El corazón de Jenízaro cap 10 por Gelo

Capitulo X. La versión sádica de Halil

Sin duda alguna, ni a su hermana, ni a Lara, les había gustado el “plantón” del turco cuando se levantó de la mesa. Y en ese momento, al ver que el turco estaba con Daniela, Nazli acabó de sentirse humillada por completo. Fue ella la que tomó la palabra, cortando por completo a Lara. No hacía falta entender el idioma para saber que venía a protestar de la misma forma que un niño que se aburre en una boda.

 

–        Me quiero ir a casa. – Evitaba que nadie más participara en la riña.

–         Me parece bien – fue la respuesta de su hermano. – vete.

–         No, quiero que me lleves tú, y quiero que me lleves ahora.

–        Ahora estoy muy ocupado para llevarte a casa. – respondió su hermano – Si quieres vuelve en bus como habías planeado antes.

–         Ya. Lo que pasa es que vas a hacer como el viernes. Aparece esta chica y en seguida te olvidas de mí, de tu hermana. – Dijo ya en un tono muy sarcástico.

–        Valió. Ya te pedí perdón por eso, y fue una simple confusión. Así que no me hables de esa manera. Háblame con respeto – exigió el turco, empezando a cabrearse.

–         Te hablaré con respeto cuando tú me demuestres respeto a mí. Y desde que yo he llegado no lo has hecho en ningún momento, hermanito – su voz cada vez se hacía más y más despectiva – Empieza por llevarme a casa. Demuestra un poco que soy tu hermana.

–         No tengo por qué demostrarte nada, soy tu hermano y basta.

–        Tu no eres mi hermano…

 

Lo que faltaba. Ahora encima se ponía a llorar. Típico de los bebes. Sino usaba el recurso de la pataleta no se quedaba tranquila. Çakir no tuvo más remedio que rendirse, enfurecido. Y lo que más le jodía era tener que despedirse así de Daniela.

 

–        Daniela, te llamo más tarde. Me parece que tengo que cambiar pañales. – dijo, mirando muy cabreado a su hermana.

–         Vale. No te olvides de hacer eso mañana.

 

Al despedirse, ella pensó que la daría un simple beso, como al llegar al instituto. En lugar de eso la agarró bien por la cintura y la plantó un profundo y apasionado beso. Lejos de hacer caso a su hermana, se tomó su tiempo. Ni si quiera un carraspeo voluntarioso de su hermana le frenó. Después de dejar a su novia casi extasiada y con ganas de más, se despidió de ella, que se marchó escaleras abajo en dirección a la parada de bus. Çakir comenzó a caminar en dirección opuesta, hasta tomar la esquina para ir al lugar donde había aparcado el coche. Su hermana le acompañaba en silencio. Pero Çakir adivinaba, escuchando los pasos que le seguían que ella no iba sola, y así era. En cuanto se dio media vuelta para abrir el coche, vio que Lara acompañaba a su hermana, por lo que se abstuvo de presionar el botón de su llave que abría la puerta.

 

–        ¿Dónde vas, Lara? – la preguntó.

–         Pues a acompañar a tu hermana. Me ha invitado a ir.

–         Ya. ¿Sabes qué pasa? Qué está castigada, y ahora mismo se quiere ir a casa. Y yo ya he hecho bastante la vista gorda dejándola salir de casa – dijo apuntando a las dos – Así que sintiéndolo mucho, te quedas en tierra.

–         Pero…

–         No, ahora no hay peros. ¡Te quedas en tierra y punto!

–         Çakir, déjala venir… no tiene llaves de casa. – dijo Nazli en el mejor español que pudo. Se notaba que ver a su hermano enfadado de verdad le recordaba bastante a su padre, que imitaba a la perfección su gesto con el ceño fruncido. Realmente la daba miedo.

–         ¿Tú no te querías ir a casa? – dijo, gritándola. – Pues a casa nos vamos. Has dicho que querías irte, pero de tu amiga no has dicho nada. Así que te jodes.

 

Se subió al coche y arrancó dando marcha atrás, sin percatarse de que venía un coche a su espalda. Frenó de golpe y empezó a pitarle con el claxon. La calle de su instituto estaba completamente atascada en el tráfico por culpa de una ambulancia que ralentizaba completamente el paso.

 

–        Parece que sale de tu instituto…

 

Çakir no la respondió. Permaneció serio mirando fijamente adelante, esperando que la carretera se despejara. A su izquierda caminaba Lara, cabizbaja. El tráfico se despejó cuando la ambulancia, por fin, se hizo a un lado. Entonces reanudó la marcha metiendo primera y haciendo runfar su coche.

 

–        ¿No iremos a enfadarnos otra vez, no?

–         No. Si te parece te aplaudo. Me jodes la cita con Daniela y encima me quieres meter a Lara en casa.

–         Habías quedado conmigo. Y has cogido y te has ido con ella. Comprenderás que no esté contenta.

–        Ya… y lo de Lara ¿a qué viene? ¡Qué casualidad que se haya dejado las llaves en casa! ¡Y qué casualidad que se vaya a la de la amiga que vive más lejos de su casa!

–         ¿No la crees o qué?

–         ¡No! ¡No la creo! Y francamente, me gustaría que te empezaras a dar cuenta de por qué le caes tan simpática.

–         ¿Ah, no? ¿Por qué? A ver.

–        Porque gracias a ti puede estar más cerca de mí. Le gusto ¿sabes? Tu amistad no es más que una excusa.

–        Ya, claro… seguramente prefieres que me haga amigo de tu novia, ¿no?

En ese momento Çakir dio por terminada la conversación. Si seguía se iba a convertir en un círculo vicioso que lo único que conseguiría es tener a su hermana llorando a causa de unos gritos que le desgarrarían la garganta por completo. En lugar de eso, la ignoró por completo, tanto durante el resto del recorrido como hasta que se bajó y salió del garaje.

A los 10 minutos ya estaba en frente de su saco de boxeo, con pantalones cortos. Se estaba trabajando bien los nudillos. Casi quinientos golpes, uno tras otro sin descansar. Tan solo descansaba de vez en cuando para beber un poco de agua y tomar aire. De vez en cuando, cuando se sentía extenuado se dejaba caer encima de él. El sudor de su pecho contagiaba al saco, a punto de romperse.

Descargaba sobre él toda la rabia que tría acumulada de ese día, en especial la de la conversación con su hermana. Era una carga extra en su día a día si ella no empezaba a dejarse ayudar, lo cual si cabe le ponía un plus de dificultad a todo ese asunto. Pero no pensaba solo en su saco. Pensaba también en todo lo que había pasado ese día. El asesinato, del que ahora resultaba que nadie sabía nada, pese a las acusaciones que le habían dedicado sus amigos; después lo de las fotos de Martina, que imputaban directamente a Cristian como si fuera su autor. Y luego encima la discusión con su hermana. Tenía motivos más que de sobra para atizar con fuerza ese saco. Para destrozarlo. De una fuerte patada lo arrancó definitivamente de la pared.

Se secó definitivamente todo el cuerpo. Pero aún seguía enrabietado. Estaba cansado. Pero aún así quería seguir machacando y machacando el saco. Mandó llamar a Halil desde el interfono. Se presentó en el acto, sin moverse del borde de la puerta.

 

–        Halil, vuelve a colgar el saco en su sitio, por favor. – Le pidió Çakir

–        Ahora no, efendi. En quince minutos estará la cena preparada. Convendría que se duchara – dijo con tacto.

–         No, no me apetece cenar. – contestó.

–        Pues lo siento, pero a mí sí. Así que, mañana por la mañana, tranquilamente, lo volveré a colgar.

–         ¡He dicho que quiero que lo cuelgues ahora! – Gritó. Al darse cuenta de la forma en que lo había hecho, se retractó de inmediato – Lo siento, Halil… es solo que quiero seguir entrenando.

–         ¿De veras? – preguntó Halil, muy sarcástico, pero serio a la vez. Daba miedo – Quizás, yo pueda ayudarte – dijo, al tiempo que se acercaba a él y le entregaba un pequeño frasco de aceite – Pélivan.- La última palabra amenazaba

 

Diez minutos después, sobra la lona del gimnasio, se hallaban ambos contrincantes, luciendo cada uno la misma indumentaria. Descalzos, con unos pantalones de cuero que les llegaban hasta las rodillas, impregnados de aceite. Una lucha turca en toda regla.

 

Halil se frotaba por el pecho para que el aceite lo cubriera por completo. Çakir hacía lo propio, mirando con mucho respeto a su adversario. Realmente imponía. Era casi dos veces más grande que Iván, solo que en su cuerpo tenía la extraña sensación de que no había un ápice de grasa.

 

La pelea dio inicio cuando Halil le incitó combatir, flexionando ligeramente las rodillas, y extendido sus brazos hacia arriba, como si fuera a asustar a un niño pequeño escondido bajo una sábana. Çakir lo esperaba con las piernas flexionadas, un poco echado hacia atrás. Ambos contingentes comenzaron a acercarse. Los primeros pasos los dio Halil. Çakir esperaba a ver sus movimientos. El primero fue cogerle de los hombros. Ambos, dos, se cogieron por los hombros, dejando caer, cada uno, una mano al cuello del otro. Çakir a duras penas podía agarrarle así. Intentó hacer fuerza empujándole, y su oponente le contestó adoptando la pose de una estatua, que no se mueve, que no se inmuta. Hasta que volvió a sujetarle de los hombros, y haciéndose a un lado, en un repentino movimiento, envió a Çakir al suelo a comerse toda la lona, cayendo boca abajo.

 

–        ¡Vamos, Çakir! ¿Querías entrenar? ¡Entrena!

 

Se levantó de inmediato y recuperó la postura. Intentó mostrarse más serio. Volvieron a encararse como dos ciervos que pelean por la cierva. El resultado fue parecido. La fuerza de Halil impedía a Çakir moverse. Deslizó una mano desde el cuello a la cintura. La otra a continuación y ya le tenía apretando contra sí en un abrazo de oso. Un cuerpo tan colosal contra uno de 75 kilos era exagerado. Casi le bastaba un solo brazo para agarrarlo por completo. Poco a poco la presión se hacía insoportable para el turco. Insoportable. Asfixiante. Y lo peor era que sus esfuerzos para deshacerse de aquella mole parecían completamente infructuosos. Cuanto más hacía por salir de aquella trampa, más apretaba la pinza, la tenaza.

 

Cuando parecía que ya no podía más, Halil lo tiró al suelo, cayendo encima de él. Ahora la presión era directamente insufrible, teniendo a su fiel criado encima. Algo paradójico, sin duda. No tardó en levantarse y en incitar al aspirante a que se levantara y siguiera peleando como lo habían hecho sus antepasados.

 

–        ¡Vamos! ¡Levántate, Jenízaro!

 

Tras la caída de espaldas, empezaban a fallar sus fuerzas. Pero de flaqueza sacó fuerzas y se puso de nuevo en pie. Ahora la mirada que le dedicaba a Halil era de odio. Recuperó la postura de ataque y se lanzó contra su oponente, pero el intento de sujetarlo por el cuello resultó de nuevo inservible. En lugar de eso, y haciendo gala de una agilidad impropia de su corpulencia, Halil lo volvió a agarrar. Y a estrangular.

 

La respiración se le cortaba. Le costaba recuperar el aliento. Le estaba dando una paliza casi sin necesidad de haber usado sus puños. Çakir consideró que era oportuno comenzar a usar los suyos, dadas las circunstancias. Sujetó a Halil por los hombros como éste le permitió y le atizó un fuerte cabezazo directo a su frente. El impacto fue lo suficientemente fuerte como para soltarse de las garras de ese oso. Ya se había enfrentado a gigantes parecidos en las clases de Vale Tudo con Ulises. Su punto débil era su punto de apoyo. Las piernas. Dejó de ser un Pélivan para alzarse como luchador. Le atizó una fuerte patada al lateral de la rodilla que le hizo tambalearse. Un directo al estómago y Halil perdió el aliento. Y una patada giratoria a la altura de la cara bastó para que cayera de bruces, boca abajo, en la misma postura en la que había caído Çakir al principio del combate. Se disculpó casi inmediatamente, cuando recuperó la conciencia de la que acababa de liar.

 

Mientras oía las disculpas de su protegido, intentaba levantarse. Se tocaba la nariz. Sangraba. Apretó su puño y se dio la vuelta disparado hacia su pupilo. Le embistió de forma que su hombro golpeó brutalmente la boca de su estómago. Ambos cayeron al suelo, solo que Çakir se llevó la peor parte, pues de nuevo volvía a tener encima a Halil. Éste se levantó, cogiendo a su rival del cuello. Lo inclinó, invirtiendo la forma de agarrarlo, pasando su brazo alrededor de su cuello haciendo un candado perfecto. Con el brazo que le quedaba libre, cogió el brazo de su oponente y se lo paso por encima de la cabeza, y acto seguido le sujeto por el pantalón. La llave estaba preparada. De un impulso levantó su cuerpo hasta ponerlo perpendicular al suyo, dejándose caer de espaldas, hacia atrás. Su golpe fue duro. El de Çakir, desde más altura, y con más trayectoria, fue letal. Su lamento era sordo. El de Halil también. No había calculado bien. Ambos se quejaban del incidente en el suelo casi sin poder moverse.

 

–        Ja ja ja ja – Comenzó a reírse Halil. Se partía.

–        ¿De qué te ríes? – Le preguntó Çakir, quejumbroso.

–        Tu padre te ha criado bien en el arte del combate turco, Pélivan. Ah… – Se lamentó, levantándose. Se sacudió las manos – Buen combate, sin duda.

–        Eh, ¿qué pasa? No me digas que has peleado conmigo solo por combatir.

–        Si… podríamos decir que si, Efendi.

–         Pero… yo pensaba que estabas enfadado conmigo por haberte gritado, Halil.

–        Tenías demasiada rabia acumulada en el cuerpo. Eso no es bueno para el hígado. Y al parecer tu combate con el saco de boxeo – dijo, mientras le ayudaba a levantarse del suelo, procurando no resbalar – no te había ayudado nada. Necesitabas desahogarte. ¡Y yo también!

–         ¿Tu? ¿de qué? Si me has dicho que no estabas enfadado.

–        Contigo no, pero aún lo estoy con tu hermana. Tenía que desahogarme con ella. Y ya que te has cargado el saco de boxeo…

–         Me has usado a mí como uno, ¿no? Ah… – Çakir todavía estaba dolorido.

–         Bueno. Como tú a mí – dijo frotándose el mentón. Aún sangraba – Propongo un buen baño para relajarnos. Un combate así deja a todos extenuados.

–        ¿Y la cena?

–        La cena puede esperar.

–        Pues que espere.

 

Antes de que salieran de la sala, mientras se retiraban el aceite del cuerpo, Nazli entró en el gimnasio de la casa. Venía ligeramente cabreada porque se retrasaba.

 

–         Pero bueno – dijo al verles – ¿Vais a bajar a cenar o no?

–        ¡¡NO!! – Contestaron Çakir y Halil a la vez.

–         Vale, vale… – dijo cerrando la puerta, asustadilla ella.

 

Ahora las carcajadas se oían incluso desde la cocina. Después de un baño caliente, todo sabía diferente. Todo se veía diferente. Incluso para Çakir. Liberar tensiones recibiendo aquella paliza resultaba gratificante.

 

Al día siguiente, por la mañana, su hermana se había mostrado ligeramente indispuesta. “Mejor”, pensó. Así tendría un día bastante más relajado. No tardó mucho, desde que aparcó la moto, en encontrar a Cristian. Venía solo, como de costumbre, solo que sin la moto. Subía las escaleras por las que ayer se había marchado Daniela. Recurrir al transporte público no debió de gustarle demasiado. Caminaba cabizbajo. Debía pensarse que la moto le debía dar un plus de quiescencia. Ni idea. La cuestión es que tan pronto como le vio, se acercó a él. No le esperaba.

 

–        Eh, Cristian, ¿podemos hablar?

–        No puedo – dijo tímidamente – Llego tarde a clase. Bueno. Llegamos, mejor dicho.

–         Aún faltan diez minutos – dijo Çakir – Dime, ¿quién te dijo que trucaras las fotos de Martina? – Cristian captó el mensaje, pero no supo hacerse el sueco.

–        No sé de qué me hablas.

 

Si algo detestaba el turco es que le tomaran por tonto. Lo peor era que mientras más se negaba, más nervioso se ponía, y más aceleraba su paso. Çakir se hartó. Le cogió por la pechera y le empotró contra la pared más cercana, la del instituto. Los curiosos que llegaban de las motos murmuraban. “Por fin le dará su merecido”. Ya eran ganas de tener marrones a esas horas de la mañana. Pero eso poco o nada les importaba.

 

–        ¿Quién te ordenó lo de las fotos? Sé de sobra que lo hiciste tú, pero no sé quién te lo ordenó. ¿Quién fue?

–        No lo sé.

 

Directo al estómago. Cristian se dobló por completo. Como de costumbre, nadie hacía nada por apartar a un agresor de aquel triste. Nadie. Algunos los disfrutaban, incluso. Çakir lo enderezó del todo de nuevo, volviendo a empotrarle contra la pared. Le estaba trabajando brutalmente la columna vertebral, con el cerebro de propina. Repitió la pregunta.

 

–        ¿Quién? – Cristian no tuvo más remedio que ceder.

–         Está bien, está bien – dijo a punto de llorar. – Fue una chica, por tuenti. Me enseñó las fotos y me dijo que me lo recompensaría.

–         ¡Quiero el nombre! – dijo Çakir, azuzándolo.

–     Se llama Almudena. Almudena García Lavín. – Çakir lo soltó. Cayó de rodillas al suelo. Estaba muy cabreado.

–        ¿Te das cuenta de lo que has hecho? – Le gritó.

–         Yo no quería… yo…

 

Mientras le sacaba la información, por fin se decidieron a intervenir. Los únicos que se atrevían a pararle los pies al turco, en unas circunstancias en la que le faltaban segundos y unos pantalones rotos para parecerse al increíble Hulk. Salva y Ulises estaban ahí para evitar una masacre. Tan solo Marimar, sorprendida, se atrevió a hablar con él.

 

–        ¡Çakir! ¡Çakir, para! ¡Que él no ha sido! – Al principio los primeros intentos eran infructuosos.

–         ¿Qué no? Si lo acaba de decir – dijo sin desviar su atención a su victima.

–         ¡Que no, Çakir, que ha sido un suicidio! ¡Cristian no ha tenido nada que ver con él! – El turcorebajó sus humos, y le soltó. Cristian cayó al suelo.

–        ¿De qué hablas, Marimar?

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