Fuga en el Museo del Prado. Cap 4. Cristina Gómez

 Una vez que terminaron de comer decidieron ir al parque del Retiro y así aprovechar para enseñarles la Puerta de Alcalá al salir.

Para su sorpresa el rey Felipe no les dijo nada sobre el parque, no le sonó para nada el nombre a pesar de que él junto con sus ayudantes diseñaron un precursor de este bellísimo parque que no tenía nada que ver con el parque actual.

Cuando él o sus ayudantes diseñaron el parque constaba de 145 hectáreas y solo se iba a construir el Palacio del Buen Retiro como segunda vivienda real. Ninguna persona que no fuera de la realeza pudo entrar en el parque hasta cien años después con Carlos III.

Después de pensarlo mientras caminaban por la calle de Alfonso XII Rodolfo cayó en la cuenta de que era imposible que supiera la existencia de este parque puesto que lo diseño un par de años después de que Velázquez pintara el cuadro aunque poseía los terrenos veinte años antes.

Entraron al parque por la puerta de Felipe IV, puerta que le dedicó su hijo Carlos II para que entrara al antiguo parque su primera esposa María Luisa de Orleáns. Prefirió no explicarles nada hasta que llegaran al paseo de las Estatuas, una vez allí ya se enterarían de todo. De allí pasaron al Parterre que es un jardín de árboles y arbustos con composiciones circulares muy bonitas, que pasaron poco a poco para poder admirar lo bonito del paisaje.

Tras este jardincito para llegar al lago y montar en las barquitas al dirigente de la batalla de los Treinta Años pasaron por el Paseo de la Argentina más conocido como el Paseo de las Estatuas donde se encontran doce estatuas de algunos monarcas españoles. Pasaron por todas las estatuas, pero se pararon especialmente en dos estatuas, la estatua de Carlos I bisabuelo de Felipe IV y de Carlos II hijo de Felipe IV, y el cual todavía no saben que va a nacer. Entonces ahí, tuvieron que explicárselo todo.

-Oye Felipe, ¿te recuerda a alguien esta estatua?-dijo Jaime con miedo, sin saber como reaccionaria el monarca.

-No, la verdad es que no.-dijo el monarca muy cortante.

-Pero, papi, ¡si es igual que tú!-dijo Margarita.

-Muy bien, pequeña- dijo Jaime, moviéndole el pelo- este es tu hermano pequeño, aunque tú todavía no le conoces. Se llama Carlos y va a ser rey como tu papá.

-Sí, ¡qué bien! Voy a tener un hermanito.

-Así que, ¿éste va a ser mi hijo?

-Sí, su majestad, usted va a tener tres hijos, y éste va a ser el más joven, pero también el que más años viva y el único que llegue a ser rey. Éste le dedicará el nombre de la puerta por la que hemos entrado: la puerta Felipe IV. Pero ahora no le puedo desvelar más, por lo que sigamos con la ruta.

Nadie dijo nada, así que lo interpretó como un sí. Siguieron el paseo hasta el estanque presidido por el monumento a Alfonso XII. Para no entretenerles ni montar otro lío con el cambio dinástico en España ni Jaime ni sus padres dijeron nada sobre la escultura, y fueron directamente hacia las barquitas. Pasaron al lado de los artistas callejeros que se ponen enfrente del lago. Aunque no entendían nada de lo que hacían allí esas personas estos viajeros del tiempo, por una vez, sin que sirva de precedente, prefirieron no decir nada y continuar hasta el embarcadero. La verdad es que la mayoría tenía ganas de montarse en ellas.

Cuando estaban llegando Margarita agarró del pantalón a Jaime y le dijo:

-Jaime, ¿qué vamos hacer? No se nadar y esto me da miedo.

-Tranquila, pequeña, tú te subes conmigo si quieres y así no te pasará nada, o sino te subes con papá y mamá.

-No, me subo contigo que papá y mamá no han subido nunca a un barco y seguro que nos hundimos.

-Vale chiquitina, entonces tendremos que enseñarles a remar.-Dirigiéndose al resto-Primero nos vamos a subir Margarita y yo, y así veis como lo hago, si no va a ser muy complicado explicároslo aquí parados.

Subió primero Jaime a la barca y ayudó a Margarita a subir muy despacio para que la barca no se balanceara y Margarita se echara para atrás asustada.

Cuando ya estuvieron los dos en la barca Margarita se sentó en la proa muy quietecita mirando como golpeaba el agua en la proa y Jaime se puso en el centro de la barca para poder coger los dos remos el solo y remar sin problemas.

Jaime empezó a remar, llegaron a la altura del resto y les dijo que si habían visto como remaba él y no tenían ninguna pregunta podían coger el resto de barcas y lo que si podían hacer era sentarse los dos en el centro de la barca cogiendo cada uno un remo, y así les costaría menos remar y avanzarían más incluso que ellos.

Los padres de Jaime, Rodolfo y Cadia, prefirieron no subirse a las barcas y quedarse fuera y mientras intentaban situarse en las barcas y coger el ritmo en parejas Cadia les sacaba fotos cómicas con el nuevo móvil de Rodolfo, que casi parecía una cámara profesional. Los reyes se subieron juntos con su perro, un mastín español muy calmado que ni siquiera ladraba al subirse a la proa del barco, se subieron en una de las barcas más grandes del retiro (para algo eran los reyes); sin embargo, no eran capaces de ir a la vez y la reina casi no remaba (decía que eso era para esclavos en las galeras), así que daban vueltas en redondo constantemente hasta que el rey se paró y le dijo a su mujer que o remaba o se acabó el paseo en barquito, porque él no la iba a llevar.

Entonces, entre remo y no remo, la reína, muy orgullosa como buena aristócrata, dijo que se bajaba en ese mismo momento porque estaba harta de dar vueltas como una estúpida y además le estaban empezando a doler las manos. Así que, se acercaron al embarcadero, pero cuando la reina fue a poner el pie ya en tierra firme se resbaló y se cayó al agua tirando también al rey que salió de un salto por lo fría que estaba el agua. Aunque ésto parezca una simple anécdota, todos se quedaron sin respiración por un momento. La reina con todos sus corsés y un can-can de casi tres kilos calados de agua no podía mantenerse flotando y se iba hundiendo poco a poco. Entonces Rodolfo, se quitó la camisa, los zapatos y saltó al agua para sacarla. Intentó levantarlas con todas sus fuerzas, pero no era capaz de levantarla. Entonces, a pesar de los posibles chillidos posteriores de la reina, tiró de la falda y le cortó el vestido dejando que se hundiera el can-can y liberándola de la mayoría de su peso.

Una vez que salieron del agua el cuadro, era incluso mejor que el que pintó Velázquez, Rodolfo calado intentándose secar con la camisa y con la cazadora de Cadia sobre los hombros, la reina con el vestido empapado y con “mini-falda” rasgada a la última moda y el rey que parecía un jilguero recién pasado por debajo de la lluvia tiritándo y sacándo el litro de agua que se le había metido en cada uno de sus zapatos.

Después de esto, Cadia llamó fuerte a su hijo y a Margarita que estaban en la otra esquina del lago sin enterarse de nada así que tuvieron que esperar allí todos congelados de frío hasta que los dos niñucos se dignaron a volver. Al ver el espectáculo desembarcaron lo más rápido que pudieron y fueron directamente su casa para poder ducharse todos y quitarse el fría que se les había metido hasta los huesos a pesar de que todavía les quedaban unos quince minutos para seguir remando.

A pesar de estos incidentes, Cadia tenía en el móvil más de 500 fotos, todas preciosas que podían formar parte perfectamente de un álbum un poco peculiar, porque había sacado fotos hasta de Rodolfo y la reina en el agua. Además, la pequeña Margarita, a diferencia de a sus padres, le había encantado el remo, incluso se había atrevido a dar unas pocas paladas y le encantaría volver a probarlo otro día.

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