El mensaje por Ana Centellas

EL MENSAJE


Le encantaba la sensación que él le provocaba por las mañanas, hasta el punto de que cada noche se quedaba dormida esperando con ilusión el momento de despertar. Apenas abría los ojos, el estómago le daba un vuelco en su posición como si se acabase de precipitar al vacío desde la cima de una enorme montaña rusa, para a continuación liberar decenas de mariposas que revoloteaban a sus anchas por él. Las suaves caricias que le prodigaban con sus alas llegaban incluso a tocarle el alma y esto producía que un escalofrío recorriese su cuerpo entero, dejándole la piel como si se encontrase en un campo nevado en lugar de envuelta en el cálido edredón que cubría su cama.

Estiraba su cuerpo con la intención de sacudirse de encima el estremecimiento y tendía su mano hacia el teléfono móvil que reposaba sobre la mesilla de noche, con una falsa apariencia de candor, como si no guardase con celo el auténtico motivo de su sonrisa cada mañana, esa sonrisa que ya se mostraba desde el instante mismo de abrir los ojos al nuevo día. Aún dedicaba unos segundos en recrearse en esa fascinante sensación de bienestar antes de desbloquear la pantalla y liberar a todas las mariposas que llevaban ya minutos pugnando por salir desde lo más profundo de su estómago.

Ahí estaba, como cada día, como cada mañana desde hacía meses. Simple, sencillo, escueto. Como más le gustaba a ella, sin grandes alardes ni intención de impresionarla, sin palabras vacías que tratasen de hacerla sentir mejor. En la pantalla solo se mostraba un breve mensaje, tecleado con cariño, con tres palabras tan simples que la reconfortaban como no podría hacer jamás un discurso completo: «Buenos días, amor».

Después de esas palabras, con una enorme sonrisa dibujada en el rostro y los nervios a flor de piel, solo entonces, retiraba con cuidado las sábanas y salía de la cama dispuesta a comerse el mundo.

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