El corazón de Jenízaro cap 5 por Gelo

Capítulo V.  La Torre

A las 16:30, ya había dos parejas en el interior de la estación, billete en mano, esperando al tren en el andén 2. Solo Salva y Paula restaban de llegar. Se les hacía raro estar tan arregladas a las chicas a esas horas. A pleno sol, con sus tacones, sus falditas y sus bolsos cuyas dimensiones daban a entender que se iban de casa. Pero Torre así lo exigía. En el mismo andén no había mucha más gente, pero la que había, la gran mayoría, tenía las mismas intenciones. Torre. Cinco minutos antes de que llegara el tren, la pareja restante hacía su entrada en el andén.

 

–         Perdonad el retraso… se le olvidaron las manoletas de repuesto – Se explicaba Çakir.

–        Y a él se le ha olvidado el cerebro de repuesto – Comentó Daniela como respuesta.

–        Pues vaya. – Dijo Pizarro – Ni que el de diario le funcionase bien.

 

Mientras discutían y se reían, llegó por fin el tren procedente de Torre. Esperaron a que se vaciara del todo para poder entrar ellos. Entraron en el tercero de los vagones, el del fondo, confiando en que hubiera cuatro a un lado y cuatro al otro para poder viajar los seis juntos. Con el tren recién llegado, parecía que esa suerte les sonreiría. Y así fue. Cada oveja con su pareja se sentaron. En el trayecto a valdecilla iban tan tranquilos comentando el viaje que les esperaba.

 

El primer alto del viaje se produjo en la estación de valdecilla. Un conjunto de tres andenes situados bajando tres escaleras junto a la carretera de salida de Acoma. Se situaban próximos al polígono de candina, a la derecha, con el parque de la Marga frente al porche de entrada, y unas fábricas abandonadas como pared en el lado de la izquierda, hacia el fondo de las vías. Los pasajeros que subían, aunque eran bastante menos, también parecía que iban rumbo a Torre. Curiosamente Lara era una de ellas. Pasó frente a Pizarro y los demás, junto con una amiga, pelirroja. La misma que hace unos días había saludado a Pizarro a la salida del Koala. Las dos chicas iban vestidas con ropas de las mismas marcas que las otras tres chicas, con la ligera excepción que para ellas no parecía que estuvieran en verano, sin ningún pudor visible. Sus minifaldas parecían cinturones gruesos. Al pasar frente a ellos, Lara, por cortesía, se detuvo a saludarles. Dos besos en la mejilla a cada uno de sus compañeros de clase, nada más. Un hola que tal, y poco más. La pelirroja, en cambio, como ya había hecho, tan solo centró su atención en uno de los amigos. Concretamente en el que lucía sus trenzas gemelas, y que ya había encontrado por la calle hacía ya varios días. Se quedó mirándole un momento, muy contenta, antes de seguir los pasos de su amiga y acomodarse.

–         Adiós, Pizarro.

Si las chicas ya las habían dedicado una cara de asco cuando las vieron entrar con aquellas ropas, a Martina se la acentuó aún más. Miró a Pizarro al tiempo que Çakir, Salva y Yuri se desternillaban de él. Pizarro seguía con la misma cara de póker, mientras las dos chicas seguían buscando asiento, el cual no encontraron demasiado lejos. Precisamente en el asiento de atrás, donde estaba sentado Salva, una frente a la otra, dejando sus bolsos frente a ellas.

Cuando el tren volvió a arrancar, el revisor salió de la sala de máquinas, y comenzó a pedir los tickets a todos los pasajeros. Era un hombre entrado en años, bastante delgado, a la antigua usanza, de los que aún llevan con gusto la gorra. Lucía un bigote no muy frondoso, cano, del mismo color que los escasos pelos que salían por su cogote. Los ocho amigos habían tomado la precaución de cogerlos de ida y vuelta. Cuando le llegó el turno de pedírselo a Lara y su amiga, la pelirroja, se detuvo un momento mirando a Lara.

 

–         ¿No te he cogido el ticket antes? – Preguntó el revisor.

–        No creo. Acabo de subir – respondió enseñándole el billete.

–        Lo siento… debí confundirme.

 

Tomó el ticket de la otra chica y se marchó a por el resto, sin ningún incidente parecido. En poco más de media hora habían alcanzado Torre. Por el camino, el tren había acabado de llenarse prácticamente. Llegaron y salieron del tren. Las chicas, por otro lado, fueron directamente al baño, a retocarse un poco, como a ellas las gustaba. Los chicos se quedaron al lado de la puerta, esperándolas. Desde allí vieron como Lara y su amiga se iban cuesta arriba, las dos solas. Al salir las chicas del baño, los chicos señalaban sus relojes.

Emprendieron la marcha con un rumbo preestablecido por Salva, que les esperaba en la entrada de un bar llamado el norte. Era un pub sin pista de baile, de estilo a la reina, únicamente para echar quinitos y beber chupitos. En el pub había unas escaleras que daban a un sotanillo, con más mesas. Junto a este local, inmediatamente a la derecha, había otro llamado el sur, con la misma estructura, solo que en caso de que en ese se acabaran las mesas, se podría encontrar sitio escaleras arriba. El cartel dorsal de esos locales estaba situado en una pared entre ambos, de modo que dependiendo de ir calle abajo o calle arriba se veía el cartel de cada uno. No estaba demasiado lejos de la estación, y por el camino tuvieron tiempo de ver lo que Martina había predicho. Las aceras estaban llenas de críos. Chavales y chavalas de entre 12 y 15 años, reunidos en pequeños grupitos muy parecidos todos ellos, y todos los grupos debatían el mismo tema. “¿me dejaran entrar con playeras?”, o “Nos pedirán el carnet”, o “¿Nos venderán calimotxo?”. Parecía que solo se los encontrarían en la calle, pero al llegar al Norte, vieron que el panorama no era demasiado distinto. También había críos sentados en algunas mesas del local, jugando al quinito. Mientras Çakir, Yuri, Pizarro y Salva pedían unas cuantas jarras en la barra, las chicas bajaron al piso de abajo a coger sitio para ocho. Confiaban en que abajo hubiera alguna mesa disponible. Mientras bajaban, encontraron dos de cuatro, separadas. Martina y Daniela, en planos, fueron deprisa hacia ellas. Había una pequeña muchedumbre de niñas en una mesa pegada a la pared, gritando bastante más de lo normal. Se veía que el alcohol las privaba de cualquier sentido del ridículo.

 

–        ¿Esto es un pub o una guardería? – Preguntó Martina, sentándose. – Menudo ambiente.

–        Déjalas. Temprano empiezan.

–         Tía… que yo a su edad todavía jugaba con muñecas. Estas aún no saben lo que es la regla.

–        ¿De qué habláis? – Preguntó Estela al sentarse.

–        Martina, que no sabe si esto es un pub o una guardería.

–        Es una guardería, Martina – dijo Salva bajando las escaleras, con tres jarras – Mira, aquí te traigo el biberón.

–        ¿Pero cuánto habéis pillado, subnormales? – Se quejó Paula – ¿Cuánto pensáis estar aquí?

–        Ahora bajan estos con otras nueve… – dijo Salva.

–         No, si es que no sois más cafres porque no os entrenáis a diario – comentó Daniela.

–        Es que os habéis pasado… – sugería Estela.

–         Tampoco son tantas – Dijo Yuri.

–         Si echamos un “yo nunca” como el de anoche, no nos dura nada. – Dijo Pizarro – Antes de las ocho nos habremos ido.

–         En fin…

–         Bueno. ¿Quién quieres hacer los honores?

Cuando por fin se sentaron, se repartieron los vasos. Colocaron las jarras en una esquina, pegadas a la pared. Los honores, como sucedió la noche anterior, los hizo una mujer, Estela. Se notaba, no solo que no quería beber ni gota, sino que iba a ir al grano, para que bebieran los hombres.

 

–        Yo nunca he tenido pene. – dijo

–        Joder… – se quejaron casi todos los que tenían que beber.

–         ¡Qué original! – Apuntó Salva, irónico. – No sé como no te metes a guionista.

–        Voy yo… – dijo Yuri – Yo nunca he llevado trencitas.

–         Cabronazo… – dijo Pizarro, llenándose su copa. – encima vas y le sueltas para que solo beba yo… – bebió su vaso, y rápidamente Martina le arrebató la jarra.

–         No, no… si ellas también beben. ¿O es que de pequeñas nunca habéis llevado trencitas? – Dijo Yuri. Ciertamente, fueron cinco los que bebieron

–        Me toca – Dijo Martina – Yo nunca me he disfrazado, en carnaval, de puta, ni de nada que se le parezca.

–        Vamos a ver, Martina – Dijo Salva, llenando su vaso – ¿Qué te he hecho yo?

–         No te quejes anda… – dijo Estela. Yuri se sorprendió – No vuelvo a disfrazarme de colegiala en la vida.

–         Me toca. – Dijo Pizarro – Yo nunca lo he dejado con una ex novia más de cinco veces, y luego he vuelto otras tantas con la susodicha.

–        Ya verás, ya verás. – se volvía a quejar Salva, con su vaso

–         Anda, anda. No os peleéis, niños. – Daniela rebajaba los ánimos – Ahora me toca a mí. Y yo nunca he estado más de cuatro días sin afeitarme las barbas.

–         Jooooder… – el único que se libraba era su novio, que se afeitaba una vez cada dos días. Yuri rara vez, por ser lampiño. En cuanto a los otros dos, apenas una vez a la semana.

–        Hala… os vais a cagar – Dijo Salva. – Yo nunca he tenido un graduado escolar.

–        No será porque no has hecho méritos. – dijo Pizarro

 

Aunque consiguió que bebieran absolutamente todos los sentados a esa mesa, aunque alguna que otra persona lo hubiera obtenido por otras vías, el resultado fue patético. Lo único que hicieron fue recordarle todas las facilidades que tendría después para encontrar un buen trabajo.

Media hora después todavía quedaba bastante calimotxo. No era moco de pavo en absoluto, pero Estela ya empezaba a sentirse pachucha. También Paula se encontraba mal, pero tan solo debido a un triste mareo. Martina y Daniela tampoco mostraban especial interés en seguir jugando mucho tiempo. En lugar de eso, optaron por dejarles ahí con el calimotxo y los vasos, y decirles que cuando acabaran que las llamaran. No mostraron demasiadas reticencias para eso, de modo que allí se quedaron. El juego del yo nunca prosiguió de buena gana, solo que ahora que no estaban las chicas, podían sacarse más trapos sucios. Pero el juego se detuvo cuando Salva quiso aclarar unas pequeñas dudas. Sin embargo, la soberana presencia del calimotxo en su estómago hizo que varias expresiones parecieran demasiado truncadas y viciadas por la embriaguez.

 

–         Ahora que me acuerdo. ¿Qué pasó anoche con el bueno de Cristian? ¿Le dieron lo suyo?

–        Se lo dio Rafa. Vega no se presentó. – Dijo Pizarro

–        Mira… ¡rajarse con un triste! Lo que me voy a reír de él de ahora en adelante. – Se reía Salva.

–         No era tan triste. El muy valiente iba ahí armado con una navaja. Imagínate que se la clava en el higadillo. – Dijo Çakir, simulando el gesto de usar una navaja.

–         No pasaría nada – Desvariaba Pizarro – Tiene el hígado peor que nosotros. No le cabe más alcohol ahí dentro.

–        Serás bruto. El alcohol no se queda en el cuerpo. – Dijo Salva. – Sale por la vagina

–         ¿Seguro que sale por la vagina, Salva? – Preguntó Çakir.

–         Joder, es que tú nunca te equivocas, ¿no?

–        Es que ya llevas muchas hoy, macho… – dijo Pizarro.

–        Bueno. Pues la cosa es que no le dio tiempo a usarla. Antes de sacarla, Rafa se plantó frente a él y le dejó para el arrastre. – Dijo Çakir.

–         Calculo que hubiera tenido tiempo de sacarla, y ahora mismo tendríamos que ir a su sepelio.

–        Pues ojalá no la saque más.

–         Oye, ¿Y si la ha llevado más veces al instituto? – Preguntó Salva. – Igual en el fondo es un sádico.

–         ¿Qué dices, qué dices? Imposible.

 

Tres cuartos de hora más de quinito y se vaciaron las jarras por fin. Sin embargo, las niñas de la guardería que Martina había señalado al entrar seguían allí todavía. Se reían de todas y de sí mismas. El alcohol, desde luego, había hecho bastante más efectos en ellas. Cuando vieron que se marchaban poniéndose sus chaquetas, no pudieron evitar despedirles, con varios gritos eufóricos.

 

–       ¡Guapos! – Gritaba una de ellas.

–        ¡Tíos buenos! – Gritó otra.

 

Yuri y Pizarro se miraban. “Crías”, pensaban. Çakir no les hacía ningún caso, llegando ya a la planta principal. Tan solo Salva las contestó, aunque no con demasiadas buenas maneras.

 

–        ¡Lástima que no podamos decir lo mismo!

 

Curiosamente no se volvió a escuchar ningún piropo por parte de ninguna de ellas.

 

Salieron del norte ya. Salva, poniéndose frente a ellos, dirigió al grupo hasta el próximo local en el que tenían pensado entrar. La sala Croquer, situada en pleno centro de la zona de abres de Torrelavega, situada privilegiadamente en una plaza que bien podría ser un cruce de caminos. De su centro partían caminos que, como tentáculos, llegaban a cualquier destino propuesto en aquella zona de marcha. En esa misma plaza estaban también algunos de los lugares más conocidos, además de la Croquer, como el Chaman, la PTK, y algunos otros. Pagaron dos euros de entrada, y subieron directamente a la planta de arriba de la sala, donde se escuchaba todo tipo de música, y las personas que no querían bailar podían sentarse cómodamente en los sillones que rodeaban la sala, o en las pequeñas mesas frente a la barra. La de abajo, completamente despejada, servía para escuchar lo que Salva llamaba el “puto chunda-chunda”. Cada uno dejó su chaqueta en el ropero de la entrada: la americana negra de Pizarro, la chupa de cuero de Yuri, el abrigo de capucha de piel de Çakir y la chaqueta de lost de Salva. Ahora tocaba disfrutar del calor de la noche. Se acodaron en la barra buscando que les atendieran. La camarera no tardó mucho en dedicarles un poco de atención. Servidos como estaban, fueron hasta la pista de baile. Salva era el que más llamaba la atención de las féminas de la sala, aunque v no se quedaba corto. Pizarro se limitaba a apoyarse en una de las columnas, junto a Yuri.

 

–         ¿Conocías a la pelirroja que te ha saludado antes?

–         ¿Qué dices, checo?

–         ¿Qué si conocías a la pelirroja de antes? La del tren. – Se acercó a su oído para preguntárselo.

–         No tengo ni idea de quién es, ¿por?

–        Porque creo que está entrando… – le contestó, mirando en sentido contrario, haciéndose el sueco.

 

Pizarro dirigió su vista hacia la entrada. Era ella, sin duda. Yuri empezaba a pensar que la seguía. Pizarro no le dio mayor importancia. Pero parecía que ella sí. Dejando que Carla se fuera al baño, caminó muy despacio hacia Pizarro, que intentaba inmutarse lo menos posible. Yuri se apartó, sonriendo maliciosamente a su amigo. “Hijo de puta”, pensó Pizarro. Ella ya estaba prácticamente encima de él.

 

–        Hola, me llamo Mónica. – se auto presentó. Irradiaba un aura de su melena roja que hacía difícil mirarla a la cara.

–         Hola… – se corto Pizarro.

–        ¿Qué hace un chico tan simpático como tú con una chica como Martina? – Preguntó ella, directa.

–         ¿Perdona? – Pizarro no entendía la pregunta.

–        Si… ¿Por qué estás con una chica que no es sincera contigo, y que además, te pone los cuernos con otro?

–        ¿Qué me estás contando niña? ¿Sabes de quien estás hablando? Martina me quiere. – Pizarro defendió estoico a su novia, pues no dudaba de ella.

–         Pues que tu novia te engaña. Te engaña y yo no quiero consentirlo. – Pizarro seguía sin creerla.

–        Mira… pasa de mí. – dijo dándole unas palmaditas en el hombro. – Mi novia me quiere a mí y solo a mí. Y no tengo que estar dándote explicaciones d nada.

 

Pizarro quiso apartarse de ella, pero ella le cerró el paso. Parecía muy dispuesta a que Pizarro escuchara todo lo que tenía que decirle. Aunque había cierta fuerza en su gesto, ella no dejaba de sonreír, lo cual impacientaba e inquietaba bastante a Pizarro, que no sabía cómo salir.

 

–         Déjame pasar – Dijo Pizarro.

–         ¿Te has preguntado por qué en sus cartas te decía que no quería salir contigo? – Preguntó – Si tanto te quiere, ¿Por qué no salía contigo mientras tú estabas en Francia? ¿Por qué re recordaba en cada una de ellas que solo erais amigos?

 

Aunque tocó su vena sensible, Pizarro no reaccionó. Más de una vez él mismo había pensado eso mientras estaba en Francia. Una carga que arrastraba día a día. Pensar que si tanto le quería, por qué no salía con él. La respuesta de Martina en sus cartas siempre era la misma. Su novio tenía que estar cerca de ella, y no tener que esperar tres o cuatro días para poder atender sus malos días, y estar con ella en los buenos. Pizarro entendía que la distancia no era fácil. Lo entendía. Y Martina respetó su palabra. Ser novios cuando Pizarro volviera. Era algo irreprochable.

 

–         No soportaba la distancia. No podía pedirla eso.

–         Ya… tampoco podías pedirla que no te diera falsas esperanzas. Y que no se liara con ningún chaval después de decirte que te quería, ¿no?

–        Tu sabes demasiado, ¿no? – La detuvo Pizarro.

–         He leído todas las cartas que le enviaste a Martina. Todas. Un día la pedí permiso para escribirte yo una. Quería conocerte. Pero ella me dijo que no, que a saber lo que quería realmente… discutimos y bueno, es así de egoísta ella, ¿sabes? La gusta que los tíos la coman el culo. ¿O es que no lo has notado? ¿Con cuántos tíos se lió mientras te decía que te quería, que quería estar contigo?

–         No es así, – dudó – no lo creo. Martina está con sus amigas, así que dudo mucho que ahora me estén brotando cuernos.

–         Mira… acompáñame. – tendió su mano, esperando que Pizarro la recogiera – Si después de lo que vas a ver piensas que no tengo razón, no me meteré más en vuestra relación. – Mónica iba muy segura.

–        Sabré seguirte solo, gracias – dijo rehusando su mano.

 

Pizarro la seguía con más pena que gloria dentro de sí. ¿Realmente Martina faltaba a su palabra? ¿Qué pretendía exactamente Mónica? Aquella pelirroja ligera de ropas llamaba bastante la atención por su físico. Mientras bajaban las escaleras, observó que ninguno de los chicos que subía pudo evitar comérsela con la mirada. No solo varones subían. Curiosamente, en la entrada, se encontró con Paula y con Estela, pero ni rastro de Daniela. Ni mucho menos de Martina. Antes de aventurarse a salir a la calle con Mónica, se detuvo frente a ellas. Confiaba en ahorrarse salir a la calle a coger frío.

 

–        ¿Habéis visto a Martina? – las preguntó.

–        No, nos dijo que iba a venir a buscaros. ¿No te ha llamado todavía? – Preguntó Estela.

–         No… se supone que estaba con vosotras. Por cierto, ¿Dónde está Daniela?

–         Se ha quedado a fuera, saludando a unas amigas. Ahora sube. – respondió Paula.

 

Mónica miró a Pizarro, con cara de “te lo dije”. Él, en cambio, solo quería decir “vamos”. Esta vez Mónica no le ofreció su mano, sino que cogió la de Pizarro directamente, sin que él manifestara mucha resistencia. Salieron a mano derechas, bajando por la misma calle por la que habían ido antes. Tomaron la dirección opuesta, y en vez de dirigirse al norte, bajaron en dirección contraria hacia otro local. Mónica le condujo hacia un pub llamado el duende. Parecía un local bastante más tranquilo. Tenía mesas frente a la barra, y un pequeño villar, pero tenía más pinta de café que de otra cosa, aunque estuviera ambientado con buena música, pero vacío a esas horas. Pizarro estaba ligeramente desconcertado. Los baños estaban junto a la barra, y tenían toda la pinta de ser mixtos. Una única puerta servía para hombres y mujeres. Mónica entró por la puerta, en cuyo interior había un lavabo, y dos nuevas puertas. Una de ellas, la de señoras, estaba abierta de par en par. La otra, la de caballeros, cerrada a cal y canto.

 

–         Pon el oído, a ver qué escuchas.

 

Mónica señaló la puerta cerrada a cal y canto. Su acompañante dudó. No se creía que su novia estuviera ahí dentro. Sin embargo, ante la insistencia de su compañera pelirroja, puso el oído en la puerta. A pesar de la música de fondo, consiguió escuchar algo. Eran unos gemidos, de un tío.

 

–        ¿No me crees? – Preguntó Mónica.

–         Podría ser cualquiera – respondió.

–        Prueba a llamar. A ver qué encuentras.

 

El de las trenzas se acercó a la puerta. Llamó a Martina, si es que realmente estaba allí adentro. Puso de nuevo el oído contra la puerta, y los gemidos ya se habían detenido. Llamó a la puerta de dos fuertes golpes, el segundo de los cuales hizo que la puerta cediera un poco en el marco. Estaba cerrada, pero sin pestillo, trancada por el grosor, que hacía que la puerta se atorase contra el marco lateral. La puerta volvió a su estado original con un fuerte golpe. Ahora se escuchaban unos murmullos, pero sin necesidad de arrimar la oreja. Había una pareja hablando del otro lado. Y una de esas voces era la de Martina sin ninguna duda.

 

–        Espera…. Ya verás. – Le dijo Mónica, acercándole a ella con sus manos.

 

No hizo falta esperar demasiado. Para alegría de Mónica y disgusto de Pizarro, Martina salía del baño acompañada de un chaval que no conocía de nada. Estaba muy entristecida, nerviosa y despeinada. Le supuso una sorpresa muy desagradable encontrar a Pizarro a la entrada de ese baño. Sin duda era la última persona que esperaba que aporrease la puerta. Al otro chico no pareció inmutarle demasiado.

 

–         ¿Qué? ¿Te diviertes? – Preguntó Pizarro.

–         No es lo que parece… – intentó defenderse Martina, consumada por todo lo que la rodeaba. – Pizarro, por favor… escúchame.

–        ¡¡Vete a la mierda!! – la soltó, sin tan si quiera tener tiempo de pensar que había pasado dentro de ese baño.

 

Dejando de lado a Mónica, salió del local con el ceño más fruncido que se le recordaba. Estaba lleno de ira, pero no la expresaba sino era en su cara. No blasfemaba. No daba patadas contra cualquier cosa que se le encontrara. No intentaba tirar ningún muro con los puños, que eran los únicos que realmente sentían su cólera interna. Los apretaba hasta tal punto que dentro de poco acabarían por sangrarse o desgajarse. Era la forma de desahogarse de Pizarro, consigo mismo, sin que nadie más tuviera que sufrirlo. No dijo una sola palabra desde que salió de aquel local hasta que llegó a su destino. Iba recto y directo a la estación de tren. Se iba a casa. Mónica le seguía de cerca, sin decir nada.

 

Martina también le seguía. Intentaba llamar la atención de Pizarro como fuera. A principio gritaba su nombre. Pero eso no le detenía, y los tacones la detenían a ella a la hora de correr. Tenía que ir haciendo equilibrios. Cuando por fin consiguió alcanzarle, él la soltaba sin mayores problemas de su espalda. Pero ella no se rendía en su testarudez, y se plantaba frente a él para evitar que siguiera avanzando. Con la misma falsa sutileza, la apartaba de él sin apenas despeinarse, mientras ella seguía con su discurso de cuatro palabras. “Pizarro, por favor, escúchame”. Pero Pizarro se negaba a detenerse, y mucho más aun a escuchar.

En uno de esos movimientos de apartar a Martina, sin demasiado tacto, siempre procurando no hacerla daño, ella tropezó. Cayó en plancha casi encima de un charco. Pizarro se detuvo instantáneamente, pero no se acercó a tenderla una mano si quiera. Tan solo se volvió y siguió su camino. Mónica siguió como si nada, mientras que el acompañante del baño se dirigió a ella gentilmente, pero ella le cortó por completo cualquier intento de ayudarla a levantarse. Se levantó por sí misma y se dio la vuelta, en dirección al centro, llorando esta vez. Llorando de amargura.

Dos minutos más tarde, Pizarro había llegado a la estación de tren. Ignoró por completo los paneles de los horarios, y metiendo su ticket en la máquina de entrada, se fue hasta el andén que le llevaría de vuelta a Acoma. Mónica entró con él, aunque más retrasada. Para entonces, él ya estaba sentado en uno de los bancos del andén, más bien tumbado en el banco, con las lágrimas cayendo patas de gallo de su ojo derecho. Pero no gimoteaba, ni titubeaba, ni se molestaba en secárselas, como si fuera una gota de agua cayendo de la marquesina del techo del andén. Mónica, después de coger su ticket, cruzó hasta el andén donde estaba Pizarro, mirando al cielo. Ignoró por completo la presencia de la pelirroja, primero de manera involuntaria, hasta que ella se sentó dejando sus posaderas despeinando los pelos de punta de Pizarro.

 

–         ¿Estás bien? – dijo secándole una de las lágrimas.

–        Por favor, vete – dijo él. – Estoy muy jodido, y no quiero mandarte a la mierda antes de tiempo.

–        No me mandarás a la mierda – dijo secándole otra lágrima. – Tranquilo, se lo que estás pensando.

–        No… no tienes la más puta idea de lo que estoy pensando.

–         Pizarro…

–        ¡Déjame en paz! – dijo levantándose. Hizo un alto y se detuvo. Se tranquilizó – ¡Por favor, déjame en paz! Márchate. Ya tienes lo que querías. Ya has jodido a tu amiguísima. ¿no? Ya puedes irte tranquila.

–         No lo he hecho por joder a Martina. Lo he hecho por ti, ¿sabes? Porque estoy hasta las narices de que juegue con la gente, de que te tuviera como su perro faldero, que vas a estar ahí siempre que ella te llame.

 

Pizarro quedó en silencio, silenciado por las palabras cubiertas con un envoltorio de razón por parte de Mónica. Pizarro, realmente, se había sentido como un perro faldero. Pero Mónica, aún no había acabado con su discurso. Se había levantado, y se había quedado de pie frente a Pizarro, que se había sentado frente a ella. No sabía si realmente quería escucharla o no, pero allí estaba, sin saber tampoco como contestarla. Aún faltaba un buen rato para que llegara el tren, por eso el andén estaba vacío.

 

–        Martina no te quiere de verdad. Para ella solo eres un capricho. Si te quisiera de verdad, no andaría tonteando contigo como hacía en sus cartas.

–         ¿Pero tú qué sabes de las cartas? – Preguntó Pizarro sin levantar apenas la voz.

–         Yo las he leído. ¿Sabes? Y he visto lo que escribías y lo que escribía. Daban ganas de llamarla falsa a la cara. Un jueves te escribía una para decirte que deseaba que estuvieras aquí con ella, y al día siguiente ya se liaba con otro. ¿Tu eso lo ves normal? Porque yo no ¿sabes? Y cuando la pedí tu dirección, no quieras oír cómo se puso.

–         No éramos nada. Podía hacer lo que quisiera.

–        Ya, y ahora que sois novios, puede hacer también lo que quiera, ¿no? No me da la gana – se agachó hasta quedar su mirada por debajo de la suya, frente a frente. Su escote también quedaba a la vista, bastante marcado – No quiero que te haga más daño…

 

Ambos se miraron fijamente a los ojos. Pizarro intentaba disimular su vista, incluso apartarla de sus ojos, pero no se veía capaz. No podía. Dentro de sí, algo en sus ojos, se lo decía. Por otra parte, no hacía ni media hora que acababa de hablar con esa chavala y ella sabía bastante más de su vida que el de la suya. Era una situación curiosa y rara. Veía que ella no buscaba ya sus ojos, sino su boca. No buscaba su boca, sino que la encontraba. Sus bocas se encontraron fugazmente antes de que Pizarro dejara de comerse la cabeza, pero cuando quiso reaccionar, ella ya los había saboreado a conciencia.

 

El de las trenzas gemelas se levantó de golpe, a punto de llevarse por delante a Mónica. Se apoyó en una de las vigas del andén, pensando si lo que acababa de suceder era de verdad o no. Mónica se acercó a él, al levantarse.

 

–         Lo siento… – se disculpó.

–         Tranquila. – dijo seguro – Supongo que llevabas toda la noche esperándolo, ¿no? – dijo, sin importarle la respuesta de su nueva amiga

–         No flipes. – respondió ella, fingiendo falsamente una indiferencia que empezaba a gustar a Pizarro.

–        Mira… gracias por preocuparte por mí, de verdad. Pero ahora quiero estar solo. Vete con tu amiga, que creo que te debe estar echando mucho de menos. Será lo mejor.

–         No puedo. No tengo dinero para volver a Acoma, y ella se queda aquí a dormir, en casa de su tía. Tengo que volver con este ticket… – Si pretendía darle pena, no pudo conseguirlo con mejor resultado.

–         No ha sido muy inteligente por tu parte…

–        No me importa. Tendré que volverme en este. Deja que te acompañe esta noche. Después, si quieres, no volverás a saber nada de mí nunca más.

–        ¡Qué melodramática! – dijo Pizarro.

–         No te rías, vale. – hizo un alto. No sabía qué decirle exactamente – Sé que quieres estar solo, y yo aquí no debería estar. Y creo que te he amargado un poco la noche.

–        No te preocupes. No es la primera vez. Te acostumbras al final. Pero bueno…

–         ¿Te importa si me quedo contigo? Me gustaría mucho que habláramos. Por favor. – fue la frase de la noche. Salió de su boca tan despacio y escabrosa como un bebé de dentro de su madre. – Llevo mucho tiempo esperándote.

 

Pizarro se dio la vuelta para encararla. Se dibujaba en su sonrisa una extraña melancolía, seguida de una falsa euforia, cuando se sentó en aquel banco y dio dos breves palmadas sobre él con su mano, incitando a Mónica a que se sentara junto a él.

 

–         Tendré que avisar a estos para que recojan mi chaqueta. Aunque luego me echaran la bronca.

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