Emisarios de la muerte por Javier García

Cuando el sueño americano se prolonga demasiado, se convierte en una letal pesadilla de la que no se puede despertar. Vivo en ella, como todos los demás. Se muy bien como es, he participado activamente, he contribuido a la pesadilla americana de cada día, condenándome para siempre.

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Ellos… nos hicieron creer que nos convertirían en héroes y convirtieron en monstruos a toda nuestra generación. Yo tenía veinte años cuando el Cuerpo de Marines me reclamó para regar la tierra con sangre, daba igual de quien fuera. A mis veinte años había vivido siempre en la soleada California, envuelto en una aureola de… candidez?. Estaba cercano a alcanzar la felicidad, lo notaba, pero me arrancaron de allí y la felicidad quedó a miles de años luz. La inhumana instrucción tras el cruel reclutamiento forzoso solamente fue  la antesala de un muy profundo infierno, cuya ebullición se consumó en aquel remoto e inhóspito lugar del sudeste asiático, medio corroído por el agente naranja. Un infierno caluroso y húmedo en el que destruimos hectáreas de jungla y poblados, exterminando a quienes nos señalaban como el enemigo, sin hacer distinciones entre niños y adultos, ni hombres o mujeres. Nos habían enseñado que al enemigo había que destruirlo y así lo hicimos, sin remilgos, al vietcong había que reducirlo a cenizas.

Para cuando nos dimos cuenta de lo enfermos y retorcidos que eran aquellos que nos habían puesto matar o morir allí, ya era tarde, nos habíamos vuelto tan abyectos como ellos. Unos enfermos que ni siquiera sabían elegir a sus aliados. Nos juntamos con el Vietnam equivocado, el Vietnam del sur, inepto y miedoso, que nos dejaba con el culo al aire, y los intestinos por fuera si la cosa se jodía más de la cuenta. Nos tocó enfrentarnos a los del norte, tenaces y temerarios, que casi sin armas, nos liquidaban a placer. Nuestro mandatarios lo sabían, pero callaban, sólo eran unos enfermos que fabricaban más enfermos para deleite de la misma muerte, de la que nos convertimos en heraldos.

Arrasamos ciudades enteras por, y muchos compañeros de armas volaban en pedazos presa de las minas, o resultaban empalados en las rudimentarias trampas del vietcong. Morían a puñados por objetivos militares que no valían nada, como la Colina de la Hamburguesa. Acabaríamos perdiendo mucho más que una guerra. Todo el país, mi país perdió la poca cordura que le quedaba, mientras nosotros en Asia alimentámos a la muerte, mientras nuestro número descendía. Todos mis compañeros perdían la mitad de la cara, las piernas, o la vida en los combates casi constantes que librábamos. Los más afortunados se iban en silencio con el cuello rebanado o con una sobredosis de heroína. Yo morí, no físicamente, pero me perdí a mi mismo por siempre, allí, en medio de las ruinas, con la compañía del sonido lejano de los AK 47, envuelto en un extraño calor húmedo, con la penumbra que se introducía en las fosas nasales abriéndose paso hasta los pulmones. Un repentino silencio que se clavó como un hacha en el cerebro, y en un instante algo se partió en mi, algo por dentro se rompió y supe que no podría arreglarse. Al acabar esa noche, me evacuaron de la zona de combate con un balazo en el pecho y una cuchillada en el hombro. Aquel momento percibí que era el comienzo del fin. La negrura se me introdujo, expulsando mi antiguo yo, salvé la vida, pero con un tributo a cambio. Con un pesado respirar, la guerra se introdujo en mi, y no me dejaría en paz.

Regresé a California, pero el baño de sangre continuaba en Vietnam. Los que se habían quedado en los USA continuaban como si nada malo pasara, incluso apartándose de los que si habíamos estado una temporada en el infierno. No les gustaba que se les recordara su fracaso, no solo se mostraban dolidos por haber perdido una guerra. No querían pensar en las atrocidades que allí habíamos hecho, que habíamos sido sus instrumentos de muerte, verdugos que asesinaban despiadadamente para ellos. Habíamos perdido el alma con Vietnam, todos. Nunca podríamos dejar de estar sumergidos en la penumbra. Al mirarnos, recordaban su propia culpabilidad, su parte de responsabilidad como ciudadanos de un país que había cometido genocidio. Emisarios de muerte y destrucción  que se integró en nuestro interior y del que nunca nos libraríamos. Al igual que nosotros, la sangre nunca dejaría de manchar sus manos. Pesadillas de metralla y Napalm que siempre acompañaría a todo el país. La pesadilla americana erigida sobre una montaña de cráneos de sus víctimas.

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