El pecado de amar por J.D. Arias

Fue aquella madrugada del 28 de julio cuando el padre Alix sintió el repentino calor abrazador, sus pulmones trabajaban forzosamente por extraer un poco de oxigeno de todo el humo que inundaba la habitación. Se acercó a la ventana viendo la mayor representación de terror que pudo tener en su vida, todo envuelto en las llamas.

Sin embargo, los sucesos que llevaron a la tragedia del 28 de julio comenzaron a gestarse desde mucho tiempo atrás.

En el pequeño pueblo de Green Rose, no muy lejos de Belltown y aún más cerca de Daleville, un claro ejemplo de lo que son los devotos que se mueven sólo bajo la luz que Dios les mostró en sus escrituras, eso fue lo que los llevo a hacer lo que hicieron, despiadados e ilusos, pensaban que todo iba acorde a lo que la naturaleza había planteado y no permitirían que eso se quebrantara, pasara lo que pasara.

En aquella sociedad en donde todas las familias se reunían a rezar el rosario a las 6 en punto sin falta, donde la iglesia era el recinto sagrado donde todos los domingos se llenaba con todas las personas del pequeño pueblo y las directivas de los colegios eran todas mujeres entregadas en cuerpo y alma a las enseñanzas de Jesús, entablando un escenario en el cual cada salón tenia por lo menos dos representaciones de sus creencias.

Todo el mundo pensaba igual, todo el mundo rezaba igual, todo el mundo daba su vida para servir a Dios.

Conservar lo natural.

Todos… ¿cierto?

  • les presento a su nuevo compañero. –dijo la hermana Mary. –vamos muchacho, diles tu nombre, preséntate.
  • Humm… soy Thomas, Thomas Brown. –dijo el chico, lleno de vergüenza.
  • Muy bien muchacho, espero que traten a Thomas como se debe, recuerden que Dios los observa. Ve muchacho, siéntate por allá. –la hermana señaló un puesto vacío en medio del aula.

El chico caminaba lentamente, con la mirada en el suelo y no porque estuviera triste, eso fue lo que comprendió Elías observándolo desde el fondo del salón, sabía que él era así porque Elías solía caminar con la cabeza gacha.

Fue esa mañana con el simple hecho de que el chico llegara a la escuela del pueblo y que Elías centrara su vista en él lo que abrió el camino hacia la tragedia.

Aquella noche, bajo la luz que producía la lámpara de su mesa de noche, volvió a escribir en su cuaderno.

… hoy a llegado un nuevo compañero, parece un poco loco, pero en el fondo me interesa, se parece demasiado a mí, recuerdas, en esos tiempos en los que te escribía por todo, amigo. Esos momentos donde no tenía a nadie…

Los días pasaban y Elías continuaba con su vida normal, iba a misa cada domingo porque sus padres lo obligaban, hacia el rosario por lo mismo y en las noches cuando se encerraba en su cuarto era el único momento donde no tenía que hacer algo para que sus padres estuvieran satisfechos, nunca rezaba en las noches aunque dijera lo contrario, en el fondo estaba cansado de que los mayores le dijeran que hacer y para colmo no tenía a nadie con quien desahogarse, en cambio, tenía un cuaderno que reposaba en el cajón bajo su cama, donde le hablaba a un amigo que no existía.

Continuaba viendo cada día al chico, que, por alguna extraña razón, le parecía que destacaba sobre los demás, aunque a todo el grupo le pareciera la definición perfecta de un perdedor, para Elías no era cierto. Se pasó noches pensando qué era, ¿los botones de series extrañas que cada mañana quitaba para que las hermanas no lo hicieran? ¿cuán callado era? ¿cuán solitario era? ¿aquellos ojos azules? ¿esas gafas de montura blanca? ¿o que era como él había sido? Se convenció de que era esto último, que Thomas era una copia del mismo Elías años atrás, retraído en su máxima expresión.

  • Tienen 5 minutos muchachos. –dijo el padre Marcus mientras iba a buscar los balones para jugar.

Así todos los estudiantes comenzaron a quitarse la camisa y el pantalón, algunos traían la ropa deportiva bajo el uniforme, a otros no les importaba que los demás los vieran en ropa interior mientras se ponían una pantaloneta y en este último grupo se encontraba Elías, se había acostumbrado a cambiarse con la presencia de alguien más desde sus años en karate, donde a nadie le importaba.

Dejó su uniforme perfectamente doblado sobre el pupitre, como siempre le exigían, luego salió al campo de juego.

En el centro de la cancha estaba el padre Marcus, con un balón de futbol bajo el pie derecho y uno de baloncesto en los brazos.

  • Formen grupos, mis niños. –dijo, pasando los implementos a los estudiantes.

Como era de esperarse, Elías se acercó al grupo de los jugadores de baloncesto. Odiaba el futbol, los demás chicos solían hacer comentarios de cuan malo era y aunque fueran verdad, no ocultaba el hecho de que le ofendiera. Además, los comentarios que lo ofenden le dan material para juzgarse a sí mismo en las noches.

Una vez conformados los equipos se animó al ver a sus contrincantes, en especial, al verlo a él. Thomas se movía enérgicamente en el campo contrario, el sol relucía en su camiseta blanca y hacia que sus ojos azules relucieran. En ese momento le pareció mucho más amigable.

Thomas correteaba de un lado a otro, cosa que no era muy efectiva en el juego, era bastante impulsivo, por lo que Elías se aprovechó de esto para reírse un poco, sujetaba el balón en frente y cuando Thomas pasaba manoteando, acercaba el balón a su cuerpo haciendo que la mano del chico pasara de largo. En una ocasión lo hizo tres veces seguidas mientras reía por lo bajo. Aprovechó el momento para decirle que se calmara, que no fuera tan impulsivo. El chico asintió, pero no puso en práctica el consejo.

Al tiempo volvió a concentrarse sólo en el juego, no le gustaba jugar para ganar, solo le gustaba divertirse, sin embargo, en esa ocasión con el dúo Elías y Alex, la situación era desfavorecedora para el equipo contrario.

Y así fue, el equipo de Elías terminó ganando el juego. Entonces el padre Marcus les dijo que bajaran a la cancha de futbol para tomar un poco de energizante. Los chicos caminaban lentamente, sus cuerpos se habían enfriado y ahora las piernas dolían, a Elías le dolía todo el cuerpo y todavía le costaba recuperar el aliento, nunca fue un gran corredor. En contraste, Thomas parecía no estar afectado por el esfuerzo físico, aun cuando se pasó todo el juego corriendo de un lado a otro.

  • ¿cómo es posible que no estés cansado? –preguntó Alex con una mano sosteniéndose el costado, donde le dolía.

El chico lo único que hizo fue encogerse hombros y mostrar una pequeña sonrisa.

Una vez que todos tomaron un poco de energizante, se reunieron a esperar el transporte. Elías veía atentamente a Thomas, no sabía porque el chico le interesaba tanto, quería hablarle, pero no sabía de qué. Y entonces comenzó a llover, los demás chicos de apresuraron a resguardarse bajo techo, Elías continuó bajo un gran árbol, contemplando, alegrándose de saber que había conocido a alguien completamente diferente, alguien que, disfrutando cada gota de agua, yacía acostando sobre un pequeño muro.

Fue así como esa escena se grabó en su mente y como todo comenzó a complicarse.

Y entonces los días pasaron, y él contó a su amiga lo mucho que le interesaba ese chico, y se propuso hablarle.

Sin embargo, descubrió que su yo del pasado no se había ido del todo, que había vuelto su timidez y que, por más que lo intentara, no podía hacerlo.

Trataba de obligarse, recordando aquellos días en primer año, donde no tenía amigos y un día tuvo el valor para conseguirlos, diciéndoles de frente “¿quieres ser mi amigo?” quiera recobrar ese valor de niño, quería conversar con él. Pero descubrió que hay holas que son supremamente difíciles.

Fue cuando se puso a pensar en lo que sentía, allí en el patio del colegio, mientras Thomas caminaba, mientras él se fijaba en esos ojos azules, y sentía una tranquilidad infinita, como si solo el hecho de verlo lo sumiera en las nubes del sueño y por un momento relajara su corazón, se olvidara de que en el fondo se odiaba a sí mismo, de que odiaba a ese pueblo, de que todo era injusto. Verlo era un oasis en el desierto.

Pero era un oasis prohibido.

Al tiempo se comenzó a preocupar, la única vez que se había sentido así fue cuando estaba escondido, con su amiga, Hannah, de la cual estuvo perdidamente enamorado. Estaban jugando a las escondidas y los dos se ocultaron en un pequeño espacio entre dos edificaciones, él estaba detrás de ella, había poco espacio y él podía sentir la respiración de la chica, su calor, su tacto.

Pero era completamente irracional, ¿cierto? Que sintiera lo mismo no significaba que… que…

El pensamiento era demasiado para él, impensable, ni siquiera podía ponerlo en palabras. Aun así, volvió a ver esos ojos azules, esa cara y con ello se desvaneció todo el miedo que sentía.

Esa noche volvió a escribir en el cuaderno: … esto no puede ser verdad, ¿cierto? No puede estar sucediendo, solo estoy llevando las cosas a un límite. Todo esto no es más que el miedo de socializar, ella me lo dijo hace años. Puedo controlarlo, puedo hablarle y esto no será más que un pensamiento que en el futuro me parecerá completamente absurdo…

Las semanas pasaron, y él no podía hacerlo, cada vez que se acercaba su corazón se volvía loco, el pensamiento volvía a aflorar en su mente y entraba en pánico. No podía dejar de verlo y comenzaba a pensar que se comportaba como un acosador y que Thomas se estaba dando cuenta.

Pasó más tiempo y seguía sin poder hacerlo, y sus pensamientos comenzaron a flotar, en las noches, mientras abrazaba su almohada comenzó a abrazarla con más gusto, comenzó a imaginar cosas que hacían que su cuerpo se estremeciera, para luego, culparse y terminar llorando en silencio, como lo había aprendido cuando dormía al lado de su madre.

Progresivamente empezó a culparse más, con más fuerza. Lloraba con su almohada en brazos por más tiempo. imaginaba que le harían, que le dirían y por último se dio cuenta de algo horrendo.

Estaba solo.

Aunque esto no era completamente cierto, tenía más amigos, pero no hablaba de cosas profundas con ellos. Hasta que conoció a Sophia, ella era la única persona a la que no le podía decir que en su vida no pasaba nada, como hacía de costumbre y fue a ella a la que se lo contó, pero omitiendo varias cosas.

En ultimas fue ella la que le dio la salida a su problema.

Escribir una carta.

Y luego de días debatiéndose que diría, se puso hacerla, pensando hasta donde decir para no asustarlo.

Hola

Perdóname por hacer esto tan raro y poco convencional (fue idea de una amiga) pero, por favor lee esto hasta el final ¿sí? Aunque sea raro.

No te conozco, no recuerdo tu nombre (lo siento, pero cuando me lo dijiste no lo escuche, perdóname) no sé nada de tu vida, pero, me interesas, (como amigo, claro) he tratado de hablar contigo, pero no he podido, mi maldita forma de proceder es horrenda, no se me da hablar. Sin embargo, el escribir si se me da (o eso dicen mis amigos) y por eso te mando esto. Va, a la mierda las estupideces.

¿quieres ser mi amigo?

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Mantuvo esa carta sobre la mesa de noche durante mucho tiempo, no tenía el valor para hacerlo.

Hasta que un día, odiándose a sí mismo por estúpido, y odiando a todo el mundo sin razón, decidió entregarla. Cogió uno de los cuadernos de Thomas y la puso en medio, mientras él se encontraba fuera.

Solo quedaba esperar.

Y al final, el chico lo llamó.

– ¡si! –dijo del otro lado de la bocina. – ¿quieres jugar?

Elías volvió a sentir aquella tranquilidad combinada con el retumbar de su corazón y aquel sí, por poco no sale de su boca.

Quedaron de encontrarse en una cancha cerca del colegio. Una vez que Elías llegó allí, Thomas corría por alcanzar el balón que revotaba cerca de los límites de la cancha, Elías tomó el balón, avanzó corriendo hacia la cesta, hizo un doble ritmo, anotando un punto.

  • vaya. –dijo Thomas. – ¿Cómo lo haces?
  • no lo sé, solo se me da… bueno y teniendo en cuenta algunas cosas.
  • enséñame.

Lo vio atentamente, sonrió y le dijo.

  • Por supuesto.

Y así continuaron los días, los chicos se encontraban dos veces por semana para mejorar en el baloncesto, le enseñó cómo moverse, cómo saltar, botar el balón, encestarlo, el doble ritmo, la defensa. Y en poco más de dos meses los dos chicos se desempeñaban mucho mejor que el dúo Elías-Alex, se habían vuelto inseparables. Había dejado a Alex aparte (cosa que no importaba mucho ya que pasaba más tiempo con su novia que con Elías), y después de cada encuentro le comentaba a Sophia lo que pasaba.

Entonces un día, por razones de un trabajo en grupo, fue a la casa de Thomas. Llevaba una camisa a cuadros roja y unos jean’s, lo mejor que tenía, incluso se echó colonia, y aunque odiaba el olor a alcohol, la ocasión lo merecía. No intentaba nada, todo lo hizo inconscientemente y sólo se percató de lo bien arreglado que estaba cuando su mamá se lo dijo al salir.

Tocó la puerta lleno de nervios, le sudaban las manos y la derecha le temblaba ligeramente. Él abrió la puerta, y ver esos ojos lo hicieron sonreír.

  • ¿vas para una cita o qué?
  • Oh, no, no, mi mamá… me dijo que tenía que vestirme bien. –mintió.
  • Pues tienes buen gusto, vamos pasa.

Thomas al contrario de Elías, llevaba una camisilla y una pantaloneta negra, unas sandalias y un ligero aroma a sudor.

  • MAMÁÁÁÁ.
  • ¿si? –contestó ella.
  • Elías ya llegó.
  • Oh, hola cariño, ¿cómo has estado?
  • Hola. Bien.
  • Gracias al cielo, mi muchacho. ¿quieres algo?
  • No, gracias.
  • Mamá no lo asustes.
  • No seas así Elías, este es tu único amigo aquí, luego de…
  • ¡mamá! –le interrumpió su hijo.
  • Lo siento hijo, es sólo que estoy feliz por ti.
  • Me halaga señora.
  • Oh ven aquí cariño.

La madre de Thomas lo abrazó, un abrazo completamente cálido, pero él no lo correspondió, nunca solía corresponderlos, sólo se quedaba quieto o ponía una mano en la espalda.

Ella dejó de abrazarlo.

  • vamos a hacer un trabajo en mi cuarto.
  • Está bien, pero recuerda lo que te dijo tu padre, no queremos que esto vuelva a pasar, no quiero que odien a mi hijo, no aquí.
  • Está bien mamá. –respondió con desgano.

Ambos subieron a la habitación, y Thomas se sentó en la silla del ordenador mientras que Elías se sentó en el borde de la cama apreciando cada detalle de la habitación. La pared en frente de la cama tenía varios posters de anime, algunos de Dragon Ball, de Inuyasa, Parasyte y Death note. Al parecer disfrutaban de las mismas series. En una repisa estaban unas pocas figuras de Dragon Ball, un Goku sobre su nube voladora, un Gohan enojado en su batalla contra Cell, un Cell es su primera forma. Un poco más atrás estaba una Death note con una pluma al lado, junto con los tres primeros libros de Harry Potter.

  • Eres más genial de lo que pensaba. Se nota que no eres de aquí.
  • ¿Por qué?
  • Muchas de las personas de este pueblo dirían que todo esto es… diabólico.
  • Mi padre lo dice. Él sí es de aquí.
  • Y ¿cómo te deja tener esto?
  • Mi habitación, mi reino. Ya tengo suficiente con aceptar el cristo sobre mi cama.
  • No eres muy religioso, ¿cierto?
  • No, no lo soy. No soy alguien muy religioso y además… bueno, no es que simpatice mucho con Dios.
  • Odio la religión, odio su positivismo. Algún día quiero irme de aquí, para hacer lo que quiera sin que me digan pecador. Sin que me obliguen a cada rato para adorar a algo que no veo, ni hace nada por mí, y al igual que tu no simpatizo mucho con él.

Elías recordaba esa noche fría, en donde sus padres estaban rezando y él sólo aparentaba que lo hacía, cuando los pensamientos volvieron a su mente, pensamientos que cualquiera del pueblo clasificaría como pecaminosos, antinaturales, pero que su cuerpo reaccionaba positivamente ante ellos. Ese día, antes de relacionarse con Thomas, se sintió más solo que nunca, llegó a la conclusión de que, ni siquiera Dios estaba con él, no, lo había dejado de lado por lo que estaba descubriendo. Dios no quiere a ese tipo de personas, lo dice la biblia.

Hicieron el trabajo y aun le quedaba una hora a Elías, y así, divagando entre pensamientos, miró fijamente a su amigo, tranquilo, pero con el corazón queriéndose salir de su pecho, lo miro de arriba abajo. Esos ojos, esas gafas, sus brazos, su cuerpo. “¿qué estás pensando? Él no es una niña, ¿Por qué lo ves así?” decía una parte de su mente, mientras que la otra decía “¡Es hermoso! Te quiero, quiero que lo sepas, quiero que sepas que me imagino besándote y eso me alegra más que nada”.

Sentía calor en la cara, su corazón se agitaba más que nunca, le volvían a sudar las manos y la cabeza comenzó a dolerle un poco, quería decirlo, tenía que decirlo. Pero no estaba seguro.

  • Oye, planeta tierra llamando a Elías.
  • Humm, ¿qué?
  • Te quedaste viendo la nada y después te ruborizaste, y eso es raro. ¿consumiste algo?
  • ¡¿qué?! No, no. No por dios.
  • Jajajajajaja, debiste ver tu cara, te asustaste mucho. Y dime ¿en qué pensabas? Humm, Humm, ¿en chicas?
  • No.
  • Sí que eres raro, todos piensan sólo en chicas.
  • ¿tú piensas en chicas?
  • ¡¿Qué?! Hem si, si, pienso mucho en chicas.

Elías rio.

  • Debiste ver tu cara.

Thomas se ruborizo.

  • Si… tu eres mi mejor amigo ¿verdad? -Dijo Thomas.
  • Eso supongo.
  • Puedo contarte algo. Súper, súper secreto.
  • Sí, claro.
  • El caso es que, Humm, pues… no me gustan las chicas, y por eso nos mudamos aquí, luego de un gran problema que tuve. –el chico alzó la cabeza para ver a su amigo a los ojos, para ver su reacción. – ¡¿Por qué me miras así?! –el chico tenía una leve sonrisa y tenía ojos soñadores.
  • Pienso que los amigos hacen trueques con secretos, entonces… Humm…me…me…me gustas.

No podía creer que eso saliera de su boca, pensaba que iba a decir algo estúpido al final o que no podría decirlo, y el escuchar esas palabras lo sorprendieron. Thomas se tapó la boca con una mano, se apartó hacia la ventana y se llevó las manos a la cabeza.

¿Qué había hecho mal? Se preguntó, ¿Por qué se apartaba? Entonces las lágrimas comenzaron a salir, cogió sus cosas y se dirigió hacia la puerta.

  • ¡Que! no, espera.

Lo había escuchado, pero estaba decidido a huir de allí, a llegar a su casa, escribir en su cuaderno de odio y llorar abrazando su almohada, rogando para que llegue el sueño, que como siempre en esas noches el muy maldito se hacía esperar.

Pero cuando estaba debajo del marco de la puerta, sintió los brazos, el calor y el latido de un corazón tan acelerado como el suyo y la calma volvió. Thomas lo había abrazado por detrás y Elías descubrió que eso era una de las mejores cosas del mundo. Luego le susurró al oído.

  • Tú también me gustas.

Fue así como Elías escribía la única cosa totalmente feliz en su cuaderno aquella noche, y se acostó imaginando el cálido abrazo de Thomas. Por fin sentía que su vida tenía un propósito, algo que la hiciera brillar, que la sacara de la niebla del pesimismo.

Sin embargo, Green Rose no era un lugar donde esto pudiera progresar y pronto los juramentados de Dios, irían a recobrar el orden natural.

Los compañeros comenzaron a decir con bromas que Elías y Thomas se habían apegado mucho, algunos les decían maricas, pero ellos no reaccionaban, no porque no les doliera, sino porque les darían la razón.

En un punto Alex se enojó tanto que estuvo a poco de golpear a uno de aquellos tontos. Y Sophia los veía con ganas de matarlos.

Pero era evidente que lo que se estaba gestando entre esos dos, no era una amistad muy amena.

Y así, cuando se dieron su primer beso bajo un gran árbol, seguros de que nadie estaba alrededor para observarlos, sabiendo que el lugar estaba muy escondido. Aun así, Dios lo ve todo, ¿no es así? Los comentarios vuelan como los pájaros, cantan a los demás y en ese pueblo, ese canto era una condena, una sentencia inquisitiva.

Las harpías volaban rápido y cantaban tan alto que cualquiera podía oírlos, por lastima el canto llegó a oídos del padre Alix. Estaba iracundo, ¿cómo era posible que tal célula de maldad se gestara justo allí, en su pueblo? Cuan avergonzado debía de estar Dios de él al ver que permitía que ese tipo de personas hicieran eso. Debía conservarse la naturaleza, el orden natural hace feliz a Dios.

Entonces la noche del 15 de julio cinco hombres acompañaron al padre Alix a una casa.

Esa misma noche, Elías se miraba en el espejo, termina de ajustarse la camisa y veía atentamente su reflejo. Fue a peinarse, se echó colonia, se despidió de su madre y salió a la calle, con un destino en mente que le hacía sonreír.

La noche era fría, aquel frio que te hiela hasta los huesos y hace que tus rodillas duelan. La luna reinaba el cielo, deslumbrante, sin nubes y unas pocas estrellas le acompañaban.

Faltaba poco menos de una cuadra para llegar a esa casa, cuando el miedo se adentró en su ser, sentía que su corazón estaba a punto de salirse, las piernas le flaqueaban y había un temblor en todo su cuerpo.

Varios hombres se encontraban en la entrada de la casa, tocaron y la madre de Thomas abrió, con una manta sobre los hombros. Los señores trataron de entrar a la fuerza. Ella gritó, pidiéndole ayuda a su esposo, sin embargo, por más que gritara este no se acercaba, la puerta se abrió por completo y ellos entraron. Las puertas se abrían violentamente, su madre rogaba, su padre trataba de convencerse de que era lo correcto “él se lo buscó” se repetía una y otra vez, mintiese. “prefiero un hijo muerto que marica”. Su padre no lo ayudó.

La puerta de su cuarto se abrió rápidamente, a estas alturas la madre rogaba entre lágrimas.

-No le hagan nada por favor, es mi hijo, mi único hijo.

Pero el llanto de las madres no puede calmar el castigo divino.

Los golpes fueron a parar en su cara, su vientre, sus brazos. En su ingle. Mientras que el padre Alix sólo miraba, rezando por el alma del chico, pidiendo que, como le dieron su castigo en vida, no necesitaba uno tan fuerte después.

-vamos a ver si con esto se te quita lo marica. –dijo uno de los hombres.

Cuando Elías llegó a la habitación la sangre se extendía por todo el cuarto, Thomas gemía en el suelo de su cuarto, esperando a que alguien lo ayudara. Su cara se había hinchado, su brazo derecho, con el que se defendía, estaba roto y su ingle, que dolía como un demonio, sangraba. Estaba irreconocible, Elías sólo supo que era él por sus ojos azules que ahora estaban imbuidos en sangre.

Trató de hacer lo que pudo, golpeó tanto como pudo, pero los designios de Dios son inquebrantables y luego de un poco de resistencia, terminó en el suelo, golpeado, con la misma crueldad, hasta que perdió el conocimiento.

– ¡paren! – espetó el padre. –es suficiente. Hora de irnos.

Los hombres desaparecieron en la noche como sombras, nadie los vio, nadie los escuchó. Nada pasó.

Despertó varias horas después, volvió a la realidad que sólo le deparaba dolor, estaba solo. Fue así como vivió su peor noche sin siquiera un cuaderno a quien contárselo.

Thomas había muerto, los golpes llegaron a tal punto que partieron sus costillas y una de estas le perforó un pulmón, se ahogó hasta morir.

Las noches se hicieron más frías, sin sentido, sin sueño, sólo lágrimas. Si bien sus padres se dieron cuenta del incidente, no lo hablaban, por más que su madre le pidiera que hablara con ella. Había vuelto a su burbuja de oscuridad, sin embargo, esta nueva burbuja dolía más.

Y vaya que dolió los días siguientes, cuando ni siquiera tuvo un funeral y parecía que a nadie le importaba. Volteaban la mirada para no observarlo, ni Alex se le acercaba.

Sólo Sophia estuvo allí. Siempre estuvo allí para escuchar sus disparates, para verlo mientras lloraba. Y fue ella, en medio del odio que le provocaba verlo así, la que ideó el plan contra Dios.

La madrugada del 28 volvía a hacer frio, pero pronto dejaría de hacerlo. Dos jóvenes se escurrían por las calles del pueblo, sin que nadie los viera, cosa que era muy fácil en el entorno, “al que madruga Dios le ayuda” repetían los devotos y por ello siempre se dormían temprano.

Como era de esperarse a aquellas horas la puerta estaba cerrada, así que les tocaba actuar rápido, echaron todo lo necesario dentro de la botella de vidrio, luego pusieron un trapo, con extremo remojándose en el interior y el otro sobresalía de la botella. Armaron dos más, las encendieron, rompieron la ventana y las lanzaron dentro. Corrieron hasta el callejón. Esperaron, por un rato pensaron que no habría resultado, luego las llamas se agitaban dentro de los vitrales de la iglesia, se extendían desde el altar hasta las butacas, consumiéndolo todo. Salieron corriendo por el camino del cual venían, dejando atrás el desastre, en el cual, dentro sólo se veía el torso de Jesús sufriendo, por su crucifixión y por estar en medio de un infierno.

Aquella carrera fue la más liberadora en la vida de Elías, sentía que su corazón había dejado atrás un gran peso, no se sentía solo, sentía el viento como si realmente estuviera vivo.

Se escabulleron de nuevo a sus casas. A esas alturas medio pueblo estaba enterado y salían a la calle para ver la gran antorcha en la que se había convertido el recinto religioso, el único en todo el pueblo. En el aire se podía palpar el pesar, la desilusión, ¿Quién haría eso? ¿estaba loco?

La gente cercana a la iglesia gritaba, se preguntaban seriamente por el bienestar del padre Alix, rezaban. Y sus rezos fueron escuchados. El padre Alix salió de lo alto de la torre de la iglesia, donde dormitaba. En la puerta de la iglesia se acercaron todos, mientras el pobre volvía a sentir lo que era respirar oxígeno en medio de la tos, mientras apagaba con un miedo frenético la parte baja de su túnica.

Luego, traían rápidamente recipientes llenos de agua, sin embargo, esto eran nimiedades para el poder arrasador del fuego.

La iglesia ardió hasta que salió el sol, hasta que sólo quedaron cenizas.

Nadie vio la ventana rota, nadie sospechó, al fin y al cabo ¿Qué loco haría eso? Allí donde todos seguían el orden natural, ¿Quién iría en contra de Dios?

Nadie podía responder esa pregunta, por lo tanto, se creyó que el incidente no era más que un corto circuito. Una prueba de Dios para sus creyentes.

Elías vio aquel asiento vacío. Recordó esos ojos guardados en monturas blancas, recordó la calidez de aquel abrazo y una lagrima surcó su mejilla. Miro por la ventana, allá donde antes se veía la torre de la iglesia, solo se veía el perpetuo azul del cielo.

-púdranse. –susurró.

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