Fuga en el Museo del Prado. Cap 12 por Cristina Gómez

En esos momentos, Cadia estaba todavía examinando el cadáver con total asombro.

Cuando llegó a las nueve no daba crédito; ella había visto a ese hombre, pero no solo cercenado como estaba ahora sino que también lo había visto vivo, pero no sabía donde. Al quitarle la camisa se dio cuenta: era el coleccionista de sellos que se había embolsado tal fortuna.

En el muñón de las dos manos, tanto izquierda y derecha tenía el final de dos tatuajes simétricos, dos trivales que le ocuparían todas las manos, como el coleccionista que habían visto. El día anterior, ésto le llamó la atención porque siempre había sido muy aficionada a los tatuajes, pero cuando miró el cadáver no advirtió este pequeño detalle.

Por lo tanto, además de identificar o, por lo menos saber los rasgos raciales y de edad, en menos de cinco minutos a la víctima, lo que solía dar mucho trabajo, sabía que no le habían cortado las manos solo para torturarle o para eliminar las huellas dactilares, sino que también lo habían hecho porque aquellos trivales serían fácilmente identificables y además parecían pertenecer a una determinada padilla.

Por este motivo decidió dibujar sus recuerdos de los tatuajes y dárselos a Rodolfo por la noche por si le pudieran decir algo o ayudarlo en la investigación.

Al final, decidió dejarlo para más tarde pues lo que más urgía en aquel momento era hacer la autopsia y no unos cuantos garabatos mal hechos en un folio que podían no tener ninguna relevancia.

Comenzó buscando la posible causa de la muerte. La hipótesis más contundente y clara parecía ser que se había desangrado tras cortarle las manos puesto que las multitudinarias quemaduras no podía haberle causado la muerte y externamente no había ninguna marca de cuchillos o balas. Sin embargo, esta hipótesis no podía ser verdad puesto que examinando los cortes, que debieron ser realizados sin un material muy eficaz o por una mano inexperta pues poseía multitud de cortes en diferentes direcciones, podía observar que la sangre de los bordes estaba muy poco coagulada, es decir, ya estaba muerto cuando se le cortaron las manos, aunque prefería asegurarse antes de apuntar esta conclusión.

Sumergió el brazo de la víctima en el lavabo del laboratorio y como pensaba el coágulo se descompuso rápidamente quedando la herida abierta. Algo más se fue también con el agua: maquillaje. El extremo de los brazos tenía ahora un color azulado que contrarrestaba enormemente con el blanco del resto del cuerpo. Decidió lavar el resto del cuerpo. Entonces apareció una piel azul llena de tatuajes negros que Cadia comenzó a fotografiar pues podrían ser de gran ayuda para la investigación.

Cuando lo vio, se quedó impactada, nunca había visto a una persona con una coloración tan fuerte, era casi como si estuviera haciendo una autopsia a un Avatar. La coloración podía deberse a diversos venenos, que por supuesto tenían que ser la causa de la muerte. Entre los más comunes y fáciles de utilizar se encontraban la cicuta o el cianuro. Por su rapidez, admitió como hipótesis más probable el cianuro, pues la exposición a una alta dosis provoca la muerte en minutos cosa que no pasa con la cicuta que tarda varios días en hacer efecto.

Sin embargo, para estar segura intentó buscar en las partes en las que el color azul es aún más intenso si es envenenamiento por cianuro. Así buscó en las manos, estaban cercenadas; las conjuntivas oculares, quemadas; los pómulos, quemados; las uñas, cortadas; así que solo le quedaban los labios y el velo del paladar. Cogió un papel y le limpió los labios que estaban de un color azul tan oscuro que casi parecía negro, pero para no tener ni la más mínima duda le abrió la boca y vio como el paladar tenía el mismo color que los labios. No había duda: había sido envenenado por cianuro.

Aunque la causa de la muerte ya había sido encontrada no quería darle todavía ningún detalle a la policía, pues prefería dar un informe detallado con todos los traumatismos y patologías que encontrara en el cuerpo. Así se dedicó a comprobar las quemaduras.

Por su forma, parecía que habían sido hechas por un objeto circular, y por como había dejado la piel parecían haber sido causadas por un hierro incandescente y además había dejado fragmentos de pintura sobre la superficie de una de las quemaduras del pómulo. Así que mandó al laboratorio las pocas muestras que encontró para que las analizaran y le pudieran dar más detalles sobre “la antorcha”.

Después, siguió mirando las quemaduras por si hubiera alguna marca debajo como tatuajes o lunares, pero no parecía que hubiera nada. Además las quemaduras de los ojos habían sido muy precisas y habían incluso introducido el hierro candente dentro del ojo para impedir a toda costa que alguien los pudiera ver, aunque estas heridas habían sido todas hechas antes de la muerte por lo que sería más fácil que le hubieran torturado, lo que le parecía increíble en el siglo XXI en España.

Por último, debía analizar los pies puesto que se habían tomado la molestia de arrancar una a una sus uñas. Al igual que las manos su extracción no había sido muy precisa, pues se observaba un ensanchamiento de la raíz de la uña lo que indicaba que no había sido una extracción limpia sino que había sido movida lateralmente o incluso girada. Esto indicaba que por lo menos en la sala en la que le habían torturado había dos personas: una con conocimientos médicos que seguramente sería el jefe que le quemó los ojos y posiblemente el resto de la cara y otra, el mandado, que había tenido que realizar los trabajos más toscos y crueles en los que su jefe no iba a mancharse las manos.

Ya una vez analizado externamente todo el cadáver se dispuso a realizar la autopsia propiamente dicha. Examinó durante más de dos horas los diferentes órganos del muerto comprobando que todo estaba en orden y que no había tenido más lesiones, salvo como es obvio, rigidez de todo el sistema nervioso provocada por la intoxicación. Sin embargo, sí que observó que los riñones y el hígado estaban algo afectados y los pulmones estaban ennegrecidos por lo que se trataba de un fumador y bebedor habitual.

Ahora ya tenía todos los datos para realizar el informe. Miró el reloj: eran las tres de la tarde. Era el momento idóneo para tomarse un respiro, pero justo entonces recibió un mensaje de Jaime:

Mama ven rápido, que Mariana se encuentra muy mal y Margarita está llorando. Avisa también a papá por si acaso que no se como arreglarlo. Siento tener que molestaros.

Al leer el mensaje, Cadia salió rápidamente de la sala de autopsias con el informe a medio rellenar y llamando a Rodolfo para que acudiera muy rápido a casa, aunque deseaba que pudiera arreglarlo ella sola.

Habló con él y los dos se dirigieron como rayos a casa. Llegaron en unos diez minutos, primero Rodolfo y luego Cadia. Cuando llegó vio una situación insólita. Las estanterías estaban tiradas por el suelo, Mariana estaba en el suelo desmayada y con un fuerte golpe en la cabeza, Margarita seguía llorando en una esquina del salón y Felipe estaba al lado de su esposa sin saber que hacer mientras Jaime intentaba curarle la herida a Mariana.

Lo primero que hizo Rodolfo fue curar a Mariana, mientras Jaime intentaba tranquilizar a Margarita. Aunque Jaime sí tranquilizó a Margarita que volvió a sonreír como siempre Rodolfo no fue capaz de reanimar a Mariana. Lo único que pudo hacer fue taparla con una manta para que conservara el calor hasta que llegara Cadia. Cuando ésta llego, cogió unas hojas de guaraná que tenía en uno de sus múltiples botiquines. Las pasó por debajo de la nariz de Mariana que al poco de olerlas recuperó el conocimiento, aunque estaba desubicada no conocía muy bien el sitio donde estaba, pero sí que conocía  a las personas que estaban a su alrededor lo que era una buena señal para descartar la amnesia.

Una vez arreglados todos los problemas, decidieron comer todos en casa mientras Jaime les contaba lo que había pasado. Él llego a casa y todo estaba en orden: los reyes estaban leyendo y Margarita estaba viendo a Bob Esponja y a Patricio en el ordenador, pero al poco de meterse en la cocina oyó un fuerte ruido y salió a ver que había pasado. Mariana había intentado subirse a una banqueta para coger un libro de la parte alta de la estantería, pero se patinó y al agarrar la estantería esta se le cayó encima. Entonces entre Felipe y Jaime consiguieron sacar a Mariana de debajo de la estantería, pero Margarita se había asustado tantísimo que se había ido a una esquina de la habitación a llorar. Al ver que MAriana estaba inconsciente decidió llamarles.

Cadia decidió hacerle un chequeo completo a Mariana después de comer para descartar cualquier hemorragia interna. Comieron rápido, casi sin saborear la comida pues eran más de las cuatro de la tarde y tenían que volver al trabajo para seguir investigando aquel caso. Hizo un chequeo tan exhaustivo que incluso le dijo a Mariana que podría estar embarazada de su segundo hijo lo que les dio una gran alegría a los reyes, pues esperaban ansiosamente un varón que sucediera en el trono a su padre. Además el resto de órganos se encontraban de maravilla, pero ya eran casi las seis de la tarde por lo que debía volver rápidamente al hospital si quería terminar el informe y entregárselo a Rodolfo antes de que acabara el turno.

Así, todos volvieron a sus trabajos.

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