El Otro por Rain Cross

Tengo frío, mucho frío, pero ya no siento dolor. Me sangran los oídos y noto como los ojos se salen de sus órbitas. Espero a que el párroco saque el cuchillo de mis entrañas, triunfante, pensando que ha vencido al mal. Pero el otro ríe. Le noto retorcerse dentro de mi cuerpo, disfrutando el momento. Escupe a la cara del cura, que se aleja sorprendido, dejando el arma dentro de mí.

Fuente: pixabay.com

Pongo las manos en el mango, intentando sacarlo, pero el otro me detiene. «Aún no —susurra en mi cabeza—. No es el momento». Mis piernas caminan hacia el padre Garreth, que mira con horror mi destrozado cuerpo. Mi piel está pálida como la cera y llena de laceraciones que ya ni recuerdo como aparecieron. Mis ojos se han vuelto dos pozos oscuros, llenos de odio por el hombre que tengo ante mí. El hombre de fe se aferra a su crucifijo, pensando y deseando que eso le proteja. No puedo evitar reír, pero mi voz se mezcla con la del otro. También encuentra cómica la escena.

—¡Atrás, engendro del infierno! —grita, atemorizado.

Ladeo la cabeza, con una sonrisa distorsionada en el rostro. El sabor del oxido invade mi boca provocándome una arcada. La contengo, y saboreo la sangre en mi paladar; ya no me resulta tan desagradable. El olor a azufre impregna mis pulmones, y en cada exhalación lleno el ambiente con ese aroma como si mi cuerpo tratara de expulsarlo en vano.

Cojo el crucifico con una mano, insolente, pero me abrasa en el acto. Veo salir humo de la herida y como ésta se llena de ampollas supurantes. No siento el dolor, pero el otro se aparta. Él sí lo ha notado. El cura sonríe y se acerca amenazante a nosotros. Empieza a recitar una oración sobre santos y demonios. El otro se contorsiona como un artista circense. Me siento más débil. Pongo mis ojos sobre la herida abierta del estómago. Todo está manchado de rojo escarlata; la sangre me llega hasta los pies. El padre Garreth ahora grita la misma oración; sus palabras me dan dolor de cabeza y deseo arrancarle la lengua.

Caigo al suelo, mareada. El cura me rocía con agua bendita. El otro se retuerce de nuevo. Se aferra más fuerte a mí, en un último intento desesperado de seguir en mi cuerpo. Pero yo estoy cada vez más cerca de la oscuridad.

Desfallezco. Todo está negro. Escucho al padre emitir un grito de júbilo. Piensa que ha ganado, pero no es así del todo. Él tiene mi alma; yo ya estoy muerta.

Y derrotada, dejo que el infierno me devore para siempre.

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1 comentario

  1. Interesante punto de vista de un exorcismo. En lugar de situarnos desde la perspectiva del sacerdote, como se suele hacer, se nos mete en la mente de la persona poseída; muy original.

    Una narración con frases cortas, muy ágil.

    Un saludo.

    Ricardo Zamorano

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