El último acto por Ana Centellas

EL ÚLTIMO ACTO

Todo el mundo empezó a aplaudir en cuanto terminó la función. Había sido todo un éxito y el teatro al completo estallaba en aplausos. Se llegaron a escuchar incluso silbidos y vítores, algo que no solía ocurrir entre el público tan formal y educado que acudía a aquel tipo de funciones.

La compañía de ballet había ejecutado una actuación soberbia. Pero, sobre todo, fue el último acto el que había causado semejante sensación en el público. Álex y Natasha, los bailarines principales, habían danzado de manera magistral en solitario sobre el gran escenario, con una compenetración y una agilidad extraordinarias. Natasha parecía volar con la ligereza de una pluma para ir a caer con sutileza en las fuertes manos de Álex, que la sostenían como si realmente el peso de aquella fuera mínimo.

La ejecución había sido tan buena, tan sincronizada, tan bella, que había mantenido al público cautivado durante los casi quince minutos que había durado aquel último acto, en los que no se había escuchado ni siquiera el sonido de las respiraciones, que parecían suspendidas, como si de una gran apnea colectiva se tratara. La música y el movimiento de los bailarines eran lo único que se escuchaba en toda la sala, hasta que Natasha, realizando una doble pirueta cayó con delicadeza en los brazos de Álex y ambos se fundieron en un apasionado beso. Entonces fue cuando estalló la ovación.

La compañía al completo salió al escenario para recibir y agradecer las aclamaciones del público. Natasha estaba radiante, cogida de la mano de Álex, que mostraba una sonrisa forzada. Aquella era la última representación de la obra y, por tanto, aquel beso que se habían dado en el escenario por exigencias del guión también sería el último que podría darle, desde su ruptura meses atrás. Mientras había durado la obra se tuvo que contentar con ese beso final, pero ahora que se retiraba de cartel no se sentía con fuerzas para continuar como si nada.

Los bailarines se fueron retirando uno a uno en una coreografía más que ensayada. Quedaron solos en el escenario Álex y Natasha que, con una última reverencia, se despidieron del teatro al cierre del telón. Las ovaciones y aplausos continuaban entre el público, la mayor parte de él estaba incluso de pie.

Los bailarines principales habían ensayado una última breve actuación como despedida para aquella noche tan especial, por lo que el público, que ya había comenzado a recoger sus pertenencias para abandonar el teatro, se quedó sorprendido ante aquella nueva aparición. La algarabía cesó de golpe. Retomaron sus asientos para admirar, de nuevo en silencio, aquel pequeño regalo de los artistas.

La belleza de aquel regalo era exquisita. Una coreografía totalmente novedosa que, entre los dos y en secreto, habían trabajado durante semanas para aquella ocasión. Todo el público estaba pendiente de aquellos movimientos tan delicados y sublimes.

Natasha debía caer en brazos de Álex para poner el broche final a la actuación. A punto estaba de hacerlo cuando el chico, por sorpresa, deslizó de debajo de su maillot negro un objeto metálico que emitió reflejos deslumbrantes en todas direcciones bajo el gran foco de luz que iluminaba en exclusiva a los bailarines, sumiendo en tinieblas el resto del escenario.

La puñalada fue tan certera que Natasha murió en el acto al caer entre los brazos del que había sido su compañero, pareja y amante. Apenas habían comenzado los primeros alaridos entre el público cuando Álex, utilizando el mismo arma, se quitó la vida también sobre aquel escenario que habían compartido durante tanto tiempo.

Cuentan los rumores que, desde aquel día, las almas de los dos bailarines están condenadas a representar juntas el último acto sobre aquel escenario durante toda la eternidad.

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