El corazón de Jenízaro cap 8 por Gelo

Capitulo VIII. Sin trenzas no hay paraíso

La llegada del lunes por la mañana parecía haber puesto punto y final a un fin de semana bastante movido. Çakir no había vuelto a casa hasta última hora de la mañana del domingo, sin Daniela, esperando que Nazli hubiera enterrado el hacha de guerra y que Halil hubiera tenido tiempo para recapacitar sobre sus ansias infanticidas. El panorama que se encontró era bastante calmado en comparación con cómo se lo había imaginado. Nazli había aceptado su castigo con rectitud. Aunque Sanli había optado por perdonarla para comer el mismo domingo. Sin embargo, Nazli aún seguía resentida con Daniela, y parecía que no estaba ni mucho menos dispuesta a pedirla perdón.

Por otro lado, Pizarro no parecía haber dado ninguna señal de vida en todo el domingo. Llamaron a su casa sus amigos, pero él no quería contestar. Aunque su madre pusiera la excusa de que estaba dormido, sus amigos sabían que no quería saber nada del mundo. O eso fue lo que pensaban Salva y Yuri al hablar del tema. De los demás no había noticias. Se habían quedado en Acoma y ya. Y tampoco se sabía nada de qué había pasado exactamente el sábado en la fábrica. La historia de Çakir resultaba increíble, y Yuri también estaba desaparecido por la tarde. Ulises, Iván, Néstor y Santos no estaban al corriente del asunto, pensaban. Sin embargo, al día siguiente, por la mañana, se dieron cuenta de que el asunto iba más allá. Y de que no estaban tan desinformados como pensaban.

 

Al día siguiente, por la mañana, Çakir debía ir al instituto acompañado de su hermana, Nazli. La moto les había llevado a ambos hasta el Kostka. Al llegar se encontraron un paisaje poco alentador. Bien sabido era que los lunes son el peor día de la semana, pero aquel resultaba exagerado. Tan solo se veían caras largas en el porche, sin ánimos ni pronunciando palabras que no fueran susurros por lo bajo. Aparcó la moto, esperó a que su hermana se bajara y se quitara el casco para guardar los dos bajo el asiento. En el camino hacia su clase de la mañana, exactamente la misma que debía compartir con su hermana, se encontró con que la gente mantenía un respetuoso silencio al verle

Todos le miraban como si fuera un bicho raro, murmurando a su alrededor. A principio, cuando aún no estaban lo suficientemente cerca de ellos al pasar, pensó que se referían a su hermana. Pero poco a poco, al llegar al porche, se dio cuenta de que la peña murmuraba de él, rompiendo un silencio roto por los sonidos de coches del exterior. Hablaban de él, del incidente del sábado, o eso daba a entender sus comentarios salidos de contexto, algunos especialmente formulados para tirar a dar. Comentarios con un mensaje claro. Para la mayoría de los alumnos de aquel instituto, Çakir Enis, el turco, había acabado con la vida de Vega Rodríguez el sábado a sangre fría, con saña, asestándole más de cien puñaladas con la navaja que había robado a Cristian.

 

–        Ahí va el asesino – comentaban.

–         He oído que cuando salió del edificio estaba empapado de sangre. – decía una chica.

–         ¡Qué engañados nos tenía! – comentaba un grupo de pijas

–         Que hijo de puta.

 

Çakir sabía perfectamente que algunos iban destinados a que fueran escuchados por él. Alguno que pretendía hundirle en la miseria, muertos de envidia, criticones sin tener ni idea, o quizás conseguir un poco de protagonismo. Si era eso lo que pretendían, lo habían conseguido. Antes de que avanzara más de diez metros dentro de los pasillos, ya iba apretando los puños, dispuesto a arremeter contra el primero que volviera a murmurar.

 

–        ¿Por qué no lo decís en voz alta? – gritó Salva, entrando en escena, tirando su mochila al suelo. Una buena forma de llamar la atención, y terminar de romper el silencio del ambiente – ¡Vamos! ¡Decídselo a la cara! Tened un par de cojones.

–         ¡Salva, relájate! – dijo Néstor.

–        ¡No me da la puta gana! ¡Hablad, venga!

–         ¿Os habéis quedado sin voz o qué? – le siguió Ulises, tan de buen humor como siempre. Se dirigió a todos – ¡Si no sabéis de que estáis hablando, callaos la puta boca!

–         ¡Ha matado a Vega! – se atrevió un valiente.

–        ¡Pues ten cuidado, no sea que tú seas el siguiente! – dijo Salva, amenazante. – ¡Gilipollas! – Sentenció con mucho desprecio.

–         ¡Eh, chicos, calmaos! – les detuvo Çakir. La palabra de Çakir bastó. Guardaron silencio. La verdad es que la voz de un turco cabreado imponía. Sobre todo si se le hinchaba la vena. Y mientras tanto, Nazli a duras penas captaba dos o tres palabras en castellano. No conocía ninguna palabra mal sonante. – ¡Si quieren creer que yo le maté, que les den por culo! ¡Peor para ellos si tienen que estar en el instituto con un asesino! – Sentenció

–         ¡Tú no eres un asesino, turco! – Dijo Ulises

–         ¡Eso no es lo que dice la policía! – Dijo otro valiente.

–         Lo digo yo entonces

 

María del Mar, Marimar, nuestra profesora de religión, entraba en el pasillo consciente de lo que pasaba. Todos los murmuradores volvieron a guardar su silencio respetuoso. Marimar, en el instituto, era una de las profesoras más respetadas, y eso hacía que su palabra se convirtiera en ley cuando estaba cabreada. Se acercó a Çakir y le miró a los ojos antes de dirigirse a todos los alumnos.

 

–         ¡Os voy a decir una cosa, y esto que sirva para todos! ¿Estaba alguno de vosotros allí el sábado por la noche? ¿Alguno vio a Çakir matarle? ¿Alguno de vosotros escuchó el grito de Vega cuando murió? – Preguntó Marimar. Nadie contestó. – Pues yo sí que lo oí, ¿Sabéis? Y este chico estaba a mi lado cuando escuchamos ese grito, bajando del tren de Torre. Si no hubiera sido por este chico, la policía no podría haber empezado a buscar al auténtico asesino. Así que hasta que no se sepa, existe una cosa que se llama presunción de inocencia, y espero que todos la respetéis hasta que se sepa quién mató a Vega.

 

Nadie volvió a abrir la boca. Nadie replicó a Marimar. Nadie. Les ordenó a todos dirigirse hacia sus clases. Los alumnos obedecieron a ciegas, aunque más de uno se marchó con la mosca detrás de la oreja. La pregunta siguiente era ¿Quién era realmente el asesino? Pero eso poco le importaba ahora. Fue a hablar con la orientadora, para explicarla la situación de su hermana, y sin demasiado tiempo, la dejó allí rellenando unos papeles. No habría ningún problema para que se incorporara lo antes posible a las clases en horario normal.

A los pocos minutos, Çakir llegaba a su clase, junto con su hermana, donde encontró a Pizarro. Estaba sentado en el suelo, sin prestar demasiada atención al mundo. Ignoró por completo a su amigo cuando este le fue a saludar.

 

–        ¿Cómo estás, tío?

–        Así, así… – contestó Pizarro, sin dirigirle la mirada.

–         Así me gusta, así me gusta – ironizó Çakir – Que empecemos el día estando alegres y cachondos.

–         No estoy para bromas, turco.

–         Ya lo sé. Martina nos contó lo que pasó el sábado, cuando te fuiste. – contestó. – A mí también me habría jodido.

–         Pues ya sabes cómo estoy yo.

–        Ya…

 

La hora de lengua fue demasiado lenta. Primera hora, sueño, cansancio y un compañero enfadado no eran la receta perfecta para aguantar a la de lengua. Para colmo, la segunda significaba más de lo mismo. Pero duró bastante menos. A las diez de la mañana, Goyo, el jefe de estudios, interrumpía momentáneamente la clase. Su actitud era bastante seria, y presentaba consigo

 

–        Perdona, Raquel – Dijo Goyo al entrar. Buscaba a un alumno en concreto – Cristian Prat. ¿Puedes acompañarme un momento a jefatura, por favor?

–         Sí, claro – contestó él.

–         No tardaremos demasiado.

 

Salieron del aula, y la clase retomó su curso habitual. Tenía razón. No tardarían demasiado. A los diez minutos, Goyo volvía a entrar en el aula.

 

–         Perdona otra vez, Raquel.

–         Nada, no importa. – Le exculpó.

–         Çakir Enis y Lara Hierro.

 

Ambos salieron y se incorporaron al grupo de Goyo. Curiosamente, Sergio Llanos, los dos hermanos Baraja, Rafael Torrejón y Bruno Matacán. Los amigos de Vega Rodríguez. Çakir no comprendía demasiado bien qué pintaban ellos cuatro con el asunto. Pero estaba seguro que no era una casualidad.

Al entrar en jefatura se encontraron con Marimar, que ya estaba allí. Apoyados en una de las paredes del despacho, Leandro Pizarro y otro compañero de policía, el del mostacho de la otra noche. Sobre la mesa del despacho, una navaja, con las iníciales C y P. La misma navaja que se encontraron Çakir y Yuri en el cadáver de Vega Rodríguez.

 

–        Seremos claros. – dijo Valdivieso – Esta navaja fue encontrada en el cadáver de un alumno de este centro. Vega Rodríguez. Vuestra profesora dice haber reconocido esa navaja en el cadáver de dicho alumno, y afirma que el propietario de esa navaja es Cristian Prat. Éste, a su vez, afirma que perdió la navaja el viernes por la noche, a las once después de una pelea con Rubén, Borja, Sergio, Bruno y Rafael. Además, tiene una coartada probada. Eso os deja como sospechosos a vosotros, ya que la navaja no tenía huellas dactilares – apuntó directamente a los cuatro amigos.

–        Era nuestro amigo – Dijo Sergio. – ¿Por qué íbamos a matarle? No teníamos nada contra él.

–         Es verdad. – dijo Bruno – Además, estuvimos toda la noche en el centro, nosotros.

–        ¿Podéis probar lo que decís? – preguntó Pizarro. – Sabemos que a la una, murió, y que a la una y media, el asesino explotó su moto. Aunque aún no sepamos como lo hizo. ¿Dónde estabais cada uno de vosotros el sábado entre la una y la una y media de la mañana?

–         Yo estaba en el cormorán, tomando algo con mi novia. Estuvimos allí hasta las dos de la mañana – respondió Rafa.

–        Nosotros estábamos en la puerta del Indian. Intentábamos entrar, pero el portero no nos dejaba. Estuvimos un rato con él allí, de cachondeo. – dijo Borja.

–         ¿Y antes de eso? – Siguió Leandro – ¿Os reunisteis o algo antes de que pasara todo eso? ¿Quedasteis por la tarde? ¿os dijo algo?

–        No. – se apresuró a decir Rafa

 

Parecía nervioso. Çakir lo vio. Acto seguido, mientras Leandro daba paso a Lara para que se defendiera, Rafa miró a todos sus amigos. Parecía que indirectamente les estaba mandando guardar silencio a cerca de eso. Ellos confirmaron ese silencio de forma expresa, sin pronunciar palabra.

 

–        Yo estaba con Sergio – dijo Lara. – Estábamos en Torre, en casa de mi tía. Pero ella no estaba en casa.

–        ¿Tenéis alguien que lo corrobore? – Preguntó el otro policía. – Ese testimonio así no nos sirve.

–        Si… Salva, el amigo de Çakir. Estuvieron él y su novia en casa de mi tía. Se quedaron a dormir y todo. Ellos lo pueden corroborar.

–         ¡Yo qué sé! – Contestó Rafa – Usted es el policía, no yo.

–        De todas maneras – intervino Rubén – a mi me gustaría saber dónde estaba Cristian. Es el único que aún no ha dicho dónde estaba esa noche.

–         Estaba en el Dragón – dijo el policía – con mi novio y unos amigos. – dijo con la boca chica.

 

Tanto tiempo burlándose de él, diciendo que era maricón, gay, trucha, etc. Y ahora les devolvía el golpe de una manera irreprochable, haciendo que se tragaran sus propios comentarios. Todos se sorprendieron en la sala, sobre todo Lara y Marimar, que no terminaban demasiado de creérselo. Çakir se acordaba entonces de las palabras que le dijo a Vega el viernes. Realmente, no tendría que haber tenido ningún miedo a Cristian. No tenía la más mínima intención de levantarle la novia. Fue una buena contestación.

 

–        Y entonces ¿Qué hace aquí Çakir? – Preguntó Rafa, – él no estaba cuando la pelea.

–         El encontró el cadáver de Vega. – dijo Marimar – Está aquí para cerciorar que esta es la navaja que encontraron en el cadáver.

–        ¿Cómo saben que él no ha sido?

–        Por la hora de llegada a Acoma. Cuando llegamos, oímos gritar a Vega. Para esa hora ya estaba muerto. Así que tampoco ha podido ser ni él ni Yuri.

–         Aunque algunos digan lo contrario – comentó Leandro.

–         Ya ves. Mira lo que han tardado nuestros compañeros en cargarme a mí el muerto.

–        No te preocupes por eso, Çakir. – Dijo Goyo – Si hemos hecho esto aquí es para intentar aclararlo antes de empezar a señalar con el dedo. Marimar se encargará de acallar los rumores. O eso intentará.

–        Además, sino hubiera sido por ti, el cadáver de Vega se hubiera quemado por completo. Sería muy difícil saber a qué hora murió, y quien lo mató. Mejor dicho – dijo Leandro mirando a su compañero – sería imposible.

–        Hablando de eso… – dijo Çakir – ¿Se sabe ya cómo se originaron el incendio de la moto y del edificio?

–         La policía científica ha estado buscando indicios por el edificio. Pero no han encontrado ni mecanismos de retardo, ni bombas, ni nada que se le parezca. Y en la moto, exactamente lo mismo. Tuvieron que haberlo hecho en el mismo momento.

–        No es posible. Si hubiera sido así, Marimar hubiera visto salir a la persona por la entrada. Y tampoco se vio a nadie hacerlo con la moto. Tuvo que ser antes.

–        No te preocupes por eso ahora, Çakir. – dijo Goyo. – Deja que la policía haga su trabajo. Tú ya bastante tienes con lo de antes.

–        Tú no te preocupes, turco. – Dijo Rafa – Yo estoy seguro de que tú no has sido.

–        Yo también. – dijo Cristian – Çakir no se mete nunca donde no le llaman. Y no tenía nada en contra de Vega.

–        Bueno… eso no es del todo cierto. – Aclaró Çakir – El sábado yo le dije a Vega que teníamos una cuenta pendiente. Le llamé, nos pusimos a discutir por nuestras cosas, y me llamó negro. Es algo que no le tolero a nadie.

–         Si, te entiendo…

–        ¿Dices que tú le citaste? – Preguntó el policía.

–        Sí, yo le cité allí. Por llamarme negro. – Puestos a descubrir la verdad, Çakir quería poner todas las cartas sobre la mesa. – Discutimos y le dije que si tenía cojones que me lo dijera a la cara. Lo que menos me imaginaba fue que acabara así la cosa.

–         Ya… – dijo el policía.

–        Está bien… tu también tienes una coartada, así que no eres sospechoso. – dijo Leandro.

–        Podéis iros. Nosotros tenemos que hablar con ellos.

Todos los alumnos del centro volvieron a sus respectivas clases. Cada uno en distintas direcciones. Al llegar junto al aula de Çakir, Lara y Cristian, no parecía que hubiera demasiado feeling entre ellos. Una prueba fue ver como Cristian se acercaba a ella para darla el pésame. Ella le apartó con un fuerte “déjame en paz” bastante brusco. Çakir no se lo tomó demasiado bien, pero no intervino. Tampoco es que ella se hubiera mostrado especialmente amable con él el viernes por la noche. Se había vuelto bastante fría con él. Él entró en clase primero. Ella se quedó en cambio en la puerta, haciendo tiempo hasta que llegara el turco.

 

–        ¿Tú sabes quién ha sido? – Preguntó ella.

–         No tengo la más puta idea – contestó Çakir. – Si te soy sincero, no creo que haya sido Cristian.

–         ¿Piensas realmente que ha sido Cristian? Me cuesta creer que tenga novio – preguntó de nuevo

–         No lo sé, sinceramente. – intentó abrir la puerta de clase, pero ella se lo impidió.

–         Espera… gracias por no decir lo de que me había… ya sabes. No me gusta que todo el mundo lo sepa. No sé ni cómo te lo conté el sábado… lo siento. En parte es culpa mía que tú estés así.

 

¿Era una sensación suya, o aquella niña rubia de mirada angelical cada vez se arrimaba más y más al turco? En uno de esos movimientos, le pareció ver tres pequeños tajazos en el cuello de Lara. Le preguntó que a qué venían.

 

–        Me los hice el sábado… cuando estaba con Sergio… es que es muy pasional. ¿Sabes?

–         No acabo de entender cómo es que te hayas tirado a un amigo – ahí estaba el dardo – después de que tu novio te forzara a hacerlo con él.

–        Porque Sergio siempre ha sido amigo mío. Le llamé nada más llegar a casa, y no le faltó tiempo para coger su moto y venir en moto a verme.

–         Curioso. – Respondió Çakir. No se le ocurría qué otra cosa contestar a su argumento.

–        Además, que lo que me jodió no fue hacerlo con él. Fue que me forzara. Me sentí como una mierda en ese momento, pero Sergio me ayudó a recuperarme. Él me ha demostrado que no todos los tíos son unos cabrones.

–        Son cosas que pasan.

–         En serio, gracias – la distancia entre ambos se había reducido ya bastante. Le estaba acorralando junto a la pared, a pesar de sacarla media cabeza. – No hay muchos que sean como tú.

–        ¿Y esto? – dijo Çakir sujetándola de una mano – ¿También te lo hizo el pasional de Sergio? – Tenía las manos llenas de llagas y heridas.

–         No. Me lo hice el otro día, paseando a mi perra. Es que la tengo muy poco domesticada.

 

Ella hizo el intento de lanzarse, y supo contenerla. No tenía ninguna gana de demostrarla lo excepcional que era. En lugar de eso, abrió la puerta y entró en clase como si nada. Tuvieron que sentarse juntos. Cada uno sacando sus cuadernos, sus agendas, y poniéndolas sobre la mesa. v tuvo que fijarse en los apuntes y la agenda de Lara para poder sacar las cosas necesarias para continuar las clases.

 

A la hora del recreo, salieron todos afuera. Esta vez nadie murmuraba ni nadie decía nada a cerca de las presunciones de culpabilidad del turco. Pero eso ya le daba igual. Estaba contento de sentir que contaba con el apoyo incondicional de sus amigos, y con los que hasta hace una semana eran hostiles. El único que no estaba disponible era Pizarro. Mientras que Salva, Ulises, Çakir y Néstor se reunían junto a las motos, Pizarro había desaparecido. Concretamente, se había refugiado en el tornasol, un bar muy cercano, y se había sentado a tomar una coca-cola en la ventana del local junto a una pelirroja muy conocida y muy contenta. Apenas llevaban diez minutos de recreo, cuando en el horizonte apareció un pequeño batallón de mujeres predispuestas. Concretamente Daniela, Estela y Martina. Çakir se sorprendió bastante al verlas desfilando a las tres, sobre todo teniendo en cuenta que el instituto de Daniela estaba prácticamente estaba algo lejos como para haber venido andando. Pero allí estaban las tres. Se plantaron frente a Çakir y los demás, esperando que Pizarro estuviera entre ellos. Martina se refugiaba detrás de Paula, con la cabeza de espaldas. Daniela saludó a su novio como de costumbre.

 

–         ¿Dónde está Pizarro? – Preguntó Daniela.

–        Ahí.

 

No le hizo más falta que una indicación con la cara para que las tres amigas mirasen a la derecha, justo donde estaba Pizarro haciendo manitas con Mónica. La primera en reaccionar fue Martina. Ella venía con la idea de hacer las paces con su novio, no de encontrárselo con otra. En lugar de echarse a llorar pensando que había perdido a su novio, puso una cara iracunda que asustaría al miedo. Sus ojos desprendían llamas. Salva, Ulises, Çakir y Néstor hubieran sido capaces de confundirla con la V2.

 

–        ¡¡¡ SERÁ PUTA!!!

 

El grito podría haberlo oído la madre de Daniela si es que esta todavía no había vuelto de Madrid. Bueno. Y aunque hubiera decidido tomar las de Villadiego y marcharse a Nueva Escocia. Los cuatro amigos palidecieron.

 

–        Se va a enterar. – dijo Martina – Me va a comer el coño la muy zorra. – Martina estaba dispuesta a entrar arrasando en el bar. Daniela intentó detenerla en vano.

–         Martina, cálmate, Marina. – No había opciones reales de detenerla. Intentó sujetarla, pero se zarandeaba demasiado, acercándose a su objetivo. – ¡Martina! ¡Çakir, échame una mano…! ¡Çakir! – volviéndose – ¿Çakir? – Pero Çakir ya no estaba

 

Muertos de miedo por el espantoso berrido de Martina, el turco y los demás, definitivamente, habían cogido las de Villadiego. Huyeron. “¡Hombres…!” Pensó Daniela.

 

–        ¡¡Martina, joder, sé razonable!! – Insistió.

–        Déjame. La voy a coser a ostias.

 

Daniela la soltó en el acto.

 

–         Pues, mira, vete a romperla la cara. Total. Ella y solo ella tiene la culpa de que Pizarro no quepa por la puerta, ¿no?

–        ¡Déjame en paz!

 

Martina entró en el bar dispuesta a comerse a cualquiera que se atreviera a levantarla la voz. Llegó a la mesa de Pizarro, haciendo que ambos detuvieran de inmediato la conversación, pero sin que soltaran sus manos. Primero se dirigió a Mónica.

 

–        ¿Qué cojones te crees que estás haciendo con mi novio?

–        Tomar una coca-cola con él. ¿Tienes algún problema?

–        No me toques los cojones, so cerda. – le soltó Martina. Estaba realmente cabreada.

–         Bueno, mira tú quien me fue a hablar de eso. La madre superiora del convento. ¿No?

–        No te equivoques conmigo, niña…

–        ¡No! No te equivoques tu conmigo – dijo Mónica levantándose de la mesa – ¡Que ya estoy hasta los cojones de que juegues con los sentimientos de los demás como se te pone de la punta del chumino! Que te crees que el mundo gira alrededor de ti y que todos te tenemos que comer el culo porque si no, no estás contenta.

–         No tengo por qué aguantarte. Yo vengo a hablar con mi novio – dijo Martina, amenazante. Tampoco había mucha diferencia con cómo había dicho el resto de su discurso.

–        Yo no tengo nada que hablar contigo – Dijo Pizarro.

–         Pizarro, por favor. Tenemos que hablar. Por favor. Te lo puedo explicar todo.

–        Vale… – respondió muy tranquilo – Pero es que creo que no hay nada que explicar. ¿Sabes? Así que por favor, vete.

–         Adrian, por favor.

–        ¡¡NO ME LLAMES ADRIÁN!!

–        Pizarro, por favor. Tienes que escucharme. Me estaban haciendo chantaje con unas fotos que tenían mías fumando petas. Me amenazaron con enseñárselas a mi madre.

 

Martina había sustituido completamente la furia por la penuria. Pero no parecía que Pizarro se hubiera inmutado demasiado con el cambio. Mostraba una indiferencia a la que Martina pensaba que estaba acostumbrada, pero no era la misma que en las cartas. Pizarro era el que tenía la sartén por el mango, y Mónica quien le daba la vuelta a la tortilla.

 

–        Vale. ¿Y tú no eres capaz de contármelo, no? Prefieres coger e irte a chupar pollas a mis espaldas.

No seas así, Pizarro. – dijo Daniela, entrando con su novio agarrado por una oreja – Por favor. Se puede hablar sin ofender a nadie.

–        Vale – la contestó – Dime tú entonces por qué en vez de hablar conmigo las cosas, como novios que supuestamente somos, va y se pone a chuparle la polla a un tío para que no le haga chantaje. ¿Me quieres explicar tu qué confianza de mierda es esa?

–         A ver… escúchame. – dijo Martina – Por favor. ¿Tú no me dijiste en tus cartas que si me veías fumando, me mandabas a la mierda?

–         ¿Tú no me dijiste, en otras cartas, concretamente una cada tres, que yo era para ti, que me querías, que querías estar conmigo…? Y eso lo has cumplido liándote cada fin de semana con uno, ¿no? – Preguntó Pizarro, tirando a dar.

–        A ver… te dije desde el principio que yo no podía tener nada a distancia con nadie. Que no era mi forma de tener una relación. ¿Te lo dije o no te lo dije?

–        Pues si… ¿Y me contaste también lo de Nacho, no?

 

La pregunta era bastante directa. ¿Quién era Nacho? Martina se sorprendió bastante con esa pregunta, y tardó otro tanto en reaccionar. Lo disimuló lo mejor que pudo, pero Daniela ya había visto que sabía a quién se refería.

 

–         ¿Qué quieres que te cuente de Nacho? – Preguntó Martina.

–        No saliste con él, ¿verdad? Con un tío que estaba en el ejército, en Las Canarias, ¿verdad?

–        A ver, tonteamos un poco y ya está. – contestó ella. – Pero tontear no es salir…

–         No, Martina, no seas hipócrita. Le pediste salir y él te dijo que sí – replicó Mónica de inmediato. – Yo he leído esos mensajes en tu móvil.

–         A ver, Mónica, deja de joder la marrana, ¿quieres? – ahora Martina no se mostraba tan resuelta. – Mira, Pizarro…

–        ¿Le pediste salir? – Preguntó Daniela – Es una pregunta muy sencilla, Martina.

–        Daniela, por favor. – Intentó cortarla

–        ¿Le pediste salir o no?

–         A ver, si… – reconoció la acusada.

 

Sin darle tiempo a terminar la frase, Daniela se levantó de muy mal humor de la silla. Çakir la dedicó una mirada de asco antes de marcharse con su novia. No tenían pensado proteger a una hipócrita. Ni lo iban a hacer. Pero eso no evitó que Martina siguiera al ataque con la que ella consideraba la responsable de sus actos.

 

–        ¿Pero tú quien te crees que eres para ir hablando por ahí de mis cosas? – Preguntó Martina.

–         No son solo tus cosas. Son cosas de este chico, ¿Sabes? Porque este chico te ha querido más que todos tus rollos de mierda juntos, y tú has sido tan egoísta de montártelo con el que te ha dado la gana después de todo lo que le decías en las cartas. Y con lo de Nacho te pasaste y no te importó tenerle engañado como le tuviste.

–        Pizarro. ¿No te dije en una de mis cartas que me gustaba un tal Nacho? ¿Qué habíamos tonteado un poco?

–         Sí, pero no me dijiste que vivía el doble de lejos que yo. Encima en una isla, y en el ejército. Claro, para verle a él lo tenías mucho más fácil que para verme a mí, ¿A que sí?

–        Joder… solo estuvimos dos semanas. Ni si quiera llegué a verle. ¡¡No le conozco en persona!!

–        Pues mira, ya me da igual. Haz como si a mí tampoco me hubieras conocido.

 

Se levantó de la mesa sin soltar la mano de Mónica y se fue con ella del local. Dejó allí a Martina sola, llorando arrepentida. Y aunque estaba triste, el pensamiento que tenía dentro de sí es que no era culpa de ella, sino de Mónica. Cuando ambos pasaron frente a la ventana, ella dedicó una mirada de asco y odio aun peores que las anteriores. Estaba enferma de amor e ira.

 

Para entonces Daniela le había explicado a Çakir lo que pasaba. Había hablado con Martina la noche anterior, y la había pedido que la acompañara al instituto para hablar con Martina. Pero al ver cómo se había portado con Pizarro, no tuvo ningún reparo ni ningún cargo de conciencia en levantarse de aquella mesa y dejar de defenderla. Estaba claro que en ese asunto, visto lo visto, no tenía razón por ningún lado.

 

–         ¡Cómo sois las mujeres a veces! – La explicó Çakir en una de esas conversaciones entre besos. – Pasáis de estar compartiendo ropa a odiaros para toda la vida en cuestión de segundos.

–         No, no seas tonto, cariño – le contestó – Ahora puedo estar disgustada, y lo estoy, por lo de Pizarro. Pero eso no quiere decir que no me lleve bien con ella. Ahora estoy molesta porque no ha sido sincera como tenía que haber sido. Le ha cargado todas las culpas a esa chica, Mónica, y no es así.

–        ¿Qué opinas de ella?

–        ¿De Mónica?

–        No sé, no la conozco. Pero sinceramente, todo esto ¿no te parece un poco raro? – dijo Daniela.

–        ¿El qué?

–         Tú eres el inteligente, cariño – le dijo – No te parece un poco raro que Mónica llevara a Pizarro hasta el lugar de los hechos. Es decir ¿Cómo sabía que Martina estaba allí?

–        ¿Te dice eso tu instinto de mujer?

–        No lo sé, sinceramente. Pero de momento, no me da buena espina. Además, Martina nos ha jurado que no sabe nada de esas fotos. Se las han pasado, pero dice que no recuerda haber estado fumando en esas situaciones, y yo la creo.

–        ¿Y qué? Siguen estando ahí.

–         Ya. ¿pero y si estaban trucadas? ¿No podrías cerciorarte de ello? Sin que ella se dé cuenta.

–        Ya – Çakir lo vio claro – Para eso has montado ese paripé con Martina ¿no? Para que yo pueda investigar si a Martina la han tendido una trampa y que ella no sospeche.

–        Más o menos. Voy a hacer como que me cae mejor que tu hermana.

 

“La hermana” Çakir se había olvidado por completo de Nazli. La había dejado en el departamento de orientación por la mañana y no había vuelto acordarse de que no era hijo único. Se despidió rápidamente de Daniela y se marchó al interior del instituto a ver si todavía seguía allí y no se había escapado o algo parecido. Subió hacia el departamento de orientación, pensando que tal vez seguía allí dentro. Pero se encontró que allí no estaba. Casualmente, al lado, en jefatura de estudios, estaban Goyo y Marimar discutiendo. No era demasiado airada, pero lo suficiente para que se escuchara un poco desde afuera de la habitación. Çakir se acercó a ella para ver qué sucedía.

 

–         Sigo diciendo que debiste contárselo. No se deben ocultar esos datos a la policía. Y yo lo vi – decía ella.

–         Viste a una persona, en una moto de noche, pasar por allí. Pero es que eso no significa nada, Marimar. Pudo ser cualquier persona, y es un espacio muy amplio.

–         Pero… es que estoy casi segura de que era él. Era la misma moto, negra, el mismo casco…

–        Marimar, motos hay muchísimas. Y sin verle la cara, no puedes tampoco acusar a nadie. Los cascos, como las motos también se hacen de serie. Y Cristian, como has podido comprobar, tiene una coartada. Ese dato solo traería complicaciones para la investigación policial. Volverían a ir a por Cristian y se volverían con las manos vacías.

 

Una moto como la de Cristian saliendo del recinto. Una nueva pista para el caso, pensó Çakir. Pero como bien decía Goyo, eso no quería decir nada. A menos que la coartada de Cristian fuera una mentira. De todas maneras, seguía con la mosca detrás de la oreja. “No ha podido ser Cristian, no ha podido ser Cristian”. Pensaba en la posibilidad de un despiste de los porteros del Dragón, pero es que eso tampoco encajaba.

 

Para colmo, tampoco acababa de encontrar a su hermana. Fue hacia su clase antes de que acabara el recreo si es que aún seguía allí por alguna casualidad. Tuvo suerte. La encontró antes de llegar. Salía del baño de las chicas, junto con Lara. Salían hablando ambas.

 

–         No me habías dicho que tenías una hermana.

–        Bueno… ahora ya lo sabes.

–        Tienes unas amigas muy simpáticas – dijo Nazli, afinando su español.

–        Si… eso parece. – No se quitaba de la cabeza el gesto de Lara de antes.

 

Nazli pasó el resto de la mañana bastante bien acompañada bor Lara, la buena amiga de Çakir. Él se sentó junto a Pizarro. Las dos horas de economía, tan largas como de costumbre, se aceleraron entre anécdota y anécdota de Pizarro con su nueva conquista.

 

–         En serio, tío… me ha demostrado muchísimo.

–        Si, ¿eh? – Preguntaba Çakir, deseando escucharle.

–         No lo sabes bien, tío. El sábado cuando volví a Acoma no nos liamos, ni nada. Y yo pensé que eso la jodería. Ayer lo mismo, ha venido a verme a casa, y tampoco nos liamos.

–         ¿Por eso estabas mal esta mañana?

–         No, tío… bueno, en parte sí. Pensaba que se molestaría por eso. La dije que me viniera a ver en el recreo hoy, porque ella todavía está estudiando en el San José. Y ha venido, tío… es el primer beso que nos damos.

–        Ah, ¿qué os habéis liado? – Preguntó Çakir, esperando que no se hiciera de rogar para contarle todo.

–        Antes, tío… la he ido a acompañar hasta medio camino. Y al despedirnos…

 

Al salir de clase, de camino hacia las motos, esperaron a que todos los amigos se volvieran a reunir. El único que tardaba ligeramente en llegar era Salva, mendigando un cigarrillo de mala manera.

 

–         ¿Qué hacemos esta tarde? – Preguntó Ulises. – Podemos aprovechar para echar otro “yo nunca”.

–         ¿Qué dices, qué dices? – Dijo Çakir. – A mi me empieza a sacar de quicio. Lo único que hacemos es sacarnos trapos sucios. De los que apestan.

–        Sí, como tus calcetines – dijo Pizarro.

–        ¿Qué rumiáis, cabrones? – Preguntó Salva al llegar.

–        Relaja la raja, tío. – dijo Néstor – Te pasas el día de mal humor. Te vas a quedar sin hígado a este paso.

–         Es que no encuentro un puto cigarro, tío.

–         Espera, que se le pido a Lara, que viene por ahí… – dijo Çakir al verla bajar la cuesta.

–         ¡A esa que la den por culo! – le cortó Salva – El otro día por la mañana decía que no tenía tabaco y no me dió ni uno, la muy rácana

–        ¿No había comprado tabaco antes de iros para casa?

–        Por eso, tío. Nos dijo al llegar que no le quedaba un puto cigarro. ¿Se va a haber fumado una cajetilla entera en una noche? ¡Que diga que no nos quiere dar y punto!

–        Bueno, ¿Qué hacemos entonces?

–         Çakir. La organizadora – Nazli quiso decir orientadora, pero el castellano aún la fallaba – me ha dicho que necesito libros propios. Que si hacía falta, fotocopiara los tuyos.

–         Están algo desastrosos después del curso pasado. – Se disculpó el turco – Luego, por la tarde, si quieres, bajamos por ellos a la biblioteca.

–        Entonces ¿Qué? ¿Salimos o no salimos? – preguntó Néstor.

–         Yo, sintiéndolo mucho, ya he quedado esta tarde – Anunció muy contento Pizarro, antes de marcharse.

–        Yo tengo que ir al gimnasio, que estoy falto de forma.

–         Y yo tengo que hacer las paces con Paula.

–         ¿Os habeis peleado?

–         Ya ves. Ayer por la tarde me quedé sopa en el sofá, teniendo la casa libre… y te puedes imaginar cómo se puso

–        Vale… me parece que hoy no salimos – dijo Néstor.

 

Çakir esperó unos momentos a que todos se fueran, excepto Néstor.

 

–        Tú tienes que hacerme un favor – dijo Çakir.

–         ¿De qué?

–         Presta atención.

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