Fuga en el Museo del Prado. Cap 7. Cristina Gómez

Cuando salieron de la casa, por fin parecían una familia normal. La reina llevaba un traje gris de Cadia que utilizaba para trabajar. No le gustaba mucho, pero no se iba a poner “ni muerta” unos pantalones, así que optó por lo más parecido a un vestido. El rey estaba graciosísimo con la ropa de Rodolfo: llevaba un pantalón corto de los que utilizaba Rodolfo para entrenar,  pero a él le llegaba por los tobillos (no llegaba al metro y medio de altura) y la camisa era una camisa blanca de botones de Cadia porque cualquier camisa de Rodolfo le quedaba de vestido.

Bajaron rápidamente las escaleras para que nadie los viera y se evitaran las preguntas, pero cuando ya estaban abriendo la puerta:

-”Hombre Cadia, Rodolfo, ¿Cómo estáis?, que hace mucho que no hablamos”.

Era Olaia, la vecina de debajo suyo que solo venía algunos meses según el trabajo de su marido porque ellos eran de Soria y solo pasaban allí los meses que el marido, mucho más joven que ella, necesitaba trabajar en Madrid. Era una mujer de unos setenta años y bastante baja, pero muy delgada y muy simpática, aunque algunas veces llegaba a ser pesada sobre todo cuando se dedicaba a hablar de todo lo que tenía que trabajar su marido como si nadie más trabajara.

-”Muy buenos días Olaia. ¿Cómo se encuentra hoy?”

-”La verdad que no muy bien porque con este frío me duelen todos los huesos y encima mi marido como ha tenido que ir a la oficina no quiere llevarme al médico para que me den algún calmante. Oye niña, tú que eres médico,¿ no me podrías recetar algo?

-”Olaia, ya le he dicho muchas veces que yo no puedo hacer eso, solo su médico de cabecera puede hacerlo, además yo soy forense, así que no puedo ayudarle mucho en este tema, pero lo mejor que puede hacer es quedarse en casa y ponerse algo de calor en las extremidades que éso es porque las articulaciones se le enfrían y le empeoran la artrosis. Así que ya sabe, en el sofá con una manta y la estufa al lado en vez de estar dando tantas vueltas por la calle.”

-Ay, hija como te pones. Bueno, bueno le haré caso, pero no se que voy a hacer hasta que llegue mi pobre Juanito a las diez de la noche, porque ya te he dicho lo mucho que trabaja en la oficina, ¿verdad?. ¡Es que le tienen explotado! Ya se lo he dicho yo millones de veces: deja ese trabajo y regenta la granja de mis padres en Soria que te va a dar menos trabajo y más dinero. Pero no, el sigue en ese trabajo tan matador.

-No exagere, mujer que yo le oigo a usted todas las tardes el Sálvame desde las tres hasta las ocho que con lo alto que pone la tele, parece que les tengo yo en el salón.- Dijo Rodolfo riéndose.-Además seguro que Juan llega pronto sabiendo que está usted tan mal.

-A ver si es verdad, hijo. Espero que Juanito te oiga y se le ocurra, porque es más burro…

-Bueno Olaia, siento mucho dejarla aquí, pero nos tenemos que marchar ya y ya sabe lo que le he dicho uan mantita y al sofá.

-Pero, ¿a dónde vais con tanta prisa? y ¿quién son…

No le dejaron terminar, ya estaban casi en mitad de la calle, cuando Olaia se dio cuenta de que se había quedado hablando sola y decidió hacer caso a Cadia y volver a casa para descansar por lo menos hasta la hora de comer, después ya vería lo que hacía hasta que empezara Sálvame que entonces se la olvidaba todo.

Ya por fin, se metieron todos en el coche, pero como vieron la hora que era decidieron ir a la plaza Mayor. Dejaron directamente el coche en el aparcamietno que está justo debajo de la Plaza, entrando por la calle Mayor, pues no estaban dispuestos a desperdiciar otros veinte minutos buscando un sitio en la calle. Además el coche de Rodolfo era un Audi de gama alta que pertenecía al trabajo así que no podía arriesgarse a que se lo rayaran por no pagar cinco euros en un aparcamiento.

Lo dejó usando casi dos plazas, para impedir que nadie le diera un golpe y salieron por las escaleras que daban al centro de la plaza. Esta vez, se conoce que todavía era “muy temprano”  y estaban dormidos o que ya se estaban acostumbrando al siglo XXI ni el rey ni la reina dijeron nada extraño, salieron por las escaleras sin abrir la boca hasta que vieron la estatua central de la plaza:

-¡Ese es mi padre! ¡Esto es un ultraje! ¿qué hace aquí esta estatua? Tendría que estar en nuestra casa de campo y no en esta plazucha.

-Majestad tranquilicese-dijo Rodolfo como siempre con una voz baja y tranquilizadora- esta estatua fue trasladada aquí hace muchos años para que la figura de vuestro padre pudiera ser contemplada por todos los ciudadanos. Además es una de las plazas que más gente visita y es donde se juntan los coleccionistas de sellos todos los domingos. Mirelos allí-dijo señalando una de las esquinas de la plaza-Si quiere podemos ir a ver que sellos tienen. Aunque tengo que avisarle que son sellos de papel y no de cera como los que ustedes podían.

-Sinceramente no tengo…

-Venga, padre, no empiece como siempre, vamos a verlos o ¿quiere estar todo el día aburrido?

-Esta bien, pero quiero que sepas que yo lo único que quiero es volver a mi siglo, aquí la gente es demasiado extraña y viste horrible-dijo Felipe mientras se miraba la camisa y los pantalones “cortos” que llevaba.

Se acercaron y vieron a varios coleccionistas, pero sobre todo hubo dos que les llamaron mucho la atención. Uno de ellos tendría sobre sesenta años, el otro mucho más joven que él, pero los dos apasionados por los sellos estaban discutiendo y regateando por conseguir el mismo sello. Era un sello muy raro de finales del siglo XIX que había llegado por casualidad, como parte de una herencia a manos de un coleccionista inexperto que no podía creer la cantidad de dinero que estaba siendo ofertada por ese sello. La “puja” se prolongo otros veinte minutos, hasta que finalmente se adjudicó el valioso premio el hombre mayor, que después por rumores supieron que trabajaba para un coleccionista suizo, por diez mil euros.

Por supuesto, en cuanto le dieron el cheque, el joven vendedor fue corriendo al banco más cercano a ingresar el talón intentando tropezarse con el menor número de personas posibles, pues nada sabe quien puede ser un carterista y destrozarte la mañana.

Sin embargo, no sabía lo que le esperaba.

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