El corazón de Jenízaro por Gelo Fernández

Capitulo I. Un invierno que no acaba

La mañana del diez de enero es una de las menos deseadas por los adolescentes a lo largo del año. Supone volver a levantarse para ir al instituto, después de las vacaciones de navidad. Uno de los días que más cuesta salir del sobre, volver a la realidad, y pensar que uno tiene que volver a sus obligaciones diarias, aunque sea a regañadientes y con toda la mala uva que puede almacenar su cuerpo. A las siete y media de la mañana los pequeños martillos golpeaban con celeridad y claridad las campanas del despertador de Çakir, de manera menos grotesca que si lo hicieran contra su propia cabeza. Miró al despertador maldiciendo la hora en que a Galileo se le ocurrió pensar que el tiempo se podía medir, lo apagó de un fuerte golpe, y se levantó en dirección al cuarto de baño. Cansado como lo estaba, se lavó la cara al tiempo que conectaba la ducha. Volvió a su cuarto mientras dejaba fluir el agua caliente, buscando la ropa que se pondría tras la ducha. Volvió al cuarto de baño, obviando los gritos de Halil, que le avisaba de que el desayuno ya estaba listo. Atrás quedaban los días de desayunar a las once de la mañana tranquilamente, en compañía de su novia. El agua calentita le suavizó los ánimos, pensando que el primer día tampoco haría tanto daño. Después de todo, era un miércoles, en pleno ecuador de la semana. Pronto llegaría el viernes, y con ello un nuevo fin de semana, la mejor parte. Pensaba que Dios, cuando creó la semana, dejaba lo mejor para el final. Se secó como pudo, lo más rápido posible, se vistió bien abrigado, colocó los libros en su maleta y bajó corriendo por la escalera principal de su casa a la cocina. Allí ya estaba Halil, indicándole a Nuray que el agua de su té ya estaba en su punto. Se sentó en su sitio habitual en la mesa, se untó varias tostadas con mermelada de naranja y se las comió antes de darle varios sorbos a su cola cao, que aun seguía caliente. Con el tiempo pegado a su espalda, corrió al cuarto de baño a cepillarse los dientes, pensando que con cada escalón que pisaba más se acercaba a su instituto. Se distrajo unos minutos con el vaivén del cepillo, hasta que Halil le recordó desde la cocina, con su potente voz, que iba a llegar tarde. Pasando por completo de bajar al instituto andando, por tardar demasiado, o en coche, por razones de aparcamiento, optó por coger su moto. Abrió el garaje automáticamente y bajó al centro tras colocarse el casco.

Al llegar al Kostka, vio que en frente no tenía apenas espacio para dejar la moto, así que tuvo que circular un poco más, dejando atrás el instituto, para poder aparcar en la bajada, junto a las otras motos. No había muchos espacios libres, pero consiguió aparcarla sin mayores dificultades. Guardó su casco debajo del asiento y caminó hacia la entrada. Salva ya estaba llegando en el mismo momento que Çakir, mientras que Ulises y Pizarro esperaban sentados en las escaleras de la entrada. El gesto de sus rostros iba acorde con el tiempo gris techado por el cielo todavía oscuro a tan temprana hora de la mañana. Caras de cansancio desganadas. Antes de que pudiera sonar el timbre, ya entraban adentro, muertos de frío, abriéndose paso como buenamente podían por los pasillos, buscando las clases que les tocaban.

–       Cada vez tengo la impresión de que duermo menos. Las noches se me hacen cortísimas. – Se quejaba Pizarro.

–       Eso es porque las disfrutas bien, cabronazo. – se reía Ulises. – Mejor eso que pasar las noches en vela.

–       Lo peor es la primera semana, tíos – dijo Çakir, apoyándose junto a uno de los radiadores. – Luego nos habituamos.

–       Ya… luego os veo, que ahora me toca física. Venga.

–       Luego nos vemos.

Únicamente quedaron en aquel pasillo, junto a los radiadores, Çakir y Pizarro, mientras los demás cambiaban de piso o de aula. Ellos se quedaron comentando la cara de sueño que todavía traía el otro, pensando que dentro de poco tenían clase de lengua, y que más les valdría tener la mente despierta si es que querían tomar apuntes como es debido. A esas horas no había ninguna ni ninguna intención de ponerse al ajo. Aún faltaban cinco minutos para que llegara Solano y comenzara a explicar las subordinadas de relativo. Mientras tanto en el pasillo se juntaban sus compañeros, casi todos comentando lo mismo que ellos, a cerca de las muchas ganas que tenían de comenzar la clase. No eran más de 20 en el bachiller de sociales. Entre ellos, casi en una esquina, casi escondido del mundo, intentando dejar la menor huella de que estaba allí, estaba Cristian, un muchacho casi más bajo de lo normal para su edad. Se mantenía erguido cabizbajo, con la carpeta bien sujeta con ambas manos, a modo de escudo protector. En las clases, había demostrado más de una vez que no tenía vida social, y si la tenía, tenían bien claro que jamás la hubieran cambiado por la de ese chico. Era el clásico ejemplo de lo que los kíes denominaban un triste. Sin novia, ni sentido del ridículo, ni forma de defenderse, y sin grupo de amigos. Para Çakir y Pizarro el sentido de la amistad tenía unos postulados muy bien cimentados, y tenían claro que ser expulsado de un grupo, y volver al día siguiente con una carta de perdón no era tener amigos. Tampoco lo era el ser humillado por ellos siete veces por hora. Y lo peor, que si en un grupo de amigos no había conversación, la regla era insultarle. Con amigos así estaba claro que no necesitaba enemigos. Entiéndase por enemigos cualquier persona que se aprovechara de estas circunstancias para burlarse de ese chaval, o para pegarle una colleja sin respuesta. Durante el tiempo que se encontraba en el instituto, prácticamente se encontraba desprotegido. Sin amigos era difícil defenderse. Por si mismo, estaba claro que tampoco. Y los profesores ni si quiera se molestaban en defenderle. Ese no era su trabajo. Lo máximo que podrían hacer sería poner algún parte de amonestación, y a veces ni eso.

Con el comienzo de las clases, todos entraron en la clase, siguiendo a su profesor, Solano, un hombre corpulento, bastante rollizo, y con unas buenas entradas que denotaban su edad a la legua. Mientras el posaba su carpeta en su mesa, Çakir y Pizarro se sentaron juntos, en su sitio habitual, junto a una de las ventanas. Cristian en cambio se sentó en una mesa solo, junto a la puerta, lo más rápido que pudo. Se sentó y comenzó a sacar sus cosas, al tiempo que otro chaval entraba en el aula, cogido de la mano de una chavala, tirándose la kiada, mirando al profesor con cara de que no importaba que hubiera llegado tarde. Se trataba de Vega, el típico kie que nada más aparece en clase para pasar el rato. Estaba allí con la excusa de que intentaba sacarse el bachiller, aunque arrastraba siete del año pasado, por no ponerse a trabajar. Le salía mucho mejor la estrategia de intentar estudiar siendo un mantenido. Con él entraba su novia, Lara, una chica rubia, con los ojos azules. Si no fuera por el nombre, cualquiera pensaría que era extranjera, pecosa, y con la cara de niña buena. Más de una vez se habían preguntado Pizarro y el turco, durante todo el curso que diablos hacía ella con él, pues mezclar sus caras parecía intentar unir sal y azúcar. Solano no pudo evitar contrariar su gesto con una pequeña regañina.

–        ¿No llega un poco tarde, Rodríguez?

–        Joder, Solano… el primer día, ya se sabe… se me pegaron las sabanas… – se disculpaba sin perder el “buen humor”

–        ¿Qué pasa? – Preguntó Pizarro – ¿Es que duermes con sábanas de velcro?

Todos los que estaban allí presentes, incluso el profesor, comenzaron a reírse. Incluso Lara, y también Cristian, pero disimuladamente. Vega solo se reía forzado, haciendo muecas de indignación a quienes se reían de él. Mientras Solano comenzaba a escribir en la pizarra algo acerca de los sujetos y predicados, pasó por delante del pupitre de Cristian, y mientras él sacaba algo de su estuche, Vega cogió su estuche de las gafas, disimuladamente, de mala gana, y se sentó junto a su novia, posando la maleta encima de la mesa, en las dos mesas que había frente a los dos amigos. Cristian no tuvo tiempo de reaccionar, y por proseguir la clase, no levantó la voz para que se le devolvieran, viendo como el bromista se sentaba en su silla, apoyándose en la pared. Cristian le hacía señales para que se lo devolviera, pero Vega se hacía el sueco. A los pocos segundos, sacaba el estuche del bolsillo de su spyder donde le había guardado, y comenzaba a mostrárselo riéndose de él, incitándole a que fuera a recuperarlo. Pero Cristian no se movió. En uno de esos momentos en que Vega se lo pasaba de una mano a la otra, burlándose del triste, Çakir alargó su brazo, alcanzando el estuche de Cristian, y por un momento, ambos chavales lo tuvieron bien sujeto, pero la fuerza de Çakir, superior a la del otro, le permitió recuperarlo, ante la atenta mirada de Cristian, que se alegraba bastante. Çakir y Vega se miraron durante unos segundos, con las miradas desafiantes. Çakir dedicó una mirada de restar preocupación al dueño del estuche, mientras se lo daba a Pizarro para que se lo devolviera a Cristian. Se lo lanzó con una trayectoria en forma de globo, con mala fortuna de que se cayó al suelo antes de que Cristian pudiera agarrarlo. “Dedos de mantequilla”, pensaba Pizarro, mientras Cristian se agachaba para poder recogerlo. Solano se dio la vuelta brevemente.

 

–        A ver… ¡Quiero silencio! – Dijo sin alterarse.

 

Mientras tanto, Çakir y Vega seguían mirándose. Vega se reía falsamente del gesto del turco, mientras que Lara le miraba de reojo, escribiendo todo lo que Solano explicaba en el encerado.

 

–       ¿Te pasa algo, turco? – Le preguntó Vega.

–       ¿Por qué no te metes con alguien que sepa defenderse?

–        Eh, tranquilízate, ¿vale? – dijo sin intentar perder el buen humor, como si tuviera al turco por uno de los suyos – Tan solo nos estábamos divirtiendo.

–       No veo que Cristian se ría – contestó tajante.

–       No tengo la culpa de que no sepa defenderse.

 

Ahí tenía razón Vega. No tenía la culpa de no saber defenderse. Por eso era la víctima más fácil. Por eso se convertía en el centro de todos los insultos y vejaciones. Sin embargo, los auténticos kíes necesitaban una buena escusa para pelearse entre ellos. Una causa grave. A veces no faltaba un “¡Qué miras!”. Y si bastaba, la pelea no siempre llegaba a producirse. Era como una especie de cacería, en la que uno va armado con rifles y repetidoras para ir a cazar ovejas. Y parecía que todos quisieran cazar a la misma oveja, repetidas veces. En cambio, cuando los cazadores se volvían unos contra otros, parecían guardar sus armas. Solo los que mejor los tenían puestos se atrevían a utilizarlas.

 

Antes del recreo la hora de tutoría era sagrada. Casi siempre significaba prolongar bastante más el recreo, antes de que empezara. María del Mar, su tutora, siempre solía ponerles una película de la que deberían sacar un mensaje, o les ponía música para relajarse mientras les contaba un cuento. Era una profesora poco entrada en años, pelirroja, y bastante graciosa. Siempre se las arreglaba para poner orden cuando estaban exaltados, o cuando alguno de los chulitos la contestaba. Solía llamarles “pocholines”, provocando las risas entre el resto de sus compañeros. Cuando María del Mar entró en clase, la mayoría de los alumnos la llevaron sus notas firmadas hasta su mesa. Çakir las llevaba orgulloso, pensando que era una premonición de que el curso acabaría muy bien. De momento, no iba mal. También Pizarro estaba contento con su notas, limpias e impolutas. Una de sus compañeras, Lara, no podía decir lo mismo. En su lugar, ella había dejado todas las asignaturas pendientes. Muchos 4 y muchos 3 decoraban su historial del primer trimestre, y aún así ella no parecía en absoluto preocupada por ello. Cuando las dejó sobre la mesa de María del Mar, se dio la vuelta y se dirigió hacia su pupitre, pero la tutora la detuvo.

 

–       Espero que hayas aprendido algo de este batacazo.

–       Si, María – dijo Lara.

–        De todas formas… quiero que tus padres vengan a hablar conmigo en cuanto puedan – la dijo, guardando las notas en su maletín.

–       ¿Mis padres? – Preguntó ella, sorprendida.

–        Si, tus padres… no han venido en el primer trimestre… creo que debería hablar con ellos antes de que acabara este.

–        Bueno… pero no sé si podrán, sabes… los dos trabajan de mañana. – la contestó, nerviosa.

–        No te preocupes, cariño – la contestó. – Con que pueda venir uno de ellos es suficiente.

 

El resto del día se hizo bastante lento antes de poder acabar las clases. Tan solo el recreo amenizó el cansancio que arrastraba el resto del grupo. Néstor no había acudido a clase ese día. Al parecer, una fuerte gripe le había impedido levantarse de la cama desde el lunes. Tenía para rato, y estaba claro que no era cuentitis, pues no era propio de él. Aunque conociéndole como le conocían, se habría levantado a las once de la mañana para viciarse en el ordenador con algún juego nuevo. Fijo. Pero si para uno pasó rápido el tiempo del recreo, ese era Pizarro. La presencia de Martina, acompañada por Estela desde el Santa Clara le hacía sentir que el tiempo pasaba aún más rápido que sus noches. Sobre todo si apoyado como estaba en la pared, ella le arrinconaba para disfrutar de su boca con su boca, y viceversa. Así que Estela pasaba de estar de aguanta velas, acercándose a los amigos de Yuri.

 

–        ¿Cómo lo llevas, Estela?

–       Lo llevo. Tengo un sueño… – decía estirándose.

–        Bienvenida al club. – le decía Ulises. – Alguno que otro ha pasado mala noche. – decía refiriéndose a Pizarro.

–        Sí, todos menos Yuri y Néstor. – dijo Salva. – Ese sí que no tiene que preocuparse de madrugar. Ni él ni Iván. Esos sí que tienen suerte de no tener que madrugar.

–        Ya… pero Yuri tiene una carrera que sacarse. Eso le quita tiempo por las noches.

–        Si… y además, a Iván le pagan por ello. – Dijo Pizarro, despegándose momentáneamente de Martina.

–        Tú cállate y estate a lo que tienes que estar, ¿quieres? – le dijo Martina, al oído, dándole un beso en la mejilla. – ¡Que luego no tenemos tiempo! – Se reía.

–        Vale, vale… – dijo Pizarro, volviendo a estar a lo que tenía que estar.

–       ¿Y Daniela, Çakir? – Preguntó Estela. – ¿Ella no se queja?

–       Si. Solo que se queja por partida doble.

–       ¿Y eso? – Preguntó.

–       También se queja de que tiene por novio a un perezoso. Si es que si no fuera por ella, este estaría ahora con siete del primer trimestre a la espalda. – Dijo Salva, mientras le despeinaba de mala manera.

–        Jaja… ¡Cuando te saques el graduado me avisas!

 

Los golpes bajos entre los compañeros del grupo eran puños que no dolían. Además, a veces se convertían en buenos estimulantes. Así recordaban como era posible que Çakir tuviera carnet de conducir, sabiendo las trabas que su vagancia le ponía en el día a día. Le bastaron dos intentos, uno por cada examen, y así consiguió su tarjeta que le acreditaba para conducir su coche, y de paso, su moto. Pero claro, para andar, primero había que gatear.

 

A las once y media, cada mochuelo volvió a su olivo. Las chicas al Santa Clara, y Çakir y los demás dentro del Kostka, a refugiarse del frío. Y a que Pizarro se le pasara el calentón. Ahora las horas se le harían largas como un día sin pan. Largas como sus trenzas, donde la más larga estaba ya cerca de pasar la parte donde la espalda pierde su casto nombre. A la otra poco le faltaba. A las dos y media el día de trabajo tocaba su fin. El timbre les daba permiso para recoger sus bolígrafos, cuadernos y libros de la mesa y poder irse cada uno a su casa, aun dejando con la palabra en la boca a alguno de los profesores, sin acabar de dar la lección diaria. Casi en la entrada, esperaron a que aparecieran Salva y Ulises, comentando que si no había plan para por la noche, podrían quedar y hacer algo. Entre la multitud que salía y empujaba, la mejor opción era la de esperar en las escaleras, como de costumbre. A los dos minutos, ya estaban los cuatro amigos juntos. Y por suerte, no había nada que hacer esa tarde. Así que a las seis les parecía una buena hora para verse las caras en el centro y aprovechar la pista de patinaje, recién instalada en la Porticada. Mientras acababan de bajar las escaleras, vieron como un numeroso grupo de chavales bajaba la cuesta, en dirección a la calle San José, donde por la mañana Çakir había aparcado su moto. Parecía evidente que algo importante, o al menos, digno de atención, estaba pasando. La palabra que más se pronunciaba entre la multitud era la de movida. Movida. Movida. Mal asunto. Los cuatro amigos bajaron intrigados, hasta donde Çakir había aparcado su moto. Y como no, Vega estaba implicado en el asunto. Y Cristian también. Parecía ser que Cristian había ido a sacar su moto, aparcada en una de las plazas laterales. Junto a ella, casualidad o no, también estaba aparcada la moto de Cristian, pero mal aparcada, o al menos eso era lo que parecía que Vega le gritaba al triste. Parecía que esa era la razón por la que al intentar sacar su moto, una Kawasaki eliminator de 125, había tirado “sin querer” la de Cristian, una derbi de 1982, que todos se preguntaban cómo era posible que eso caminara. Más aún, como era posible que pudiera con Cristian. La cuestión era que al caer la derbi, se había roto uno de los espejos retrovisores. Con toda razón, Cristian le había echado la culpa a Vega, y este se había defendido diciendo que aprendiera a aparcar su moto y eso no pasaría. Era la guinda del pastel para acabar bien una mañana sin demasiados sobresaltos.

 

–       Pero es que le has roto el retrovisor. Me lo tienes que pagar. – gimoteaba Cristian

–        ¡Si la hubieras aparcado bien, no te pasarían estas cosas, subnormal!

–       Pero si la he aparcado bien – se justificaba Cristian.

–        ¡Mira, niño! ¡¡NO me toques los cojones, que no tienes puta idea de aparcar!! ¡Esa mierda tendría que estar en un contenedor, no ocupando una plaza!

 

Mientras discutían, Çakir y Pizarro se abrían paso para ver mejor la situación. De paso, procurar que no hubiera empujones, y con ellos, ningún estropicio en su moto. Aunque su mirada iba centrada principalmente en su moto, Çakir no descartaba actuar si la cosa se ponía fea para Cristian. Bastante se estaban burlando ya de él en todos los sentidos de la palabra. Las contestaciones de Cristian daban vergüenza ajena. Ni el mismo parecía creerse lo que les decía.

 

–       Me la vas a pagar. Quieras que no me la vas a pagar, capullo. – Definitivamente, no se lo creía.

–        Me puedes comer la polla, niño. – le contestaba Vega. – Que seguro que te gusta, mariconazo.

–       Te voy a coger la matrícula. – dijo moviéndose de su posición, hacia el culo de la moto.

–       Mira, te cuento tres para que te vayas a tu casa, o te rompo yo mismo el otro retrovisor. ¿Me entiendes? – dijo empujándole. La mala fortuna hizo que tropezara con uno de los pivotes de las aceras, los que impiden que ningún coche se suba a ellas, y cayó de bruces junto al suelo. – Vámonos, chicos. – dijo al sacar su casco de la moto, y comenzar a sacarla. Çakir se acercó.

–        ¿Te importa? – Çakir podía sacar su moto con más facilidad que Vega, pero él se pensaba que le echaría algo en cara. La provocación de Çakir funcionó.

–       ¿Y a ti que te pasa? – le dijo sin reducir la kiada.

–       ¡A mí no me grites, subnormal! – dijo Çakir, igualando la kiada, dejando caer su mochila al suelo – ¡Que todavía vas a llevar tu más ostias que el retrovisor ese!

–       ¡No te columpies, turco! – le dijo encarándole, con las narices de ambos casi rozándose, de no ser por que Çakir era ligeramente más alto que Vega. – ¡Que no tengo nada en contra de ti!

–        ¡Pues mira… no me grites! ¡Y así yo no tendré nada en contra de ti tampoco!

 

Çakir sacó su moto, dejando con la palabra en la boca a Vega. Sacó dos cascos, pasándole uno de ellos a Pizarro, la runfó bien, y salió sin perder de vista a Vega, que parecía que tenía cierta prisa por irse. No tenía ya hermosas palabras que dedicarle a Cristian, que se había levantado como buenamente había podido. Guardó el retrovisor en la maleta, como buenamente pudo, y se fue a su casa. Pizarro y Çakir tenían el presentimiento, conociendo la personalidad de un triste, de lo que pasaría al llegar a casa. Seguramente diría que se le había caído a él, o algo parecido. Cualquier cosa antes que volver a tener una movida. Pero eso, de momento, no era asunto suyo. Habían hecho suficiente cortando la humillación del chaval.

 

–           A las seis te veo en la porticada, ¿no?

–           Allí estaré, turco. Habrá que darse un garbeo.

 

Çakir volvió a runfar su moto, dio la vuelta para bajar hacia el Castro verde, y se fue a su casa, por la vía tradicional. La más rápida. Guardó la moto en el garaje, prestando atención a que nada la rayara, ni nada parecido, y así guardó también el casco. Su casco, por lo menos, le cubría la cabeza entera, no como el calimero de Vega. Entró en el salón de casa, buscando encontrar a Halil con su saludo. No andaba demasiado lejos el fiel criado, sentado ya a la mesa, esperando a Çakir. Se sentaron juntos y compartieron una buena mesa, suculenta, como a Halil más le gustaba. Y de postre, como no podía ser menos, una taza de té.

 

–        Efendi. Ha llamado antes su padre. Ha dicho que tiene preparado una sorpresa para usted.

–        ¿Padre ha llamado? ¿Y dice que trae una sorpresa? – Se sorprendió Çakir. – Pero si nunca llama antes de llegar.

–       Ha dicho que tendría preparada una sorpresa. En ningún caso dijo que fuera él quien la trajera.

–        Bffff… conociendo las sorpresas de mi padre, podremos esperarnos cualquier cosa.

–        Si… me temo que sí, efendi.

 

Çakir subió las escaleras hacia su habitación. Se tumbó directamente en la cama, con la intención de dormir las horas que no podía haber dormido por la mañana. Ni si quiera se quitó la ropa ni deshizo la cama para meterse en ella. Podía más su sueño que sus ganas de hacer bien las cosas. A las cuatro de la tarde el cielo seguía estando tan gris como esa mañana. Cada dos por tres caían cuatro gotas, y a las cinco de la tarde, el principio de una tormenta despertó a Çakir de su sueño. Se estiró en mitad de su cama antes de mirar por la ventana, a ver que si realmente podrían aprovechar la pista de patinaje. Con un temporal, la pista, descubierta, estaría impracticable. Las caídas y los golpes, seguramente, acabarían por multiplicarse. Pero nadie daba señales de que ese fuera un mal plan. Nadie llamaba para quejarse de ello, y ya era raro que ninguno de sus amigos lo hiciera. Se levantó de la cama y miró por la ventana preguntándose si salir o no salir. El tiempo en absoluto le animaba. A pesar de todo, una cosa si parecía estar clara. El mar que se veía desde su casa, el mar que baña las playas de Peligros, Bikinis y la Magdalena estaba tranquilo. El mar, a pesar de la tormenta que se avecinaba, permanecía tranquilo. El mar que entraba en Acoma siempre permanecía tranquilo, a diferencia de lo que ocurría con las playas del Sardinero, al otro lado del parque de la Magdalena, donde realmente había olas. El mar en esta ocasión describía dos estados simultáneos, dependiendo de por donde se le mirara. Dentro de la bahía, tranquilo. Fuera, embravecido.

 

A las cinco y media, y sin dar oportunidad a que su teléfono sonara, decidió cogerlo y utilizarlo. Llamaría a Daniela. No la había visto en lo que llevaban de año. Se había ido de vacaciones con su madre y el novio a Madrid el día antes de noche vieja, y ya llevaba diez días sin tenerla cerca de él. Para él ya era demasiado. Aunque no faltaba cada noche una decena de mensajes en sus respectivos móviles, eso no suplía las noches de no dormir ni las tardes que pasaban juntos. Çakir llevaba echándola de menos desde el primer día. Pero ese día de lluvia era peor la situación. Mirando al mar parecía que era el cielo quien lloraba por él mientras marcaba.

 

–       ¿Daniela? – Preguntó.

–        Hola, cariño.

–        ¿Qué tal todo?

–       Bien, bien… ¿Qué te pasa? – Le preguntó Daniela, sospechando algo en su voz melancólica.

–       ¿Eh? No, nada. – contestó Çakir, intentando fingir una sonrisa estúpida. Aunque no sabía muy bien a quien debía de ir dirigida.

–       ¿Qué te pasa, tontín? – Preguntó Daniela.

–       Que te echo de menos – respondió el turco, tras un breve silencio. – Te echo mucho de menos. ¿Cuándo vuelves?

–        ¡Jo! Eres monísimo, ¿lo sabías?

–       ¿Cuándo vuelves? – insistió el sin necesidad de forzar su alegría en la voz.

–       Pronto. Muy pronto, tontín. Antes del sábado por la noche estaré contigo otra vez. Antes del sábado, que Madrid no me llama nada la atención. ¿Vale, tontín?

–        Vale…

–       No te preocupes, cariño. Yo también te echo mucho de menos… cada día más. –Esa era una de las frases que a Çakir más falta le hacía escuchar. – El cielo de Madrid es gris todos los días

–        Aquí no hace falta que te diga como está. Llueve.

–       Escucha. Cuando vuelva a Acoma te llamo para que me vayas a buscar, ¿vale?

–        ¿Vuelves tu sola o qué?

–       Mi madre, que quiere aprovechar el fin de semana. Ya sabes. Cosas de novios.

–       Ya… cosas de novios. – disimulaba Çakir, como si no tuviera la más triste idea de a qué se refería.

–        Así que ya te llamaré. Que te tengo preparada una sorpresa. Espero que te guste.

–        Si viene de ti, seguro. Espero que no me pilles en horario escolar. – Dijo Çakir, poniéndose serio. – Que a ver si ahora que me he vuelto responsable, me vas a llevar por la mala vida.

–        ¡Qué simpático! Tu estate pendiente. No quiero tener que esperarte. – Se quejaba – Que ya llevo mucho tiempo sin ti.

 

Colgó el teléfono bastante más animado. Ya no le importaba que lloviera o no lloviera. Saldría a pasar el rato con sus amigos. El tiempo pasaría más rápido si se divertía con sus amigos que si se quedaba en casa plantando cara a unos libros que no tenía, en esos días, la más mínima intención de leer. No sin que se lo hubieran mandado desde su instituto. Así que a las cinco y media, después de arreglarse un poco y ponerse ropa de invierno. Un buen abrigo encapuchado, aunque lo más seguro era que no usara para nada la capucha si llovía. Le bastaría el casco de la moto. Un nuevo trueno iluminó de fondo Somo y Pedreña. Hora de irse.

 

Al aparcar donde lo había hecho esa mañana, esta vez con bastante dificultades menos, pues estaba bastante más vacía, bajó las escaleras de la calle san José, y a pocos metros estaba ya dentro de los pasillos arqueados de la plaza porticada. No es que a esa hora estuviera muy concurrida por la lluvia, pero los pasillos si, pues nadie quería mojarse. En una de las esquinas, próxima a la estatua de Velarde, se encontraban Pizarro, Iván, Ulises y Salva. Se notaba bastante que Iván hacia bastante poco que había dejado las prácticas, pues estaba sentado en el suelo, soñoliento. Quedar a esa hora le había robado su hora de la siesta. Mejor dicho, sus horas de la siesta. Salva le plantaba el pie cerca de la cara, intentando que reaccionara y saliera así de su letargo, mientras los demás se reían.

 

–       Despierta, coño… ya dormirás cuando llegues a casa.

–        Déjame, tu. – decía Iván desganado. – Como me levante…

–       Si te levantas, oiremos algo chirriar fijo.

–        Déjale anda… – decía Pizarro. – Despertarás al gigante que lleva dentro.

–        ¡Si, a Hulk, no te jode…! – Dijo Salva en contestación.

–        Joder, ¿te imaginas? – Dijo Ulises – ¡Iván furioso! ¡Iván destruye!

 

La conversación se vio interrumpida por una nueva señal de tormenta en el cielo. Un rugido sonoro del cielo. Dentro de poco comenzaría a anochecer, como se veía en las farolas que comenzaban a encenderse sin que aún se hubiera despedido el sol, oculto tras las nubes. A esa hora la pista de patinaje estaba vacía y encharcada. No parecía que hubiera nadie del servicio trabajando en ella. Y quedarse allí sin hacer nada no era la idea que más les llamaba la atención. Propusieron ir a echar un billar y eso fue lo que decidieron. Iván no tardó en levantarse, ayudado por Ulises, que con el impulso, casi acaba en el suelo, con Iván sirviéndole de manta. Dieron un pequeño rodeo hasta llegar al koala, un local bastante tranquilo. Entraron en fila india y en fila india saludaron a la camarera. Pidieron que por favor encendiera la sala del billar, y que les pusiera cinco rubias. Mientras Salva, Iván y Pizarro se iban acomodando, escogiendo palo, Ulises y Çakir se quedaron en la barra esperando para pagar las cervezas. Mientras la camarera se las servía y las quitaba la tapa, se escuchaba como después de introducir la moneda en la ranura, las bolas de falso marfil bajaban apelotonadas por la rampa para ser colocadas. Cogieron cada uno dos cervezas y marcharon hacia la sala apartada. Salva y Pizarro ya estaban afilando sus palos, preparándolos. En el breve recorrido de un lado al otro del bar, vieron que no estaba demasiado lleno. Más o menos lo de costumbre allí. Una muchacha con un biofrutas pacífico, sentada acaparando una mesa entera, con apuntes desperdigados sobre ella de mala manera, intentando ordenarlos en vano; tres amigas, kiosas a la vista, con una jarra de calimotxo para las tres; y una extraña pareja conocida. Allí estaba también Lara, la compañera de clase de Çakir, pero no con Vega, sino con Cristian. Con las mochilas apoyadas en las patas de la mesa, sentados codo con codo, con los papeles un poco más ordenados que la otra chica del bar, y con un par de coca colas sobre la mesa. Y solo hablaba Cristian, apuntado con su lápiz tanto al libro de economía como a sus apuntes, al tiempo que no dejaba de hacer retoques en uno de los ejercicios. Le temblaba la mano bastante, y no era porque fuera un local frío. Estaba claro que no estaba muy acostumbrado a tratar con personas de distinto género. Le ponían bastante nervioso. Al pasar frente a ellos, ambos le saludaron. Çakir no pudo evitar detenerse un poco, mientras sus amigos estaban a lo suyo, y hacían los equipos por su cuenta.

 

–        ¿Te hiciste daño esta mañana? – Preguntó.

–        Un poco… pero no pasa nada.

–        Tendrías que habérsela tirado tú. La culpa no era tuya. ¡Tienes que revolverte, tío!

–        Lo intento, pero…

–       Lo que tienes que hacer es pasar de ellos. – dijo Lara. – Lo único que buscan es llamar la atención. Si te dicen algo, pasa de ellos.

–        No creo que pasando de ellos, le hubieran devuelto lo de las gafas así como así. – dijo Çakir, intentando convencer a Lara de que se equivocaba – Si les perdonas una, les animas a cometer muchas más.

–       Es igual, Çakir. – Dijo Cristian, intentando ignorar el tema, y seguir con sus explicaciones – Venga, que todavía no acabamos con esto. – De fondo simultáneamente, los amigos de Çakir le reclamaban.

–       Bueno… suerte con… con lo que sea – dijo Çakir, intentando averiguar que estaba intentando aprender Lara de Cristian. – Venga – dijo dándole una palmada en el hombro al chico.

–        ¿Y para mí no hay nada? – dijo Lara.

 

A simple vista era un gesto muy feo por parte de Çakir haberse despedido solo de uno de ellos. Lara se lo recordó poniendo y luciendo su cara de cría pequeña. No parecía que tuviera realmente dieciséis años, pues parecía que estuviera enclaustrada en un cuerpo de una niña de trece años. Todo su cuerpo así lo recordaba. Çakir, no pudiendo obviar esa inocente petición, se inclinó un poco y la dio dos besos. Cristian parecía disgustarse un poco ante la situación, pero no dijo nada al respecto. Los besos de Lara iban dirigidos muy cerca de la boca de Çakir.

 

El turco ahora se despidió más tranquilo y se fue hacia sus amigos, deseoso de coger su palo y darles una paliza a todos los ahí presentes. Pero la partida ya había comenzado, y las bolas ya estaban repartidas por todos los lados de la mesa, con la sombra de la negra acechando demasiado cerca de un agujero de en medio. Cualquier mínimo rebote la acercaría al agujero. Mientras elegía un palo, Ulises se acercó a Çakir, ligeramente intrigado.

 

–       No me digas que la Lara está con ese pringado.

 

Çakir le lanzó una mirada de “no sigas por ahí”. Bastante tenía ya el pobre chaval con que se lo llamaran sus propios amigos. No era algo que le gustase.

 

–        La está ayudando a estudiar. – Contestó Çakir. – O al menos, desde hace unas semanas. Antes ella pasaba de él. Es un triste, Ulises.

–       Ya te iba a decir yo… – dijo Ulises. – ¿No os habéis fijado nunca o qué? – Preguntó dirigiéndose a sus amigos.

–        ¿En qué? – Preguntó Iván, apuntando a la blanca con saña

–       Joder… es que hay cada feo con cada pivón… – contestó Ulises, después de reflexionar.

–        Sin ir más lejos, Çakir está con Daniela. – Dijo Pizarro.

–        Pues no sé que hace entonces Martina contigo…

 

Como de costumbre, volvieron a reírse todos menos Pizarro. Él en cambio, tras elegir su palo, a punto estuvo de estampanarselo en la cabeza, pero en el último momento se detuvo en seco, sonrió y desistió de su acción. A medida que la partida tocaba a su fin, Salva, con más ganas de fiesta que otra cosa, propuso un plan pensando ya en el sábado. Tenía muy claro cuál sería su plan.

 

–       Eh, tíos… ¿Por qué no bajamos este sábado a torre?

–       No se… tal vez, porque no cabemos en el coche – Preguntó sarcástico el turco.

–        Pero podemos ir en tren, animal. – le contestó Salva. – hace meses que no bajamos.

–        Mira el lado positivo, turco. Así no tienes que conducir, y puedes beber – Dijo Ulises.

–        Puedo hacer eso mismo aquí. – contestó – Además, este fin de semana vuelve Daniela, y quiero estar con ella.

–       Calzonazos… – dijo Iván.

–        Bueno… por lo menos tienen con quien serlo – salió en su defensa Salva, increpando a la soltería demasiado prolongada de Iván.

–        Hijo de puta…

–        Aun así, es un buen plan. Llegamos pronto, en el de las cuatro y cuarto, echamos un quinito, estamos por ahí hasta que nos dé la gana… y nos vamos en el último tren.

–        Se puede hablar, se puede hablar… pero a ver cómo lo hacemos. – dijo Pizarro, dándole un buen trago a su bebida rubia. – Hay que mirar los horarios para ir y venir, y ponernos zapatitos para que nos dejen entrar en algunos sitios. – Satirizó.

 

Continuaron durante una buena parte de la tarde marcándose unas partidas, desafiándose unos a otros, y al acabar, recordándose también los unos a los otros lo malísimos que eran los que perdían. Al acabarse las monedas sueltas, decidieron que las partidas habían acabado ese día. Cada mochuelo a su olivo. Después de colocar los palos en su sitio, y de dejar los cascos de botella en la barra, despidiéndose de la camarera, de Lara y de Cristian. Ulises no pudo evitar reprimir su comentario, llevándose la mano a la cabeza.

 

–        Lo dicho… cada feo con cada pivón…

–       Puedes seguir soñando, Ulises.

 

Al salir del local, la lluvia apretaba bastante. Dudaron por un momento si salir o no. Estancados en la puerta, no dejaban entrar ni salir a nadie con su presencia. No les apetecía en absoluto mojarse. Pero mientras esperaban un respiro del temporal, una señorita entró en el local, abriéndose paso entre ellos. No parecía más mayor que ninguno, y su sonrisa elegante unida, a sus cabellos pelirrojos, hizo que más de uno no pudiera evitar mirarla, aunque ninguno la conocía. Tan solo correspondió a uno con su saludo. Concretamente, al de las trencillas en la espalda. Fue un saludo bastante breve, por parte de ella.

 

–        Hola Pizarro…

 

Pizarro se vio privado de capacidad de reacción. Realmente la señorita tenía algo en su mirada que sino hipnotizaba te dejaba groggy. Por eso no fue capaz ni de contestarla. Ante las miradas de sus amigos, lo único que supo es poner una cara de idiota que solo quería decir “yo tampoco la conozco”

 

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