Déjà vu por Ana Centellas

Déjà vu

Agosto de 1986.

Con solo ocho añitos, Miriam se refugia bajo la sombrilla blanca y azul de sus padres. El día es especialmente caluroso y la playa está llena de gente. Siente calor. Demasiado calor. Necesita refrescarse y el deseo de meterse en el agua es muy fuerte. Observa a sus padres, que charlan animadamente con una pareja vecina. Piensa que es mejor no molestarlos y, sin decir nada y sorteando a los demás turistas, consigue llegar hasta la orilla y meterse en el mar.

El agua está fresca y la sensación que percibe Miriam es de intenso alivio. El sol incide con fuerza sobre el agua, creando unos destellos que aquel día le parecen mucho más bonitos que nunca. Hay poco oleaje y el mar ofrece un cariñoso vaivén que, poco a poco, la va atrapando y se deja llevar. Tan ensimismada está con las sensaciones que el mar provoca en ella que pierde la noción del tiempo. Cuando al fin decide salir del agua, la ligera corriente que antes la mecía la suelta en un lugar desde el que no divisa la sombrilla blanca y azul de sus padres por ningún sitio.

Miriam se pone de puntillas para intentar localizar a sus padres, pero no los encuentra. Decenas de personas desconocidas disfrutan del día de playa, ajenos a la creciente angustia que se va formando con rapidez en el pecho de la pequeña. En cuestión de minutos rompe a llorar de manera intensa y desconsolada. No solo se ha perdido, sino que a buen seguro le espera una buena regañina cuando la encuentren.

Entre las lágrimas saladas como el mar, Miriam ve a una mujer de mediana edad que se dirige hacia ella con gesto preocupado. La toma de los hombros, le pregunta si está bien, le ofrece una mano y, con una preciosa sonrisa que jamás olvidará, la acompaña hasta que es capaz de encontrar la sombrilla blanca y azul de sus padres. No estaba demasiado lejos de ella, pero el susto ha sido tremendo.

—Yo también me llamo Miriam —le dijo aquella cariñosa mujer mientras la acompañaba por la playa, después de preguntarle su nombre.

Agosto de 2018.

Con cuarenta años recién cumplidos, Miriam disfruta de una agradable mañana de playa durante un día de sus merecidas vacaciones. El día es especialmente caluroso y la playa está llena de gente. Siente calor. Demasiado calor. Necesita refrescarse y el deseo de meterse en el agua es muy fuerte. Sale de la protección de su sombrilla y, sorteando a los demás turistas, consigue llegar hasta la orilla con la intención de meterse en el mar.

Antes de llegar a poner un pie en las frescas aguas, ve a una niña que llora desconsolada. Durante un instante, se recuerda a sí misma cuando era pequeña y a la guapa mujer que tan cariñosamente le brindó su ayuda. Se dirige hacia ella.

Miriam toma a la niña de los hombros, le pregunta si está bien, le ofrece una mano y, ofreciéndole una de sus mejores sonrisas, la acompaña hasta que es capaz de encontrar la sombrilla blanca y azul de sus padres. No estaba demasiado lejos de ella, pero el susto que se ha llevado la pequeña ha sido tremendo.

—Yo también me llamo Miriam —le había dicho a la pequeña mientras la acompañaba por la playa, después de preguntarle su nombre.

La sensación de déjá vu que comienza a experimentar Miriam es demasiado fuerte. Es una emoción que la abruma y, de pronto, experimenta la fuerte necesidad de salir de allí. Vuelve a su sombrilla, recoge sus cosas con premura y regresa al pequeño apartamento en el que está alojada durante sus vacaciones. La angustia que siente es cada vez mayor.

Miriam se dirige directamente al baño, donde abre el grifo y deja correr el agua para que salga más fresca. Esa sensación de déjà vu persiste e incluso se vuelve cada vez más y más intensa. Llena sus manos con el agua fría y sumerge en ellas la cara, buscando un alivio para la zozobra que la ha embargado.

Algo más calmada, Miriam levanta la cara y observa el reflejo que, de su rostro, le devuelve el espejo. Esboza una tímida sonrisa. Desde el cristal, la está observando la misma mujer que le había prestado su ayuda cuando tan solo era una niña.

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