría yo sino puedo darte tú re-galo…
– ¿¿No será alguna de tus extravagancias de cuando vas de viaje al otro extremo del mundo, no??
– No… al menos, no que yo recuerde… puedes abrirlo ahora si quieres… es ese paquetito que tienes ahí en la mesita, al lado de mi copa.

El padre de Çakir era un hombre estirado, de unos 50 años, más moreno que él, con pelo negro muy repeinado. Parecía bastante más alto que su hijo. Salvo por estos detalles, ambos eran dos gotas de agua. Sus atuendos reflejaban su estatus social. Descendía de una de las familias más poderosas de Turquía de ese momento, los Özcan, cuya fortuna superaba casi el billón de euros, gracias a la posición de su abuelo como un magnate del petróleo. Pese a todo, comparado con ellos, Çakir y su Padre, Samli, vivían modestamente. Sin embargo, esto no quitaba que tuviera que viajar para resolver asuntos de negocios. Çakir estaba extrañado. Su padre siempre acostumbraba a traerle alguna barbaridad a casa. Si bien es cierto, los regalos de su padre siempre eran originales. Aun recordaba como con 14 años le regaló una iguana, con 15 un Kayak, o como con 16 le trajo una mesa de DJ profesional. Sin embargo, en esta ocasión la propia copa era más grande aun que la copa de su padre.

– Hombre, gracias… ya tenía yo ganas de que me regalaras el sello
– No, mira… no es precisamente un sello…

Apenas quitó el envoltorio, abrió una cajita blanca, de cartón, sin ninguna marca, ni nada especial. Dentro de ella había algo suelto. Temblaba. Eran las llaves de un coche. Un BMW, concretamente. Çakir se quedó atónito, mientras su padre se reía de la cara que ponía.

– Creo que esto te empezará a hacer falta a partir de ahora. So-bre todo si quieres moverte por aquí con más rapidez. Le tie-nes aparcado según bajas, así que espera que me acabe esta copita, y vamos a probarle.
– Pero Padre…
– Anda, anda, no me des las gracias, que se que estás deseando probarle.
– Así, ¿sin más?
– Sino mal recuerdo ya te has sacado el carné de conducir, ¿no? NO te preocupes, tienes los papeles del coche y los del seguro en regla.
– Pues la verdad es que sí, pero tengo un pedo considerable y no estoy para conducir ahora. Mejor nos quedamos hablando aquí ahora hablando un rato y me comentas qué tal te ha ido el viaje

Padre e hijo se quedaron hablando hasta altas horas de la madrugada. Mientras su padre le comentaba como le había ido el viaje por México, Çakir aprovechó para contarle lo que había pasado aquella noche en la laguna, de la chica que les había con-tado acerca de la muerte de Alejandro y de aquella posible prueba. Su padre recordaba a Alejandro de las veces que habían organizado quedadas en aquella espaciosa casa

– ¿Y dices que esa chica tiene pruebas de que lo de Alejandro no fue un accidente ni nada parecido?
– Si, padre. Habló muy claro. Tenía una prueba, pero al parecer de muy difícil acceso. Dijo que ayudábamos a su amiga, ella podría ayudarnos a nosotros.
– Deberíais tener cuidado. Una chica que aparece así de la nada, con buenas intenciones… sin pedir nada a cambio… o es un ángel o algo oculta, hijo mío.
– Lo sé, padre. Pero ya habíamos perdido las esperanzas. Quizás quede alguna esperanza. Aunque aún quedan muchos interrogantes.
– Tal vez hijo…

Se despidió de su padre y se marchó a dormir. Subió las escaleras hasta el 3º piso, caminó por el pasillo y entró en su habitación. Era bastante espaciosa. La puerta daba a una habitación con las paredes azul cielo, con una cama en el centro, unas modernas baldas a la derecha, donde guardaba la ropa, seguida de una mesa escritorio, con un ordenador bastante moderno. Al lado, una cama con la colcha de los colores del real Madrid, y frente a ella, un pequeño sillón que daba a una tele de plasma con la PS2. A continuación un armario empotrado, con un espejo en la puerta, al lado de las ventanas del cuarto. Ya en la cama empezó a hacerse muchas preguntas. Alejandro y el habían sido amigos casi desde que el padre de Çakir había decidido escoger Acoma como su lugar de residencia. Aun tenía doce años, y al principio apenas entendía el idioma español, pero no tardó en adaptarse. Habían coincidido en el instituto de las llamas, donde coincidieron en 1º de ESO. Alejandro era un solitario cuando llegó al instituto. Era bastante callado, y bastante reservado, y en la primera clase que coincidió, les tocaron ponerse juntos, según marcaba el orden de lista, poniendo a Alejandro Pelayo junto a Çakir Enis. A principio apenas intercambiaban palabras. Alejandro no parecía tener la menor intención de hablar con él. Y Çakir lo pasaba mal en clase, debido a que apenas entendía el castellano pese a que su padre había optado por contratar un profesor particular que enseñara a su hijo en pleno verano. Antes de que acabase el primer trimestre, el turco ya conocía el castellano básico, y podía hablar con sus compañeros de clase con plena soltura. Poco a poco comenzaron a intercambiar palabras, al principio solo hablando de clase, hasta que la confianza el uno en el otro se fue apoderando de los dos. Poco a poco el grupo se fue ampliando junto con sus compañeros de clase, hasta que por fin fueron 8. Recordaba cómo había sido su primera borrachera juntos, muy jóvenes, en el o’clock, con el resto del grupo. Apenas tenían 14 años, y unos pocos litros de calimocho eran suficientes para que al día siguiente no recordasen lo que había hecho, para que una resaca no les dejara levantarse de la cama, etc. También recordaban la primera vez que habían tenido una pelea. Jamás habían buscado una movida, porque siempre estaban a su rollo. Era una tarde de verano. El grupo estaba en la playa de los peligros, disfrutando de una tarde de sol. Mientras algunos se bañaban, Salva e Iván estaban tomando el sol. Casualidad o no, una chica se acerco a ellos para pedirles un cigarro. Salva buscó entre sus cosas y le sacó uno. La chavala se presentó diciendo que era amiga de una amiga suya, mientras un chaval la miraba atentamente, esperando que volviera junto a él, receloso. La conversación se alargó bastante, hasta que el chaval se aburrió de esperar, y se llevó a la chavala por la fuerza. Ella se despidió de Salva como pudo. Pero cuando se iban ya de la playa, mientras subían las escaleras, el mismo chaval venía acompañado de su grupito, a por Salva. No parecía que tan solo vinieran a hablar, y así lo demostró empezando a recriminar qué tenía que hablar ella con él, bastante enfadado. Salva intentó decirle que la acababa de conocer, pero sin apenas mediar de palabra, el chaval le empujó, diciendo que él no tenía nada que hablar con ella. Acto seguido Salva le propino tal golpe en la cara que el chaval acabó en uno de los rellanos de la escalera, doliéndose del fuerte golpe. A los cinco minutos, todos los chavales que acompañaban al presunto kie también se estaban lamentando junto a él, debido a la paliza que Çakir y sus amigos le habían propinado. Si bien es cierto, su padre le echó una buena bronca por retornar a casa sangrando por un labio y con el bañador rasgado, y a la vez orgulloso de él por haber sabido plantar cara ante la adversidad, y lo que es más importante, haber defendido a los amigos. Lo recordaban desde aquel día. Lo importante no es saber y tener por seguro que tus amigos te protegen la espalda, sino saber tu mismo que tú también se la proteges a ellos. Y a la vez pensaba en esa chica… aunque no le dio tiempo a mucho, porque se quedó dormido. Le pareció escuchar como su móvil vibraba, pero estaba tan cansando que ni lo miró.

Ya por la mañana, sin apenas resaca, se despidió de su padre, cogió las llaves de nuevo coche, llenó dos portas CDS enteros y bajó disparado hacia el centro de Acoma. Como tenían costumbre, había quedado con Ulises en la plaza porticada, para ir caminando hasta el suizo. Casi nunca iban todos, pero el primer día que pudieron hacer una empalmada, acabaron desayunando allí. De ahí salió la costumbre. Ya había conseguido aparcar cerca de los jardines de pereda cuando bajó del coche. A lo lejos divisaba a Ulises y a Salva. Fue corriendo hasta ellos con ganas de enseñarle su coche, que ya había sido divisado a lo lejos por ellos.

– Eh ¿qué pasa tíos? ¿Os apetece dar una vuelta con mi pepino?
– ¿Ese pepino es tuyo? Tienes un padre que no te lo mereces…– Respondió Ulises
– Dile que me regale uno a mí también, ¿no? Venga, vamos a probarlo. – Comentaba Salva
– ¿Santos aun no ha llegado? Nunca llega tarde… – preguntaba Çakir
– Estará cansado… anoche tras la discusión decidió ir a buscar a la chavala para hablar con ella. Me parece que le tendría bastante ocupado. Jejeje.
– Si, si… pues no sé como… era demasiada mujer para el… llámale, anda.
– Voy…- intentó llamarle dos veces, pero no respondió hasta la tercera – ¿Santos? – Del otro lado del teléfono no respondió su amigo, sino una voz de mujer.
– No, soy su madre… – su voz sonaba extrañamente triste.
– ¿Y Santos?
– Estamos en valdecilla… Santos está en coma.

Fuente: www.historiasdeacoma.blogspot.com.es

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