El corazón de Jenízaro cap 7 por Gelo

Capitulo VII. El fantasma de fuego

Fueron corriendo hacia la entrada del edificio. Cuesta arriba, cerca de la rotonda del ala sur de Valdecilla, bajando otra cuesta, a la altura de la estación, por detrás, estaba la entrada a la otra parte de la zona industrial. Bajar otra cuesta significaba plantarse frente a la entrada de aquel edificio. Era un edificio que en alguna otra era se había destinado a dar trabajo a bastantes trabajadores. Ahora bastaba ver su pintura exterior para ver que nadie se había interesado mucho en él, salvo una empresa de publicidad, tapándolo por completo con una lona que disimulaba su estado paupérrimo, al menos en parte. Gracias a ella no se adivinaba que la mayoría de los cristales de las ventanas, que ocupaban gran parte de la fachada delantera y posterior, estaban rotos.

Marimar no podía seguir su ritmo, sobre todo por sus tacones. Para cuando quiso llegar a la rotonda, Leandro, Çakir y Yuri se habían plantado frente a la puerta. Era de doble puerta, y no encajaban bien. Estaba ligeramente abierta una de ellas. Se miraron antes de entrar. Marimar intentó hablarles, pero para entonces ya se habían decidido a entrar dentro.

 

–         ¿A dónde creéis que vais? – Preguntó Pizarro.

–        ¿Tú qué crees? El que está ahí arriba es compañero nuestro.

–         ¿Y qué? ¿Es eso motivo para que se ponga a gritar a la una de la mañana en una fábrica abandonada? Se le va a caer el pelo. – Dijo Leandro. – Vosotros esperad aquí y no hagáis tonterías.

–         Te acompañaremos. Quizás le haya pasado algo malo

 

Curiosa la forma de decirlo, pero hacía escasos quince minutos solo pensaba en arrancarle la cabeza, y ahora, en cambio, se preocupaba de que estuviera donde debía estar.

 

En el interior no se veía nada, salvo por la luz de afuera. La luz de la pantalla del móvil de Çakir no era suficiente. Yuri sacó el suyo. Tampoco valía. Pizarro sacó una linterna de bolsillo, y les dedicó una mirada dándoles a entender que no estaban preparados para lo que hacían. Así se veía bastante el interior. Era bastante lúgubre, descuidado y frío. Los cristales rotos generaban una corriente que daba escalofríos. El suelo estaba lleno de papeles de periódicos, apilados unos encima de otros. También montones de cajas de cartón en una de las paredes. Buscaron unas escaleras en la esquina de la derecha. Los papeles en el suelo impedían que sus pasos fueran sigilosos. Mientras caminaban, Leandro apuntaba al suelo buscando signos de Vega. Pero estaban seguros de que no estaba en la primera planta. Yuri apuntó hacia las escaleras, indicando el camino que debían tomar. Leandro abrió el camino, apuntando al suelo para evitar que ninguno tropezara con los cristales.

 

Subieron al segundo piso sin la molestia de los periódicos en el suelo, por unas escaleras consistentes en unas cuantas tablas sobre una barra diagonal que comunicaba el piso de abajo con el de arriba. Leandro apagó la luz de su móvil. Çakir hizo gestos para que volviera a encenderla, pero en susurros le explicó por qué lo hacía.

 

–        Si la otra persona nos ve por esta luz, ¿Quién te dice que no nos hará algo parecido a lo que ha hecho con Vega?

–        ¿Qué crees que le ha pasado? – Preguntó Çakir.

–         Después del grito que ha pegado, ¿todavía te lo preguntas?

 

Çakir no puso demasiados impedimentos a que la apagara. Al llegar al segundo piso, las vistas no eran demasiado distintas. Solo la luz de la luna y de algunos coches que pasaban de largo servía para dar claridad a la sala. Su aspecto no era muy distinto al del piso inferior. Cuatro columnas en el centro, varias cajas de cartón apiladas, esta vez a ambos lados de la pared, y a eso añadirle un buen socavón en la otra punta de la sala. Pero esta vez la situación era distinta. Se adivinaban pasos por encima de sus cabezas. Como los suyos, disimulados. Pero no se aproximaban a las escaleras, sino que se separaban de ellas, como si se dirigieran hacia una esquina de la habitación. Continuaron subiendo escaleras, esta vez sin prestar atención a lo que había en los demás pisos. En el tercero, varias máquinas tapadas con cortinas. En el cuarto, más de lo mismo, con más cajas. Mantenían su sigilo, en las escaleras, pues los periódicos se lo impedían en los pisos. Al llegar al quinto piso, mientras subían las escaleras, se asomaron para ver si veían a alguien. Sospecharon que si no se habían oído más movimientos era porque la otra persona debía estar muy cerca. Era ya la penúltima planta, y Yuri estaba convencido de que nadie estaba allí.

 

–        ¿Tienes alguna idea? – Preguntó Çakir.

–         No veo que aquí haya nadie. Pero es extraño. Es el último piso. Y no siento que no haya nadie vivo.

–         ¿Sientes? – Preguntó Leandro.

–         Estoy seguro. Confía en mí. Vamos…

–        En fin…

 

Si había un momento para preguntarse si la persona con la que esperaban encararse iba armada o no, desde luego era diez minutos antes, cuando decidieron plantarse frente a la puerta de aquella fábrica. Pero no ese. Llegaban tarde. Pero ni mucho menos se planteaban echarse atrás ahora. Çakir confió en el instinto de Yuri, y salieron en sigilo por aquella sala. Se trataba sin duda de la estancia donde estaba la gente que llevaba el papeleo de la fábrica. Había varias mesas separadas por mamparas, y un despacho que hacía esquina con una de las cuatro columnas.

 

–        En el despacho. – Dijo Yuri.

–        ¿Qué? – Preguntó Çakir.

–         Vega está en el despacho. Estoy seguro.

–         ¿Cómo puedes estar tan seguro? – Preguntó Leandro

Yuri dudó en responder.

–        Es la única sala que está cerrada del todo. Cuando se ha producido el grito, apenas había eco. Y todas las ventanas están rotas… tiene que estar ahí.

No era una respuesta convincente del todo, pero aún así v se fió de su amigo. Caminaron hacia la entrada. Llamaron cortésmente, pero nadie contestaba al otro lado. Con la llamada, la puerta se abrió. Leandro volvió a sacar su linterna. Efectivamente, ese debía de ser el despacho del mandamás. Aunque no se había molestado demasiado en llevarse el bureau, ni las baldas, ni nada, ahí seguía todo. Pero al apuntar hacia el bureau, los dos amigos se dieron cuenta de que había un elemento que seguramente jamás había pertenecido al mandamás. Un cuerpo tumbado bocarriba en el bureau, con los pies colgando por el lado de la silla.

–         Jo-der. – Dijo Yuri.

Vega estaba tumbado en aquel bureau, con una navaja clavada en su mismo pecho. La luz que entraba por las ventanas descubría el cuerpo inerte de aquel al que Çakir había desafiado. Lo que no conseguían entender era qué hacía ahí.

 

–        ¿Qué cojones has venido a hacer aquí, Vega? – Se preguntaba Çakir mirando el cuerpo. – ¿Tanta prisa tenías por morir?

–         Buscarse la ruina – Dijo Yuri. – Tómale el pulso, a ver si sigue vivo de casualidad. Quizás no esté aun muerto del todo.

–         ¿Con una navaja en el corazón? – Pregunta retórica del turco – Con ese instrumento ahí es imposible que… – Se cortó su discurso. – Hostias…

–         ¿Qué? ¿Qué le pasa, Çakir? – Preguntó Leandro

–         Yuri… ¿no es esa la navaja que ayer llevaba Cristian?

–        Si, venga… ¿Y qué más? – Dijo Yuri.

–         ¡Cojones, checo, mira la puta navaja…! ¡Es esa!

–        Venga, hombre… ¿Cómo va a haber hecho Cristian eso? Si apenas podía con ella.

–        A mí no me parecería tan raro… – Dijo Çakir. – Se la ha clavado por delante. Eso significa que Vega tenía que conocer al que lo mató. De otro modo, no se hubiera dejado sorprender por la espalda.

–        ¿Cómo va a haber sido Cristian? Que no, tío. Alguien le ha mangado la navaja y le ha matado con ella.

Leandro no entendía muy bien a qué se referían. Empezó a examinar el cadáver. Çakir era incapaz de creerse que Cristian hubiera hecho una animalada como esa. No le entraba en la cabeza. Intentó buscar algún indicio que certificara que Cristian no había sido. Revisó el cuerpo de arriba abajo sin tocarlo, al igual que Pizarro. Tenía todos los bolsillos de la chaqueta sacados hacia afuera, como si el asesino hubiera estado buscando algo en ellos. Se lo intentó explicar a sus compañeros, pero Yuri estaba obcecado en que era cosa de Cristian. Estaba convencido. Mientras pensaban y sacaban sus propias conclusiones, el cuerpo de Vega comenzó a exhalar aire, a trompicones, como si intentara toser. Lo hacía a trompicones, y tan mal que sus espasmos asustaron a los allí presentes.

 

–        Tenemos que sacarle de aquí – Dijo Leandro

–        Vamos, cogedle por las manos. Yo le cogeré por los pies.

–        Así, así… con cuidado, despacio.

–         Tranquilo, Vega. Aguanta. Vamos a sacarte de aquí.

–        Vamos, turco.

 

La verdad es que pesaba un poco más de lo que habían supuesto. Lógicamente, antes de sacarle, sacaron la navaja de su pecho, guardándola en el interior de una bolsa de plástico que Pizarro llevaba preparada, después de ponerse unos guantes de goma. A oscuras les resultó un poco difícil no caerse por algunos de los escalones, pero salvaron la situación sin mayores problemas, gracias a la linterna. Por lo menos hasta llegar al cuarto piso. Una de las cajas había comenzado a arder en su interior, propagando su fuego hacia las demás de la pared. Les pilló desprevenidos.

 

–        Pero… pero… – Yuri no sabía cómo tomárselo.

–        ¡¡Date prisa, checo!!

 

No podían correr demasiado debido al peso y a la oscuridad, aunque esta última se iba diluyendo con la luz natural del fuego. Por los huecos que se adivinaban por encima de la escalera vieron que el quinto piso también empezaba a arder. Por el mismo hueco, hacia abajo, vieron lo mismo en el tercero. El edificio comenzaba a estar en llamas. Y éstas comenzaban a expandirse muy rápidamente a través de los periódicos de casi todos los pisos. A trancas y barrancas consiguieron bajar la escalera del tercer piso. Pero para entonces el fuego ya estaba prácticamente extendido por toda la planta. El calor era sofocante. El ser más destructivo de la creación se expandía prácticamente a su voluntad. No podían avanzar apenas.

 

–        Estamos perdidos, checo. – Dijo Çakir, sintiendo que le traicionaban las fuerzas.

–        ¡El socavón! – dijo Leandro – Es nuestra única salida.

–         ¿Qué dices? – Preguntó el checo

–        Hazle caso, Yuri

 

Yuri se descolgó por el socavón hasta el segundo piso. La caída no fue demasiado dolorosa al descolgarse en lugar de saltar. Çakir estaba de rodillas, con el cuerpo inmóvil de Vega todavía en brazos, ayudado por Leandro. Yuri esperaba abajo, con los brazos extendidos, atendiendo a que lo dejaran caer. El calor le aturdía. Una de las máquinas junto a los ocupantes de la planta ulterior estalló justo en aquel momento, haciendo que perdieran el equilibrio en el suelo, golpeándose contra la barandilla de la escalera. Vega cayó también, pero por el socavón, en mala postura, haciendo que Yuri tuviera serios problemas para conseguir retenerlo sin que se lesionara aún más. Leandro cayó junto a él, dándole la espalda, debido a la sacudida de la explosión en el socavón, que lo agrandó. Se había hecho mucho daño en el hombro, pero afortunadamente su cuerpo permanecía lejos de cualquier ascua. Çakir estaba en el suelo casi sin poder moverse. Se mareaba. Toda su vida desfilaba frente a sus ojos. Atrapado entre las llamas, sentía que le abandonaban las fuerzas. Su mirada se perdía en el candor. En ese fuego que a punto estaba de rodearle. Tardó mucho en reaccionar, y cuando quiso hacerlo estaba en brazos de Yuri, mirando por debajo el socavón. La situación casi le hace perder de nuevo el conocimiento. Se mareaba todavía. Le dolía mucho la cabeza. Sangraba por la frente, en uno de sus costados. Y ese mismo dolor le hacía dudar y hacerle pensar que debía de haber pasado para que Yuri estuviera junto a él en ese piso en lugar de en el otro.

 

–         La madre que te pario… – Se quejó Yuri – ¡¡Despierta, bello durmiente!! – dijo dándoles dos bofetadas sin demasiado cariño. – Vamos, Çakir. Solo ha sido un mal golpe. Despierta.

 

Çakir a duras penas recuperaba el sentido. Pero el calor del segundo piso era mucho menor, y no le costó tanto ponerse de pie. Yuri le incentivó a seguir adelante. Recostado en el suelo, junto a Vega, viendo como empezaban a caer escombros de pintura del techo, Yuri conseguía reanimarle. Aun ligeramente ido, sin darse cuenta de qué pasaba exactamente a su alrededor, sintió el pinchazo y el dolor de su herida en la cabeza, lo cual le hizo abrir por fin los ojos.

 

–         Vamos, turco… vuelve… – Çakir recobraba la conciencia al abrir sus ojos – Eso es, turco… eso es.

 

Se sacudió la cabeza de un lado a otro. Mirando hacia arriba, vio como una de las lámparas de la sala caía súbitamente sobre ellos. Çakir agarró a Yuri y le impulsó hacia su lado para que la lámpara no cayera encima del checo.

 

–        Veo que estás recuperado del todo… – Dijo el checo.

–        Si… pero más nos vale que salgamos de aquí antes que nos sirvan a la brasa.

–        Ve tú delante. Yo me le cargaré a la espalda.

–         Vámonos ya – dijo Leandro.

 

En el primer piso, por suerte, no había nada ardiendo. Quien quiera que hubiera prendido fuego al edificio había escapado al instinto de Yuri. Bajaron sin problema al piso de abajo, y mientras Çakir abría una de las puertas, Yuri conseguía acercarse para abrir la otra de un fuerte puntapié. Por fin estaban a salvo. Pizarro les seguía cargando su brazo con su otro brazo, como si transportara un bebé. Estaba claro que la caída no le había dejado sano y salvo del todo.

Al salir se encontraron con que no estaban del todo solos. El tráfico estaba completamente detenido, y cientos de curiosos se aglomeraban alrededor de la entrada al recinto para ver qué pasaba. El espectáculo ígneo, visto desde afuera llamaba bastante la atención. Desde dentro era otra cosa. De lejos se escuchaba llegar rápidamente a un camión de bomberos, llegando al lugar donde la policía estaba presente, junto a la ambulancia. Suerte que Marimar estaba allí, junto a otros curiosos y pasajeros de nuestro mismo tren, para poder avisarles a todos a tiempo. No hacía nada que acababan de llegar, como se adivinaba al ver que aún estaban dentro del coche patrulla. Marimar estaba junto a ellos. Se acercó corriendo hacia sus pupilos y les estrechó con un fuerte abrazos. No supieron devolvérselo. Tan solo quejarse de que les daba calor. Y afirmar que había cosas más importantes que hacer antes que compadecerse de ellos y consolarles. Yuri increpó a la ambulancia que intentaba hacer paso entre los curiosos.

 

–         ¡Que alguien me ayude! Le han apuñalado.

 

Los servicios sanitarios hicieron lo que pudieron, pero era demasiado tarde. Vega llevaba muerto desde incluso antes de que decidieran llevarse su cuerpo de la escena del crimen. La única explicación lógica que encontraron fue que la última exhalación podría tratarse de una especie de canto del cisne. Vega había muerto a la una y diez de la mañana. La causa del fallecimiento, una herida por arma blanca en su corazón. Concretamente, dos heridas. La navaja había llegado a atravesarle dos veces el corazón, de una manera espeluznantemente precisa.

La reacción del turco y el checo fue la seriedad. No derramarían un mar de lágrimas por él. Pero tampoco pensaban que se lo tenía bien merecido. La seriedad acabó por convertirse en indiferencia. Marimar estaba con ellos, intentando sacar ánimo de ellos, desconsolada por perder a un alumno, como cualquier pastor llora la pérdida de su oveja, aunque sea la que continuamente se escapa del redil. Mientras, los responsables sanitarios tapaban su cuerpo y se lo llevaban al hospital. O a donde fuera. Ya poco importaba.

La policía actuó con bastante más celeridad que los servicios sanitarios. Cuando por fin se le habían llevado, les tocó la hora de prestar declaración. Inmediatamente después de que los bomberos se hubieran abierto camino entre la multitud, una de las parejas se acercó a los dos amigos, mientras eran atendidos por los golpes recibidos y alguna quemadura superficial. Se notaba a la legua que eran los bestiajes malhumorados. Se trataba de un cuarentón con un mostacho pronunciado, ligeramente orondo. Su compañero era por lo menos diez años menor que él, y visto el grosor de su camisa, diez veces más fuerte que cualquiera de los interrogados. Fue el más viejo quien comenzó con las preguntas. Juzgó a los dos chicos con una mirada profunda. Parecía que intentaba intimidarles, aunque no lo consiguió.

 

–        ¿Podríais explicarme – hizo una pausa, señalando al edificio envuelto en llamas – qué hacíais ahí dentro?

–        Hemos llegado a la estación en el último tren – dijo Pizarro, saliendo en defensa de sus acompañantes – Al bajar han escuchado un grito, y nos hemos acercado a ver qué pasaba. Y bueno, resulta que…

–         ¿Y sois tan valientes de ir solos, sin tener miedo a lo que os pueda pasar a vosotros, no?

–         Era un grito conocido… es un compañero mío de clase, Vega Rodríguez. Mi profesora también lo ha escuchado, ha sido ella quien os ha avisado.

–        Ya hemos hablado con ella… Nos ha dicho que te habías citado con ese para resolver unos problemillas.

–        Si, así es – confirmó Çakir. – Creo que ahora no tendré tiempo de resolverlos.

–         No te pases de listo. – dijo el ayudante.

–        Cálmate, Héctor. Cálmate. – Dijo el jefe, echando una mano atrás – Decidme – dijo ignorando por completo a Leandro – ¿Cómo habéis encontrado a tu amigo? ¿Estaba así cuando lo encontrasteis? – Su sarcasmo era evidente.

–         Estaba en el último piso. En una oficina, encima de la mesa, con esto clavado en su pecho – dijo Leandro, enseñando la navaja plegada dentro de su envoltorio.

–        Vaya, vaya… de modo que, no solo nos traéis al fiambre, sino que nos traéis también el arma homicida.

–        Pues si…

 

Había algo en su tono que no les acababa de gustar. Como si quisiera saber más que ellos. Su compañero, el tal Héctor, le dijo algo al oído, intentando disimular en vano. Se intercambiaban miradas de complicidad, mientras miraban a la navaja y al edificio de reojo.

 

–         Me temo que tendréis que acompañarnos a comisaria. Los dos, si sois tan amables. – su tono no era demasiado amable. – En cuanto estéis curados del todo.

–         Pero si no está tomando declaración aquí. – se quejaron

–         Me parece que no estás en disposición de quejarte, – le incriminó Héctor – chaval. – Él y Yuri cruzaron miradas, mientras que apretaban los puños.

–         No, Yuri. – le contuvo Çakir – Vamos, no tenemos nada que ocultarles.

–         Joder. – se quejó Yuri.

–         ¿No pensarán llevárselos? – Preguntó Marimar, antes de que los sujetasen de los brazos. – Señor agente, yo estaba con ellos en el momento en que se produjo el grito. Y hemos venido en tren. Es imposible que hayan sido ellos. Se lo juro.

–         ¿Usted escuchó el grito?

–        Sí. – contestó ella, muy segura.

–        Y dice que después de que entraran, al cabo de unos minutos, el edificio comenzó a arder. ¿No es cierto? – el jefe parecía aumentar su aspecto inquisitorial.

–        Pues si…

–        Y también ha dicho que desde que los chicos entraron en el edificio, usted no ha visto salir a nadie de él. ¿No es cierto?

–         Bueno, si…

–        Señora… no me cabe la menor duda de que estos chicos han entrado en el edificio, han matado al otro chico y luego le han prendido fuego al edificio. Así que vamos a…

–        ¡¡Mira, Valdivieso!! – dijo Pizarro, de muy mala leche – El incendio ha comenzado en la quinta A partir de ahí, ha ido bajando hasta la segunda. Si ellos hubieran querido quemarlo, lo más lógico es que hubieran empezado por el segundo, y hubieran ido descendiendo. Además, estos chicos no fuman ni nada parecido. ¿Podéis explicarme cómo han prendido fuego al edificio sin un mechero? Es más, ¿podríais explicarme de donde cojones han sacado esa navaja, si cuando hemos venido en el tren, Soler, que venía conmigo, les ha registrado de arriba abajo y no ha encontrado nada?

–         Bueno, bueno, tranquilízate.

–        Es más, ¿acaso habéis interrogado al resto de pasajeros que se bajó en valdecilla? No, ¿verdad? ¿Crees que esta es la forma de hacer tu trabajo? ¿Acusar al primero que se te pone delante? No me extraña que a veces la gente se queje de nuestro trabajo.

 

Los dos amigos estaban perplejos. Leandro ya venía con la lección aprendida y la defensa preparada. Ante eso, los dos agentes no tenían ninguna respuesta con algo de sentido. Tan solo el jefe de policía, que seguía convencido de que ellos eran los presuntos responsables.

 

–         Supongo, entonces, que piensas que el asesino y el pirómano son la misma persona, ¿no?

–        Sería lo más lógico. El asesino ha cometido el delito, y luego ha quemado el edificio para ocultar pruebas.

–        Supongo entonces que con la navaja podremos descubrir quién es. Tendrá todavía las huellas dactilares.

–         Me he encargado de ello.

–        Seguramente. Permíteme que vea la navaja – Sin sacarla del envoltorio improvisado – Me parece que tenemos algo.

 

Después de colocarse el guante blanco, sacó la navaja del envoltorio. La echó una ojeada por el mango, prestando un especial interés a las iníciales que tenía la navaja. Una C y una P. Una navaja con un gravado muy curioso.

 

–         C y P – Dijo Leandro – Creo que ya tenemos un sospechoso. ¿Sabéis a quien puede pertenecer esto?

–         Pues… – comenzó a decir Yuri.

–        No lo sabemos – Çakir dudó. Seguía convencido de que el dueño de ese artilugio tuviera la suficiente sangre fría para matar. Tuvo que improvisar.

–         ¿Estás completamente seguro, Çakir? – Preguntó Leandro

–         Segurísimo – afirmó el turco, intentando ser contundente.

–        Tal vez las iníciales de su mango sirvan de pista. O tal vez las huellas dactilares que queden en él, ¿no? – Preguntó Yuri, fingiendo saber algo más.

–        Si… – dijo Çakir, rindiéndose al mirar de su amigo. – Seguramente así sea.

–         Ya tenéis algo que hacer. Yo me encargo de estos chicos.

 

Los dos agentes se marcharon con la misma impresión que a un crío que le castigan en clase a irse a una esquina. Pizarro les dedicó a la espalda un gesto para que se jodieran, sin que le vieran. Los dos amigos notaron que había ciertas diferencias entre la pareja y el padre de su amigo. Antes de que Pizarro les dedicara unas palabras, mientras guardaba la navaja bien envuelta, comenzaron a discutir.

 

–         A la policía no le gusta mucho que cuatro gatos como vosotros hayáis hecho lo que habéis hecho. Tenéis en vuestros historial un camello y tres asesinos detenidos. Eso quita prestigio a nuestra labor, ¿sabéis?

–         ¿Me estás diciendo que tenéis celos de nosotros? – Yuri era bastante directo con sus pensamientos

–         Tanto como celos no, pequeño saltamontes. Solo que el hecho de que unos insensatos de 18 y 17 años consigan lo que ellos intentan nos quita mucho prestigio. Parece que fuéramos un cuerpo de vagos.

–        Fueron casualidades, Leandro. En ninguno de los casos sabíamos con lo que nos íbamos a encontrar. Ni cuando entramos al Duvanar ni cuando entramos en casa de Adal.

–         Aún así. Mirad lo que conseguisteis. ¿No os suenan de nada esos dos?

–        No. – respondieron ambos, pensando si deberían sonarles.

–         Son los que detuvieron a Alexis y Carlos. Los que se les llevaron esposados, vamos… – se explicó – Eran justo los que decían que Toni NO PODÍA ESTAR EN EL DUVANAR ESCONDIDO. Así que imaginaos. Os tienen algo de tirria.

–         Ah, bien… en lugar de agradecérnoslo nos ponen en el punto de mira. Hay que joderse… – Pensaba Yuri.

–         Os recuerdo que también Adrián estaba con vosotros. Así que imaginaos como me miran a mí. Son unos…

 

¡KABUM! Un estallido, un estruendo, una explosión. Un golpe en todos los tímpanos de los allí presentes. Todos volvieron sus miradas automáticamente hacia el edifico en llamas, pero quedaron pasmados al comprobar que la explosión no venía de allí. No se derrumbaba, ni volaban cristales, ni caía nada por ninguna ventana. Sencillamente la explosión no procedía de allí. No era el edificio el que convulsionaba sus entradas hacia afuera en forma de ígneos objetos. La explosión venía de otro sitio. Del otro lado de las vías. Una enorme columna de humo se levantó por detrás del edificio.

 

Esta vez fue Leandro el que comenzó a correr hacia el lugar de los hechos, aunque con más lentitud debido a su lesión. Ellos les siguieron por detrás, adelantándole rápidamente haciendo repetir la escena anterior, y haciendo que Marimar no pudiera correr tras ellos. Bajaron la cuesta hacia donde Çakir había aparcado el coche la noche anterior, al lado de la entrada del túnel. Allí estaba una moto, entre dos coches, ardiendo en llamas. Parecía que había sido saboteada. No parecía que hubiera nadie en los alrededores, salvo los curiosos que esta vez se acercaban desde el lado de la gasolinera, en un extraño movimiento de pinza que hubiera permitido a los curiosos que se acercaban ver si alguien salía corriendo o no, y sin embargo, no parecía haber un presunto culpable a simple vista, ni subiendo por hacia la estación, ni yendo hacia el túnel, ni hacia la gasolinera.

 

–        Menuda explosión. – comentaba un exaltado.

–         Vaya hoguera – decían otros.

 

Leandro, mostrando su placa, tuvo que interceder para que la gente comenzara a desplazarse y se alejara del lugar. Llamó rápidamente a los bomberos para que se ocuparan también de eso. Ya serían dos salidas en una sola noche. Y mientras tanto, Çakir mirando la matrícula de la moto antes de que esta se consumiera. Era una señal de quien era el dueño del aparato. Vega Rodríguez. La moto que acababa de explotar sin saberse a ciencia cierta quién era responsable se consumía en sus propias llamas, a la espera de que llegaran los bomberos.

 

–         Es la moto de Vega, Yuri. – dijo Çakir.

–        ¿Quién crees que puede haber hecho esto? Porque claro, no ha podido ser Cristian, ¿verdad que no? – ironizó Yuri, respondiendo a la negativa de su amigo a decir que la navaja era de Cristian.

–        No lo sé… sencillamente, no lo sé, ¿vale? – le cortó de lleno. No le apetecía en absoluto discutir.

 

Para esa hora de la noche, permanecer todavía allí les parecía una pérdida de tiempo precioso. Marimar tampoco tenía ninguna gana de permanecer allí. Optaron por pedir permiso para irse, y proceder. Cambiaron de acera, hacia el parque de la marga, y esperaron a que pasara el bus nocturno, que los dejaría en pleno centro a los tres. Los dos amigos confiaban en que ni Estela ni Daniela se hubieran ido de retirada, pero eso será suponer demasiado. Cuando Çakir llamó a su novia, ella ya estaba en casa. Estela, también, pero en su propia casa. Çakir lo comentó a Yuri, y él pareció perder cualquier gana de querer irse de noche. Así que se bajó a las pocas paradas, en la calle Vargas, frente a su casa, dejando al alumno solo con su profesora en el bus nocturno. Al salir Yuri, Marimar sacó de nuevo el tema.

 

–        ¿Por qué no le has dicho a ese agente de policía que esa navaja es de tu compañero Cristian?

–        ¿Qué? ¿Cómo sabes que es de Cristian?

–         Hace dos años, en el instituto, Cristian atravesó una época muy mala. Peor que la de ahora. Estuvo depresivo. Muy depresivo. Un día le vi ir corriendo hacia los baños del centro, en el recreo. Cerró la puerta de golpe, y quise entrar para saber qué pasaba. ¡Y estaba a punto de cortarse las venas! Por eso se que es suya. Era esa misma navaja.

–        Ah, bueno, yo, no sé, Marimar. Me resulta tan increíble que haya podido ser él… además, que podría habérsele perdido, o extraviado, ¿no? Podría ser que alguien la hubiera encontrado y… – Marimar negaba con la cabeza instintivamente. Çakir se detuvo.

–        Çakir… no puedes protegerle siempre. Te lo ha dicho Goyo el otro día. Y te lo digo yo. – Marimar se acercó a él, intentando hacerle llegar mejor su mensaje. – No sabemos si realmente ha sido él o no. Tienes razón. Pero si realmente ha sido él, quiero que digas la verdad, ¿vale?

–         Sí, claro… – se resignó.

–        Çakir. Estamos hablando de que han matado a un compañero tuyo. No me importa quien haya sido, pero hay que averiguarlo. Y si resulta que es Cristian, espero que comprendas que matar a alguien es siempre indefendible.

–        Vale…

 

Al llegar a la plaza del Ayuntamiento, Marimar bajó del autobús. Çakir esperó unas paradas más, hasta estar lo más cerca posible de la casa de su novia. Durante el resto del recorrido no paró de pensar en las palabras de Marimar. Parecía haberse mostrado bastante segura de lo que hablaba. De hecho, Çakir llegó a pensar que ella estaba convencida de que tenía que haber sido Cristian. Pero no cuadraba. Si hubiera estado convencida, ella hubiera delatado al dueño de la navaja inmediatamente, pero al igual que Çakir, guardó silencio.

Le dio muchas vueltas a la cabeza. Marimar podía estar convencida de que había sido Cristian, pensaba. Pero para estarlo, tendría que saber que Cristian había estado allí antes. Y sin embargo, si hubiera sido así, Marimar tuvo que haberle visto salir después de escuchar el grito de la última planta, y antes de que estallara el incendio. Ellos no vieron a nadie. Parecía ser que Marimar tampoco, o de otro modo, lo habría contado a los agentes. Pero esa duda le hacía volver a otra duda aún peor. Si ellos no habían visto a nadie dentro, y nadie había visto a nadie fuera. ¿Cómo había estallado un incendio en cinco plantas a la vez? Es más. ¿Cómo había estallado en llamas la moto de Vega si no había nadie en las proximidades, ni nada? Lo           que primero llegó a su cabeza era la idea de un temporizador. Pero cómo podría haberlos montado sin que se oyera el ruido de una explosión, ni nada parecido. No se le pasaba por la cabeza ninguna explicación más lógica. Desde luego, no había sido ni obra ni fantasmas ni de magia ni de nada que se le pareciera, ¿no? No… ¡no!

Sin darse cuenta ya había llegado a su parada. Cruzó la carretera algo aturdido, todavía con la idea de un fantasma navegando en su cabeza. No desapareció hasta que el sonido de la puerta del timbre pareció tener un efecto secundario sobre él. No solo advirtió a Daniela de la llegada de Çakir, sino que trajo al propio turco a la realidad. Recibió a su novio en camisón, metiéndole en casa con un buen bocado. Pero Çakir no acababa de aterrizar aún. Daniela se separó un poco ante el ímpetu mostrado por su novio.

 

–         ¿Ocurre algo, cariño? – Preguntó ella, acariciándole la cara.

–        No… no estoy bien, Daniela. – contestó.

–        ¿Vas pedo? – le preguntó, de coñas.

–        No. Perdona, es que hemos tenido un problema cuando hemos salido de torre, otro al volver… estoy hecho polvo. Estoy cansado.

–        ¿Pero qué ha pasado? – Preguntó Daniela.

–         Pues… ¿Puedes prepararme un cola cao mientras te lo explico, por favor? Tengo frío.

–        Voy – dijo Daniela.

 

Mientras tanto, Çakir la puso al corriente de todo. Las lágrimas de Lara, el viaje en tren, la muerte de Vega, el incendio de la fábrica y la explosión de su moto. Daniela no podía creérselo. Concretamente, no podía creerse que su novio y sus amigos volvieran a estar metidos en otro lío como los anteriores. Fueron a sentarse al salón, en uno de los sillones, mientras gozaban de la luna reflejada en el mar de la bahía. Intentaba que su novio recuperase la autoestima.

 

–         Vale. Y ¿Qué piensas hacer?

–         Pues no lo sé. Dejar que la policía haga su papel, y si me llaman, pues decir la verdad, supongo.

–         ¿Por qué no crees que haya sido Cristian?

–         Pues… es que no le veo haciendo eso, cariño. Es como si quisiera ver a Pizarro cortándose las trenzas.

–        Hablando de tu amigo, Martina está destrozada. No nos ha cogido el teléfono en toda la noche tu amigo. Y Martina no ha dejado de llorar.

–         A ver, Daniela, le ha puesto los cuernos y la ha cebado. No me extraña que esté picado.

–        Ya, pero joder. Podría haberle cogido, ¿no? Martina quería explicárselo, ¿Sabes? Quería hablar con él.

–        Se ve que él con ella no – Intentó suavizar el tema.

–        No te burles, Çakir. – insistió Daniela.

–         No me río. – Çakir la sujetó de ambas manos – ¿te acuerdas cuando tú y yo empezamos? ¿Lo que nos costó a ambos confiar el uno en el otro? – Daniela asintió con la cabeza, oculta tras los pelos que se caían sobre su rostro – La confianza cuesta mucho ganarla. Piensa lo que cuesta perderla. En un plis se va.

–        Ya lo sé, Çakir.

–        Yo creo que si Martina tenía un secreto, lo menos que podía haber hecho era decírselo antes a Pizarro.

–         ¿Para que la dejara directamente?

–         Vamos, Daniela, sabes que Pizarro no es así.

–        Si se lo dijo antes es por algo, ¿no? – Contestó Daniela. Se iban definiendo los frentes de la defensa de cada uno. – No sé, es lo que yo pienso.

–         Pues igual sí. No sé, no sé con qué intención se lo dijo. Pero es que no puedes justificar así unos cuernos.

–         No los estoy justificando. Solo digo que tu amigo podría haber sido más considerado.

–         No puedes pedirle eso sabiendo que su novia se la estaba chupando a otro tío.

 

Después de media hora intentando convencer al otro de que estaba equivocado, se dieron cuenta de que no iban a sacar a ninguno de su pensamiento ni de sus convicciones. Ambos sabían que los argumentos de cada uno eran buenos, y que era posible que ningún comportamiento pudiera ser excusado por otro, ni anterior ni posterior.

 

–        Para… para, no quiero discutir contigo. – Dijo Çakir, muy tranquilo. – Por favor.

–        Yo tampoco quiero discutir, cariño… pero tienes que reconocer que…

–         ¡Daniela! – La cortó Çakir. – Mira. Deja que hablen entre ellos, y luego ya diremos quien ha tenido o no razón. De momento, solo hemos escuchado una versión de los hechos. No creo que sea buena idea juzgar la situación sin haber escuchado ambas versiones.

–        Está bien. – No le gustaba demasiado que la gritaran.

–         Ven, anda… – Çakir extendió sus manos, tumbándose de lleno para que Daniela le siguiera el juego.

 

Çakir esperaba que Daniela se inclinara, y así lo hizo. Aunque le había dejado mal sabor de boca discutir con ella, a Daniela no pareció importarle demasiado. Se acomodó sin prisa y le besó por donde quiso. Çakir se sorprendió un poco, pero no tardó en ser él quien se pusiera sobre ella. Se despegó un momento de él para indicarle el camino hacia su dormitorio. Se levantaron sin dar rienda suelta a su pasión, si bien solo ella abría el camino mientras él la tenía bien sujeta con la tripa, besándola el cuello, y coordinando bien el paso de sus pies para que no tropezaran. En su cuarto, ella tenía una luz encendida, la de la mesa de su escritorio. Con un libro abierto y un bolígrafo encima de él. Ella fue directa hacia la cama, pero la curiosidad pudo con Çakir.

 

–        ¿Qué escribes?

–         Es mi diario.

–         No sabía que llevaras un diario. – Dijo él.

–        Hasta que tenía 14 años, lo escribía, todas las noches. Pero fue en la época que mis padres se separaron. – Daniela se sentó en la cama, mientras Çakir se quedaba de pie junto al escritorio – Me sentía muy mal, y no me apetecía contarle a nadie como me sentía. Ni a mi diario. Así que decidí dejarlo.

–        ¿Y por qué has vuelto ahora?

–         Dejé de escribirlo porque no era feliz. ¿Por qué piensas que podría haber vuelto? – contestó con una sonrisa de oreja a oreja. La respuesta era obvia.

–        Vaya… me alegra saberlo. – Çakir pasaba las hojas sin prestar mucha atención al mensaje. Se fijaba más en la caligrafía. – Tienes una letra muy bonita

–        Gracias, cielo.

–         ¿Qué son estas rayas rojas? – Preguntó Çakir.

–        ¿Las de los números? – Preguntó Daniela. Se acercó a él para comprobar si se refería a ellas.

–         Sí.

–        Son para indicar que ese día estaba con la señora roja. ¿Sabes? Para saber si llevo bien el ciclo o no. Lo hacen muchas chavalas. – Se explicó Daniela.

–         Ah… bueno, según esto entonces. Hoy también te visita.

–         No, hoy no – respondió ella, sugerente – Hoy no es sábado cariño. Son más de las 12, ¿no? Ya es domingo

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