Embarque hacia una vida nueva por Ana Centellas

Embarque hacia una vida nueva

Ya estaba en la puerta de embarque. Por fin estaba a punto de dar comienzo la aventura con la que llevaba años soñando y, por primera vez, sintió escalofríos. Nunca había tenido miedo de nada, pero, en aquellos momentos, se sintió frágil como nunca lo había hecho.

Era el menor de siete hermanos y, aunque en su casa nunca le había faltado cariño, desde que tuvo uso de razón se había sentido una carga para sus padres. Los casi diez años de diferencia que se llevaba con su siguiente hermano le habían llevado siempre a pensar que su presencia en este mundo solo había estado producida por un bendito error. Por eso, en cuanto tuvo edad para trabajar no dudó en hacerlo, mientras compaginaba aquellos trabajos mal pagados con sus estudios.

No se podía decir que su juventud hubiese sido como la de los demás muchachos de su edad, pues siempre había trabajado y estudiado y pocas eran las ocasiones en las que se había permitido pasar la noche fuera de casa. Quedaba demasiado poco tiempo para el ocio y, mucho menos, para pensar siquiera en el amor. Pero gracias a ello había podido echar una mano en la economía familiar y, a la vez, ahorrar lo justo para poder cumplir su sueño en un plazo razonable.

Ese afán suyo de autosuficiencia y de ayudar a los demás lo había convertido en un hombre arrojado, que no temía a nada y que emprendía cualquier empresa que se cruzaba en su camino a la menor oportunidad. Sin embargo, en aquel instante, separado ya de los brazos cariñosos de su madre, de la confianza incondicional que su padre le demostraba con profusas palmadas en la espalda y de las bromas y abrazos de sus hermanos, sintió miedo por primera vez en su vida.

Iba a romper con la vida como la había conocido hasta entonces y comenzar una nueva en un país que jamás había visitado, pero en el que esperaba que se abrieran muchas posibilidades. Sintió también el único temor que jamás hubiese podido imaginar sentir viviendo, como lo hacía, o más bien como lo había hecho hasta ahora, en una familia de nueve miembros, dos gatos y un perro. Más bien fue pánico lo que sintió, pánico a la soledad.

Una azafata con expresión amable lo observaba desde detrás del mostrador mientras esperaba a que se decidiese a entregarle su billete y subir por fin al avión. El resto del pasaje ya había embarcado y, como dudase unos minutos más, le tendría que comunicar que iban a proceder a cerrar la puerta de embarque. Él la miró y comprendió en su rostro la situación, después de haber echado un vistazo a su alrededor y comprobar que era el único pasajero que quedaba en aquel lugar. Con un suspiro, escondió sus recién estrenados temores bajo la lona de la mochila que cargaba al hombro y, con el billete en la mano, se adentró en el finger que lo llevaría a su nueva vida.

Caminó con paso lento por el largo pasillo de aquel avión con destino Berlín mientras intentaba localizar su asiento. Sonrió cuando lo encontró: ventanilla, como a él le gustaba. Al ir a sentarse, sus ojos se encontraron con los de la chica que ocupaba el asiento contiguo al suyo. Se sonrieron. A los pocos minutos, ambos hablaban en alemán y se reían a carcajadas con una complicidad que él jamás había experimentado con alguien del género femenino.

De rato en rato, miraba por la ventanilla y veía cómo sus miedos iban saltando desde el avión para quedar alojados en la densa masa de nubes que estaban sobrevolando.

—Bueno… —se dijo para sus adentros, mientras miraba a su compañera de asiento con una sonrisa en los ojos—, al final puede que no llegue a estar tan solo como pensaba. 65 \l

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