El corazón de Jenízaro cap 9 por Gelo

Capitulo IX. Estrechando el cerco

Después de despedirse de su padre, en el aeropuerto de Parayas, Çakir y Nazli se fueron a la biblioteca del instituto. Confiaba Çakir en que allí no tuviera demasiados problemas para encontrar unos libros que le permitieran a Nazli seguir un curso con normalidad. Aunque lo empezara tan tarde, y sin tener su grado de español

Sin tener que subir demasiadas escaleras ni registrar demasiados pasillos, pudieron encontrar rápidamente los libros apropiados. La biblioteca, en esa época, estaba prácticamente vacía. No había prácticamente nadie, salvo un grupo de empollonas. Entre una de esas vueltas y vuelvas por los pasillos, se encontraron con el bueno de Cristian. Llevaba consigo varios libros de Geografía y estaba en frente de un mapa mudo de España, a todo color, con varios puntos marcados con círculos y con cruces. Estaba haciendo un trabajo del cual Çakir no se había enterado que había que hacer, a pesar de que era su pareja a la hora de exponerlo en clase.

 

–         ¿Cómo tu por aquí, Cristian?

–         Aquí por lo menos puedo estudiar tranquilo. – contestó él.

–        Deberías salir más, distraerte. La vida es algo más que encerrarte en libros.

–        Solo salgo los sábados. El resto de la semana prefiero aprovechar el tiempo.

–         ¿Éste es el chico que dicen que mató al chico de nuestra clase, el tal Vega?- le preguntó su hermana

–        No digas tonterías, Nazli. Aquí no. – contestó Çakir Solo era un comentario.

–         ¿Qué dice tu hermana? – Preguntó Cristian con la boca chica. – ¿Aún no habla castellano?

–        Lo intento… pero es muy difícil – contestó ella, sin complejos. – Tengo que practicarlo más.

–         Para eso estoy yo aquí – intervino Lara. Çakir se quedó sorprendido al verla. Llegó a pensar, enfurruñado, que le seguía. – ¿Qué tal estáis? – Saludó amigablemente.

–        Veníamos a buscar los libros de mi hermana. ¿Y tú qué haces por aquí? – Preguntó Çakir, aguantando su sonrisa contra la suya – Es como ver a Cristian de botellón.

–         Había quedado con tu hermana. La iba a dar una vuelta con mis amigas. ¿No te importa, no?

–        No, claro… – mentira – es bueno que vaya haciendo amigas. Y que domine el idioma, claro.

–        Pues eso. Vamos a ir a echar un quinito. Luego la acompaño a tu casa. ¿Te parece?

–         Si… pero procura que no llegue muy tarde. Hoy puede relajarse un poco. ¿Sabéis cuál es el bus, no?

–         Si, no te preocupes – contestó Lara.

–        Gracias hermanito.

–        Procura no llegar tarde. Ya sabes cómo se pone Halil.

–         Oye, Çakir, mañana quiero darte una cosa… – dijo Cristian

–        Vale. Mañana me lo das, no te preocupes. Tú ahora estudia, que para eso te pagan.

 

Mientras su hermana le cargaba con todos los libros que había recogido, se le dibujaba cara de póker. Si no le había gustado la actitud de Lara esa mañana, menos la gustaba que ahora se llevase así como así a su hermana por ahí. Posó de mala gana los libros en el mostrador de la biblioteca mientras ella y sus nuevas amigas se iban. Matemáticas, lengua, ciencias… sabía que la costaría bastante adaptarse a esta lengua. Su ejemplo le recordaba al de María Sklodowska. Cuando llegó a Paris desde Rusia, no tenía ninguna idea del idioma, pero estaba segura de que quería estudiar. Tanto es así que fue la primera mujer que consiguió ser la primera doctora honoris causa por la universidad de la Sorbona.

 

Salió de la biblioteca en dirección al coche, cargando con todos los libros. Escaleras abajo, en dirección al tornasol. Todavía recordaba la escena de esta mañana cuando Martina había desafiado a los truenos con el sonido de su voz. Metió los libros en el coche, a punto de arrancar para volver a su casa. Mientras maniobraba, una voz le tocó la ventanilla de atrás. “¿Y ahora quién?” pensó. Se trataba de Lara, otra vez. Ya empezaba a ponerse muy pesada. Del otro lado de la ventanilla le dedicaba una sonrisa profunda, casi sincera. Detuvo el motor y bajó la ventanilla sin que se notara su indignación.

 

–         ¿Si?

–        A ver… – no sabía cómo empezar – Que creo que he estado un poco desatenta contigo. ¿No te apetece venir a echar un quinito con nosotras?

–         No. Supongo que solo estaréis tías, así que no, prefiero irme a casa. Además, si voy, mi hermana estará un poco cohibida. – Se disculpó. No sonaba convincente.

–         No… te equivocas. Ella quiere estar contigo. Te echa mucho de menos, nos lo ha dicho a mí y a mis amigas esta mañana. Por favor, ven con nosotras. Vamos a echar un quinito.

–        No voy a ir, Lara. No insistas, por favor.

 

Hubo un momento de silencio. Lara se quedó cabizbaja. Pese al permiso tácito que ella le daba para marcharse, Çakir no arrancó el coche. Esperaba a que ella le diera permiso expreso. Pero no se lo dio.

 

–        Me gustaría que vinieras. Desde lo del viernes, no estoy nada bien. Lo de Vega conmigo, luego lo del sábado. Se me acumula todo. Encima Sergio ahora pasa de mí… apenas tengo apoyo con mis amigas. No sabían que hacer el sábado cuando se enteraron de lo que había pasado. Y tu en cambio estabas tan decidido… tan dispuesto a protegerme. Me sentí muy arropada.

–         Ah… – respuesta tonta. Dudaba entre hacerla caso o seguir haciéndose el sueco y salir disparado.

–        Ven con nosotras… me gustaría que me siguieras arropando – Ahora la dudaba estaba en saber si eso era un indirecta o no. Pero tenía el gesto tan decaído y la sonrisa sincera, pero tan afligida que no puedo evitar que rozara su vena sensible.

 

Quitó las llaves del contacto y eso la sirvió para que se le dibujara una sonrisa más bonita que cualquiera que se le hubiera dibujado cuando se daba un beso con Vega. Bajó del coche y tiempo le faltó a Lara para agarrarle muy fuerte del brazo. Su hermana y las amigas de ambas las esperaban en el Koala.

Al entrar se alegró de ver que no iba a estar tan solo como se esperaba. Pizarro, el de las trenzas gemelas estaba sentado en la barra cogiendo una cerveza con su mano derecha mientras sujetaba la cintura de cierta pelirroja con la otra. Hablaban, parece ser, en una conversación bastante fluida. Por encima del hombro de Mónica se sorprendió de ver a su amigo entrando, cogido, medio arrastrado, del brazo por la amiga de su acompañante. No pudo evitar vacilarle un poco.

 

–         Eh, turco, ¿a ti también te han cazado?

–         Si, no veas…

 

Les dejaron solos para conversar. Así se juntaron todas las amigas en una mesa al fondo del bar, mientras hacían bote y cuentas para coger algunas jarras de bebida. Con el rabillo del ojo Çakir veía que su hermana no sacaba su cartera. Eso al menos le tranquilizaba, aunque le hacía dejar de prestar atención a su buen amigo.

 

–         … Y entonces me ha llamado y me ha dicho que le apetecía quedar y volver a verme. La verdad es que me estoy ilusionando mucho, y no sé si es lo que quiero. – Pero el turco seguía en la inopia, pendiente de su hermana, sin enterarse de la conversación paralela de su amiga.

–        Pues no sé, tío… – fue lo único que supo decir.

–         Yo tampoco. Pero después de lo de Martina, esto me está sirviendo para desahogarme un poco. A lo mejor es cierto eso de que un clavo saca otro clavo.

–        Bueno… siempre puedes pensar en vivir el momento. Por lo menos así te amargas menos – dijo el turco, involucrándose un poco en la conversación – Si es cierto lo que he oído esta mañana, parece ser que lleva más tiempo esperándote que Martina.

–         Sí, eso parece…

–        Eh, chicos – dijo Mónica, interrumpiendo la conversación de ambos – ¿Vais a sentaros con nosotras o tenemos que quedarnos ahí solas?

–         Vamos, vamos.

 

Se acercaron a una mesa donde, contando a Mónica, Lara y Nazli, les esperaban ocho chicas. A eso se le añadía la casualidad de que Lara le tenía reservado un hueco, justo en frente de su hermana, y otro libre para Pizarro, junto a Mónica. Çakir se resignó a su asiento, pero su hermana le dibujó una sonrisa como aquellas que se dedicaban de pequeños, por complicidad, por confianza o por cualquier pequeño detalle. Lara no le había mentido en eso, tenía ganas de quedarse con él. Çakir le devolvió la sonrisa.

–         Pienso decirle a padre – dijo amenazándola con una malévola sonrisa – que has llegado a casa arrastrándote por el suelo y echando espuma por la boca. Como si estuvieras poseída.

–        Vale… le diré que tú me indujiste. – respondió sin borrar la sonrisa

–        Haz la prueba. Padre bebe conmigo en casa algunas noches. Y no le molesta.

–        Vale… entonces yo le diré que no fue cosa del gato que se cayera y se rompiera su jarrón de porcelana china.

–        Vale. Tú ganas…

 

Se sonrieron de nuevo. Pudo más la de su hermana. Su hermano levantó las manos al aire en señal de rendición. Mientras tanto, el resto de las chicas levantadas se había vuelto a sentar, trayendo consigo unas cuantas jarras de calimotxo. El olor las delataba, y Pizarro y el turco se dieron cuenta de ello. No se trataba solo de vino con coca-cola, ya que además también llevaba licor de 43.

 

–        ¿Pensáis jugar con esto? – Preguntó el turco.

–        ¿Qué pasa? Así surte más efecto – respondió una de ellas.

–        Yo no puedo jugar – se disculpó el turco – Tengo que conducir.

–         Bueno. ¿cómo le jugamos? – Preguntó otra.

–        ¿Sabéis jugar a “yo nunca”? – Preguntó Pizarro. “Joder, que cansino” pensó el turco.

 

Lamentablemente ninguna conocía de qué iba ese juego. Pizarro las miró a todas una por una, desconcertado. Tuvo que ser Mónica quien le animara a explicarlo. No era demasiado complicado, y a base de ejemplos, el resto del grupo lo cogió a la primera. Pero fueron las compañeras de Lara y Mónica las que empezaron a jugar en serio.

 

–        Vamos a ver – dijo una de ellas, llevándose el índice al mentón, haciéndose la interesante – Yo nunca me he liado con dos tíos en la misma noche – Bebieron dos.

–        Me toca – dijo la siguiente – Yo nunca lo he hecho sin condón – Bebieron tres.

–        Yo nunca lo he hecho en la calle – bebió una.

 

Después de media hora de juego y tres jarras vacías, las chavalas tenían un ciego imponente. La única que se libraba era Nazli, que había probado aquél mejunje y había sentido tanto asco que no pudo pasar del segundo trago. La gran mayoría de los “yo nunca” eran un fuego cruzado entre todas aquellas chavalas. Y lo peor era que ya estaban sacando tantos trapos sucios las unas de las otras que ya empezaban a enfadarse de verdad, debido a la gravedad de las acusaciones vertidas las unas contra las otras. Pizarro y Çakir se miraban el uno al otro. Pizarro incluso se reía.

 

–         Yo nunca me he liado con el novio de una amiga – dijo una de ellas, mirando indiscriminadamente a otra.

–        Vale. – contestó la que bebió – Te vas a cagar.

–        Yo nunca se la he chupado a “Maikel” en la entrada de los salesianos – dijo otra. Tuvieron que beber dos. Después de hacerlo se dedicaron sendas miradas de odio.

–         Tu, de estas cosas, no hace falta que te acuerdes, hermanita. – le dijo Çakir a su hermana

–         ¿Esto es lo que hacen aquí las chicas para divertirse? Casi hubiera preferido quedarme en casa.

–        ¿Si? – dijo una de las que había bebido en la anterior ronda, en tono amenazante – Pues ¡yo nunca me he tirado a un tío teniendo la regla!

 

Aquella frase no solo afectó a la chica que tuvo que beber, sino a todos en general. Pizarro y Çakir los primeros. Cada uno de sus rostros era reflejo del otro, asqueado. Los de las chicas, salvo Nazli, que no entendía muy bien el significado de esa frase. Pero el resto de las chicas lo había entendido a las mil maravillas. Prueba de ello fue que una de ellas, a los pocos segundos, echó la raba, lo que provocó que las amigas que estaban sentadas a su lado se levantaran escandalizadas.

 

–        ¡Qué asco, tía! – dijo Mónica

–        ¿Y a él no le dio asco? – preguntó otra.

–         Se necesita ser guarra – dijo la que soltó el “yo nunca”

–        Yo no sería capaz – dijo Lara, después de una pequeña arcada. Ella también estaba a punto de vomitar.

–         Se necesita ser zorra.

 

Se necesitaron las manos de los dos hombres allí presentes para que algunas de las mujeres no se echaran las manos a los pelos y empezaran a rodar por el bar. Por suerte estaban lo suficientemente escondidos de la barra como para que nadie les viera. Ni les oyera. Por suerte bastaron las palabras de una intermediaria para que todo volviera, medianamente, a la normalidad.

 

Al cabo de unos minutos, las mujeres parecían, por fin, haberse hartado de la bebida. Ahora se dedicaban a intentar resolver todos los malentendidos que se habían producido, momentos atrás. Entre explicación y explicación, Çakir notó la vibración del móvil en su bolsillo. Néstor. Mensaje de Néstor.

 

“En diez minutos en el tuto”

 

Si había seguido sus intenciones al pie de la letra, había hablado con Martina, había obtenido las fotos que supuestamente la inculpaban, y las había localizado de la fuente principal, no le cabría al turco la menor duda de que su amigo había hecho un trabajo perfecto en tiempo record. Lo que le sorprendía era que le hubiera citado en el instituto en lugar de en su propia casa. Se disculpó con el resto diciendo que tenía que ir a hacer un recado muy importante al instituto. Se inventó la excusa del trabajo que Cristian había mencionado antes para escabullirse brevemente de la escena

 

Llegó a su instituto y se sentó en las escaleras a esperar a que llegara. No tardaría demasiado. Con las manos en los bolsillos se apoyó en la pared. Se notaba raro. Como si alguien estuviera llamando a la puerta de su casa, pero sin saber a qué puerta exactamente. Una especie de nerviosismo que tienes cuando vas a abrir un regalo de reyes pensando que es la PSP y te encuentras con dos pares de calcetines.

 

Dejó de pensar por un momento cuando Bruno, los hermanos Baraja, y Rafa se plantaron frente a las puertas del instituto. Extraña coincidencia encontrarles a todos por allí. Teniendo en cuenta la pasión que los 5 sentían por estudiar. Para el turco no le resultaba nada agradable tenerles allí a la misma hora que Néstor le había citado. ¿Casualidad?

 

–         ¿Y vosotros? ¿Qué hacéis aquí a estas horas?

–         ¿Y tú? – Preguntó Bruno.

–         He preguntado yo primero. – El turco se mostraba serio.

–         Venimos a apuntarnos al torneo de futbol sala, el que se organiza entre todos los institutos de Acoma. – dijo Rafa, sin fijarse en el gesto de Çakir.

–        ¡Este año vamos a tener un equipazo!

–        Se han apuntado Aris y David, dos jugadores de la cantera del Acoma. Yago ya cuenta con ellos. Se necesitan otros diez jugadores para completar la plantilla.

–        ¿Contaremos contigo, no? Tengo entendido que tienes una diestra imparable – dijo Rafa.

–        Bueno. Tal vez. Ya veré – dijo Çakir, sin darle mayor importancia al asunto.

 

Mientras Pelé y compañía entraban en el instituto, Néstor apareció en la lejanía de la calle. No traía su mochila habitual, sino una bandolera en la que guardaba su portátil. Çakir lo vio de inmediato. Venía con un signo de interrogación marcado con una brocha del 14 en la frente. El turco no sabía exactamente como tomarse eso después de las prisas que le había metido para estar puntual en la entrada del instituto.

 

–        ¿Qué tienes, Néstor? – dijo señalando al portátil.

–        Lo tengo todo. – dijo, sin saber si llorar o reír. – A no ser que haya confundido, que me parece que es lo más improbable, lo tengo todo.

–         ¿Qué tienes? – insistió

–        Tengo la prueba de que fueron modificadas. Y también tengo indicios de saber cuál es el ordenador desde el que se las enviaron a Martina. Está en este instituto.

–        ¿Qué dices?

–        Ven conmigo.

 

Néstor abrió camino, hacia la biblioteca del instituto, seguro de sus pasos. Allí estaban prácticamente las mismas personas que el turco había dejado cuando salió hace un rato. Las chicas que estaban haciendo un trabajo, Goyo en el mostrado, y Cristian, haciendo un trabajo, entusisasmado. Se dieron la vuelta, y atravesando dos pasillos de estanterías se plantaron en el fondo de la biblioteca, en la sección de ordenadores. Cogieron una silla más para poder sentarse ambos frente a una misma pantalla. Çakir no entendía nada en absoluto. Néstor introdujo su pen en la torre del PC.

 

–        Daniela tenía razón. Las fotos estaban trucadas. Compara – Abrió una carpeta de su dispositivo de almacenamiento extraíble, en la que se veían varias fotos. Fue pasando de una a otra. la primera que se veía era la original. La segunda, la trucada. Así hasta cinco veces. Cinco fotos que incriminaban a Martina. – Es todo un truco. Un montaje.

–         Néstor, eres un hacha.

–         Ahora viene la mala noticia.

–        ¿Cuál?

–        Según he podido comprobar con el ordenador de casa, las imágenes han sido enviadas desde este mismo ordenador. Pero no estoy seguro… – Néstor activó el buscador del ordenador, introduciendo en el los nombres de los archivos falsificados. Se encomendaba a la suerte de que quien los hubiera trucado los hubiera enviado desde el propio PC. Y curiosamente, la suerte le sonreía – ¡Lo tengo!

 

Orden de silencio desde el atril de la bibliotecaria. Reprimenda y silencio sepulcral. Tuvieron que volver a hablar en susurros.

 

–         No cabe duda, turco. Las han enviado desde aquí.

–        Quien quiera que lo hiciera es un alumno de este instituto. Son los únicos que tienen acceso a estos ordenadores… eso reduce la lista a unos… ¿600 alumnos? – dijo, desesperado.

–         Bueno, algo es algo.

–         Néstor, – dijo Çakir, tras tener una idea -¿puedes averiguar en qué fecha fueron modificadas?

–        Espera – pinchó sobre la foto y extrajo unos datos bastante interesantes – Fecha de creación, 8 de septiembre; última modificación, 22 de Diciembre.

–         ¡La champanada! – Nueva orden de silencio de la bibliotecaria. Unido a varias risas de unas chicas sentadas en unas mesas cercanas hicieron que ambos se empezaran a ruborizar un poco. – El 22 de diciembre se celebraba la champanada – La champanada era en realidad un macrobotellón que los universitarios de Acoma organizaban el último viernes lectivo de diciembre. Eso no quitaba que los alumnos de los institutos también se unieran a su celebración – Y sino mal recuerdo, ese día el instituto estaba prácticamente vacío. Estaba todo el personal allí, de litros.

–         Pues estamos igual que al principio. – dijo Néstor.

–        No del todo. Abre la carpeta que contiene las fotos.

 

Prácticamente sin rechistar, después de varios clics, la carpeta estaba abierta. Tal y como el turco había supuesto, esa carpeta no solo contenía esas imágenes, sino otros muchos archivos. La mayoría de ellos eran documentos de Word. Los títulos le eran conocidos a Çakir. Eran trabajos que había ido realizando a lo largo del curso.

 

–         Abre uno.

–         Voy.

 

Abierto no había más que mirar quien era el autor. Seguramente sería el mismo que había trucado las fotos. Empezaron por uno sencillo, acerca de las rimas de Bécquer. Firmado por Cristian Prat. Este dato produjo inevitablemente una mirada de incredulidad recíproca por parte de ambos amigos que no daban crédito.

 

–           A… abre otro, Néstor.

 

Abrió otro al instante. No fallaba. Esta vez se trataba de un trabajo sobre “La riqueza de las Naciones”, de Adam Smith. El resultado era el mismo. El documento estaba firmado por Cristian Prat. Ése y los otros doce trabajos restantes.

 

–        ¿Qué pasa, es que este mierdas no tiene ordenador en casa?

–         Se ve que no

–         Bueno, pues ya sabemos quién tiene la culpa de todo. Venga, llamemos a estos y vamos a zumbarle.

–        Espera un poco… ¿qué es esto?

 

Quedaba un archivo por ver. Pero no era ni un Word ni una imagen, sino un PDF. Un archivo escaneado. Concretamente, sus notas. Las de Cristian Prat. Unas notas envidiables, sin duda, pues nada bajaba del 7. Casualmente estaban escaneadas el mismo día de la champanada. Çakir lo recordaba bien. Las notas se entregaban el día 21, que era cuando supuestamente empezaban las vacaciones. Y digo supuestamente porque, una vez recibidas las notas, al día siguiente el instituto estaba desierto por razón del macrobotellón. Lo que le gustaría saber era por qué estaban escaneadas.

 

–        Vamos a buscarle a su casa y a partirle la boca.

–        Calma, calma… vamos a hacerlo bien. Primero vamos a llamar a Daniela para que quede con Martina y le diga que ya hemos avanzado. Mañana por la mañana ya ajustaremos cuentas con él, si es que realmente ha sido él.

–         Siempre tan precavido, turco. Tenemos estas pruebas, ¿qué más quieres?

–        Saber si no ha sufrido una trampa, igual que Martina.

–         Vamos, turco, se realista. ¿Cuánta peña de este instituto va a usar estos ordenadores el día de la champanada? Nadie. Salvo ese tío. ¿Por qué si no se iba a quedar sin ir? Porque no tiene con quien ir, porque no tiene amigos, turco.

–        Vale, vale… está ahí detrás. – dijo Çakir sin volverse. Le había visto al entrar.

–        ¿Dónde? – preguntó Néstor, mirando hacia atrás.

 

Çakir se dio la vuelta. Cristian ya no estaba en el pasillo que él esperaba. La puerta de la biblioteca se acababa de cerrar en ese instante. “Sabe que le seguimos”, pensó. Se levantó como una exhalación., recorrió toda la biblioteca y salió a la calle pensando en alcanzarle, pero no había nadie. Miró a derecha e izquierda, pero ya no había nadie. Tampoco había nada en los pasillos. Se había ido.

 

A los pocos segundos Néstor salía detrás de él. Cargado con el portátil le costaba mucho más correr. El también miraba a un lado y a otro, con el mismo resultado que el turco, que en ese momento desataba su rabia contra la pared de la entrada.

 

–        ¿Ya has cambiado de opinión? – Preguntó

–        Tiene que venir al instituto mañana. Así que no te preocupes, que mañana sabremos toda la verdad.

–         Bueno. Yo me tengo que ir, turco. Mañana por la mañana nos vemos, ¿vale?

–         Vale… yo voy a ver si averiguo algo más en el ordenador ese. Mañana nos vemos.

 

Volvió al interior del instituto dispuesto a entrar en la biblioteca y sacar alguna conclusión más convincente de la que en ese momento le rondaba la cabeza. En el momento de entrar, precisamente Goyo salía de la sala. Un encuentro accidental.

 

–         Enis…

–         Perdona, Goyo.

–        Os dejabais esto en el ordenador – le dijo entregándole un pliego de papel, doblado en cuatro partes.

 

Se lo entregó mientras se iba en dirección a la sala de estudios. Llevaba un poco de prisa al parecer. Çakir entró en la sala mientras tanto. Por suerte nadie había vuelto a ocupar su asiento en el ordenador. Le mandó un mensaje a Daniela para que se reuniera allí lo antes posible con él, explicándole que pasaba. Mientras esperaba a que el ordenador volviera a estar completamente operativo, abrió el pliego. Su sorpresa fue mayúscula.

 

Bruno le endosó un fardo de chocolate en su mochila hace unas semanas. Los Baraja recibieron una paliza de él por que estando borrachos habían dicho algo malo de él. Sergio estaba detrás de su novia. Rafa le intentó levantar el mando del grupo en varias ocasiones. Lara fue violada por él.

 

Alguien le había dejado una nota a propósito. ¿Pero quién? ¿Cristian? Era lo más probable teniendo en cuenta que era la única persona que frecuentaba con asiduidad la biblioteca. Pero eso supondría dar por sentado muchas cosas. Optó por lo más fácil. Fue al despacho de Goyo, llamó a la puerta y esperó a que éste le diera permiso, para entrar.

 

–        ¿Ocurre algo, Enis?

–        ¿Dónde has encontrado esto, Goyo?

–         El pliego – preguntó al cogerlo – Estaba junto al ordenador en el que os habéis sentado hace un momento. ¿Por qué lo preguntas? – Preguntó extendiéndolo. Fue su respuesta

–        ¿Qué te parece? – lo leyó pausadamente.

–         Que alguien intenta culparles, sin duda. ¿Pero quien?

–         No lo sé… pero me ha parecido oportuno que lo sepas.

–         Está bien. Llamaré a la policía, por si acaso. – dijo Goyo.

 

No le harían ningún caso. Çakir lo tenía claro. Para que le hicieran caso tendrían que ser unos indicios bastante más fundados, y no había ninguno interesante en aquella lista. Todos sonaban a un ajuste de cuentas, pero si se confirmaba la coartada de todos ellos, quería decir que el asesino auténtico quería cargarles el muerto. Por otra parte, si hubiera sido alguno de ellos, lo más probable es que esta mañana alguno hubiera intentado destruir la coartada del otro. La otra opción pasaba por que el asesino hubiera delatado su móvil, arrojando la sombra de la sospecha sobre los demás. Sería un riesgo tonto

 

Mientras discurría todo esto, sentado en la escalera de la entrada, Daniela apareció por fin en escena. Estaba muy guapa, como siempre.

 

–         Tenías razón. Las han trucado. Y ha sido alguien de este instituto. Pero todavía no sabemos quién.

–        ¿No ha sido Tova entonces?

–        No… ni por asomo. No es alumno de este instituto. Y sinceramente, no sé si conoce a algún alumno.

–        Joder… – dijo Daniela, lamentándose – Estamos igual que al principio.

–         No del todo. Creemos que ha podido ser un alumno de este instituto, un marginado que se pasa el día encerrado en la biblioteca. Mañana hablaré con él e intentaré averiguar por qué lo ha hecho.

–        Vale. – dijo ella, muy contenta. – Seguro que Martina se pone muy contenta de saberlo.

–        No cantemos victoria aún, ¿vale? De momento no la digas nada. Mañana en cuanto pille al chaval, hablo con él y te mando un mensaje con lo que sea.

–         Vale. Venga, vamos a tomar algo.

 

Cogidos de la mano y con una incierta satisfacción de haber hecho las cosas bien, comenzaron a caminar hacia el Tornasol, el mismo bar en el que aquella mañana habían sido testigos de la disputa entre Martina y Pizarro. Pero su paseo no duró mucho. Al doblar la esquina, cuando solo les faltaba bajar las escaleras de la plaza, en retaguardia, como no podía ser menos, aparecían Lara y Nazli. Y su hermana, precisamente, no parecía demasiado contenta que dijéramos

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