El corazón de Jenízaro cap 6 por Gelo

Capítulo VI. El color de la Ira.

Después de que Pizarro hubiera abandonado a sus amigos en el interior de la Croquer, Yuri les puso al corriente de lo que había sucedido. La pelirroja se había acercado a él, habían hablado un momento y con la misma se le había llevado por ahí. A los pocos minutos aparecían en escena Estela y Paula, buscando a sus respectivos acompañantes. No les llevo mucho tiempo encontrarles, allí al fondo de la pista, dejando a Çakir de aguanta velas momentáneamente, hasta que llegó Daniela. La velada transcurría tranquila, de no ser por el ánimo general que había abordado a los chicos cuando vieron salir a Pizarro. Peor fue entonces cuando las chicas vieron que tampoco Martina estaba allí. Con la música, para no perder la costumbre, tuvieron que hablarse oído a boca y viceversa. No parecía ninguno muy contento con las respuestas del otro.

 

–        ¿Pero no os ha llamado? – Preguntó Daniela.

–         ¿A nosotros? – Respondió Çakir – Si llevábamos sin noticias de vosotras desde que os fuisteis.

–         Bueno… está bien, ahora vendrá… supongo. ¿Dónde está Pizarro? Tampoco él está.

–         Pues ha venido una pelirroja antes, la del tren. Y le ha dicho algo, han cogido y se han ido.

–        ¿Cómo que se han ido? ¿A dónde? – Preguntó Daniela.

–         Yo que sé… ni idea.

 

Daniela se dirigió a Paula y Estela. Se habían ido al baño, y no tenía más que entrar a buscarlas. Çakir fue arrastrado por su novia hasta la puerta del baño.

 

–        ¿Dónde dijo que iba Martina? – Preguntó Daniela.

–        Ni idea… ¿no dijo que les iba a llamar?

–         Sí, pero ahora no aparece. Y Pizarro tampoco.

–        ¿Pizarro? – Preguntó Estela – Pero si Pizarro se ha ido antes con la Mónica.

–        ¿Mónica? ¿Qué Mónica? – Preguntó Daniela.

–         La chica esa que venía en el tren. La pelirroja. La hemos visto antes saliendo con él de aquí. – Contestó Paula.

–         Ay, ay, ay… – Dijo Çakir.

–        Vamos a buscarles, venga. – dijo Daniela.

–         ¿Ahora? – Preguntaron – Tía, que me estoy meando.

–        Esperadnos abajo, que ahora vamos. – dijo Estela.

–        Vamos, cariño. – Dijo Daniela. – Que todavía estos nos la liarán. – Se fue a la pista de baile, y hablando de nuevo a los oídos de Yuri y Salva, les indicó la puerta de la salida, mientras que el turco lo hacía a lo lejos. – Nos vamos, niños. Se nos han perdido Pizarro y Martina.

–        Ya… seguro que Pizarro solo piensa en que vayamos a rescatarle. – Bromeó Salva.

–         ¡Venga, tira! – le dijo su novia.

 

Recogieron cada uno sus chaquetas de la entrada y bajaron las escaleras. Çakir ya pensaba en la tarea que les iba a caer dentro de poco. Dividirse y a encontrarles. Y por los pubs de torre, sería una búsqueda ardua. Sobre todo teniendo en cuenta que a esas altas horas de la noche los bares estaban prácticamente abarrotados. Sin embargo, la búsqueda se iba a simplificar mucho más de lo que esperaban. Mientras Daniela y Çakir esperaban a que los demás bajaran con sus chaquetas, Martina apareció en la entrada de la discoteca. Venía con la chaqueta manchada, la ropa mojada y todo el maquillaje corrido por su llanto. Daniela se acercó a ella nada más verla a aparecer, muy sorprendida. No se esperaba encontrarla tan rápido, y mucho menos en ese estado.

 

–        Martina, cariño, ¿qué haces así?

 

Martina se derrumbó en brazos de Daniela, y comenzó a llorar de nuevo. Daniela la apretó los brazos contra ella, y la arrulló como a un bebé. Intentó silenciarla con susurros de tranquilidad, pero no sirvieron para consolarla. Paula y Estela ya habían bajado y habían visto lo que había. Intentaron encontrar su respuesta a sus preguntas que repetían sin parar. Ecos de “¿qué te pasa? ¿Qué te pasa?” se repetían en sus oídos sin que ella contestara. Daniela la apartó brevemente de sí buscando su reacción. Pero ella no hacía más que llorar. Ni si quiera conseguía hablar, atragantándose entre tanto llanto.

 

–         Tranquilízate, por favor, Martina. Vamos a hablar.

–        ¿Pero qué te ha pasado? – Preguntó Estela.

–         Que la he cagado, Estela… la he cagado… – apenas había pronunciado estas palabras, los llantos volvían a cortarla.

–         Joder – se quejaba Daniela.

–        ¿Qué ha pasado? – preguntó Paula.

–        Que… – tartamudeaba con el llanto – que le he puesto los cuernos a Pizarro… – soltó de golpe y porrazo.

 

Çakir y los otros tres no entendían en absoluto de qué iba el tema. Pero desde luego algo no cuadraba. Pizarro se había ido hace un rato con una potente pelirroja, y ahora ella decía que le había puesto a él los cuernos. No era una explicación que tuviera mucho sentido, al menos, hasta que Martina terminó de expresarse. Mientras tanto, los tres amigos permanecían a la espera de su explicación.

–         ¿Cómo que le has puesto los cuernos? – Preguntó Daniela, dudando si creerla o no.

–        Se los he puesto… se los he puesto y él me ha visto. Soy tonta… soy tontísima….

–         Si, eres tonta… Seguro que ha sido con Tova. ¿A que sí, inteligente? – Recriminó Estela.

–        ¿Tova? ¿Quién es Tova? – Preguntó

–        Un cerdo. No tiene otro nombre. Un cerdo.

 

Paula y Estela conocían la historia, pero los demás no. Buscaron un banco lo más cerca posible, y se acercaron a ella para escucharla. Tova, al parecer, era un viejo conocido de Saúl, el anterior novio de Martina. Al parecer, hacía bastante tiempo que Martina también había probado el vicio de los porros como lo había hecho su novio, al incitarla. Muchas tardes fueron testigo de los colocones de Martina, junto a su cámara de fotos. Y Tova quiso aprovecharse de ello. Ya sabía que Martina no estaba con Saúl desde hace bastante, y quiso aprovechar esa circunstancia para beneficiársela para sí mismo, convirtiéndola en la víctima de un chantaje. Entregarle las fotos, y no enseñárselas a su madre a cambio de un pequeño trabajito. Martina desde el principio había rechazado el chantaje, afirmando que Tova no tendría agallas. Pero a los pocos días del primer aviso, él ya había llamado a su casa. El miedo se le había metido en el cuerpo, y tuvo que contar con sus amigas para hablar de ello. Por desgracia, ninguna tuvo una buena idea. Todas las sugerencias iban destinadas a que se lo contara ella misma a su madre, ya que la amenaza de la madre era muy real, y él no tenía nada que perder si lo hacía. No sería buena idea, desde luego. No lo sería.

–         Joder ¿Por qué no nos lo dijiste? – Preguntó Salva.

–         Le hubiéramos partido las piernas a ese gilipollas – dijo Yuri, tan frío como siempre.

–         Porque en una carta le dijo a Pizarro lo que hacía su novio. Él se enfadó y le dijo que si fumaba un solo porro la mandaba a la mierda. – le explicó Paula. – Pensaba que si le decía por qué la hacían chantaje, él se enfadaría.

–         No me extraña – dijo Çakir. – A mí tampoco me gustaría que mi novia fuera una drogata.

–         Pues no sé qué hubiera sido peor – Dijo Salva – Ahora encima te ha pillado, y no va a tardar en enterarse de porqué le ha corneado. Así que imagínate. Cualquiera le aguanta ahora.

–        ¿Pero después de pillarte, te ha dicho algo, o qué?

–         Se ha ido, calle abajo, hacia las estaciones. Le he pedido que me escuchara, pero no me ha querido hacer caso. Ha pasado de mí como de la mierda.

 

Los tres amigos se miraron unos a otros. No era un comportamiento extraño en absoluto. Conociendo a Pizarro, no les resultaba raro. Otros en su lugar la habrían puesto de zorra o de puta hacia arriba, y subiendo. Incluso algún desaprensivo la habría cruzado la cara y hubiera seguido en el suelo. Pero Pizarro no.

 

–         Tendrías que habérselo contado. Ahora va a pensar que no confías en él. – Dijo Yuri. – Así no se puede ser novios, Martina.

–        ¿Y qué querías que hiciera? ¿Qué se lo dijera y me mandara a la mierda? Encima este le hubiera enseñado las fotos a mi madre y ella sí que me hubiera mandado a la mierda. – se quejó Martina, ahora sin llorar apenas.

–         Él hubiera valorado más tu sinceridad que lo que hubieras hecho con el gilipollas ese antes de salir con él. Parece mentira que no le conozcas. – dijo Çakir, reflexionando.

–        No se… no sé, yo lo que quiero es irme a casa. Quiero dormir… me quiero morir.

–        Bueno, bueno… no te pongas así. – la dijo Salva – Mira, mañana hablamos nosotros con él.

–        A mí lo que me gustaría saber es qué hacía con la chavala esa. La pelirroja. La Mónica esa, o como se llame.

–        Vino aquí, habló con él de no sé qué, y se fue con ella a los dos minutos – Intercedió Yuri. – Ahora sabemos a dónde fue. Debió de ver a Martina con el chaval ese…

–        ¿Dónde coño está? Le encontraremos…

–         Se ha ido a casa. Sé que vive en un pueblo de aquí cerca, pero no se más. No hace falta que os molestéis…

–        Pero Martina…

 

Martina no quería escuchar nada más. Para colmo, al poco tiempo, mientras sus amigas la decían, tal vez sin acabar de creérselo, que todo se iba a arreglar, y que Pizarro acabaría por perdonarla, Çakir recibió un sms. Pizarro estaba con Mónica y regresaba a Acoma, a casa. Pedía que recogieran su chaqueta dentro de la sala Croquer. Martina tenía las mismas ganas de volver a casa que él. Aunque jodiera el plan a sus amigas. No iban a permitir que volviera sola a Acoma. Aunque Paula y Salva tenían guardada una sorpresa.

 

–        Es que nosotros nos quedamos aquí. – Dijo Paula – Nos quedamos a dormir en casa de mi prima.

–        No te preocupes, Paula. Me voy sola y ya está.

–        ¡Que no te vas a ir sola, pesada! – Dijo Estela – Yo te acompaño. No te voy a dejar sola.

–         Yo tampoco. Os acompaño – se unió Daniela.

 

Çakir y Yuri iban a quedarse prácticamente de aguantavelas. Estela y Daniela se retiraban de escena para acompañar a Martina. No era el plan que más llamaba su atención, pero lo entendieron perfectamente. Antes de irse al siguiente tren, Daniela se acercó a Çakir. Ponía la cara de cordero degollado que siempre lucía cuando quería pedirle algo a su novio… sobre todo algo con lo que él seguramente no estaría de acuerdo. Çakir la imitó casi a la perfección, antes de darla un beso para borrarla esa cara.

 

–         ¿No te importa, no? – Preguntó Daniela.

–        No, tranquila. Ahora mismo a ella le haces más falta a ella que a mí. – Se dieron un abrazo antes del adiós – Pero Yuri y yo queremos quedarnos. ¿Quieres quedar más tarde?

–        ¿Me llamas cuando volváis Yuri y tú? Y ya quedamos con mas calma. – Preguntó ella.

–        Sí, claro, pero calcula que cogeremos el último tren. Ya os llamamos cuando lleguemos.

–        Vale. De todas maneras, si veo que esta se va a casa, yo me voy a la mía. Te espero allí, ¿vale?

–        Si… será lo mejor, no sea que mi hermana vuelva a armarla cuando te vea aparecer.

 

Se despidieron todos de nuevo, como amigos, antes de que Yuri y Estela lo hicieran íntimamente. Bajaron por la misma calle por donde había vuelto Martina, y se perdieron de vista. Ahora solo quedaban un grupo formado por Salva, Paula, el checo y el turco. Y tal y como Çakir y Yuri conocían a su buen amigo, muy pronto tendría ganas de irse con ella a solas. De llevársela a su casa y rematar la noche de la manera que más les apetecía a ambos. Pero hasta que eso sucedía, no se separaron de ellos. Ni ellos de ellos. Habían decidido bajar a Torre todo el grupo, y al menos querían disfrutar del plan.

 

Ahora que estaban un poco más libres. Lo único que se les hacía un poco pesado era la chaqueta de su amigo Pizarro, la cual no debían perder de vista. Pero apoyada o colgada en cualquier local, junto con las suyas, no corría ningún peligro. Más peligro corría el tal Tova si le encontraban. Çakir no perdía el detalle de que era muy raro el hecho de que un porreta estuviera solo en su casa un sábado después de haber salido por Torre. Yuri tampoco. Aunque a medida que avanzaba la noche y que más se desmadraban, menos importancia le daban al asunto, y más ganas tenían de quedarse hasta el primer tren de la mañana siguiente.

 

A las doce de la noche, salían del PTK, con la intención de tomarse la última copa, alegres y chacoteros, antes de despedirse de la noche, y antes de que Paula y Salva se despidieran de ellos. Sin embargo, la última copa se iba a demorar. A la salida de la PTK, parecía que hubiera más gente en aquella plaza que en todos los locales juntos. Avanzar en línea recta era misión imposible. Toda una plaza llena de gente que llegaba con las mismas intenciones que ellos, mezclando entre sí pijos, kíes, yonkis y de todo. Lejos de todo ese barullo, en uno de los bancos de las estribaciones de la plaza, un rostro conocido, también llorando, rodeada de sus amigas. Allí estaba Lara, gritando que la dejaran en paz, que no quería saber nada de ninguna de ellas. Çakir no pudo evitar escuchar su berrinche, más propio de una cría de seis años que de una de dieciséis. Al hacerlo él, también se acercaron sus tres amigos. Pareció que su llegada la hacía calmarse de manera repentina, dejando de suspirar. Se abalanzó sobre él repentinamente, casi sin darle tiempo a reaccionar. Debido a la diferencia de altura, tuvo que inclinarse un poco o le hubiera dado un fuerte tirón al turco en el cuello. Çakir no sabía cómo tomárselo, así que lo único que hizo en contestación fue devolverla el abrazo. Yuri adivinó un intento de beso por parte de ella, pero no le dio importancia. En cambio, sí que se sorprendió bastante de que pusiera fin a su llanto.

 

–         ¿Qué te pasa? – Preguntó Çakir.

–        ¡Nada…! – Contestó ella.

–        ¿Lloras por nada? – Preguntó Çakir.

 

Si había algo que molestaba a los chicos, y que de hecho, nos sigue molestando, es la respuesta de que no pasa nada, cuando realmente vemos que pasa algo. Çakir no era una excepción. Yuri aún menos. Por eso a punto estuvo de soltarla cuando la dio aquella respuesta. Soltarla y dejarla que siguiera con su pequeño monólogo de lágrimas, junto con sus amigas, que tampoco sabían a ciencia cierta porqué lloraba. Tuvo que sujetar al turco para evitar que se alejara ligeramente de ella.

 

–         No… por nada no… – se detuvo – Es que me da vergüenza. Me avergüenzo de mi misma…

–        ¿Qué has hecho para eso? – Preguntó Çakir.

–        Vega – fue su respuesta.

–         ¿Vega? ¿Qué pasa con Vega? – Preguntó Salva.

–        Me ha obligado. Me ha obligado, Çakir

 

Çakir supo interpretar sus palabras. Pero no quiso creerlas. Yuri, Salva y Paula también las entendieron, pero a ellos les costó un poco bastante.

 

–        ¿Cómo que te ha obligado…?

–        Me ha obligado, Çakir … me ha obligado a hacerlo con él. Anoche, cuando me marché… quedé con él… y me obligó, Çakir – Sollozó de nuevo. Se tapó las manos con la cara y volvió a llorar. – Me forzó a hacerlo con él.

–        ¿Y no te resististe?

–         No pude… lo intenté, pero no pude. Me puso aquí una navaja – dijo señalando su cuello.

–         ¡Será hijo de puta! – Pensó Yuri, en voz alta. A su alrededor, todos pensaron lo mismo. Tan solo las chicas no supieron cómo expresarlo.

–        ¡Dame su móvil! – exigió Çakir, iracundo. – ¡Dame su puto móvil!

 

Çakir estaba realmente cabreado. Primero los vaciles con Cristian. Después no presentarse anoche al duelo. Hoy eso… no, ya era demasiado. Esta vez tomaría sus propias cartas en el asunto.

 

Su enfado no impresionó a sus amigos, pero sí que lo hizo con Lara, que le pasó su teléfono con la mano temblando, sin acertar a encontrar el número en la agenda de su teléfono. Çakir copió los números en su propio teléfono, y llamó a Vega. No hacía falta que dijera nada para que Yuri supiera lo que iba a decir. Sin embargo nadie respondía al teléfono.

 

–        No me le coge, el muy hijo de puta.

 

Volvió a intentarlo, sin que hubiera ninguna respuesta. Pensaba si conocía o no su número. Mientras tanto, sus amigas se aglomeraban frente a ella, colmándola de abrazos, intentando transmitirlas su cariño. Todas ellas, cuatro, desconocidas para todos, la decían que no se acercara a él, que lo denunciara, que no se saldría con la suya. Incluso alguna valerosa decía que le arrancaría los cojones de cuajo. Çakir seguía intentando hablar con él, pero no había ningún resultado. Cinco intentos de llamada, y al final lo consiguió. Vega respondió al teléfono, desconcertado por no saber quién era, pero sin mostrar seriedad.

 

–        ¿Si?

–         Vega.

–        ¿Quién es?

–        Soy Çakir – comenzaba la batalla – ¿Qué cojones has hecho anoche con Lara, gilipollas?

–         Eh, relájate. ¿Qué me estás contando? – contestó a la defensiva.

–        ¡No te pases un pelo de listo, subnormal! ¿Qué le has hecho a Lara? ¡Contéstame!

–        ¿Pero qué me estás contando, turco? – Contestó

–         ¡¡Que la has forzado a hacerlo contigo!! – se notaba el mosqueo del turco – ¡¡Gilipollas!! ¡¡Como te vuelvas a acercar a ella te rompo las piernas!!

–         ¿Pero de qué vas, negro de mierda? – aunque ligeramente asustado, no se dejó achantar, defendiéndose como podía -¡Si yo no lo ha he hecho nada!

 

Negro. Oscuro. Hollín. Azabache. Negro. Negro. Vega no se daba cuenta de que acababa de desatar una bestia atada con un poderoso candado. Sin quererlo, él había encontrado la llave de ese candado. Había liberado una bestia. Con una sola palabra había llegado a herir la vena más sensible del turco. La del color de su piel.

 

–        Te espero a la una en el ayuntamiento.

–        ¡¡No me toques los cojones!!

–         Tienes dos opciones. Ir allí esta noche o recibir una paliza el lunes antes de entrar al instituto. Tú verás.

 

Colgó el teléfono y lo guardó.

 

–         Vete a casa. – le dijo Çakir a Lara.

–        Me quedo a dormir en torre. En casa de mi tía.

–         Vale. ¿Dónde vives?

–        En una urbanización que han hecho al otro lado de las vías.

–        Ah… nosotros pasamos allí la noche – dijo Salva, abrazando aún más a Paula.

–         Pues acompañadla. – se volvió hacia el checo. – Yuri, yo me voy ya a Acoma. Voy a decirle cuatro palabritas a este gilipollas.

–         Será mejor que te acompañe – dijo sonriendo – Alguien tendrá que impedir que le mates. – Nadie supo interpretar si lo decía realmente en serio.

 

El turco no supo encontrar más palabras de consuelo para Lara. Esa labor hubo de dejársela por completo a sus amigas. Tampoco Yuri pudo decirla nada, más preocupado por las quejas de Çakir sobre el comentario de Vega que por Lara. Salva estaba igual que ellos, pero Paula sí que tuvo un detalle con ella al menos dedicándole un poco de atención. Se fueron todos con rumbo a la estación del tren. EL turco y el checo aprovecharon para coger algo de cenar en un kebab cercano. Salva y Lara aprovecharon para coger tabaco. La despedida fue bastante corta, debido a la frialdad habitual de Yuri y la furia contenida de Çakir. Aunque alguna de las amigas de Lara intentaron ser más efusivas con los que se iban. El plan de los que se quedaban era bastante simple. Salva y Paula acompañarían a Lara hasta su casa, y luego volverían a irse al centro, a petición de Paula. Las amigas de Lara, en cambio, se iban todas a casa de una de ellas, y un poco entristecidas por la situación, no tardaron demasiado en retirarse.

 

Yuri y Çakir pasaron sus tickets por las máquinas y entraron en el andén que les llevaría a Acoma, que no llegaría hasta dentro de veinte minutos. Mientras cenaban tranquilamente los kebabs que habían cogido para llevar, Yuri quiso resolver qué demonios iba a hacer Çakir con Vega.

 

–        ¿Realmente piensas matarle? ¿O solo es el objeto de tus pensamientos en caliente? – Preguntó. – Me parece que Daniela te está esperando.

–         Voy a hacer lo que iba a haber hecho él anoche con Cristian. Se le van a pasar las ganas de volver a meterse con nadie. Te lo juro.

–         Yo no me metería. No es tu problema.

–        ¿Cómo qué no? – Dijo Çakir

–         Mira. Si de verdad le ha violado, lo cual me extraña bastante, que lo denuncie y que le den por culo.

–        Eso me da igual, Yuri. Pero se ha columpiado mucho llamándome “negro”. Y lo sabes.

–        No se presentó ayer contra un triste… ¿Por qué tendría que presentarse hoy contra ti? Sabe de sobra a lo que se expone.

 

Mientras esperaban al tren, el andén se fue llenando paulatinamente. Gente que volvía a Acoma a continuar con la fiesta, o que volvían a sus casas en los pueblos cercanos. De todo un poco. El tren que los llevaba a Acoma venía precisamente de allí, y en su mayoría, los pasajeros que lo ocupaban eran también juerguistas que venían a comenzar su fiesta particular en torre. Se vació en cuestión de segundos, y en cuestión de segundos se volvió a llenar. Çakir y Yuri entraron y se sentaron frente a frente en uno de los bancos de cuatro, mientras el resto de pasajeros iba buscando sus asientos. A su derecha tres chavalas, dispuestas a continuar su fiesta. Justo detrás de ellos, un grupo de amigos. Y en diagonal, una pareja ligeramente mayor que ellos, comiéndose a besos. Más bien ella le comía a besos.

 

Una mujer se sentó junto a ellos sin pedir permiso apenas. Pero a esa mujer no le hacía ninguna falta pedir permiso para sentarse. Se trataba de su profesora, María del Mar. Venía sola, y no le apetecía seguir buscando su asiento. Su mera presencia bastó para alegrar la vista de su alumno y del antiguo alumno.

 

–        Hola pocholines. – les saludó, sentándose al lado de Çakir.

–         ¡Marimar! – Saludó Yuri. – ¿Cómo tu por aquí?

–         Una cena con unas amigas. Ahora me toca ir para casa.

–         Hola, Marimar. – dijo Çakir.

–        ¿Qué os pasa, niños? – Decía ella con su gracia – ¿Habéis tenido discusión de pareja?

–         No exactamente – dijo Yuri.

 

Se produjo un silencio inquieto. Yuri dudaba entre hablar o no hablar. Çakir, bastante más frío que su amigo, resolvió la duda de su profesora.

 

–        Vega ha violado a Lara. – Dijo Çakir, serio. – La ha forzado.

–         ¿Qué dices? ¿Vega? – Contestó Marimar, bastante sorprendida, intentando asimilarlo.

–        Nos lo acaba de contar Lara hace media hora. Estaba bastante hundida. – se explicó Çakir.

–         Lloraba desconsolada. No parecía que mintiera.

–        Chicos, ¿estáis seguros de lo que estáis diciendo? Acusar a una persona de violar a otra es algo muy grave.

–         Nos lo ha dicho ella. Nos ha dicho que incluso la puso aquí un cuchillo. – confirmó Yuri, apuntando su propio cuello.

–        Chicos, conozco a Vega. Sus padres son amigos de mi marido. No creo que fuera capaz de hacer algo así.

–         Puedes preguntárselo ahora. – dijo Çakir.

–         ¿Ahora? ¿Habéis quedado con él? – Preguntó su profesora.

–        Le voy a romper la boca – contestó el turco, sin perder los estribos – por llamarme negro. Le he dicho que vaya ahora al ayuntamiento. A ver si tiene cojones.

–         Çakir. Así no vas a solucionar nada. – dijo Marimar – Hay que aclarar primero que ha pasado con Lara, si es que realmente ha pasado algo. No puedes…

–        Yo opino como tú, Marimar. – La interrumpió Yuri. – Yo creo que…

 

La conversación se vio interrumpida por el paso del revisor, pidiendo de nuevo los billetes. Cada uno de los viajeros mostró el suyo. Se trataba exactamente del mismo revisor que se había encontrado horas antes, cuando hacían el viaje en sentido contrario. Yuri y su antigua profesora renovaron la conversación. Ambos estaban de acuerdo en que Vega no podía haber hecho eso, pero básicamente por la reacción de Lara. Una chica que ha sido forzada se siente como una mierda, desvalorada, culpable consigo misma. Se vuelve introvertida, se siente sucia. Lo último que hace es salir un sábado con las pintas que llevaba. Y mucho menos lo cuenta por ahí como si nada.

 

Pero Çakir ya no estaba en esa conversación. Estaba apoyado en la ventana del tren, mirando a la nada, viendo el efecto de las luces encendidas de los pueblos cercanos. Su mente no estaba con Marimar y Yuri, sino en el parque de la marga, dando voces a los cuatro vientos para que Vega apareciera. Aunque oía la conversación, pensaba que quizás tenía un buen motivo para salir.

 

Al poco rato una pareja de adultos, vestidos como un par de macarras, con una pintilla de chulos que para nada les sentaba bien. Por lo menos al que llevaba puestas las gafas de aviador a esas horas de la noche. El de su derecha, bastante más tranquilo, prueba de que el poder no se le había subido a la cabeza, era un viejo conocido.

 

–         ¡Buenas noches, chicos! – dijo el de las gafas. Ante la pasividad del resto de los pasajeros, optó por desabrocharse la chupa y enseñar una placa que simbolizaba su pertenencia a la pasma. – ¿Hace buena noche eh?

–        Si… ¡magnifica! – contestó el turco.

 

Su tono de voz, borde y desconsiderado, no pareció sentar muy bien al de las gafas, el cual se puso aún más chulo.

 

–         ¿Te importa enseñarme que llevas en los bolsillos?

–         Creo que no son estos, Miguel.

–         Me da igual, Leandro. ¡Venga, vacíate los bolsillos! – le gritó al turco – ¡Y tú también! – dijo apuntando a Yuri.

 

A regañadientes, por las malas, mientras Marimar se reía a escondidas de la pifia de aquel poli de paisano, fueron sacando una por una sus cosas de los bolsillos de los pantalones. Nada fuera de lo normal. Dos carteras, dos móviles y dos llaveros. Y no había nada sospechoso en ellos. Defraudado, pero sin perder el hilo de su comprobación, les cacheó prenda por prenda hasta cerciorarse de que no mentían. Su compañero tuvo que llevarle una mano al hombro para que parara de hacer el tonto.

 

–         Te dije que no eran estos, Soler. Venga, sigamos buscando.

 

Ambos se retiraron. Mientras se alejaban por el pasillo se escuchaba la reprimenda que el sensato le echaba al de las gafas. Al parecer estaban buscando algo importante, y entre parada y parada era posible perder al objetivo. Cuando por fin se alejaron lo suficiente, Yuri no tardó en echarle la bronca, a la que Çakir hizo completamente oídos sordos, y de la que Marimar se sorprendía. Yuri no siempre se había mostrado bastante más sensato que el turco cuando uno de los dos sucumbía a su propia ira, que en esta ocasión se había convertido en un inoportuno sarcasmo.

 

Entre reprimenda y reprimenda, el otro policía de paisano volvió junto a ellos. Pero esta vez volvió solo. El tren se había vaciado prácticamente al llegar a Bezana y Adarzo, y al parecer su compañero había bajado en una de aquellas paradas. Con el vagón prácticamente vacío, nadie prestaría atención al policía que se sentaba a hablar con esos pasajeros.

 

–         A veces te pierden las formas, Çakir – dijo Leandro, el padre de Pizarro, sentándose junto al turco. – ¿Lo sabías?

–         No le hagas mucho caso. Ha tenido un mal día. – dijo Yuri

–        Ya… mi amigo también. Pero eso no es excusa. Otro día no te subas tanto a la parra. Podrías acabar muy mal.

–         ¿Tú también me vas a dar la chapa? – preguntó el turco.

–        ¡Çakir! – le gritó su tutora, esperando que de una vez se le pasara la mala uva. – ¡Cálmate de una vez! – cuando vio que el turco la hacía caso, rebajó su tono de voz – ¡Terco!

–         Ya, ¿no? – no estaba de humor para recibir otra bronca.

 

Entre las cosas de casa, su novia, Leandro, sus amigos, y Marimar, tenía suficiente para un día entero. Y aunque procuró ser suave con su respuesta por la delicadeza que las palabras de Marimar, ninguno de los que estaban alrededor confiaba demasiado en que hubiera perdido sus ganas de pelear. Cada vez faltaba menos para llegar a Valdecilla, donde Yuri tenía pensado bajar para ir directamente a casa. Intento disuadir a su amigo para que lo siguiera.

 

–        Mira, gilipollas. – le dijo Yuri, desde el cariño – Te vas a bajar conmigo en Valdecilla. Me acompañas a casa. Te tomas una tila, y cuando se te pase la tontería, llamas a Daniela y te vas a su casa. Y si no, te quedas en la mía.

–        No tengo ninguna gana de irme ahora a casa.

–         Vamos a hablar. ¿Vale? – le dijo muy serio. Más que una afirmación, parecía una exhortación.

–         ¡Voy a darle lo que se merece! – fue la respuesta del turco, sin ganas de hablar.

–         ¡Çakir, para! – le encaró. – Vale. ¡Vete y machácale! Luego acuérdate de todas las putas veces que tú me has dicho que, antes de actuar, hay que pensar.

–         Me ha llamado negro, checo. – le respondió Çakir, aunque sonaba a mala escusa.

–         ¡Me importa una mierda lo que te haya llamado! – Le respondió su amigo – ¡Tu siempre vas diciendo y repartiendo consejos! Me parece de puta madre, tío. Pero si luego no eres capaz de seguir tus propios consejos, cállate la puta boca, y deja que los demás hagan lo que les salga de los huevos.

 

Fue la primera vez en toda la noche que el turco entró por fin en razón. Solo hacía falta el doble filo de las palabras de Yuri, con la ironía que venía de seria con su particular frialdad. Yuri esperaba que se calmase antes de que le diera por hacer una gilipollez. Marimar, ante el silencio de Çakir, ella le propuso otra opción.

 

–        Si vais a bajar en Valdecilla, ¿por qué no me acompañáis a casa? – y en un papel que pasará a la historia – Me sentiría mucho más tranquila si me acompañan dos hombres fuertes y valientes como vosotros.

 

Gracias a dios, la escena solo fue presenciada por tres testigos, lo suficientemente ensimismados como para no prestarla la suficiente atención. Con un movimiento de sus cejas hizo que Yuri se diera por aludido, y éste a su vez, con una palmada en el hombro de Çakir, hizo que éste se diera cuenta del nuevo plan. No asentó con la cabeza, continuando mirando al vació, pero Yuri dio por sentado que los dos se bajarían en Valdecilla, una parada antes de llegar a la del centro de Acoma, lo que suponía poner un abismo considerable entre Vega, si es que había aceptado el duelo, y Çakir, que parecía haberse retractado de sus intenciones. Una preocupación menos para Yuri.

 

Lo que ninguno de sus acompañantes sabía es que realmente había conseguido entrar en razón. Tal como había pasado la noche anterior, tuvo que comerse su orgullo.

 

Pasada la una de la mañana, el tren llegaba a Acoma por fin. Salieron del tren, tranquilamente, intentando impedir que Çakir se echara una carrera hacia el túnel y empezara a buscar a Vega como un lobo busca su presa. Subieron las escaleras hacia la salida de la estación, aquel pequeño porche que daba a la escalera que pasaba por encima del túnel peatonal que daba al parque de la marga, en plena salida de Acoma. No había mucho tráfico. Se disponían a recorrer la acera cuesta arriba.

 

–         Tú también vienes, Leandro – Preguntó Yuri, al ver que Leandro también les seguía.

–        Iré al parque que hay junto al instituto que hay subiendo esta cuesta, ¿sabéis cual os digo? Voy a cerciorarme de que no hay nada raro.

–        Nosotros nos vamos a casa. – dijo Çakir. Los demás se alegraban de oírle decir esas palabras. – Ahora toca relajarse un poco.

–        No podría estar más de acuerdo.

 

Apenas dos pasos mal dados, se produjo un grito de dolor ensordecedor. Alguien sufría y se expresaba con un espantoso alarido. Una víctima de un mal que sin duda alguna era corporal. Un malestar profundo. Miraron a su derecha, mirando a uno de los edificios abandonados que hacían pared de la estación. Yuri y Çakir se miraron el uno al otro. Marimar y Çakir conocían muy bien esa voz.

 

–        Vega… – Dijo Çakir.

–        ¿Vega? – Preguntó Yuri.

–         ¿Pero qué cojones…? – Se preguntó Pizarro

 

Tanto el turco como el checo comenzaron a correr hacia aquel edificio.

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