Fuga en el Museo del Prado. Cap. 6. Cristina Gómez

A la mañana siguiente Cadia y Rodolfo se levantaron muy temprano para preparar el mejor desayuno a sus huéspedes. Rodolfo cogió las naranjas e hizo prácticamente un litro de zumo y después hizo lo mismo con las manzanas y mezcló parte de los dos en dos vasos. Mientras Cadia estaba horneando varias bandejas de galletas y las rellenó unas de crema de cacahuete y otras de crema de chocolate y a la vez preparó dos rebanadas de pan con tomate y un poco de ajo untado.

Cuando Rodolfo terminó se acercó por detrás a Cadia, la abrazó y le dio un beso en el cuello. Cadia que estaba terminando con las tostadas, sonrió y se giró para devolverle el beso. Se abrazaron y se besaron durante más o menos cinco minutos y cuando Cadia le susurraba a Rodolfo un simple “Te quiero” apareció Jaime de sus cuarto bostezando muy fuerte.

Así que, para disimular, se pusieron a beber sus zumos y a comer las tostadas. Todo estaba ríquisimo incluso mejor que cualquier otro día.

En eso llegó Jaime, medio dormido hasta que empezó a oler las galletas de chocolate las que más le gustaban. Abrió los ojos y al verlas en la mesa, salió corriendo y cogió una en cada mano. Sin embargo, no se dio cuenta de que todavía salía humo y estaban quemando. Tuvo que soltarlas encima de la bandeja muy rápido y gritó tan fuerte que se había quemado que despertó a Margarita y a sus padres que salieron a ver que había pasado.

Los reyes cuando vieron la menudencia por la que habían sido despertados, como ellos mismos dijeron, se volvieron a la cama sin ni siquiera decir buenos días o mirar el desayuno que estaba ya preparado. Por el contrario, Margarita se quedó en la cocina preguntando a Jaime como estaba y si le dolía mucho el dedo que tenía completamente rojo por la quemadura. Entonces, para que dejara de quejarse y que los dos niños se pusieran desayunar, Rodolfo sacó un par de hielos que, con una servilleta, le puso encima del dedo durante a penas dos minutos hasta que le dejó de molestar.

Los dos niños se pusieron a desayunar y se comieron, entre los dos, dos bandejas enteras de galletas, una de cacahuetes y otra de chocolate, se terminaron todo el zumo de naranja y dejaron algo del de manzana, tampoco mucho.

Viendo ésto, Cadia les quitó las galletas y les mandó irse a vestir para así estar preparados cuando sus majestades quisieran desayunar y marcharse de la casa a ver el palacio del Escorial, la primera visita de este segundo día. Margarita fue directamente a la habitación a coger su vestido dorado, pero vio en el armario de la habitación donde dormían sus padres algo muy brillante. El armario estaba entreabierto y se podía ver un viejo vestido de Cadia. Era un vestidito de cuando ella tenía seis años era muy colorido: naranja, amarillo, rojo azul, casi como un arcoiris y en los bordes tenía lentejuelas de todos esos colores lo que le daba mucho más colorido y brillo. Aunque por supuesto dejó de valerle hacía ya muchos años lo llevaba consigo porque fue el vestido que llevaba cuando conoció a Rodolfo.

Margarita cuando le vio quiso ponérselo, por lo que fue a preguntarle a Cadia si lo podría coger. Ésta cuando vio la cara de súplica que ponía Margarita, que más que pena daba ganas de reír, aceptó. Entró en la habitación sin encender ninguna luz (a ver quien es el guapo que despierta a sus Majestades), cogió el vestido y salió.

Margarita fue rápidamente al cuarto de Jaime a probárselo puesto que Jaime ya se había vestido y estaba en el ordenador del salón escuchando música como todas las mañanas antes de ir a clase. Cuando Margarita salió de la habitación estaba guapísima. Le quedaba perfecto, parecía hecho a medida como todos los vestidos que se podía normalmente. Cadia al verla no pudo evitar romper a llorar, pues se acordaba de aquel verano del 80. Entonces Rodolfo, que se dio cuenta, les dijo a los niños que seguro que Cadia estaba deseando contar la historia de aquel vestido. Ella se secó las lágrimas de felicidad y entre sollozos comenzó la historia.

Era un martes de julio, muy caluroso como casi todos los años en Cervera (Lérida), el pueblo de sus padres. Había salido al jardín de la casa luciendo su vestido nuevo, cuando vio a un niño que tendría un año más que ella. Era muy alto con los ojos marrones y una sonrisa que le iluminaban toda la cara. Entonces le preguntó si quería ir a dar un paseo cerca del río para ver los peces. Cadia, enamorada de los animales, aceptó sin pensárselo dos veces, cogió la bici y le siguió hasta el río. Una vez allí Rodolfo le ayudó a cruzar todas las piedras para pasar a la otra orilla donde había más espacio para sentarse, pero cuando estaba por la mitad Cadia se resbaló y Rodolfo intentando ayudarla le agarró el vestido. Entonces este no resistió y se rompieron todas las lentejuelas que se esparcieron río abajo y Cadia se cayó al agua mojando y ensuciando su nuevísimo vestido. Cuando se levantó lo único que fue capaz de hacer fue empezar a llorar y coger la bici para volver a casa.

Al día siguiente, no tenía ganas de salir a la calle, para que nadie se riera de ella, pero cuando faltaban dos minutos para las doce oyó la puerta. Avisó a sus padres para que abrieran, pero como no le contestaron bajo ella misma a abrir. No se sorprendió al ver que no había nadie en la puerta y pensó que era una broma, aunque de repente algo brilló delante de sus ojos. Era un pequeño paquete que estaba a sus pies. Se agachó para cogerlo y para su asombro era un papel escrito con el que alguien había envuelto un montón de lentejuelas. En el papel ponía lo siguiente:

“Querida Cadia,

Siento mucho lo que pasó ayer. No pensé que podría romperte un vestido tan bonito como el que llevabas puesto y quedarme tan tranquilo. Así que, cuando te marchaste corriendo intenté alcanzarte, pero ya era demasiado tarde. Entonces pesé en el viejo molino que hay  río abajo. Recé con todas mis fuerzas para que tus lentejuelas se quedarán enganchadas en sus palas y no siguieran bajando, sí eso pasara, no me lo perdonaría.

Bajé todo lo rápido que pude, casi atropello a la señora Rodriguez, que seguro que sabes lo bien que se lleva con las bicis, pero me dio igual lo único que quería era recuperar tus lentejuelas. Entonces llegué y allí estaban, dentro de uno de los cajones, brillando bajo el agua. No me lo pensé dos veces y me tiré. El agua estaba muy fría, pero no me importó y las fui cogiendo una a una. Me sumergí unas cinco veces hasta que las cogí todas. Entonces me fui a casa, las sequé, miré que estuvieran todas bien y me pude a escribir esta carta.

Espero que después de leerla me perdones y podamos ser amigos.

Un fuerte abrazo,

Rodolfo”

Cuando terminó de leer la carta entró en casa y convenció a su madre para que le volviera a coser el vestido. Quedó como nuevo, incluso más bonito que antes porque ahora tenía un pequeño corazón en la parte izquierda que antes no tenía. Se puso el vestido y fue a ver a Rodolfo para enseñárselo. Desde entonces nunca se separaron.

Entonces al acabar la historia, Cadia siguió haciendo más galletas, pues los niños casi se acabaron todas, mientras Jaime se quejaba porque nunca le habían contado esa historia que le parecía bastante interesante, aunque no se la acababa de creer y Margarita daba vueltas por el salón con su vestido imaginando si algún día a ella también la casaría algo de eso.

Rodolfo consiguió callar a su hijo diciéndole que ya le contaría más historias y le prometió que cada viernes por la noche le contaría una relacionada con su madre o si lo prefería alguna historia de alguno de los partidos que le encantaba contar. Así Jaime le dejó tranquilo y pudo ir a la cocina a ayudar a Cadia.

Entró despacio, de puntillas, sin hacer ruido y le tapó los ojos. Por supuesto, sabía que era él, era el único que llegaba a esa altura, sin embargo le hizo mucha ilusión y fingió no saber quien era. Rodolfo bajó las manos, le rodeó la cintura y le susurró:

-”Nunca me dijiste si te gustó la carta”.

Entonces Cadia se giró y en vez de contestarle le dio un beso tan delicado y tan liguero que parecía estar besando una nube. Sin embargo Rodolfo no contentó le repitió:

-”Aún no me has contestado”.

-”Ha sido la carta más bonita que me han escrito nunca, por ello la llevó siempre encima”-Le dijo con la voz dulce de un ángel mientras sacaba la carta de su cartera-”Y siempre la llevaré”.

Cadia comenzó a llorar otra vez, presa de la emoción que le suscitaba toda aquella historia, pero esta vez, fua Rodolfo quien le secó las lágrimas y le dijo:

-”Tengo que reconocerte que no te di todas las lentejuelas. Me quedé con una. Una blanca impecable que siempre me rocordaría ese primer momento ene l que te vi y que siempre llevaré conmigo”.

Tras estas emotivas palabras, los dos se fundieron en un abrazo, tan profundo y largo que pareció pararse el tiempo y que solo existían los dos.

Sin embargo, este momento an bonito fue interrumpido como no por su Majestad Felipe IV que chillaba desde su habitación:

-”Donde está mi desayuno. Es que en este siglo, no se enseña a tener un poco de respeto por las autoridades y en especial por el Rey. ¡Qué poca vergüenza!¡A dónde vamos a llegar!”

Así que Cadia se vio obligada a llevar las dos bandejas de galletas recién horneadas a la habitación junto con las dos jarras de zumo que Rodolfo había vuelto a exprimir. Deseó con todas sus fuerzas, incluso rezó, aunque ella no era muy creyente, que no le tiraran migas de las galletas dentro de la cama. Era algo que no podía soportar, porque aunque quitara las sábanas y las echara a lavar siempre alguna miga se quedaba sobre el colchón y tenía que aspirarlo para quitarlas para poder dormir. Cuando Jaime había comido algo encimad e esta cama Rodolfo siempre bromeaba diciendo: “Jimy, ten cuidado que ya sabes que tu madre es como la princesa y el guisante que a mínima miga que hay sobre el colchón no puede dormir”.

Sin embargo, sus súplicas no parecieron ser escuchadas, pues los reyes, sinceramente más que reyes comiendo parecían, chones. Comían las galletas de dos en dos porque “no habían probado desayuno igual” y cuando se atragantaban (lo más normal si cada cinco segundos tienes otra galleta en el boca) tomaban un vaso de zumo del cual acababa siempre la mitad encima de las sábanas.

Cadia prefirió no preocuparse y dejar que terminaran de desayunar, para comenzar el día cuanto antes y así buscar una solución para que todo volviera a la normalidad. Tras media hora, por fin se pusieron en camino. Eran las once y media.

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