El Cazador por Elena Siles

Fuente: Pixabay.com

Un hombre de mediana edad y ojos verdes miraba por la mirilla de su rifle esperando el momento idóneo para disparar. Sostenía el rifle con su mano derecha y con la izquierda acariciaba el gatillo pues sabía que en breve debería disparar a su presa. Su presa corría despavorida entre el maizal sin saber que no tenía ninguna posibilidad de sobrevivir…

El hombre disparó e inmediatamente su presa cayó inerte al suelo; y éste sonrió satisfecho. Había empezado a cazar hacía tres años, cuando conoció a un grupo de cazadores en un bar; pero Christopher estaba cansado de cazar presas normales así que al principio no estaba muy interesado en entrar en el grupo. Sin embargo pudo escuchar que sus presas no era las presas a las que él estaba acostumbrado; las presas de aquel grupo eran inmigrantes que ellos mismos traían prometiéndoles un trabajo y una vida mejor en EEUU. Christopher estaba tentado por aquella nueva presa: el hombre; así que decidió ingresar en el grupo.

Cuando cazó a su primera presa se sintió como un dios, un ser superior. Aquellos hombres no eran más que blancos fáciles para su experta puntería con su rifle, otros animales más para su cacería; pero al mismo tiempo era diferente. Lo que sentía al matar a uno de sus nuevas presas no lo podía sentir cazando un jabalí o un ciervo, aquel sentimiento de superioridad le excitaba de tal forma que no podría explicar con palabras lo mucho que necesitaba aquello.
Últimamente para darle más emoción apostaban entre ellos cuál sería el que más presas cazaría y él llevaba una racha de victorias sobre sus compañeros admirable. Estaba ansioso de restregarles su nueva victoria al resto de sus compañeros así que cogió su walkie-talkie dispuesto a recoger la recompensa de su apuesta 500 dólares.

Christopher cogió su walkie-talkie y presionó el botón para hablar- Os he vuelto a ganar, me debéis 500 dólares cada uno- pero nadie le respondía- Aquí Christopher, ¿me recibís? Corto- pero de nuevo nadie le respondía- Voy hasta vuestras posiciones, no os vais a librar de pagarme. Corto.

Christopher guardó de nuevo su walkie-talkie y bajó del árbol desde dónde estaba posicionado para disparar con el rifle enganchado a su espalda. Aquello era muy extraño, los chicos siempre le contestaban por walkie-talkie; debía averiguar que había pasado. El sol del mediodía azotaba con fuerza sus rayos de luz sobre Christopher, el cuál intentaba refugiarse de el calor como mejor podía mientras cruzaba el maizal.
Llegó hasta dónde se hallaba su presa muerta y sonrió satisfecho, le había acertado justo en la yugular desde más de 250 metros; no había muchas personas que pudiesen hacer aquel disparo por lo que en aquel momento Christopher se sentía muy satisfecho.
Decidió dejar el cadáver de su presa allí mismo y caminó hasta el puesto de tiro de sur primer compañero de cacería, pero cuándo llegó no consiguió verle por ninguna parte.
Christopher se limpió el sudor de su rostro con su camisa y decidió beber un poco de agua de la cantimplora que llevaba en su cinturón, cogió un poco de agua y la uso para refrescarse su pelo negro azabache, lacio y que llevaba pelado corto desde que entró en el grupo de cacería, antes lo había tenido más largo hasta el cuello; pero cuando estás debajo de aquel sol durante varias oras cada fin de semana decides que ya va siendo hora de cortarte el pelo; o al menos así lo pensó Christopher.

Christopher volvió a coger su walkie-talkie- Aquí Christopher, estoy en el puesto de Joe pero no le encuentro. Responderme chicos. Corto- de nuevo nadie le respondía- Aquí Christopher, esto no tiene gracia chicos. Responderme. Corto.
– No van a responderte- dijo una voz masculina y profunda desde la lejanía.
Christopher se dio la vuelta pero no vio a nadie- ¿Quién eres tú?
– Dime, Christopher. ¿Qué se siente cuando eres tú el que está al otro lado de la mirilla?- le preguntó la voz masculina desde de su espalda- Mi nombre es Antonio, a mí no me conoces pero sí conociste a mi hermano pequeño. Tenía 18 años cuando decidisteis ponerle un número a la espalda y cazarle entre estos maizales como si fuera un animal. Desde entonces he estado buscando a su asesino y cuándo supe que habías sido tú vine para participar en esta cacería sólo que en esta ocasión tú serías la presa y no el cazador- Antonio presionó el cañón contra la nuca de Christopher-¿unas últimas palabras antes de reunirte en el infierno con el resto de tus compañeros?
– Sí, me gustaría saber cómo eres- Antonio dejó que Christopher se diera la vuelta y entonces su rostro moreno se quedó impregnado en su memoria, aquellos ojos castaños.. era idéntico a la escoria de su hermano… ahora lo recordaba- ¿De verdad crees que te librarás de esta? Tengo unos cuantos amigos en la policía que saben a lo que me dedico. En cuanto sepan que no he vuelto a casa descubrirán que me has matado tú y entonces te mandarán a la silla eléctrica.
– Me da igual morir con tal de llevarte también conmigo hasta el infierno hijo de puta. Además no me van a matar por esto, por muchos amigos que tengas te recuerdo que eres tú el que mató a mi hermano, eres tú el que me ha metido en el coto de caza. Esto es lo que los americanos llamáis defensa propia. No me mandarán a la silla. El único que va a morir aquí eres tú.
Christopher había sacado una pistola de su espalda mientras Antonio hablaba– En eso te equivocas.
Antonio se dio cuenta de la jugada de su oponente- Maldito hijo de puta. Vas a morir.

Ambos dispararon al mismo tiempo y cayeron inertes al suelo terminando así con el cazador y su presa; pero quién era el cazador y quién era la presa lo dejo a vuestra elección.

Esto puede interesarte también

2 comentarios

Deja un comentario