El corazón de Jenízaro cap 13 por Gelo

Capítulo XIII. La máscara del fantasma

A las seis de la tarde, llegaban al tanatorio, perseguidos por la intensa lluvia, que parecía ser que no daría tregua. Al entrar observaron que no parecía un ambiente tranquilo en absoluto. La familia de Vega miraba con desprecio a la de Cristian, convencidos de que algo tenía que ver con la muerte de su hijo. También estaban los cuatro amigos de Vega. Pero en eso se quedaba. En un desprecio. Prácticamente, todo el instituto Kostka estaba allí. Por raro que pareciera, había más jóvenes que adultos en aquella sala tan silenciosa. Çakir entró en la sala acompañado de su hermana. Buscó a los padres de Cristian en primer lugar, despreocupándose de encontrar antes a sus amigos. Estaban en una de las pequeñas salas, junto al cadáver de su hijo. Entró en ellas. Ella era una mujer de unos cincuenta años, oronda y con el pelo recogido. Parecía haberse tomado el luto con mucha seriedad. El padre, por otro lado, era de complexión bastante más frágil, estaba más arrugado que ella, y sin un pelo en la superficie craneal. Estaban acompañados por una mujer cuarentona, que intentaba consolar a la madre. El padre en cambio estaba completamente serio. Miraba a través de los cristales a todos los compañeros de su hijo. Se recogía en su propia amargura por la pérdida de su hijo.

 

–         ¿Los señores Prat? – Preguntó al dirigirse a ellos.

–         Sí, ¿Quién eres tú?

–         Soy un compañero de su hijo. Me llamo Çakir Enis.

–         Ah. Tú debes de ser el turco. Cristian nos ha hablado muy bien de ti. – Dijo la madre. – Nos dijo que algunas veces le has defendido de esos gañanes que le molestaban. Te tenía por un buen amigo.

–         Bueno… no es para tanto. – Çakir hizo una pausa – Solo quería decirles que lo siento.

 

Salió de aquella instancia sin apenas tiempo. Se aproximó a sus amigos. Les preguntó si habían visto a Marimar y a Goyo. La respuesta fue afirmativa. Estaban todos los profesores. Y cómo no, también estaba Lara. Incluso Yuri había acudido al tanatorio, para estar con sus amigos. Pero en ese momento, no estaba con el grupo. Se había acercado a la familia de Vega a darles el pésame. La conversación con ellos había sido más o menos parecida a la de Çakir, con un añadido un poco salido de tono. El padre de Cristian parecía un calzonazos al lado del de Vega, que se asemejaba más a un macho cabrío dominante.

 

  • ¿Así que tu eres el que encontró a mi hijo en ese edificio envuelto en llamas, eh? – fue la pregunta que puso fin a la conversación.

 

Decidido a tomarse la justicia por su mano se había abalanzado sobre Yuri con la intención de presentarle sus respetos. Por lo visto, no se había creído lo que le había dicho la policía a cerca de la inocencia de los que encontraron a Vega. Tuvieron que interceder dos de sus hermanos para que Yuri no le diera una. La verdad, odiaba que le acusaran de algo que él no había hecho. Se zafó de los que le habían separado, de mala manera, y volvió junto a sus amigos.

 

–         Es un puto amargado, chaval.

–         Ha perdido a su hijo, Yuri. Y la policía no le encuentra.

–         ¿Tu padre aún no ha hecho nada o qué? – Le preguntó a Pizarro. – Empiezo a tener la mosca detrás de la oreja.

–         Ya te lo hemos dicho antes. Han detenido esta mañana a sus cuatro amigos. No creo que tarden demasiado en encontrar al culpable.

 

En aquel momento, cuatro policías entraron en el tanatorio. No iban de paisano, sino bien uniformados. Dos de ellos eran los viejos conocidos de la fábrica en llamas. El calvo y el del mostacho. Todos los presentes se volvieron hacia la entrada, al verles. Estaban muy serios. Se dirigieron en primer lugar al grupo de profesores. Se encontraron en primer lugar con Goyo y con Marimar.

 

–         Pase lo que pase, no hagáis nada. Os veré más tarde, cuando todo haya acabado.

–         ¿De qué estás hablando, turco?

–         Nos vemos luego.

 

Cruzaron unas breves palabras y ambos profesores comenzaron a mirar a su alrededor. Marimar detuvo su mirada en Lara. Goyo, en Çakir. Cada pareja se aproximó, junto con un profesor, hacia los alumnos que buscaban. Çakir mostró una sonrisa que desconcertó por completo a sus amigos. Cuando Goyo llegó con la pareja, ésta también se mostraba contenta. Goyo en cambio, estaba algo desconcertado.

 

–         ¿Nos recuerdas, verdad?

–         ¡Como olvidaros!

–         Tienes que acompañarnos a comisaria. Parece ser que hemos descubierto al asesino. Tu, y tu amigo.

–         Es bueno saberlo. – dijo Goyo.

–         Vamos pues. – dijo Çakir.

 

Antes de que le diera tiempo a reaccionar, se abalanzaron sobre ellos. Les redujeron en cuestión de segundos y les esposaron. Çakir no opuso demasiada resistencia. En lugar de eso, no dijo ni una palabra. Yuri, a regañadientes, siguiendo la orden del turco, le imitó. Les agarraron por los brazos y se los llevaron. Lara, en cambio fue hacia allá de lo más tranquila. Acompañada de Marimar y de la otra pareja. Pero no esperaba ver a Çakir esposado. Tampoco Goyo o Marimar lo esperaban. Pensaban que debía tratarse de un error. Mientras metían al turco en el coche, Marimar no dejaba de decir que ellos eran inocentes. Pero no servía de mucho. El tanatorio comenzaba a vaciarse a medida que les sacaban de allí. Se los llevaron a comisaría. Y parecía que no iban a llegar precisamente solos. Un cortijo de coches y motos les acompañó.

Dentro del coche, la situación no era tan desastrosa como parecía. Çakir se quitó las esposas sin demasiada complicación, cuando el calvo le pasó la llave. Yuri no sabía cómo tomárselo. Tras liberarse, Çakir le quitó sus esposas.

 

–         ¿A qué viene esto turco?

–         Un poco de teatrillo. Para quitarme esta mala sombra.

–         ¿Haciendo que todo el mundo piense de verdad que tu eres el asesino? Porque ya me contarás para que sirven estas esposas. – Se quejaba Yuri.

–         No estoy del todo seguro. Y antes de que sea así, prefiero que el detenido sea yo. Si resulta que me he confundido, no habré señalado a nadie en vano, y yo saldré libre.

–         A veces eres demasiado bueno, turco.

–         El asesino va a dormir hoy entre rejas. Y todo el mundo sabrá que tú y yo somos inocentes.

 

El viaje no duró más de diez minutos. El coche que llevaba a los dos profesores y a Marimar se adelantó bastante. Ya estaban dentro del recinto, pero aún no habían salido del coche. Desde las ventanillas, podían ver como la verja del cuartelillo se iba cerrando mientras la multitud se iba aglomerando delante de ellas.

 

  • Ponte otra vez las esposas, Yuri. Es hora de jugar.

 

Entraron esposados de la misma manera que habían salido del tanatorio. Pasaron a una sala en la que solo estaban ellos, el comisario, Leandro, los cuatro amigos de Vega, Marimar, el turco y el checo, acompañados en todo momento de aquellos quienes les habían puesto las esposas. Se sentaron todos, menos los dos profesores y las dos autoridades. Marimar no podía contenerse. Estaba totalmente convencida de que se habían confundido al arrestar al turco.

 

–         ¿Por qué le han arrestado? Él es inocente. Yo estaba con él en el momento en que escuchamos a Vega.

–         No estoy arrestado, Marimar. Solo quería atraer al personal hasta aquí. Voy a desenmascarar al asesino de Vega, de Sergio y de Cristian. – dijo muy seguro de sí.

–         ¿Qué? – Preguntó el comisario – ¿Quieres decir que son la misma persona?

–         Eso es… el asesino de Vega también mató a Cristian. Y tal y como le dije en su momento a los amigos de Vega, lo digo ahora. El asesino buscaba algo de Vega. Un objeto bastante preciado. Y lo encontró a la primera. El asesino había citado a Vega en el lugar donde lo mató. No pensó en ningún momento en que hubiera quedado con él para matarlo, y fue en un descuido cuando le apuñaló. Encontró lo que quería y se lo llevó. Lo tenía Vega a buen recaudo.

–         Espera, espera… si lo tenía Vega, ¿Por qué quemó su moto? Eso no tiene sentido.

–         La moto solo era una continuación del incendio. Una repetición del truco del incendio, si lo queréis ver así. Fue el truco que el asesino utilizó para engañarnos a todos, para crearse su coartada.

–         ¿Un truco? – Preguntó Leandro – ¿Qué clase de truco?

–         Cuando la policía científica registró el edificio, buscó por todos lados mecanismo para retardar el incendio. Pero la corriente eléctrica estaba cortada, y no encontraron nada que se le asemejara, ni derretido ni nada. Pero es que ese mecanismo es tan sencillo que se quemó también con ellos.

–         ¿Qué mecanismo es ese?

–         Cigarros.

–         ¿Cigarros? – Preguntaron los cuatro amigos.

–         Si… cigarros encendidos. Posados en las cajas. Bastaba que fueran consumiéndose poco a poco para que llegado el momento, por su propio peso, cayeran desde el borde al suelo, donde estaban todos los papeles de periódico impregnados con alcohol. El asesino fue colocándolos desde el cuarto piso hacia abajo. Menos en el primer piso, donde no hay ventanas, y por tanto, no podría salir por ahí. Marimar, de hecho, no le vio salir por allí.

–         Es cierto… cuando llegué, no vi a nadie salir. Y Çakir y Yuri ya habían entrado.

–         El asesino se aseguró de poder salir por el segundo piso, por una de las ventanas laterales. Para eso, solo le bastó atar una cuerda a una barra o a un palo, engancharlo entre las barras de las ventanas, y descolgarse. Una vez en el suelo, no tenía más que esperar a que se destensara la cuerda, tirar con un poco de cuidado y esperar a que esta cayera por su propio peso. Aprovechó esta circunstancia para salir huyendo en una moto antigua que Marimar había visto, pero sin llegar a identificarla. Todo lo más que sabía de ella era que era una moto parecida a la de Cristian. Ese fue el primer error del asesino.

–         No te entiendo… si tu profesora vio esa moto, ¿por qué no dijo nada?

–         Por lo mismo que yo no dije nada. Porque no estaba segura del todo, y se negaba a creer que Cristian hubiera tenido la sangre fría para clavarle su propia navaja a Vega. Pero es que hay algo más. ¿Qué asesino se va de la escena del crimen sin llevarse su arma? Hubiera sido una locura irse y dejar ahí la navaja sabiendo que no tardarían en identificarla. Sin embargo, eso me llevó a pensar que el asesino pretendía desde un primer momento hacer pasar el asesinato como si lo hubiera cometido Cristian, y fue por eso por lo que no hallaron huellas dactilares en la navaja, pero le salió el tiro por la culata.

Nadie en la sala tenía la menor idea de a donde quería ir a parar, pero sus palabras les mantenían a todos muy atentos. Los cuatro amigos se miraban los unos a los otros.

–         El asesino pretendía hacer pasar el truco como si lo hubiera cometido Cristian. Pero cometió el error de ir en una moto que tenía dos retrovisores. La de Cristian había perdido uno el jueves durante una disputa. Y el lunes, seguía sin estar reparada. La navaja la dejó allí adrede para que todos mirasen a Cristian. Confiaba también en que no tuviera una coartada, debido a que todos sabemos que Cristian no solía salir los sábados. Pero se encontró con que ¡Sorpresa!, él tiene una coartada. Le era imposible señalarle con el dedo.

–         A ver, a ver… que yo me aclare. – Preguntó el comisario, deteniendo a Çakir – Vamos por partes ¿Qué buscaba exactamente el asesino?

–         Unas notas. – contestó Çakir, como quien pide una tortilla de patatas en un restaurante. Todos se quedaron perplejos.

–         ¿Cómo que unas notas?

–         Buscaba unas notas falsificadas. Cristian tenía unas notas falsificadas, y Vega se hizo una fotocopia. Eso es lo que buscaba el asesino.

–         ¿De quién eran esas notas?

 

Çakir tomo aire.

 

  • De Lara Hierro. Ella es el asesino.

 

Todas las miradas iban dirigidas ahora a Lara, que desde que había entrado, no había dejado de sujetar su bolso. Ahora se veía sorprendida por la acusación del turco. Sin embargo, ella, a pesar del argumento, no le dio la razón al turco.

 

–         ¿Qué me estás contando, turco? – Preguntó ella con un gesto de parecer estar oliendo mierda.

–         Era un plan que tenías ya urdido. Vega te hizo chantaje con mantener relaciones sexuales con él. No te puso ninguna navaja en el cuello como me dijiste el sábado. Vega…

–         Eh, a ver qué dices eh. Que cuando yo te dije eso estaba con un ciego del quince. Y ni si quiera sabía lo que decía. Estaba pedo. ¿O no te acuerdas de eso? – Lara se estaba poniendo muy borde.

–         Lo estabas, si, pero…

–         ¿Y no te acuerdas que también te dije que no sabía ni por qué te lo había contado? – volvió a atacarle Lara.

–         ¡Explícame entonces como lo sabía Cristian también! – El turco sacó un librillo del bolsillo de su chaqueta, y lo posó de mala gana en la mesa del comisario El diario de Cristian. – Es del viernes pasado. Viernes diez de enero.

–         Vamos a ver… – dijo el comisario.

–         Léalo, por favor.

 

El comisario abrió el diario y comenzó a mirar una por una todas las páginas hasta llegar a la indicada. Repitió el discurso que confirmaba que Cristian conocía de la violación de Lara.

 

–         Le contaste eso a Cristian para que él también tuviera conocimiento. Pensabas hacerle cargar con el muerto de Vega, haciendo que vengarte pareciera su móvil, para librarte de ambos. De Vega, muerto, no contaría nada. Cristian, entre rejas, tampoco diría nada de tus notas. Ocho dejadas.

–         A ver, Çakir, vuelve a la tierra. – dijo ella. – Yo a esa hora estaba en casa de mi tía, con Sergio. Y estaba follando con él. Salva te lo puede decir. Y mi tía nos oyó.

–         Lara… a esa hora no estabais haciendo nada.

–         ¿Si? ¿Estabas ahí para verlo? – Preguntó insoportable – ¿O es que también te lo dice el diario de Cristian? Te recuerdo que Paula y Salva también estaban allí. Ellos te pueden decir qué estábamos haciendo.

–         Me lo ha dicho tu agenda. – dijo Çakir.

–         ¿Cómo que mi agenda…? – Preguntó ella con la sensación de que el corazón se le había caído al suelo.

–         Marcas los días que tienes la regla en tu agenda. Pude verlo el jueves en el Koala, y ayer cuando volvimos a clase. El sábado tuviste la regla… así que dudo mucho que te trajinaras a Sergio.

–         Yo… no, yo…

–         Tu. – Dijo Çakir – Tú fuiste a torre el sábado a mediodía, con Sergio, para que dejara su moto en torre. La que usaba a principio de curso. Volviste a Acoma en tren, después de quedar con tu amiga, y por eso el revisor te reconoció al volver a subirte. Por eso la moto tenía dos retrovisores y no uno, como la de Cristian. Y para terminar tu coartada, utilizaste una grabadora cuando lo estabas haciendo con Sergio, por la mañana. Después, la pusiste por la noche. Pero cometiste un error. La grabadora también grabó al tren que pasaba por allí en ese momento. Por eso, cuando dejaste la grabadora puesta por la noche, el tren también sonó, y Salva lo escuchó.

–         ¿Acaso tienes alguna prueba de todo lo que estás diciendo?

–         Yo no la tengo. La tienes tú.

–         ¿Qué?

–         En tu bolso… están las notas. Te lo trajo antes tu tía. ¿No? Ahí están las notas que todavía no has sacado de su sitio.

 

El comisario se acercó a ella. La exhortó a sacarlas de su sitio. De su bolso. En efecto, allí estaban las notas. Ensangrentadas. Atravesadas tres veces. El mismo número de veces que estaba rajado el bolsillo de Vega.

 

  • Después vino lo de Sergio. Ya que era imposible cargarle el muerto a Cristian, tenía que cargárselo a alguien para que nadie sospechara de ella. Ahí es donde entra en juego la carta de Goyo, que naturalmente la escribiste tñu. Decía en ella que todos los amigos de Vega tenían un móvil para hacerlo. Pero cometiste el error de escribir el tuyo. Y supuestamente solo lo sabían dos personas: Sergio y Cristian. Si Sergio pensaba suicidarse, no tendría sentido que la escribiera. Y Cristian no era tan listo como para saber todo eso de los amigos de Vega. Él estaba enamorado de ti, y por eso siguió tu plan de decir que habíais estado follando. Pero al día siguiente en el instituto te le camelaste para que saliera al baño contigo. Le ofreciste las pastillas como si fueran otra cosa, y él se quedó dormido. Entonces montaste la farsa de que se había ahorcado, y fuiste a llorarle a Goyo.

 

Harta de tantas acusaciones, decaída, rompió a llorar. Pero ahora en la sala no había nadie que la apoyara. Nadie. Eran puras lágrimas de cocodrilo. Miraba con el rabillo del ojo a ver si conseguía dar pena, pero nada. Ni un suspiro ni nada. Acostumbrada como estaba a conseguir las cosas con el recurso del llanto, ahora las acusaciones eran demasiado graves como para que nadie se acercara a ella a darle unas palmaditas en la espalda y a decirla que no pasaba nada.

 

–         ¿Cómo lo averiguaste? Es realmente asombroso. Inaudito, sin duda. – preguntó el comisario.

–         La verdad es que tardé bastante en darme cuenta. No me di cuenta, de hecho, hasta que murió Cristian. ¿Sabéis? Cristian era un marginado, eso, los del instituto lo sabéis. Y no fueron pocas las veces que me dijisteis que no podía protegerle siempre. Hasta que no murió y todos empezamos a compadecernos de nosotros mismos por no haberle tendido la mano. Incluso yo. No le encontraba ningún sentido a su muerte. Ninguno. Hablando de recuerdos y de otras cosas, surgió el tema de su moto. Ahí fue cuando me di cuenta del truco de la moto. Alguien se había aprovechado de él. Y su muerte… otro tanto. Murió por que sabía demasiado. ¿No es así, Lara?

 

Ella no contestó. Pero sabía perfectamente que ella era la responsable de la muerte de Cristian también. Tantas acusaciones sin que nadie la defendiera la hacían hundir aún más la cabeza, aunque nadie sabía a qué se refería.

 

–         Si sabía más de la cuenta, ¿Por qué no dijo nada?

–         Porque no sabía lo que sabía. ¿Qué quieres decir? – preguntó Goyo.

–         Es simple. ¿Recuerdas el mapa que debía entregarte? Lara lo vio. Pensó que Cristian me estaba mandando una señal. Por eso hizo pasar su muerte por un accidente, cuando en verdad no lo era.

–         ¿Una señal? ¿Qué señal?

–         Al principio, si me quitáis a mí, ya que Cristian se fiaba de mí, los candidatos a ser asesinos de Vega se apellidan Prat, Hierro, Baraja (los hermanos), Llanos, Torrejón y Matacán.

–         Si, ¿y qué? – Preguntó el comisario

–         ¿No les dicen nada esos nombres?Si… – Goyo se reía mientras los iba nombrando poco a poco. Sabía a qué se refería

–        ¡Son aeropuertos!

  • – dijo Çakir. – Cristian los señaló en este mapa para hacer un trabajo. Pero Lara seguía con la paranoia de que alguien podría sospechar de ella, y al verlo en el dibujo de Cristian, pensó que él lo había descubierto todo, y que, por ser un cobarde, no hizo nada.

 

Ella seguía sin decir nada. No interrumpía. No hacía nada. Tan solo lloraba. La gran mayoría pensaba que intentaba dar pena. Hasta que por fin rompió su silencio.

 

–         Yo le cité allí, por que solíamos quedar allí a veces. No sabía lo que iba a pasar. Pero empezó a insultarme, me dijo que era una zorra, que no valía para nada, que le estaba haciendo quedar en ridículo delante de todo el instituto… y después de haberme hecho lo que me hizo… – pero nadie la hacía caso.

–         Hay una cosa que no entiendo… – dijo Goyo – ¿fue ella entonces la que me mandó la nota? ¿La de que todos estabais reunidos en tu casa planeando lo de Cristian?

–         SI… mi hermana oyó la conversación y se lo dijo. No se daba cuenta de en que se había convertido Lara. Lo mismo pasó con lo de las fotos. Cuando se lo dije a Néstor para que lo mirara, mi hermana también se lo contó por teléfono. Por eso se explica que la nota apareciera en los ordenadores, porque sabía que iríamos allí esa tarde.

–         Pero, y entonces… ¿lo de los amigos?

–         Se aprovechó de lo que le habían dicho y envió ese mensaje a Goyo.

–         Bueno… pues parece que no hay nada más que hablar.

 

 

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