El señor del inframundo por Sergorc

Siempre dejaba de mirar a atrás cuando las filas enemigas estaban pegadas a su espada, arengaba a las tropas como nadie y nadie más que ellas le odiaban. Fenrish era tan odiado como amado. General de vanguardia, el más loco de las tropas, el primero en llegar, el último en irse. Avanzaba jaleando bañado por el sol, inundando el campo con el reflejo de pelo color perla y regresaba tras la batalla bañado en la sangre de sus enemigos.

La diosa nunca fue benevolente con él, años atrás, las mismas diosas arrancaron gran parte de su poder… nunca supo por que, solo quiso creer que era por su bien…..mentira, fue por miedo.

Poco a poco Fenrish amasó un poder tan terrible que ni el cielo, el infierno, el inframundo y todos los ejércitos de la Tierra hubieran podido con él, cada enemigo muerto se sumaba a su fuerza, a su vida, a su poder para regenerarse, era un semidios con mas poder que la Diosa que lo hizo así.

Nunca supo que era la maldad en su corazón, defendía sin dudar cualquier indicio de maldad, crueldad o intento de destruir la tregua entre el cielo y el inframundo. Sus Diosas se mantenían al margen, el gran Trantej no intervenía nunca al igual que el infierno, pero Fenrish bien sabía que las palabras de los Dioses del Infierno no servían de mucho.

Después de que las Diosas le arrebataran su poder para que no fuese un peligro, Fenrish creyó que lo hacían para recuperarse de las fuerzas que perdieron cuando le concedieron los poderes de un semidios, pero no fue así. Eso condenó al primer gran héroe de Venus. Fenrish actuaba en consecuencia al poder que tenía, la fuerza de miles de hombres, de bestias, de demonios, todas esas fuerzas mezcladas y unidas dentro del poderoso cuerpo del licántropo, arrasaba ejercitos, frenaba batalla hasta el limite, soportaba heridas que matarian al monstruo mas poderoso, pero Fenrish se regeneraba a una velocidad que ningun golpe le hacía sangrar.

“No hay batalla que no hallamos ganado, no hay pelea en la que no podamos demostrar que somos superiores y que jamás dejaremos que la guerra estalle de nuevo en nuestros dominios, soldados, hoy puede ser el último dia de nuestra de vida, hagamos que sea el más grande que nadie ha visto nunca! Carguen!!”

La marea de hombres se lanzó tras Fenrish al cañón de la entrada del desierto, tras él, la puerta al inframundo se había abierto y miles de bestias se afanaban por salir para arrasar todo a su paso. El enorme lobo blanco avanzaba en cabeza, con sus dos espadas en la mano, aullando como un loco, con espuma en la boca y sus enormes ojos amarillos clavados en los engendros que emergían de aquella puerta oscura.

Llegó el primer choque, Fenrish se abría paso por la marea de acero destrozando todo a su paso, mientras las tropas humanas unían filas para soportar la primer carga, no serían las tropas más fuertes, pero si las mas ordenadas y disciplinadas que podían existir, tropas que, por su coraje y disciplina, hacían temblar hasta a los asaltantes de los ángeles, más aún si Fenrish era quien les daba fuerza. Los aullidos se oían retumbar por las paredes del cañón, gemidos de dolor cuando las espadas reventaban los cuerpos de los engendros. Acero y hueso, las armas del lobo, sus dientes le servían tanto o más que sus espadas y los usaba con tal velocidad que jamás quedó expuesto en ninguna batalla.

Un enorme golpe en el suelo hizo volar a decenas a de soldados del inframundo, que, tras caer al suelo, huyeron dejando una enorme isla en el centro, entre Fenrish y el Señor del Caos Areth, señor del este, guardián de las tercera de la puerta y mano derecha de Afgasht, Dios del Caos. Un enorme martillo de cabeza plana, lleno de muescas y tallas ya casi extintas tras años de erosión era sujetado por las garras de Areth, tres metros de altura de portento, de fuerza bruta y de odio, un cuerpo recubierto de escamas, tan duras que ni la mejor armadura enana podría igualar, unos ojos bañados en rojo sangre con una fina linea vertical negra separando el mar rojo. Su sonrisa dejaba escapar los vapores de su corrosiva saliva, y los crujidos del suelo bajo sus pies hacían suspirar de terror incluso a sus propias tropas.

Nunca se habían conocido, nunca se habían enfrentado, sin embargo, se conocían, Areth era conocido por ser el mas cruel de los Señores del Caos, nunca fue el mas poderoso, pero jamás le hizo falta, y las historias de Fenrish recorrían hasta los rincones más oscuros del Infierno.

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