El corazón de Jenízaro cap 11 por Gelo

Capítulo XI. Rugidos de cuervos

Después de haber dejado a Cristian donde lo encontró, se aprestó a escuchar a Marimar. Parecía que era el único que no se había enterado de la catástrofe. Ayer lunes, después de una mañana movidita, Sergio Llanos, uno de los principales sospechosos, se había suicidado en el baño de las chicas del instituto Kostka. Inexplicablemente, para la gran mayoría. O por una buena razón, según otra gran mayoría. Se había ahorcado por miedo a dar la cara por matar a Vega. Pero Çakir no estaba del todo de acuerdo con eso. Suponer eso sería suponer que Lara mintió cuando dijo que estaban follando a la hora en que Vega fue asesinado. Marimar estaba de acuerdo con eso. Ambos se reunieron inmediatamente con Goyo, que dialogaba con dos agentes de la policía científica, y con Lara, que también estaba allí. Tenía sobre la mesa las fotos de la escena.

 

–         Goyo, insisto, no ha podido ser él. Por favor, creedme. Estuvo conmigo toda la noche. – suplicaba Lara

–        Ya lo sabemos. Pero tenemos motivos más que suficientes para pensar que ha sido él – respondía un agente

–        De verdad… tienen ustedes que seguir buscando.

–        Ella tiene razón – dijo Marimar cuando entró – Yo, sinceramente, agentes, no creo que Sergio fuera capaz de matar a su mejor amigo. No pueden darlo todo por hecho sin ni si quiera tener alguna prueba.

–         Lamento contradecirla, pero me parece que si tenemos un motivo. – respondió uno de los policías.

–         ¿Cuál? – preguntó Marimar. El turco se temía lo peor. Ya sabía él que tenía un motivo. Estaba claro. La dichosa lista que se había encontrado en la mesa de ordenadores. Goyo la tenía encima de la mesa, abierta. Ya les habría hablado de ella a los agentes. – Goyo – le dijo Marimar – En serio, no puedes fiarte de una nota que no sabemos ni quien la ha escrito. Sé razonable, por favor.

–         No puedo hacer nada, Marimar.

–         Yo tengo la culpa – dijo Lara – Ayer me ha visto con Çakir. Me ha visto y yo no lo he querido besar. Se ha suicidado por mi culpa…

–        No digas eso, cariño – la dijo Marimar.

 

Desconsolada se echó a los brazos de Marimar como a los de una madre. Goyo intentaba acallar también su llanto, sentado en su mesa, pero ambos esfuerzos eran inútiles. Çakir dudó, pero finalmente se quedó dónde estaba. No se movió. Realmente era una escena conmovedora. Ahora entendía el turco por qué Lara estaba allí. Defendía impertérrita la inocencia de un amigo muerto. Era una escena bastante incómoda para él.

Dejó la sala en cuanto vio que allí no pintaba nada. No sin antes enviarle un mensaje a Daniela. “Amudena García Lavín. Tuenti”. Con eso bastaría.

Estaba realmente contento. Había matado dos pájaros de un tiro. Dos cosas resueltas en el mismo día. Sergio se había suicidado porque había matado a Vega, y luego se había arrepentido. La verdad es que no era una idea descabellada. Lo veía a diario en televisión, pero con otros casos aún más frecuentes. Los de violencia de género. Cuantos maridos, exnovios, celosos… cuántos de ellos no se habían cargado a sus parejas y luego se habían suicidado. Cuánta sangre fría en un primer momento seguido de un ataque de pánico ante la represión. Cuanto mierda andaba por ahí suelto. Bueno, este era un ejemplo extremo. Desde luego, todos en el instituto estaban plenamente convencidos de que ni Vega ni Sergio eran gays.

El resto de la mañana se tiñó de luto por la muerte de Sergio. Dos días de luto seguidos comenzaban a diezmar por completo la moral del instituto. Por si eso fuera poco el luto se mezclaba también con el odio que sentían algunos por el asesinato ya esclarecido, en el que la víctima era Vega. De la noche a la mañana, para algunos, Vega había pasado de convertirse en un matón a convertirse en un mártir. Un fenómeno poco común, sin duda. Y en medio de ese triángulo amoroso, estaba Lara. Defender la memoria de Sergio como lo había hecho allí se tornaba ahora dificultoso. Muy dificultoso.

“En fin, son cosas que pasan” pensaba. Pero no podía ser tan frío como para no tenderle unas palabras de esperanza a Lara. Se sentó con ella el resto de la mañana, dejando a Pizarro en la compañía de Cristian. “Puto chapas”, comentaría en el recreo. Pero Lara lo agradecía. Lo necesitaba. Aunque triste, consiguió mantenerse en el instituto y prestar atención a las clases como un día normal. De vez en cuando, Çakir la hacía un guiño, la pasaba la mano por el brazo. Incluso la pedía sus apuntes. Incluso en su agenda, que también estaba señalada, a la manera de su novia, con marcas rojas. En la hora del recreo, antes de salir, se aceró brevemente a ella.

 

–        Si te sirve de algo, yo también creo que Sergio no fue el que mató a Cristian. Ni si quiera creo que se haya suicidado.

–        Entonces ¿vas a encontrar al que los mató? – Preguntó ella, superilusionada.

–         No, no lo creo… – dijo el turco. – De momento, esta tarde voy a terminar el puto trabajo de geografía. Cristian. Eh, Cristian. ¿tienes ahí el mapa que me ibas a pasar?

–         Si, toma – dijo buscando entre sus muchos apuntes temeroso al principio. Acuérdate de revisarlo bien.

–        Vale.

Al volver a casa se encontró con su hermanita, que aún seguía muy malita, muy malita. Seguía encerrada en su habitación. No la hizo mucho caso.

A las cinco y media de la tarde, sin que le perturbaran demasiado, aparecieron Salva, Ulises Iván y Néstor para compartir con él su maravillosa tele de plasma y su larga lista de juegos. Pensó que también Santos estaría entre ellos, pero no fue el caso. Ellos le explicaron el por qué.

 

–         Aún le fallan un poco las piernas. Pero calculan que dentro de dos días pueda volver a hacer vida normal. – se explicó Salva – Dentro de nada le tendremos en el instituto de nuevo.

–        Debe de estar deseando salir a la calle. Después de casi cuatro meses ahí sentado…

–        Sí. Tiene unas ganas flipantes.

–        Y el culo plano como un sello de dos céntimos.

–         Da igual.

 

Después de dos horas de viciada, los mandos ya empezaban a estar algo sudados, pero no les hacía soltarlos. Palicillas en el Tekken o en el pro, o en el juego que hiciera falta hicieron pasar una tarde de mofas y risas. Salva, harto de perder, pregonando la suerte de Néstor, se levantó del sofá y se acercó a la ventana a echar un cigarrillo. Bajó la ventana, y le ofreció otro a Iván, que también tenía ganas de fumar. Entre calada y calada, pegados a la ventana, vieron que los hermanos Baraja, Bruno y Rafa caminaban fuera de la verja, deteniéndose frente a la puerta.

 

–         Eh, turco… creo que tenemos visita.

–         ¿Visita?

 

El timbre se escuchó en la propia habitación. Los cinco amigos se asomaron a la ventana, sin que los visitantes los vieran detrás de ella. No era una compañía esperada para ninguno de ellos.

 

–         ¿Qué querrán estos? – Preguntó Néstor.

 

Apagaron la tele y la consola, y bajaron los escalones de dos en dos. Se plantaron frente a la puerta, y abrieron la de afuera. Los murmullos entre todos se escuchaban prácticamente desde afuera. Llamaron una vez más al timbre, y Çakir les abrió la puerta. Halil se asomó brevemente por la barandilla de la escalera, pero al ver que ya había alguien ejerciendo de botones, volvió a subir a su cuarto. Nazli ni si quiera se inmutó. Llevaba toda la tarde encerrada en su cuarto. Rafa y sus amigos venían bastante serios. Çakir intentó reducir la tensión que se imponía en el ambiente.

 

–         Vaya, vaya… sin son los músicos de Bremen. – dijo Çakir rebajando la tensión en el ambiente. Le gustaría saber que hacían esos individuos en su casa. – Solo me falta saber quién hace de burro.

–         Tu siempre tan cachondo, ¿eh, turco?

–        Es lo que hay, Rafa. – respondió. – ¿Qué se os ofrece?

–        Queremos hablar contigo. – dijo Borja

–         De Vega. – dijo su hermano

 

Çakir no estaba convencido de qué entendían ellos por hablar de Vega, pero a fin de cuentas, por la mañana habían dicho que creían en su inocencia. Les invitó a pasar y a sentarse en el sofá del salón. Los cuatro se mostraban impresionados por la humilde morada del turco. Pasaron los nueve y se sentaron unos frente a otros. La reunión tenía cierto ambiente típico de una reunión de Corleones con Tattaglias. Y aunque le impresionaba bastante su visita, se tomó la conversación con un pasotismo que en absoluto molestó a los huéspedes.

 

–         ¿Qué queréis, que hablemos de Vega?

–         Si… – dijo Rubén – Creemos que no has sido todo lo sincero que podías haber sido ayer.

–        Entiendo – ¿Eso era una acusación? – ¿Y por qué tendría que haber sido más sincero? ¿Creéis que oculto algo?

–        Nosotros estamos seguros de que ha sido Cristian el que ha matado a Vega – Dijo Rafa, duro – Y a Sergio. Creemos que ha sido Cristian y que tú te niegas a acusarle, sabiendo que ha sido él. Les mató harto de sus burlas y de sus vejaciones – Eso sí que era una acusación en toda regla, pero Çakir no pareció sorprenderse demasiado.

–        Me parece que se os ha ido un poco la pinza – dijo Salva.

–        ¿Quién sino tendría motivos de matar a Vega? Además, era su navaja. – dijo Bruno

–         Vale. ¿Y Sergio qué? – Preguntó Ulises – Sergio no se metía tanto con él.

–         Es lo único que tienen ambos en común. – Dijo Rafa, bastante convencido – Los ha matado a ambos por Lara. Mató a Vega por que le gusta Lara. Y al darse cuenta ayer de que Sergio se había acercado a ella, se le ha cargado hoy. Le ha estrangulado y le ha dejado colgado en el baño de las chicas.

 

Çakir y compañía, al oír esto, después de un breve momento para digerir esa información, empezaron a mearse de risa. Era una idea completamente absurda, y eso movía a la burla a los amigos del turco. Salva incluso a punto estuvo de llorar. Ulises, en cambio, sí que fue al baño. No tenía ganas de tener que cambiarse de pantalones allí mismo. ¡Ni de calzoncillos!

 

–         Joder… y ¿no os da miedo volver a clase? – se rio Néstor

–         Yo estaría acojonado – dijo Iván

–         ¡Basta, ya! – Gritó Rafa, poniéndose en pie. – Os estamos hablando en serio. Piénsalo, turco.

–        Os estáis yendo por los cerros de Úbeda. – Dijo Çakir, convencido de sus palabras – No ha sido por Lara.

 

El turco se inclinó hacia delante, incorporándose. Daba a entender que sabía algo más, realmente. Pero no se jugó el tipo sabiendo que quizás los demás supieran algo. Tiró un anzuelo esperando averiguar algo más. Algo que quizá delatara a alguno de los miembros de la extraña lista.

 

–         El que mató a Vega – lanzó un órdago – iba buscando algo que él tenía. Por eso, cuando lo mató, se ocupó de quemar todo el edificio, además de su moto, porque no encontró lo que buscaba. No ha sido Cristian.

–         Venga, no me jodas, Çakir – Dijo Borja. – Le tenía rabia a Vega y decidió matarle. No hay más. Hizo lo que no pudo hacer el viernes.

–        Bueno… supongamos por un momento que de verdad ha sido él. Tiene una coartada. ¿Cómo pensáis desmontarla?

–         ¿Tú te crees de verdad que tenga novio? – Preguntó Rubén, ofuscado de ira. – Pero si está comiéndole el culo a Lara.

–         Mira, no sé si lo tendrá o no. Pero de momento no tengo ninguna intención de verificar si ha sido él o no. Esto es cosa de la policía, no mía.

–        Eh, turco. Seamos serios. Has encarcelado a una panda de camellos y a dos asesinos. ¿No me digas que ahora no vas a encontrar al que mató a Vega y a Sergio?

–        Sinceramente – contestó él – por haber detenido a esos hijos de puta, no me apetece volver a meterme en follones. Me parece que aún sois demasiado jóvenes para saber lo que se siente cuando te están encañonando con más de una pipa de las que matan de verdad.

–        Eres un zorro, tío. – le acusó Sergio – Vas a dejar que mueran sin que atrapen a su asesino.

–         Vosotros ya habéis encontrado al asesino. – Contestó – Si realmente ha sido Cristian, ¿Por qué no os molestáis en resolverlo por vuestra cuenta y riesgo?

–         De Cristian ya nos ocuparemos en su momento. Por eso no te preocupes, turco.

–        Yo si fuera vosotros, sí que lo haría. La policía os mira con lupa por culpa de la dichosa navaja. – Nadie picaba con el anzuelo. Probó con otro – Es posible que el asesino fuera uno de vosotros cuatro.

–        Ya viste lo que dijo la policía. – dijo Bruno

–         También era posible que alguien hubiera encontrado la navaja, patatín, patatán, y se cargara a Vega. – dijo Borja

–         Simplemente por pillar algo de dinero o vete tú a saber.

 

El teléfono empezó a sonar. Dio un par de tonos antes de que Çakir se levantara a cogerlo. En ese momento, dejó de sonar, con lo que se retomó la conversación. Y fue Rubén quien lo hizo.

 

–        ¿Y Sergio qué? ¿Cómo es que alguien le ahorcó?

–         Pudo ser cualquiera. – se defendieron casi a la vez.

–         Vale… suponed que fuera un camello o uno de la mafia italiana. No me apetece tener un macarroni pegado a la espalda por meterme donde no me llaman. – se defendió

–         Vaya… ahora resulta que se nos acojona. No te preocupes, turco. Nosotros averiguaremos quien mató a Vega.

–         Procurad preguntar antes de golpear. – se defendió el turco

 

No se molestó demasiado en acompañarles a abrir la puerta. Ya conocían el camino. Él, mientras tanto, se quedó en el sofá, sentado en la misma postura, al tiempo que sus amigos se iban sentando alrededor, en las plazas desocupadas. Ellos también tenían algo que decir respecto a Vega.

 

–        Tú dirás, turco – dijo Néstor.

–        ¿Yo diré qué, Néstor? – contestó, molesto.

–        ¿Estás seguro de que no sabes quién es?

–        Solo sé que no sé nada, decía Sócrates. – sus amigos pusieron cara de “venga, deja de hacerte el interesante y suéltalo – Digamos que con esto estoy bastante perdido. No sé ni por dónde empezar.

–        ¿Pero crees que es alguien de fuera o que es uno de estos cuatro hijos de puta?

–        No lo sé… la única pista que tengo es que el asesino debía conocer a Vega, porque le atacó de frente, y pudo clavarle la navaja tres veces en el pecho. A partir de ahí, todos los candidatos tiene coartadas. Así que vosotros diréis.

–         ¿Y Cristian?

–         ¿Alguno de vosotros, piensa, sinceramente, – puso especial énfasis en esas palabras – que ese triste que no es capaz de matar una mosca va a cargarse a Vega?

 

La pregunta quedó en el aire. La verdad es que ninguno de ellos le veía capaz. Hicieron varios comentarios respecto a la posibilidad de que hubiera un Cristian bueno y un Cristian malo, o que estuviera drogado o influenciado por algo o alguien. O que quizás la luna hiena le hubiera transformado en una bestia indomable. La gran mayoría, carentes de cualquier sentido. La otra minoría, descartadas porque la existencia de Dios aún no ha sido probada científicamente. Sin prestarle demasiada atención a estas figuraciones de coñas, llegó la noche.

 

–         Es hora de irse.

–         Yo todavía tengo que hacer las paces con Paula. Tengo que ir hasta su casa.

–        Es verdad, ¿qué os pasó el sábado? – Preguntó Ulises.

–        Que me chiné con ella porque se quedó sopa en casa de Lara el sábado. – Se explicó.

–        ¡Qué putada!

–         Ya te digo – dijo Salva – A ver, es una tontería, porque habíamos quedado en hacerlo en su casa, ¿sabes? Pero fue cenar y caerse sopa. Luego no se despertó. Casi me dieron ganas de llamaros y marcharme. – dijo refiriéndose a Çakir y a Yuri, que tampoco estaba.

–        Pfff – suspiró Çakir – Hubieras tenido que volver a casa a patita, o andando. Nosotros nos huimos a las doce menos diez.

–         Ya, pero salió otro más tarde.

–         No… no, el nuestro salió a menos diez. – dijo Çakir.

–        Ya. Pero luego, en la cama, yo oí otro. Pasó a las doce y media. Lo oí entre los gemidos de Lara.

–        Imposible. Lo vimos en la salida. El siguiente tren era a las siete de la mañana. Estarías pedo y oirías cualquier cosa.

–        ¡Te digo que oí pasar al tren!

–        ¡Y yo te digo que es imposible que lo oyeras pasar!

–        Bueno, valió ya – dijo Ulises. – Solo faltaba que os pusierais a discutir por saber a qué hora pasó un puto tren.

–         Será mejor que nos marchemos. Mañana todavía tenemos que madrugar.

–        Vale. Nos vemos mañana.

–        Hasta mañana, chicos

–         Hasta mañana.

–         Venga.

–         Adiós.

 

A primera hora de la mañana, en el Kostka, a Pizarro, Çakir y compañía les tocaba la hora de gimnasia. Concretamente, una prueba de resistencia, un regalito de navidad que su profesor les había prometido para la vuelta de vacaciones. La mejor forma de hacerla era no pensar demasiado y con el menor calor posible. Las chaquetas del chándal no ayudaban demasiado.

 

A esa hora Cristian no había llegado. No lo hizo hasta que los demás ya llevaban unos minutos calentando. También Nazli y Lara llegaban tarde. Una excusa con los vestuarios. Lo normal en esos casos. Aunque a Yago, el de gimnasia, no le hacían demasiada gracia esos retrasos. Tenía bien merecida su fama de profesor chulesco y desaprensivo. Y sin embargo, también tenía su “buena” fama. Corría el rumor de que dos alumnas habían entrado en su departamento con un condón en cada mano hacía ya un par de años. Pero nadie señalaba a las alumnas, así que todo se quedaba en un rumor. Rumores. Meras leyendas.

 

–         Bien, chicos. Hoy toca resistencia. – dijo Yago

–         ¿Cuánto se supone que tenemos que correr? – Preguntó uno de los compañeros.

–         Media hora para los chicos. Veinticinco minutos para las chicas. Y espero que no encuentre a ninguno haciendo el vago, ni detenido. Ni haciendo el gilipollas, claro. O tiene un cero. Para aprobar hay que completar la sesión. Y la nota va en función del número de vueltas que deis después.

–        Yago… yo no puedo hacerla entera. – dijo Cristian.

–         ¿Qué te pasa, Prat?

–        El asma… soy muy propenso. No puedo hacerla entera.

–        Bueno. Haz hasta donde puedas.

–        Gracias.

–         Venga, chicos, vamos a empezar.

 

Pizarro se colocó al lado de Çakir y juntos marcaron el ritmo de cabeza de la marcha. Hablando de sus cosas, procurando no perder el aliento ni el ritmo hacían que la clase no se hiciera tan aburrida. Çakir le contó acerca de la visita que tuvieron ayer él y el resto del grupo por parte de los amigos de Vega. Él le habló un poco más de Mónica. Por lo menos hasta pasados quince minutos desde que empezaron.

En ese momento, Cristian cayó rendido al suelo rendido, boca abajo, sin fuerzas ni si quiera para apoyarse en sus brazos. Le costaba respirar. Nada grave, solo parecía estar sufriendo un pequeño ataque. Varias compañeras se detuvieron junto a él, a comprobar que le pasaba. Buscó en sus bolsillos el inhalador, y por más que expiraba, no conseguía volver a la normalidad. Su respiración natural se troncaba inútil,   Todos los compañeros se acercaron a ver qué pasaba, Yago entre ellos, a medida que Cristian iba perdiendo progresivamente el color hasta quedarse pálido como una hoja de papel. Se iba. Poco a poco, se iba.

 

–         ¡Apartaos, apartaos… dejadle respirar!

–        Me… me… – Cristian ya apenas podía hablar. Apenas respiraba. Se ahogaba.

–        ¡¡Rápido, llamad a una ambulancia!!

–        Rápido.

–        ¡Cristian, aguanta!

–        ¡Cristian! – ninguna de estas voces llegaba a su cerebro.

 

La situación empezaba a ser angustiosa para todos. Poco a poco, cada vez más, el dolor producido por la ineficacia de su sistema respiratorio iba en aumento. Sus gritos enmudecidos por la falta de aire copaban los cristales de las aulas, haciendo que todos los alumnos se asomaran curiosos para ver como Yago se le echaba en brazos y lo sacaba a la calle. Los intentos de reanimarle no habían tenido ningún efecto. Cristian se iba. Se iba. Desaparecía.

 

Solo quedaba esperar que los servicios médicos consiguieran reanimarle. Pero parecía ser que no sería así. A había perdido el sentido por completo cuando llegaron los servicios médicos, que ya nada podían hacer por aquel triste.

 

De camino al hospital, a las nueve y diez de la mañana, Cristian Prat había muerto. La causa de su muerte, ahogamiento, producido por un fuerte ataque de asma. Pero los compañeros de clase no se enterarían hasta las once de la mañana, cuando recibiera el director la mala noticia. A esa hora, todos los alumnos se reunieron en el gimnasio para guardar un minuto de silencio por su compañero. Otro jarro de agua fría para los compañeros del instituto del Kostka, que veían como otro compañero les abandonaba.

 

Durante el recreo, todo el grupo rodeaba a Çakir. Querían saber qué le había pasado a Cristian. Çakir y Pizarro intentaron ser lo más precisos posible. Sin embargo, tan solo escuchar que todo parecía indicar un accidente por culpa del inhalador les hizo sacar sus propias conclusiones antes de tiempo. Una vez más, los cuatro compañeros de Vega estaban en el punto de mira. Aunque sus argumentos eran verídicos, Çakir se mostraba muy escéptico. Tenía un motivo. No podía proteger siempre a Cristian. Cierto. Ahora él no necesitaría más su protección.

 

–         Ha sido uno de esos cuatro fijo. – decía Salva, muy seguro de sus palabras – Uno de ellos ha jodido a posta el inhalador para que no le funcionase. Estoy seguro.

–         Han cumplido lo que han dicho anoche. Que Cristian lo pagaría, y lo han hecho. – Dijo Néstor – Son unos hijos de puta, los cuatro.

–        No se… ¿Cuándo lo han hecho? – Preguntó Çakir – De ayer por la noche a esta mañana es muy jodido que se hayan topado con Cristian.

–        Los hemos visto esta mañana, antes de que tú llegaras. Estuvieron molestándole donde tú te le encontraste ayer. Le tiraron al suelo y todo.

–        ¿Eso es todo lo que se os ocurre? – Preguntó Çakir.

–        Joder… si están tan seguros de que era él el que mató a Vega. ¿Por qué no? Lo único que han hecho es hacerlo pasar por un accidente. Así no se complican la vida.

–        Ulises tiene razón. Han querido disimular.

–        Es posible… pero aún me quedan varios interrogantes. Creo que la misma persona que mató a Cristian mató también a Vega… pero, como os dije anoche, no sé por dónde empezar.

–        ¿Crees que ha sido uno de ellos?

–        Solo digo que es una posibilidad.

 

Ese día las chicas no hicieron acto de presencia en ese recreo. Ninguna de ellas. Las amigas de Martina seguían consolándola en las escaleras del Santa Clara. Lo que ayer eran lágrimas de rabia hoy eran lágrimas de tristeza.

 

Después de que acabara el recreo, a cuarta hora, Goyo volvió a entrar en la clase de Çakir. Ésta vez, sólo le buscaba a él. Igual que la otra vez, le pidió que le acompañara a jefatura. Volvía a repetirse la escena, solo que esta vez, los colegas de Çakir también estaban presentes. Y ahora no estaba Lara. Ni Cristian, obviamente. Pero si Rafa y los demás. Ninguno de ellos estaba sentado, todos en grupitos, a cada lado de la pared. Como la noche anterior. Recelo en sus miradas.

 

–         Vamos a ver… alguien me ha enviado un anónimo esta mañana. – dijo mostrándole. Era una hoja hecha con recortes de revista. – Según esto, ayer habéis estado hablando de Vega, de Sergio y de Cristian, y vosotros – dijo mirando a Rafa y compañía – habéis sondeado la posibilidad de cargaros a Cristian. ¿Tenéis algo que decir?

–         ¡Vinieron anoche a casa de Çakir! Vinieron diciendo que Çakir sabía que Cristian le había matado y que no había querido decirlo. – dijo Néstor muy deprisa.

–        ¡¡Cállate la puta boca!! – exclamó Rafa

–        ¿Es eso cierto? – Preguntó a Goyo.

–        Le dijimos que no había sido sincero. – Dijo Borja – Le preguntamos si sabía algo, y no nos quiso decir nada.

–        ¡¡No hablo de lo que no sé – contestó Çakir, fulminándolo con la mirada, muy enfadado!!

–        ¡Ha sido uno de ellos! – Exclamó Salva – ¡Uno de ellos ha jodido el inhalador de Cristian cuando venían esta mañana! ¡Le han parado junto a las escaleras y le han dado otra paliza! Seguro que ahí han truncado el inhalador.

–        Eh, ¿De qué cojones vas? – Preguntó Rubén, encarándose con él sin miramientos.

–         ¿Qué pasa? – exclamó Ulises, quitándosele de encima de un empujón – ¿Vais a negar que anoche no habéis insinuado que os ibais a encargar de Cristian?

–        ¡¡Serás hijo de puta!! – gritó Rubén

–        ¡Te vas a enterar!

 

Goyo tuvo que intervenir para evitar que Salva le rompiera la boca a Rubén después de ese comentario tan feo. Ambos grupos estaban a punto de empezar a tirarse los trastos a la cabeza. Concretamente, todos los trastos que Goyo tenía repartidos por su despacho. Por suerte consiguió calmarlos antes de que se desatara una batalla campal en su despacho. Saltaban chispas por todo el ambiente, entre ambos bandos.

 

–         ¿Os lo voy a preguntar solo una vez? ¿Es cierto que dijisteis eso? – Preguntó Goyo.

–        Vale, sí. – contestó Rubén – Lo dijimos. Si. ¿Y qué? ¿Nos vas a acusar solo por eso?

–         ¿Lo habéis hecho?

 

Si Goyo esperaba algún sí por respuesta, quedó por completo decepcionado. Llamó a la policía, una vez que ordenó retirarse a Çakir y a los suyos.

 

Çakir lo veía claro. Aun suponiendo que hubiera sido uno de ellos, ninguno tendría por qué decir que había sido él. Sin embargo, algo en su interior empezaba a decirle que tenía que averiguar de una vez quien sería el asesino. Ya no era solo el hecho de pensar que tal vez Cristian no sería la última víctima, sino también pensar que si realmente era cierto que no podría protegerle siempre, había llegado tarde a la vez que quizás más falta le hubiera hecho. Pero no se olvidaba de lo que había dicho la noche anterior. “El que mató a Vega iba buscando algo que él tenía”. ¿Podría ser que no lo tuviera Vega, sino Cristian? Tuvo que improvisar.

 

–        Oye, Goyo. Le dejé hace unos días a Cristian unos apuntes. ¿Puedo ir a ver si los tiene en la mochila?

–         Sí. Pero vuelve aquí cuando acabes.

 

Quizás la mochila sería un buen punto de partida. Corrió hacia los vestuarios del instituto. A esa hora no había nadie, curiosamente, haciendo gimnasia. El vestuario estaba vacío, salvo por la mochila de Cristian, la única que no había sido recogida. La abrió sin saber demasiado bien qué buscaba. Empezó por la carpeta. Varios apuntes cuidadosamente colocados y ordenados, subrayados y esquematizados. Los libros, subrayados e impolutos. Buscó en su agenda, pero tan solo tenía apuntados deberes y similares. Nada que le sirviera de ayuda. En uno de los bolsillos de la mochila, en cambio, tenía guardadas las llaves de su casa, su cartera y su bolsillo. Miró en su móvil en busca de alguna pista o algo. Seguía sin saber qué buscaba. Apenas tenía mensajes. Los últimos cuatro eran de móviles desconocidos. Todos ellos enviados el día anterior, casi simultáneamente. A las ocho y media de la noche, y todos contenían el mismo mensaje.

 

“Estás muerto”

 

Çakir no tardó en averiguar quiénes eran los autores. Debían de haber sido Rafa, Bruno, Rubén y Borja cuando se fueron de su casa. Algún que otro mensaje de familiares copaban las fechas de navidad y año nuevo. Poco más. Eso hizo dudar al turco de la posibilidad de que Cristian realmente tuviera novio. Otro mensaje era del día veintidós de diciembre, el día que les daban las vacaciones. Lo habían puesto a las ocho de la noche. Era de Lara.

 

“Mis padres no se han dado cuenta. Eres un hacha”

 

Çakir no supo demasiado bien a qué se refería. Poco le importaba. Estaba guardando el móvil cuando Yago entró en el vestuario sin avisar, por sorpresa. Çakir guardó el móvil en el bolsillo como un acto reflejo, al igual que las llaves de su casa.

 

–         ¿Qué haces aquí Çakir?

–        Nada.

–         ¿Nada? – Preguntó Yago – Ya. ¿Y la mochila de Cristian, tampoco hace nada, no?

–        Venía a coger unos apuntes que le presté a Cristian la semana pasada. Me ha dado permiso Goyo. Pero parece ser que no están aquí.

–        Bueno… vete, que tengo que cerrar los vestuarios.

 

Çakir sacó la mochila del vestuario y fue al despacho de Goyo. Ahora no había nadie más que él, y Leandro Pizarro, como de costumbre, en la escena del crimen. Para él, tres muertes de dos alumnos de un mismo instituto en cuatro días no era solo una casualidad. Çakir lo saludó al entrar, al tiempo que dejaba la mochila de Cristian en el suelo. Goyo y Leandro hablaban sobre los alumnos que hace un rato habían compadecido frente a Goyo. Según Goyo, cuando Çakir se había marchado, ambos grupos habían vuelto a discutir. A lanzarse acusaciones entre ellos. Se los llevaron arrestados.

 

–        Tal y como oyes. Decían que Sergio quería levantarle la novia a Vega. También han dicho que Vega le dio el palo con chocolate a Rafa hace unas semanas. Y que también, hace cosa de unas semanas, se había pegado con Borja y Rubén y les había dejado en evidencia. No son móviles, pero bueno, son motivos.

–        ¿Qué quieres decir con eso?

–         Quiere decir que ahora los que tenían una coartada tienen una especie de móvil para haber matado a Cristian. ¿No, Goyo? – Preguntó Çakir.

–        Ya sabemos lo que tenemos que hacer. – dijo Pizarro, retirándose de la sala.

–        ¿Has encontrado lo que querías, Çakir?

–        Sí.

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