En el acantilado por J. D. Arias

El sol ya se había perdido en la inmensidad del horizonte, había pasado como siempre y ella miraba aquel precioso naranja que se torna en violeta y termina en la inmensa oscuridad. A lo lejos, en las laderas de las montañas las casas comenzaban a encender sus luces al igual que los edificios de la patética ciudad, le daba gracia que las cosas siguieron su curso en un ambiente que se ve hermoso pero que por dentro te da miedo cada esquina. Miró hacia abajo, donde la vegetación ocultaba la horrible caída hacia la nada y ella estaba parada justo al borde, viendo el cielo y esperando a ver las pocas estrellas que un cielo ciudadano puede otorgar.

  • Deja de decir estupideces. Esta es mi historia y este es mi punto de cambio, no permito que un extraño la cuente. Si quieres saber por qué estoy aquí, debes escuchar mi parte.

Se sentó al borde del acantilado mientras las primeras gotas de lluvia comenzaron a mojarle el cabello.

Todo esto es estúpido, creamos casas y pensamos que estamos seguros. Oh, ¿estás perdido? Tranquilo, ahora yo soy la que controla este mundo que estás leyendo, no un estúpido creador que prefiere contar otras historias a la suya. Entonces, quien quiera que seas, puedes seguir leyendo o hacer lo que quieras, pero te lo advierto, tal vez esta no sea una historia que te ponga al filo de tu asiento o que te haga orinarte encima del miedo.

El miedo… que cosa más subjetiva, para ti lector que tienes la mente llena de Lovecraft, o de King o quien sabe que autor del género, el miedo puede ser una criatura amorfa que saldría de la maleza que tengo en frente, sacaría sus garras capaces de cortar el mismo acero y me rebanaría la garganta de solo un zarpazo, me llevaría las manos a la garganta mientras mi sangre sale disparada con fuerza y me arrastraría por la graba, tratando de gritar por la mísera vida que me queda y muriendo como un niño con impermeable amarillo.

Pero no, nada va a salir de la maleza para hacerme el favor de acabar con todo. A veces es mejor temer a lo que hay bajo tu cama que temerle a lo que realmente nos asusta, la vida, el desamparo. No hay peor miedo que el que hay dentro de nosotros ¿y la criatura? Esa criatura puede ser cualquier cretino que entre en tu vida o peor aún, la criatura puedes ser tú mismo, eso es lo peor de todo, destrozarte desde adentro, carcomiéndote la mente y alejarte, no porque nadie te quiera, sino porque no quieres molestar sus vidas con asuntos estúpidos.

Está lloviendo y me encanta estar fuera mientras llueve, es como si el mundo demostrara su tristeza, acompañándome cuando no encuentro salida a lo que pienso. Me siento encerrada, aunque no me encuentre dentro de una parte en específico, me siento encerrada por mi culpa, me encargué de crear ladrillo a ladrillo mi prisión para que nadie entrara, y ¿A dónde me llevó eso? A estar a la horilla de una caída mortal decidiendo que hacer.

Soy una mentirosa y una de las buenas, si lector, te doy el derecho de dudar de mi relato, aun así, esta es la única forma de que entiendan que pasó, sin mentiras, sin decir que estoy bien, porque realmente no lo estoy, no estoy bien al estar encerrada con una perra que maltrata a quien se le venga en gana y mucho menos a mi padre.

Oh padre, como te extraño, la perra me alejó de ti, quisiera que estuvieras aquí, sentado a mi lado mientras poso mi cabeza en tu hombro, disfrutando la lluvia.

Las cosas de la vida real son menos escénicas, menos sorprendentes. Pero pegan como una maza ardiente.

Recuerdo el pasado, feliz como cualquiera que recuerde su infancia (si es que tiene méritos de ser recordada) papá hizo lo necesario para hacerla llevadera, sin cosas lujosas de las que las demás niñas se mofaban en sus grupos de chismorreo, pasándose de aquí allá con sus muñecas nuevas o su maquillaje de fantasía. No, no era una niña que pudiera mofarse de cosas que en mi opinión eran estúpidas y que me condenaron a ser una niña “rara” según ellas. Papá siempre estuvo allí, riendo de aquí allá mientras me llevaba sobre sus hombros, preguntándome que quería vestir cuando íbamos de compras en vez de comprar una falda sin más, papá sabía que no era una niña que se cerniera sobre las mismas leyes del mundo y me encanta ser una mujer distinta.

Lástima que no se enamorara de una mujer distinta como yo, se enamoró de una perra alcohólica, con ambiciones de riqueza, pero no riqueza propia, quería ser un vampiro que gozara los lujos de un hombre que se partiera la espalda como papá. Nunca la quise, nunca la querré, a lo sumo lo que hice en ese entonces fue soportarla.

Lector, no sé cómo vivas tú, aun así, te aseguro que despertarte a media noche mientras papá grita buscando su dinero y esa cortesana le dice que se calle. Cuando la maldita pone música toda la noche y ni papá ni yo podemos dormir. Cada una de esas ocasiones hacían que mi odio creciera y creciera, exponencialmente.

El amor es el peor veneno que te puedes tomar, genera cadenas y te funde a alguien. Lo sé lector, sé que en casos la persona a la que estas encadenada se alía contigo y los dos pueden caminar perfectamente dada la condición. Pero en otras, lector sabes que en otras las cosas se van a peor y en un país como el mío, donde los machos que creen que son los reyes del mundo, porque tienen algo entre las piernas que les quita más del 50% de su capacidad para pensar, creen que son dueños de sus parejas. Y no solo ellos, también las harpías vuelan alto, pero ellas lo hacen desde la penumbra.

Nunca he compartido la enfermedad llamada amor, ¿qué si ha llegado? Tal vez, sin embargo, nunca ha implicado a dos. Te lo dije, soy una chica diferente, no busco a los hombres como algo divertido y mucho menos me muestro, soy alguien aborrecible, egoísta que supo que primero había que llenar el coco antes que un vestido seductor. Una niña que le da miedo hablar y por ello siempre estará sola y ahora que no tiene a papá está más sola que nunca.

Las cadenas nunca se rompen, y aun que en muchas ocasiones pensé que papá sabía que no era bueno seguir con eso, bastaba no más de una semana para que ambos volvieran a besuquearse como adolescentes de película de horror. El amor envenena y los celos te ponen en la guillotina. Sí, papá volvió a salir con su primera novia, pero para mí disgusto no tenían nada romántico, y mientras la maldita decía, en medio de su alicoramiento, vociferara que era un perro y que se debería de estar revolcando con ella. En cuanto salió un palmo de la casa no dudé en ningún momento, la ira me tenía cegada y le cerré la puerta en su puta cara. Gritó por lo menos una hora, que qué me pasaba, iracunda contra mí y contra papá.

Cuando papá llegó no me dijo nada, él sabía que la despreciaba, miró mi cara y sonrió un poco, como si fuera un adolescente que llega tarde a su casa, y aunque yo quería quemar, el mundo en ese momento me hizo sonreír. Siempre me hacía sonreír…

La guillotina ya se había implantado en lo alto de la plaza y lo que pasó de allí en adelante solo eran pasos que nos aproximaron lentamente a un desenlace fatal. Cosas nimias como un pequeño disgusto una mañana que producían gritos que me desterraban del sueño, peleaban por dinero, por una supuesta “infidelidad” de parte de papá, peleaban siempre que ella llegaba cerca de la una de la mañana con el licor en sus venas. La odié tanto, la quería verse quemar en el medio de la plaza mientras grita para que paren, con las ampollas apareciendo en sus tobillos para luego explotar y dejar un amasijo de piel roja que se convertirá en negra y así con todo su lindo cuerpecito.

Lástima que eso no pasó. Desafortunadamente ya no estaba viva cuando eso pasó.

Soy una mentirosa, ya te lo dije, por eso te he ocultado el hecho de que estoy en la horilla de un acantilado con la ropa llena de sangre y con una casa quemándose atrás de mí. Ya puedo escuchar las sirenas, por ello creo que tengo que contar el clímax de todo esto antes de que lleguen.

Ella había desaparecido toda la mañana, cuando llegó, cerca de las tres de la tarde, los gritos comenzaron, como odiaba esa casa cuando en las paredes revoloteaban los gritos y me hacían daño en los oídos, lo odio. La puta, en medio de su desvarió se atrevió a golpear a papá. Lo escuché y morí de miedo, no podía moverme, después hubo más golpes, con ira y fuerza, escuché como el piso se resentía luego de que alguien cayera sobre él.

El corazón me dio un vuelco y mi entrecejo estaba tan apretado que debió de estar casi blanco. Abrí la puerta con ira, tanta que esta se golpeó contra la pared. En el pasillo, papá trataba de volverse a parar, se giró hacia mí y le pude ver la cara, llena, rebosante de angustia, de miedo. ¿hasta qué punto se puede convertir el amor en odio? La loca estaba al final del pasillo, con las manos empuñadas y el odio en su rostro.

Creo que en ese momento papá supo que las cosas no iban bien.

Y vaya que se irían a peor.

  • ¡Vete a tu puto cuarto, esto no tiene nada que ver contigo! –vociferó ella.
  • Julieth no por favor, déjame arreglar esto a mí, ¿sí? Papá lo arreglará.

Le hubiera creído, me hubiera refugiado en mi cuarto con mi música, pero… no te vas sin más cuando vez la nariz de tu padre sangrar y uno de sus ojos amoratado. No. Eso enciende lo peor de ti.

  • QUE TE VAYAS. –gritó.
  • Margaret por favor para, si, nos iremos de aquí y cuando te calmes hablamos. –dijo papá incorporándose.
  • ¡no papá, ella es la que debe irse! –espeté.
  • Por favor paren, ¡paren!
  • Ay, Jonatán deja de ser tan patético, ¿no vez lo que eres? Un abusador, maltratador…
  • QUE PUTAS ESTAS DICIENDO DE MI PADRE. –grité a todo lo que daba mi garganta.
  • ¿no lo ves?

La perra alzó su puño y se golpeó la cara, justo en el ojo, y la sangre se expandió bajo su piel, generando un grandioso moratón.

  • vociferé y me abalancé sobre ella.

Pero, papá, con su inmenso amor, decidió abrazarme antes de que la alcanzara, y la loca le pegó una palmada en la cabeza y luego un puño. No entendía cómo podía odiarla aún más, lo hacía con toda mi alma.

  • No soportaré más esto Jonatán, no. No, no, no. –ella se perdió.

Su mente se había trastornado, afectada por el alcohol y por, tal vez, alguna enfermedad mental o simplemente la maldad de sus venas, se quedó catatónica, apreciando la nada, mirando el pasillo de madera. Mis ojos se abrieron, de repente supe que no pasaría nada bueno.

El cuchillo apareció de la nada y me arrancó un grito, la espalda de papá sangraba y lo único que pude hacer fue llevarme las manos a la boca.

  • Lo ves Jonatán, no soy una perra a la que puedas engañar cuando quieras, te amo y por eso tienes que estar aquí, conmigo, solos tú y yo, sin las intromisiones de tu bastarda.

El tiempo se detuvo para mí, ella vociferaba, veía su boca moverse rápidamente, como ondeaba su pelo ante la ira, vi la cara de papá, su preocupación y su miedo, las lágrimas que llenaron sus ojos y corrían por sus mejillas.

  • Corre, mi niña. –fue lo último que me dijo.

Me empujó y cayó al suelo. La mujer veía como el mango del cuchillo sobresalía en el omoplato de mi padre, y ese silbido que producía era horrendo, la vida se le iba como el aire.

Corrí por el pasillo, tenía ira y miedo, papá dijo que me fuera y eso era lo único en lo que podía pensar. Me costó mover el picaporte de la puerta trasera, al final del pasillo y cuando salí al sendero bordeado de árboles, escuché los pasos sobre la madera. Se está acercando y va a matarme, lo hará como con… no, él no está muerto. Tengo que hacer algo. Pensé mientras que mi huida hacía crujir las ramas caídas.

Allá en el claro, sobre un madero estaba clavada el hacha de papá. Cogí el mango con las dos manos y halé lo más fuerte que pude. El acero apenas se movió. Puse un pie en el madero para halar con más fuerza. El hacha se desencajó, caí al pasto y me llevé la herramienta conmigo. La parte trasera del hacha golpeó mi pecho. Aun en estos momentos me duele.

Me levanté y con una mano en el pecho y la otra arrastrando la pesada hacha, me dispuse a enfrentar a la perra.

Papá estaba en el pasillo, en medio de un charco de sangre, sin el cuchillo en la espalda, mientras que la sangre se escurría por la camisa. Lo imaginé gorjeando mientras la sangre salía por su boca y perdía el aire, estremeciéndose al tiempo que su cara se volvía morada. Eso me hizo buscar sangre, encendió la bestia dentro de mí y tomé el hacha con las dos manos.

Llegué a la sala. Ella estaba en el sillón, con una sonrisa burda en los labios y el cuchillo punzando en el cuello.

  • Ahora no puedes hacer nada, maldita bastarda. Ahora yo estaré con él y tú no. –la sangre salió del cuello y cubrió la hoja.

Corrí hasta allí, alzando el hacha y gritando de odio, la clavé en su cráneo, escuché como se quebró. al igual que con el madero me tocó utilizar mucha fuerza, pero esta vez no lo sentí, la sangre se escapó de su cabeza y me cubrió por completo,

Me gusta pensar que cuando lo hice, no había quedado inconsciente por la herida del cuello, ella lo sintió, sintió el castigo. Sin embargo, en ese momento, no fue suficiente para mí. El cuerpo cayó del sillón y allí la azoté miles de veces, hasta que no era algo más que una masa putrefacta de huesos, carne y sangre, hasta que me dolían los brazos y la madera del suelo se comenzaba a dañar. Una y otra vez. Una y otra vez. Golpea. Golpea.

Saqué el cuerpo de papá, arrastrándolo hasta la vegetación. Luego quemé la casa. Ya no había nada, nada a lo que apegarme, papá estaba muerto. La madera producía sonidos que enardecían el fuego. La puta debía de estarse quemando dentro, como la bruja que era. Y con ello, todo lo que era mi vida se fue esa tarde.

El cuerpo de papá está a mi lado, lloré todo este tiempo con él en brazos, recordando cuando me dio el oso de peluche. “mantente con él y nunca estarás sola” me dijo entonces, siempre que abrazaba ese oso pensaba que era papá. Pero ella me lo quitó, no solo al oso, que destrozó, sino toda mi vida.

Los bomberos están apagando el fuego, la policía viene. Me llevarán y me encarcelarán por siempre, o terminaré en un maniaco, tirarme de aquí es el mejor destino, tal vez encuentre a papá, tal vez.

  • Creo que ya llegó tu turno de terminar esto, hasta siempre quienquiera que lo lea.

 

Fue así como Julieth se levantó ante el acantilado, dos agentes de policía corrían, dejando atrás las cenizas de la casa, en busca de esa figura. Ella se volvió. Ellos pararon y le apuntaron con sus armas. Cerró los ojos y dio un paso a su destino.

 

 

Esto puede interesarte también

Deja un comentario