Fuga en el Museo del Prado. Cap 19. Cristina Gómez

Por una vez en todo el día, alguien llegaba a la comisaria, y con buenas noticias. En cuanto Cadia le explicó lo que había pasado a Rodolfo este mando las muestras al laboratorio para que las cotejaran con la lista de más de cincuenta personas que eran clientes de “Alejandro” y habían estado relacionadas con el tráfico de drogas.

Entonces, mientras esperaban los resultados los dos se metieron en el despacho de Rodolfo. Estaban callados, sin nada que decir mirando para el suelo. Cadia recordando a su pequeño, pensando como lo estaría pasando y Rodolfo intentando no mirarla para no sentirse culpable por no enseñarle la oreja de su hijo. “Es mejor así, no quiero asustarla, aunque es médico, es de su hijo no es una oreja cualquiera” se repetía una y otra vez.

Aunque pareció una eternidad, en tan solo diez minutos obtuvieron los resultados. Había una coincidencia: Julián Alsar Gomes. Mexicano con varios encarcelamientos por venta de drogas. Sin embargo, el rastro se acababa aquí. No había teléfono o dirección donde poder encontrarle, solo la matrícula de una furgoneta a su nombre.

Intentaron rastrearla, burcarla por toda la ciudad, pero nada. Ni rastro, parecía que se la había tragado la tierra. Se estaban quedando sin esperanzas cuando una pestaña empezó a parpadear en uno de los ordenadores. Un mensaje de una comisaría de Vallecas, acababan de llamarles diciendo que habían visto entrar a un hombre en una gasolinera con la descripción de Julián, pero no sabían a donde se dirigía.

Entonces Rodolfo mandó a tres coches patrulla para que controlaran las salidas de Vallecas. Hay que intentar evitar que se escape. Al resto les mandó otra tarea que les podría ayudar incluso más que la anterior: tenían que buscar dentro de esa lista algún titulado en Medicina o en Enfermería, porque las quemaduras de los ojos que encontraron en el cuerpo de Julio solo podrían haber sido hechos por una persona con esa formación. Era la última bala de la recamara, a todo o nada, cara o cruz.

Ahora sí tuvieron suerte. Encontraron: una coincidencia que Cadia prefería no haber descubierto: era su compañero de laboratorio, Erik López, de tan sólo 25 años acabada de terminar el MIR y estaba trabajando con ella para hacer el doctorado. Era el chico más simpático que había conocido nunca además de muy trabajador y estudioso.

Al ver la cara de susto cuando vio la foto Rodolfo le preguntó que le ocurrió y le contó todo. “Ya te tengo cabrón”. Pensó mientras le pedía a Cadia todos los datos del chaval.

Vivía en un barrio muy humilde a las afueras de Madrid, cerca del colegio de Jaime. No esperó ni un segundo más, cogió el coche y fue a por él. Sólo, sin refuerzos, le daba igual, él iba a salvar a su hijo.

Cuando llegó, allí estaban los cuatro: Alsar y López en una esquina y en el centro su hijo amordazado y atado a Thomas Miller. Cuando le vieron llegar sacaron varias armas de diferente calibre y empezaron a disparar. Cuando se acababa la munición de una continuaban con otra y así hasta que un par de disparos certeros de los compañeros de Rodolfo que habían ido a Vallecas y llegaron como refuerzos les dieron en el hombro a ambos dejándolos sin posibilidad de matar.

Mientras Rodolfo estaba tendido en el suelo, sangrando por la pierna derecha, porque el chaleco antibalas y la mesa que había utilizado de pantalla no fueron suficiente para parar todos los impactos. Enseguida llamaron a una ambulancia para que se lo llevaran al hospital, junto con su hijo cuya oreja, a pesar del corte limpio que le habría realizado Erik, estaba infectada.

Sus compañeros quisieron quedarse a atenderle, pero un bufido de Rodolfo les cambio de idea:

-¡¿Estamos tontos o qué nos pasa?! ¡Hay que registrarlo todo! ¡Necesito todas las pruebas! ¡Quiero saber por qué lo han hecho! ¡Y lo quiero ya! ¿Me oís? ¡YA!

Todos se pusieron manos a la obra y encontraron un diario donde estaba apuntado todo lo que había pasado en casa de Rodolfo y de Cadia donde además se nombraba a dos mujeres: Ana y Selena. Debían de ser las mujeres que estuvieron en su casa haciéndose pasar por Mariana y Margarita.

Además, encontraron en la mesa el famoso sello que tantos problemas había dado. Era un sello original del siglo XIX de los que solo se imprimieron 100 y hay menos de una decena localizados, pero para estas personas lo más valioso estaba en el interior: 20 gramos de LSD lo que podría alcanzar un precio de 60.000 US$.

Una vez realizado el registro todos salieron de allí para ir a la comisaria donde se llevaría a cabo un interrogatorío que resultó bastante revelador:

El día que fueron al Museo estaban allí los cuatro: Alsar, Selena, Ana y López preparados para el plan maestro. Hacía varios meses que Erik había oido a Cadia decir que quería llevar a Jaime al Museo para que viera algo más que esos dichosos manuales de fotografía que le absorbían todo su tiempo. Así que decidieron esperar el momento adecuado para poner en marcha su plan.

Cuando estuvieran delante del cuadro Erik apagaría las luces y los otros tres tenderían una pared falsa con el cuadro recortado que levantarían en el momento en el que Jaime y sus padres se fueran de la sala. Entonces Selena se haría pasar por Mariana, Ana (hija de Selena y Alsar) sería Margarita y Alsar el rey. De esta forma podrían controlar a la mejor pareja de investigadores nacionales tanto en casa como en el trabajo y así distraerles o sacarles del trabajo siempre que les hiciera falta.

¿Y todo esto para qué? Se preguntarán ustedes. Pues la respuesta es bien sencilla, como suele pasar en estos casos un ajuste de cuentas: el sello llegó a manos del hermano de Alejando por un descuido de Erik quien no podía desperdiciar esa jugosa cantidad de dinero para poder seguir pagando sus estudios y su estancia en Madrid. Entonces contactó con Julián quien necesitaba dinero y vengarse de Julio por una jugarreta que le había hecho dos años atrás. Erik intentaría recuperar el sello con la ayuda de su hermano, bastante más manazas y torpe para los estudios (al que también se detuvo más tarde) y los otros tres distraerían a los que iban a ser los investigadores del caso para retrasar e impedir que les descubrieran.

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