Fuga en el Museo del Prado. Cap 11. Cristina Gómez

El primero en llegar a la comisaría como siempre: Rodolfo. Se sentó en su silla, comprobó que no hubiera ninguna carta nueva ni ningún correo, comprobó los informes del día anterior y comenzaron a llegar todos sus compañeros al grito de: “Buenos días, Comisario, a sus órdenes”.

Tras dejar el deporte, había ido avanzando escalones en la policía Nacional en contra de la voluntad de su mujer que hubiera preferido que se dedicara a entrenar porque estaba totalmente en contra de la violencia. Sin embargo, Rodolfo se excusaba una y otra vez diciendo que no era necesario su uso si cada cual respetaba las normas marcadas.

Entonces, cuando llegaron todos a la comisaría y se colocaron en sus respectivas esterillas comenzaron los ejercicios comunes: comenzaron por los estiramientos de cuello, espalda, brazos siguiendo por cintura, piernas y tobillos para terminar con unos ejercicios de yoga para despejar la mente así como para no perder la elasticidad y la flexibilidad básicas para un buen policía de campo. Rodolfo había sido siempre un apasionado de las artes orientales y más aún desde que fue a un Mundial a Japón y vio las ventajas que podían proporcionar estos ejercicios así como la facilidad y la versatilidad que tenían.

Cuando terminaron, más o menos, a las nueve de la mañana, entró uno de los oficiales gritando con un papel arrugado en la mano: ¡Mirad, mirad! ¡Tengo el caso más extraño de los últimos años! ¡Ha vuelto la Inquisición!

Todos se quedaron atónitos al oír aquella inverosímil noticia. Mientras, el oficial Gallardo, así se llamaba el buen hombre, se dispuso a colocar todas las fotos en el panel que estaba al fondo de la habitación. Correspondían al lugar del crimen, el cuerpo y los diferentes detalles que pudieran darles cualquier tipo de pista: el estado de los dedos, las posesiones del difunto, todo. Después se dispuso a describir como se encontraba el cadáver: con las manos cercenadas, con la cara quemada y con las uñas de los pies arrancadas.

Aquella descripción no era nueva para Rodolfo, ya lo había oído antes, pero ¿Dónde? No recordaba quién había sido, era la primera vez que le ocurría en su carrera, se había quedado en blanco, pero un mensaje le devolvió sus recuerdos. Era Cadia que le escribió:

Tengo al coleccionista de ayer en la camilla. Esto es imposible: el hombre desmembrado era el coleccionista de sellos. Después te cuento más.

Por supuesto, había sido Cadia el día anterior en la calle cuando iban a coger el coche. Entonces decidió pasar a la acción y comenzó a hablar:

-Yo se quién es. Este hombre, es un coleccionista inexperto de sellos que ayer mismo vendió un sello por una importantísima cantidad de dinero en la Plaza Mayor de Madrid. Luego, por la hora en la que había sido encontrado y las marcas que posee el cadáver como veis en la foto, nos indica que fue secuestrado al poco de salir de la Plaza, posiblemente en algún callejón, cuando todavía tenía el dinero y que fue torturado por algún otro motivo. Que le cortaran las manos y le quemaran los ojos, además de por simple tortura, nos dice que no querían que se le pudiera reconocer fácilmente. Por lo tanto, lo primero que tenemos que hacer es buscar su placa dental para identificarlo y meter presión al laboratorio forense para que nos dé los resultados de la autopsia lo antes posible.

-”Eso ya lo hace usted en casa, ¿no Comisario?”

Todos sabían que Rodolfo y Cadia eran el mejor equipo para resolver algún asesinato: el comisario de la mayor Comisaría de Madrid especializado en criminalística y la mejor forense de toda España. Era imposible que algo se les escapara.

-”Cállese, Gallardo”-Soltó una breve risa y prosiguió-” Una vez identificado comprobar sus cuentas bancarias para saber si realizó el ingreso y debemos comprobar sus llamadas así como sus contactos para encontrar su posible asesino”.

-”De acuerdo, Comisario”.

-”Ahora mismo, Comisario”.

Salieron todos de la sala menos el oficial Gallardo que seguía sin poderse explicar como el comisario sabía todos los detalles del caso si le acababa de llegar la documentación. Rodolfo al ver su cara de asombro dijo:

-”En casa, hago algo más que meter presión a la forense, ella también me mete presión a mí”.

Rodolfo volvió a su despacho a observar las fotos más detenidamente para comprobar que no había nada que se le escapara, pues no se podía permitir el más mínimo error. Éste no era un caso de un conductor borracho que iba demasiado rápido sin identificar: un asesino andaba suelto.

En menos de una hora tenía todos los resultados que quería: había sido identificado previamente por el equipo forense con el nombre de Alejandro Barkish Summer. A pesar de los apellidos era español, aunque su padre había nacido en Berna y su madre era londinense. Trabajaba para una empresa suiza que se encargaba de subastar antigüedades, piezas únicas del pasado. En concreto, él era quien tenía que buscar las piezas por todo el mundo, sin embargo en este caso, había ampliado sus funciones.

Además la única cuenta a su nombre sólo había tenido tres movimientos en los tres últimos meses: sus tres nóminas, ni un solo gasto. Sin embargo, la cuenta de su sección de la empresa en Andorra de la que es cotitular había tenido mucha actividad en los últimos quince días, pero ni rastro del dinero del sello, como Rodolfo pensaba: había desaparecido del mapa.

Por último, todos sus contactos estaban clasificados en dos grupos: clientes y surtidores. No había rastro de teléfonos de jefes, ni tan si quiera de algún familiar: ni primos, hermanos, padres, nadie.

Entonces, Rodolfo volvió a reunir a su gente para comunicarles sus conclusiones a la luz de estos últimos descubrimientos:

-”Estamos ante un busca-fortunas que no se habla con su familia, sólo vive para el trabajo. Además, aunque su empresa posee grandes beneficios él lleva tres meses sin comprar nada a pesar de su elevado sueldo que podría estar gastando a espuertas. Por otro lado, vemos que aunque su trabajo es conseguir las “fortunas” también se dedica a venderlas como ha hecho esta última vez porque posee una larga lista de compradores. Podemos pensar que este hombre era un simple caza-fortunas que le quitó lo que no debía a quien no debía y ahora había sido torturado para conseguir la información que necesitaba y después con o sin la información le asesinó para deshacerse de él; o que le vendió la ganga equivocada al hombre equivocado.

De esta forma tenemos que hablar con sus jefes para saber cuales habían sido sus últimos trabajos y  para saber si estaban enterados de los “trabajos extra” que llevaba a cabo y por otro lado hay que comprobar la lista de surtidores y compradores para comprobar si alguno tenía antecedentes y si por alguno casualidad alguno había tenido la misma suerte que él. Poneos en marcha”.

-”Sí, mi comisario”-pronunciaron al unísono.

Cuando volvió a su despacho, miró su escritorio: en una esquina el reloj; las dos y cuarto su hora de comer y en la otra, una foto de Cadia; se preguntaba qué tal le estaría yendo a ella con el cadáver y si le podría ayudar en este caso.

Esto puede interesarte también

1 comentario

Deja un comentario