El corazón de Jenízaro cap 3 por Gelo

Capítulo III. Pelea de gatas.

Apresurado y ansioso no dudó en arrancar el coche e ir a buscar a su novia, pero sus intenciones se vieron frenadas rápidamente. Ya había una pareja en el coche, y dejar a Yuri con ellos supondría ponerle a sujetar velas. Ante su celeridad por abandonar el lugar, Pizarro le preguntó que a qué venían esas prisas.

–         Ya está aquí Daniela – Contestó el turco – Tengo que ir a buscarla al aeropuerto ahora mismo.

–         Vamos, vamos… – dijo Martina subiéndose al coche – Que yo también tengo ganas de verla.

–         Vámonos – dijo Pizarro.

–         Espera… – dijo Yuri, deteniendo el gesto de Çakir de poner la marcha atrás. – Llévame antes a la Reina. No quiero aguantar velas.

Çakir lo entendió perfectamente. Llevando a su amigo hasta allí le daría tiempo a desembarcar del todo a Daniela y a recoger su equipaje. Seguramente, para cuando llegaran, no tendrían más que pasar por la puerta de llegadas, meter la maleta en el coche e irse de fiesta. Daniela la estaría deseando después de la semanita que se había tirado en Madrid. También Çakir lo echaba de menos, pero demorar cinco minutos la espera de ambos no supondría un mayor desliz. Para ninguno de los dos. Así que solo tenían que hacer un recadito de nada antes de ir a buscarla.

Salió marcha, atrás ahora sin impedimento, y en cinco minutos consiguió llegar a la reina sin mayores percances. Por el camino se veía a la gente con los abrigos en la mano y los paraguas colgando de los brazos, señal de que la tormenta que habían esperado se había quedado en una falsa alarma. También Çakir se alegraba, pues no le gustaba en absoluto conducir con lluvia, aunque en absoluto le importaba conducir de noche. Para cuando quiso llegar a la reina, Salva y Ulises ya esperaban en la puerta. Se alegraban de que sus amigos hubieran aparecido, al ver a Yuri bajándose el primero del coche. Aunque se desilusionaron al pensar que aún no estaban todos, pues los que permanecían dentro no salieron.

–         No me jodas que os volvéis a ir.

–         Volvemos, volvemos… – le dijo Pizarro – Solo tenemos que ir a buscar a Daniela, llevar las cosas a casa, aparcar y empezar a echar el quinito.

–         ¿Vais a tardar mucho? – Preguntó Ulises.

–         No creo… como mucho… ¿media hora? – Dijo Martina.

–         Vamos a ver… en media hora nos ha dado tiempo ya a tomarnos cuatro jarras. – Apuntó Salva.

–         Para cuando queráis llegar no quedará nada.

Abriendo las puertas de la reina, se dejaron ver Paula y Estela, tan bonitas como siempre. Paula se acercó rápidamente a la ventanilla de Martina a darla dos besos. Ella se los devolvió con su habitual sonrisa. Estela permaneció en el umbral sin saber muy bien qué hacer. La presencia de Yuri la había intimidado un poco, privándola de reacción, hasta que él se acercó a ella, nada más verla, para darle un beso casi fugaz en los labios, como si se acercará una cuchara de sopa caliente a la boca, temeroso de una reacción dolorosa. Fue un beso fugaz, del que rápidamente se apartó. Abrió los ojos que había cerrado para la ocasión, esperando la respuesta, que se esperaba positiva. De otro modo, hubiera mantenido los ojos cerrados y hubiera apretado los dientes. Estela se encontraba ante él atónita, buscando una sonrisa dentro de sí que no terminaba de brotar. Cuando por fin salió, en su máximo esplendor, él la borró con otro beso, pero esta vez los ojos de ambos se cerraron, casi durante un minuto, mientras sus amigos les dedicaban un “oh”  muy largo, enternecedor más que empalagoso, mientras las chicas no hacían sino alegrarse con esos gritos que casi nunca se sabe a qué vienen.

Se despidieron todos por fin, bajo promesa de esperarles a todos para vaciar las jarras. Aún quedaban cuatro jugadores más por llegar a la Reina definitivamente. Y tres de ellos se disponían a ir a buscar al cuarto. Mejor dicho, a la cuarta. Volviendo prácticamente sobre sus pasos, cogiendo la autovía, pasaron por encima del túnel donde hacía menos de media hora que Rafa había hecho saborear el sabor de su puño a Cristian, y en menos de cinco minutos ya habían tomado el desvío hacia el aeropuerto de Parayas.

El aeropuerto actual, construido sobre terrenos de marisma rellenados de la Bahía de Acoma, fue abierto al tráfico en el año 1977. Con anterioridad existía en el mismo emplazamiento un aeródromo de menor tamaño construido entre 1947 y 1952 e inaugurado al año siguiente que vino a sustituir al hasta entonces situado en La Albericia… En los últimos años se han ejecutado varias obras enmarcadas dentro del Plan Director, remodelando y ampliando la terminal así como la instalación de dos puentes de embarque para el acceso directo a los aviones, ensanchando la plataforma para el estacionamiento de un mayor número de aeronaves o la construcción de calles de rodaje y de una plataforma destinada a la aviación general.

Rodeando todo el parking, Çakir detuvo el coche en la acera, frente a la puerta de llegadas. No le hizo falta buscar a Daniela, pues ella ya estaba bien asomada en aquella acera, con la maleta frente a ella. Sin embargo, al llegar, los del coche se encontraron que no estaba completamente feliz de verles. Estaba algo seria, a decir verdad. Çakir dudaba si era por las escasas gotas que llevaban cayendo desde que empezó el viaje, que encrespaban su pelo. O tal vez otra cosa. Puso las luces de emergencia, y salió del coche para ayudarla a poner su equipaje en el maletero. La saludó con un abrazo muy efusivo mezclado con un beso que encerraba diez besos, uno por cada día sin ella, antes de cargar con la maleta. El gesto de su cara cambio a mejor. Subió al coche mientras Çakir cerraba el maletero, saludando a los que venían detrás. Cuando por fin entró Çakir en el coche, supieron a que venía su mala cara.

–         ¿Por qué esa cara tan larga? No hemos tardado tanto – dijo Pizarro, serenando la situación.

–         No, sino es por vosotros… es que de compañera me ha tocado una mulatilla pijina en el vuelo. Se sentó en mi sitio, cuando me tocaba ventanilla. Yo la dije que estaba confundida, de buenas.  Y tuve que llamar a la azafata para que me lo cediera. Luego, en pleno vuelo, he notado que me visitaba mi amiga la roja, y la pedí que me dejara salir para poder el al baño, ¿no? Bueno, pues cuando he vuelto se había vuelto a poner en mi sitio.

–         ¿Y qué has hecho? – Preguntó Çakir.

–         Pasar de ella. Desistí.

–         Seguro que era una cría consentida.

–         No, y lo peor es que cuando hemos desembarcado, he ido a buscar mi maleta, y ha salido de las primeras en la cinta. Y ella estaba obstinada en decir que era su maleta. Ha tenido que venir el de seguridad y todo. La he tenido que abrir ahí mismo para que se diera cuenta.

–         Bueno, ni te preocupes. – Dijo Çakir.

–         ¿Me ves preocupada? Lo que me jode es que se me suba a la parra una niñata. – dijo Daniela, ligeramente cabreada.

–       Venga, venga… pasa. Hay que celebrar que has vuelto a Santander. – Dijo Martina.

–       No, pero es que es verdad. Como me la vuelva a encontrar por ahí es que la meto dos leches y la arrastro por el suelo.

–         Bueno, bueno… no nos comas – dijo Pizarro poniendo sus manos frente a él, en señal de detención.

–         Lo siento, lo siento – dijo apoyándose en el respaldo – No me ha parecido un viaje ameno. Lo siento.

–         No te preocupes… yo también vendría disgustada si me pasara todo eso en el vuelo. Encima a m,í que me da miedo volar… – Se quejó Martina.

–         Venga. Dejamos las maletas en mi casa, y nos vamos al centro. ¿ok?

–         Vale. – dijo ella.

Con la ropa que siempre traía encima, le daría igual quedarse en casa que salir de fiesta. Siempre vestía muy bien, y muy femenina. Çakir arrancó el coche, quitó las luces de emergencia y salieron disparados hasta casa del turco. Daniela, mientras Çakir cambiaba la marcha, buscó su mano apoyada en el freno de mano, transmitiéndole tranquilidad.

El trayecto no duró demasiado. La celeridad que le proporcionaba el coche, y las ganas que tenía de salir con su novia de una vez estimulaban demasiado a Çakir. Ni si quiera se molestó en aparcar su coche dentro de casa. Lo dejó en doble fila al lado. Salió rápidamente del coche, sacó la maleta de Daniela y cruzó sin mirar. Por poco no se deja la vida. Pero consiguió entrar. Según entró en el vestíbulo, dejó la maleta en el suelo. Llamó a Halil para que se ocupara de ella. Pero Halil no contestaba. Ni en el salón ni en la cocina, donde si estaba Nuray, un tanto apresurada.

 

–         Efendi. ¿Ya está en casa?

–         Pues si… tienes una maleta en la puerta. ¿Puedes ocuparte de ella? – Preguntó Çakir.

–         Sí, claro…

–         Gracias. Hasta luego.

Salió disparado de casa en dirección al coche. Por fin, un cuarto de hora más, tarde, entraban todos en la reina. Por ser viernes, el local estaba bastante menos lleno que de costumbre. Las mesas escaleras arriba estaban llenas, de modo que únicamente quedaban las de la derecha del local. Allí estaban sentados Salva, Ulises, Yuri, Paula, Estela, y el resto de las amigas de ellas. Tenían que estar ocupando tres mesas completas para poder entrar todos sin estar demasiado apretujados. Con la llegada de Çakir y el resto tuvieron que acoplar otra mesa y cuatro sillas nuevas para poder entrar todos a la vez. Mientras tanto, también pidieron otros cuatro vasos nuevos en la barra. Al sentarse, vieron que en la mesa, solo había vasos. Vasos y jarras. Pero ni un solo cubilete… ni un solo dado.

–         ¿Y los dados? – Preguntó Martina.

–         ¿Sabéis jugar a “yo nunca”? – Preguntó Estela, bien cerquita de Yuri sentada.

–         ¿A qué? – Preguntó Çakir

–         ¿Pero no íbamos a echar un quinito? – Preguntó Pizarro, acto seguido.

–         Vamos a ver… Somos muchos, tío. No beberíamos nada. Con esto se bebe más rápido. – Contestó Salva.

–         ¿Y cómo se juega? – Preguntó Daniela.

–         Mira… cada vez, dice uno “yo nunca…” y dice algo que no haya hecho, ¿no? – Explicó Paula – Los que lo hayan hecho deben beber un vaso.

–         Y hay que beber si o si.

–         ¿Y si ninguno lo ha hecho?

–         Pues bebe el que lo haya dicho.

–         Vale… pues empecemos.

Aunque solo fuera por generalidades o reglas masculinas o femeninas, estaba claro que las jarras se vaciarían a un ritmo bastante más acelerado de lo habitual. Fue un pensamiento que corrió como la mecha de un cohete por la mente de todos. “Yo nunca he llevado tanga”, y beberían todas las chicas. “Yo nunca me he afeitado”, y beberían todos los chicos. Incluso alguno más original, que fue lo que comenzaron a hacer todos. Sin excepción alguna.

Por educación, comenzó una chica. Comenzó Daniela. Pensó un momento cual sería el mejor para comenzar.

 

–         Yo nunca he llamado a mi novia de la misma forma que la llama su madre para picarla. – Tuvieron que beber Çakir y Ulises, para sorpresa de Daniela, que lo soltó por su novio.

–         Joder… – se quejaron a la vez los dos amigos mientras llenaban sus vasos a la vez.

–         Se siente, cariño – dijo Daniela.

–         Ya verás… me toca… a ver… yo nunca me he gastado más de seiscientos euros en una tarde compras. – Soltó Çakir, mirando a su amantísima.

–         Bueno… – dijo bebiendo. Más aun, también Paula tuvo que beber. – A las bodas hay que ir guapas.

–         Y unos zapatos bonitos son unos zapatos bonitos. Valgan lo que valgan – Sentenció Paula.

–         Si… qué remedio.  – Dijo Salva, pensando en la que se le avecinaba si algún día no era la madre de Paula la que pagaba.

–         Me toca, me toca – Dijo Ulises – Yo nunca he sido sorprendido por mi “suegra” en casa de mi novia a las tres de la mañana, en calzoncillos, debajo de su cama.

–         ¡Hijo de la gran puta…! – se quejó Salva, de nuevo, llenando su vaso. – Deja que me toque.

–         No te molestes, cariño – dijo Paula. Le dio un beso en la mejilla nada más acabarse el vaso. – A ver, a ver… yo nunca he hecho una paja.

Caras de circunstancia entre todo el personal, pues no sabían cómo tomarse ese comentario. Por lo pronto, Daniela y Martina bebieron. También otra de las amigas sentada bebió, mientras los chavales dudaban qué hacer. Trataban de interpretar el enunciado de modo y manera que no tuvieran por qué beber. Pero ella insistía en hacerles beber.

 

–         ¿Pero cómo que no bebéis? ¿Os habéis hecho una paja alguna vez, si o no? – Preguntaba pilla.

–         Pues si… o sea, cada uno a sí mismo – respondió Ulises.

–         Entonces, habéis hecho una paja. – sentenciaba Paula.

–         Joder… claro, dicho así… – se quejaba Salva, volviendo a llenar su vaso. Lo posó de golpe antes de soltar su frase, pues ya era su turno – Yo nunca, pero nunca nunca, he follado en un portal. – Dijo mirando fijamente a Ulises.

–         Por lo menos no apareció a la media hora su padre con la escopeta. – le contestó su amigo.

 

Ambos se reían por los comentarios del otro, y aguardaban impacientes el momento en que llegara su turno para soltar una más gorda el uno del otro. Y así pasó una hora de yo nunca, en la que vaciaron más de ocho jarras entre todos los presentes. Por suerte el calimotxo de las mismas no estaba demasiado cargado, así que solo los que más tenían que callar más se reían de sí mismos cuando decidieron levantar el campamento y cambiar de local.

Por lo menos esa era la intención de la gran mayoría del grupo, y aunque Daniela no era precisamente la que más había bebido, el cansancio del viaje, la lluvia que había vuelto a molestar, y sobre todo, las ganas de estar a solas con su novio hicieron que nada más salir, le recordara lo cansada que estaba y lo mucho que le apetecía estar en casa. La parejita se despidió del grueso del pelotón al salir de la reina, en busca del taxi más cercano, junto al ayuntamiento, como la primera vez que huyeron juntos, caminando lo más pegado que podían de los edificios para no calarse. Por suerte para ellos había dos taxis en la parada, y en menos de cinco minutos habían vuelto a casa. Pagaron el viaje, y esta vez sí esperaron y miraron antes de cruzar la carretera. En una de esas miradas, situados frente a la casa, vieron que las luces de uno de los cuartos de invitados estaban encendidas. Çakir la miró pensando quien estaba a esas horas allí. Su padre no llegaría al menos hasta la semana que viene, y era demasiado tarde para que Nuray estuviera ocupada en labores de limpieza. Pero Daniela no prestaba atención a eso. Cruzaron la verja y entraron en la casa, por la puerta principal. Las luces del vestíbulo también estaban encendidas. Por la escalera bajaba Nuray, con un balde cargado de ropa de mujer, con dirección a la cocina. Çakir reaccionó. “No es posible”, se dijo a sí mismo. Empezó a relacionar imágenes de manera muy seguida. Halil le dijo esa tarde que tenía que ir al aeropuerto. ¿Pero cómo lo sabía si Daniela nunca hablaba con Halil? Luego, una mulata en el aeropuerto. Ahora una habitación de invitados en pleno movimiento, y Nuray bajando ropa de mujer… solo podía significar una cosa.

 

Daniela se alejó un momento de él para ir al baño a cambiarse de nuevo. “La señora roja, ya sabes”, le dijo al despedirse.  Mientras tanto, él estaría en el piso de arriba. Subió las escaleras de dos en dos, hasta llegar a la planta donde estaba el cuarto de invitados con las luces encendidas. Antes de llamar a la puerta para ver quien estaba dentro, Halil salió de ella con un aire muy disgustado, atípico en él. Al ver a Çakir, cerró la puerta con delicadeza y se acercó a él hablándole en voz baja.

 

–         Efendi… ¿acaso no le dije esta mañana que debía ir al aeropuerto? – Le dijo – Su hermana ha llegado a casa de milagro.

–         Lo siento, Halil. Pensaba que te referías a Daniela. Ella también llegaba hoy al aeropuerto, desde Madrid. No tenía ni idea de que te referías a mi hermana.

–         Bueno… en tal caso, su penitencia será atenderla esta noche… yo me voy a mi cuarto, a descansar, y a ponerme unos tapones de cera en los oídos, para no tener que aguantarla más. – Le dijo fingiendo la sonrisa lo mejor que pudo. Cuando le dio la espalda, respiró aliviado.

 

Çakir se quedó paralizado frente a la puerta. Desearía que Halil le echara una mano con ella, pero conociendo como era su hermana antes, era normal que a las diez y media de la noche, el mejor amigo de su padre solo pensara en acostarse y descansar un poco. Y al no haberla ido a buscar al aeropuerto, era normal que Halil también estuviera disgustado con Çakir, por lo que pedirle cinco minutos más iba a ser una misión imposible. Suspiró antes de entrar al cuarto. Tenía muy presente que la que esperaba ahí dentro estaría enfadada.

Allí estaba su hermana, de nombre Nazli, dos años más pequeña que él. El color moreno de su piel era aún más acentuado que el de Çakir, y la nariz y los demás rasgos de la cara, aunque parecidos, no harían pensar a nadie que eran hermanos. A eso, añadirle que los cabellos de Nazli eran pelirrojos, acercándose al color caoba, en contraposición a los cabellos negros de su hermano. Parecía que Nazli hubiera salido por completo a la madre, y Çakir, al padre. A eso añadirle su silueta la convertían en una mujer de sinuosa belleza. Sin embargo su carácter era otra cosa, pues estaba sacando del armario tirándolas en la cama sin ninguna preocupación porque se arrugaran. Çakir no tardó en reconocerlas. Era la ropa de Daniela. Nuray debió pensar que era la maleta de su hermana, que al decir verdad, eran de la misma marca, del mismo color, del mismo modelo. Normal que se hubieran confundido en el aeropuerto. Fingió un carraspeo para que se diera cuenta de que entraba en la habitación.

 

–         Por fin te dignas a aparecer – Le dijo muy seria – Sino llego a llamar a Halil, no eres capaz de venir a buscarme. Responderás ante nuestro padre por esto. Mal hermano. Eso es lo que eres.

–         Se me olvidó… tenía que ir al aeropuerto a buscar a mi novia, y se me olvidó. Halil me quiso dar el mensaje, pero pensando en ella, pensé que se lo había dicho a él.

–         Pues vengo de muy mal humor. Me he encontrado en el viaje a una rubia de bote tonta como ella sola. – Çakir ya sabía perfectamente a quién se refería – Estaba ya sentada en la ventana, y no tiene nada mejor que hacer que decirle a la azafata que ese es su sitio. Como si estuviéramos en el patio de un colegio.

–         Ah… –  “La que se va a liar…” pensaba

–         Y para colmo, una vez sentadas, me hace levantarme para ir ella al baño. Seguro que solo lo hizo para joderme.

–         Bueno… si tenía necesidad…

–         Sí… ¿Cómo no? Y para terminar, como no podía ser menos, me he confundido de maleta, y va la tía y se me tira encima, como si se la fuera a robar… Vaya humos que se gastan las españolas. Una “Tonta”, como las llamáis vosotros. – dijo Nazli, con cara de asco.

–         Parece que ya sabes hablar español – Dijo Çakir – Tendrás que practicarlo más.

–         De acuerdo… lo haré.

 

En ese momento, guiada por la luz que salía del cuarto de invitados, Daniela caminó hacia ella y entró en la habitación. Mientras entraba, iba hablando, pensando que Çakir, efectivamente, estaba ahí adentro. Sin embargo, no contaba con la invitada de honor.

 

–         Oye, cariño que creo que no… – se quedó cortadísima al ver a la hermana de Çakir, enfadada con él, tirando su vestuario arrugado encima de la cama, de mala gana. La tensión que había en el ambiente no pudo estallar de peor manera – ¡La mulata!

–         ¡La tonta! – Contestó ella, viendo entrar a la que la había quitado el sitio en el avión, llamando “cariño” a su hermano con voz muy rara.

–         ¡La mato!

 

De no ser porque Çakir estaba en medio de ambas, se hubieran enzarzado en una pelea. Y era una pena, porque tangas tenía a mano, pero no había piscina de barro. Pero ese fue el último motivo por el que las detuvo. No era plan empezar así su relación, teniendo en cuenta los lazos que unían a cada una con él. Obviamente querría que se llevaran bien. Por suerte no llegaron a enzarzarse. Con cada brazo sujeto a cada una, haciendo que se movieran lo menos posible

 

–         Ey, ey… calmaos. – pidió Çakir. Tuvo que apretar sus manos en cada brazo para que pudieran hacerle caso y detenerse ambas, que se quejaron bastante.

–         Es ella, Çakir. Es la mulata que vi en el aeropuerto. La que me intentó quitar la maleta… – En su mirada veía un cabreo que nada tenía que ver con los anteriores.

–         Cálmate, Daniela, por favor… es mi hermana.

–         ¿Qué dice esa fea? ¿Y quién le ha dado permiso para entrar en mi cuarto?

–         Es mi novia.- La cortó Çakir – Es mi novia, y está conmigo. Así que espero que te comportes con ella como corresponde.

–         Cuando me pida perdón por lo de antes, – Dijo ella, soltándose su brazo, de mala gana – entonces quizás la de una oportunidad. – dijo Nazli, señalándola de peor gana.

–         ¿Qué coño dice esa chavala? – Preguntó Daniela. – ¿Y qué cojones hace toda mi ropa ahí tirada?

–         Daniela, ven conmigo… por favor. – Ella obedeció. Se volvió hacia su hermana – Y tú recoge lo que has sacado de ese armario y dóblalo. No te lo digo más veces.

–         Cuando mi padre me lo diga, lo haré. Mientras tanto, tu solo eres mi hermano. Y no eres quien para decirme lo que tengo y no tengo que hacer. ¿te enteras?

–         Te voy a decir una cosa, hermanita.- contestó Çakir, bastante molesto – Llevas mucho tiempo sin estar en casa, así que más te vale que sepas que aquí se siguen las normas de nuestro padre.

–         Padre me dijo que este cuarto era para mí.

–         Y esa ropa la ha colocado Nuray, y tú no eres quien para venir aquí de mala gana y tirarlo así, porque lo ha hecho por equivocación. Así que más te vale que cuando vuelva esté recogido.

–         ¿Qué diría padre si viera que favoreces más a alguien de afuera que a tu propia hermana?

–         Recógelo y punto. – la soltó ya gritando.

 

Salió de la habitación de peor humor que el que tenían las dos mujercitas. Caminó hacia Daniela, que estaba sentada en las escaleras de la casa. Parecía que la dolía un poco el brazo por el apretón que Çakir hizo a ambas para que se detuvieran. Çakir bajó unos escalones antes de sentarse al lado de ella, a su izquierda. Estaba inclinada hacia delante, con los pelos tapándola la cara. Çakir intentó apartarlos con su mano derecha, pero ella movió la cabeza, apartándola. Pasó su mano por encima de su hombro, acercando su cabeza contra su hombro. Esta vez no opuso demasiada resistencia. La dio un beso en el pelo, intentando reducir la tensión.

 

–         Me has hecho daño…

–         Lo siento… le hacía eso de pequeño a mi hermana… ha sido inercia, princesa.

–         No me lo vuelvas a hacer, por favor. – la dijo entristecida.

–         Lo siento… no lo haré mas.

–         Pero a ver… ni a mí ni a ninguna.

–         Vale, vale… – respondió guardando restos de su enfado

–         Lo siento, cariño… a ver, sé que no lo has hecho a malas… es que entre esto y la roja… lo siento, sabes que me pongo muy sensible.

–         ¿Quieres irte a casa? – dijo, cambiando de posición, bajando dos escalones, para buscar sus ojos desde abajo.

–         No, Çakir… no me hagas irme ahora a casa… déjame quedarme aquí. Me da igual que esté tu hermana.

–         Por favor, solo hoy… contigo aquí no me va a hacer ningún caso. Solo por esta noche…

–         Está bien… – le contestó refunfuñando. – Me voy a casa.

–         No te lo tomes así. No me apetece tener follón ahora con mi hermana y luego tener que rendir cuentas a nuestro padre. Es así.

–         ¡Que sí! ¡que vale…! que llevo diez días fuera de casa, deseando verte y tú parece que no tengas tantas ganas…

–         No es por ti… sabes de sobra que quisiera que te quedaras, pero teniendo a Nazli al lado, nos va a tocar las narices todo lo que va a querer y más.

 

Se levantó de golpe, recogió su bolso y empezó a bajar las escaleras con relativa tranquilidad. Estaba claro que ahora lo que menos la apetecía era irse a su casa sola. Antes de que saliera por la puerta, Çakir tuvo tiempo necesario para llamar a un taxi y pedirle que se acercara. Buscó en su cartera y se lo dio a Daniela para costearse el viaje. En la puerta del vestíbulo, antes de salir, intentó darla un beso sin éxito.

 

–         No te enfades

–         No, no… – le contestó, dejando claro que si lo estaba.

–         Mañana te llamo… ¿vale? – La dijo, mientras la abría la puerta de la casa.

–         Vale.

–         Te quiero.

 

Daniela abrió la puerta de su casa y se dirigió a la verja sin respuesta alguna. Çakir dudaba de si le hubiera hecho caso o no, pero tenía bien claro que lo había escuchado. No fue tan tonto como para preguntárselo a sí mismo. Esos te quiero son los que más duelen. Los que no tienen un yo también como respuesta. Los que te dejan en vilo, dudando de la otra persona y haciendo que durante la siguiente media hora, sino estás amargado, estás blasfemando sin piedad. Çakir se dejó llevar por la primera sensación, intentando auto convencerse de que sería un cabreo pasajero.

Cerró con cuidado la puerta de casa, y subió las escaleras de su casa con dirección hacia el cuarto de su hermana. Seguramente ella también estaría ligeramente disgustada con el mundo. Sino con el mundo, con su propio hermano y con su novia. Y ahora que ella no estaba, Çakir pensaba que le costaría menos hablar con ella, o al menos, disculparse por no haberla ido a recoger al aeropuerto. Si conseguía arrancarle un perdón, tenía la esperanza de que pudieran entenderse sin acabar peleando, oral o corporalmente.  Al llegar al segundo piso encaró la puerta del cuarto de su hermana. Nadie la abrió. Volvió a tocar, y esta vez entró sin esperar a que nadie la abriera. Allí estaba Nazli, sentada en la cama. Parecía que estaba llorando. Solo lo parecía. Sencillamente estaba cabizbaja. Parecía que llevaba ahí sentada años. Otra impresión que daba eso era el hecho de que la ropa de Daniela seguía sin estar recogida.

 

–         ¿Qué quieres ahora?

–         Pedirte perdón. No quería hacerte daño antes. Pensaba que os ibais a enzarzar.  – Pasó adentro y se sentó junto a ella, en la cama. Buscó su hombro con la mano. – Os he encontrado a las dos de mal humor, y la culpa era de la otra. No me apetecía que lo solucionarais aquí.

–         ¿Tenías que cogerme del brazo así para eso?

–         La he cogido a ella de igual modo. No pretendía haceros daño. Solo deteneros.

–         ¿Y ella qué? – Preguntó Nazli, pensando que estaba detrás de la puerta.

–         La he pedido que se marchara a casa, y se ha marchada muy enfadada conmigo. No estés tu igual… – cambió su posición, arrodillándose frente a ella. –  después de tanto tiempo separados, no me apetece pasarme la primera noche pensando que mi hermanita me guarda rencor por no haber ido a buscarla.

–         He estado allí media hora sola… ¿tú sabes todo lo que me ha pasado por la cabeza? Pensaba que realmente te habías olvidado de mí. Llegué a pensar que mi padre me había hecho venir para nada… – definitivamente, rompió a llorar. Çakir sabía que no tardaría mucho en hacerlo. Era un hábito que tenía desde pequeña.

 

Un fuerte abrazo pareció calmarla un poco. Sin duda alguna, Nazli era lo que más pedía. Más que una habitación para ella sola y un armario de similares características. Tanto tiempo solo en Turquía en un internado, sin querer saber nada de cambiar de aires. La ataba demasiado el recuerdo de su madre, y las amistades que allí tenía. Tenía muchos motivos para quedarse, y su padre no fue capaz de negárselos. Eran las dos caras de la moneda. La hija que se queda por los recuerdos, contra el padre y el hijo que se alejan de ellos. Aunque se alejaban, no olvidarían ninguno que no solo cumplían un papel de esposo e hijo, sino también el de padre y hermano.

Nazli, a través del abrazo, conseguía aplacar su respiración, dejando de jadear. Çakir miraba al techo de la habitación, sonriendo. Se separó de ella para buscar sus ojos

 

–         No digas eso, miniatura – Así la llamaba cuando aún vivían juntos en Turquía – Sabes que Padre te quiere mucho. Por eso ahora estás aquí. Para que volvamos a ser una familia.

–         Sí, pero se supone que tiene que venir mi hermano a buscarme al aeropuerto, y no aparece. No puedes pedirme que no me enfade.

–         Pero sí que me perdones… – a través de una mueca, cara de cordero degollado, que siempre le había funcionado de pequeño. – ¿Me perdonas, miniatura?

–         No se… eres muy malo. Eres muy malo, Çakir.

–         ¿Me perdonas? – Insistió Çakir. El perdón estaba ya al borde de su boca.

–         Bueno… vale. Te perdono. Pero a ella no.

–         Joder… – se quejó Çakir – ¡Qué dos!

–         No puedo… hemos empezado con muy mal pie. Y ella no tiene pinta de querer hacer las paces si yo no me disculpo antes. Así que no.

–         No es por nada… pero con lo de los billetes, ella tenía razón. Con lo del baño, lo mismo. Era cuestión de higiene. Y con la maleta, si hubieras visto la etiqueta hubieras visto que no era la tuya. Podrías haber prestado un poco de atención y os hubierais evitado ese incidente.

–         ¿Ves? Te vuelves a poner de su lado.

–         Me pongo del lado de la razón. Teniéndola ella la he pedido que se marche.

–         Está bien. Ahora te lo pido yo. – le cortó, volviendo a enfadarse. – Márchate de mi habitación.

–         Vale…

–         Es que sales más por una niña tonta que por tu hermana.

–         Esa niña tonta es mi novia. Y además, ha estado sentada a la mesa de nuestro padre. Así que mañana más vale que la pidas perdón.

–         No pienso hacerlo.

–         Bueno… tú verás. Ah, y también tendrás que pedirle perdón a Halil, por no hablarle como es debido, y a Nuray por tratarla como una esclava. Así que vete pensando qué les vas a decir mañana por la mañana.

 

Intentarlo, lo había intentado. Çakir ya no pretendía exigirse más a sí mismo por esa noche. Mañana por la mañana llamaría a Daniela para intentar que se le pasara el cabreo. El miedo que tenía en el cuerpo venía de la mañana del día siguiente. Si su hermana seguía en el mismo plan, lo más probable es que Halil se quitara las gafas y metiera cuatro voces que harían vibrar los pilares básicos de la casa. Aunque preferiría no estar en casa si ese momento llegara, realmente no tenía ninguna gana de ver a Halil enfadado por culpa de su hermana. Sobre todo si ella seguía en su línea borde y de poco razonar.

Sanli, cuando Çakir era pequeño, solía hablarle a menudo de la grandeza de los otomanos, un pueblo que durante gran parte de la edad media consiguió aterrorizar todo el sureste de Europa, levantando un fuerte imperio. El imperio otomano, cuyos líderes dominaban con puño de hierro a través de sus grandes ejércitos. Hordas mestizas que mezclaban católicos y musulmanes, que incluso llegaron a asediar Viena, el punto más lejos al que consiguieron acceder durante su expansión. Las tropas de élite que confinaban este ejército eran los valientes Sipahis, tropas de infantería que  en la gran mayoría de las batallas conformaban el grueso del ejército, bien como avanzadas o como caballería pesada. La piedad no era una de sus virtudes más conocidas, le explicaba su padre, piedad de la que ni los húngaros, ni los búlgaros, griegos, macedonios o rumanos jamás fueron testigos. Sanli solía decir que en el fondo de su corazón, a su manera, Halil seguía siendo un Sipahi, un guerrero enclaustrado tras unas gafas que nunca nos dejaban ver lo que pensaba. Como tantos y tantos de sus predecesores, la armadura, la lanza y la cimitarra pasaban de generación en generación, aunque ahora no lo hiciera más que como un mero adorno, o un bonito recuerdo de familia. Halil solía decir que en su armadura había más sangre de su familia que en su propio cuerpo.

En cambio, a Çakir le decía que él no era un Sipahi. Çakir debía ser un Jenízaro. Un soldado que, aunque peleaba codo a codo con los Sipahis, tenía una misión mucho más peligrosa. La protección del sultán, tanto dentro como fuera de los campos de batalla, sino también en tiempos de paz, mientras el Sultán viajaba o estaba trabajando en su alcoba. Aunque eran soldados también, como los Sipahis, los jenízaros eran también hombres cultos y sabios, conocedores de las letras y de los números, además de unos buenos ayudantes en esta clase de trabajo para el Sultán. Çakir debía tener en su mentalidad la de un jenízaro. En su cabeza y en su corazón.

Y aunque intentaba seguir el ejemplo que su padre le había dado, siempre le quedaría el miedo de que surgiera un sipahi en su casa. Por lo menos ahora que parecía ser que tenían un insurrecto dentro, ocupando el cuarto de invitados

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