Fugan en el Museo del Prado. Cap 13. Cristina Gómez.

Eran ya las cinco y media de la tarde. Cadia llegó al laboratorio con la respiración agitada. Había llegado corriendo desde la tercera planta de aparcamiento subterráneo sin coger ni un solo ascensor. No tenia tiempo que perder. Tenía que terminar en menos de una hora el informe para poder llevárselo a Rodolfo a la comisaría.

Entró abriendo de par en par las puertas giratorias del laboratorio, con tanto ímpetu que casi las saca del eje. Cuando llegó a su mesa algo no encajaba: sus notas ya no estaban; alguien se las había quitado. Comenzó a mirar por todos lados por si se hubieran caído al suelo. Nada, no encontró absolutamente nada, solo un envoltorio de un chicle que recogió y tiró a la papelera: “el laboratorio es un santuario que debe estar impoluto”. Siguió buscando en las carpetas de las diferentes estanterías y archivadores por si las hubiera cogido su compañera. Tampoco encontró nada, pero en ese momento se dio cuenta de que la ventana estaba abierta y pensó lo peor: “han salido volando por la ventana”.

Antes de dejar que estos trágicos pensamientos le inundaran la cabeza fue a preguntar primero a Maca, su compañera, y después a Gema, la limpiadora, pero ninguna de las dos había visto aquellos papeles que tanto le habían costado rellenar. Estaba claro: había perdido sus notas y tendría que volver a empezar.

Se encontraba en un gran aprieto: en la comisaría necesitaban hoy mismo la autopsia o mañana a primera hora, pero lo que es peor, hoy a las diez de la noche el cadáver salía del laboratorio en dirección al tanatorio para ser enterrado y esta decisión era inamovible. Así que,  intentó acordarse del mayor número de detalles y esta vez fue grabándolos en una grabadora de audio para después en casa redactar el informe y volvió a examinar el cadáver diciendo todo lo que veía.

En una hora y media tenía todo grabado, pero ya era demasiado tarde: Rodolfo acababa de irse de la comisaria.

Había estado esperando los informes durante toda la tarde cerrado en su despacho absorto en sus pensamientos, para poder continuar con la investigación hasta que a las ocho menos veinte unos fuertes golpes en su puerta le sacaron de sus pensamientos y le sorprendieron: el jefe de Alejandro estaba en la comisaria dispuesto a declarar, aunque se le estaba acabando la paciencia y estaba a punto de abandonar la sala cuando Rodolfo hizo acto de presencia.

-”Le estábamos esperando comisario, ¿dónde se había metido?”-Preguntó uno de los oficiales casi inquisitorial como si estuviera hablando con un cadete.

-”Luego se lo explico, Ramírez, ahora márchese y déjeme hacer mi trabajo”-Contestó Rodolfo de muy mal humor.

-2Buenas tardes, me llamó Rodolfo y soy el responsable de esta comisaria. Me imagino que usted sea Roger Warski y que haya venido a hablar del trabajo de Alejandro, ¿me equivoco?”-dijo en un perfecto inglés, pues Roger no entendía español. Era un suizo de familia muy rica que había heredado esta empresa de su padre, la menos rentable al ser el hijo más pequeño, aunque, no por ello este hombre estaba arruinado.

-”Buenas tardes. No se equivoca usted comisario, eso es exactamente a lo que he venido. ¿Qué ha ocurrido con Alejandro? ¿Está metido en algún lío? Porque si es así no dudaré en despedirlo aunque sería una pena. Es uno de mis mejores trabajadores. Hace todas las horas extras que se le piden, no protesta, nunca se queja, incluso a veces ha estado realizando trabajos para otros departamentos de la empresa”.

-”¿Así que también era vendedor?”

-”Así es, no siempre por supuesto, pero sí que varias veces al mes necesitábamos su ayuda en este departamento, pues tiene una labia increíble, sin igual, francamente es un vendedor nato y tendría mucho más futuro en este sector que buscando tesoros perdidos por el mundo, pero él prefiere estar de un lado para otro conociendo las diferentes culturas y todo ese rollo, no le interesa para nada el dinero, lo que es una pena porque podría ser muy muy rico”.

-”Me temo que eso ya no va a ser posible”.

-”No, ¿por qué?”

-”Porque ha sido brutalmente torturado y asesinado ayer por la tarde. Encontramos su cadáver en una de las salidas de la Plaza Mayor de Madrid”.

-”Eso es imposible… no… no puede haber muerto”-dijo Roger tartamudeando.

-”Siento mucho haberle dado esta mala noticia, pero debo preguntarle: ¿dónde se encontraba ayer entre las once de la mañana y las cinco de la tarde?”

-”¿No creerá que yo le he matado? ¡Era mi mejor empleado! ¡Sería muy estúpido por mi parte!”

-”Solo quiero que me conteste”.

-”Estuve desde las nueve de la mañana hasta las dos de la tarde en una reunión con la junta de accionistas, luego me fui a comer con mi secretaria y por la tarde estuve solo en mi despacho, no me moví de allí. Puede preguntar a mi secretaria o a los de seguridad si quiere comprobar mi cuartada”.

-”Está bien, muchas gracias por colaborar. Ya le llamaremos si necesitamos saber algo más sobre Alejandro”.

-”Ha sido un placer y no dude en llamarme. Estaré encantado de colaborar”.

Así, Roger Warski salió de la sala con la cabeza bien alta, pero todavía pensando en el cruel destino que le había sobrevenido a Alejandro y preguntándose qué iba a hacer ahora sin él. Mientras, Rodolfo seguía dando vueltas a la declaración de Roger. Pero ésta era muy clara, no tenía ninguna frase con doble sentido: Alejandro era un hombre al que no le importaba ayudar al resto de la empresa, aunque no cobrara más y además le encantaba viajar por todo el mundo buscando piezas valiosísimas.

“Un hombre así levantaría muchas envidias” Pensó y siguió con los documentos que tenía encima de la mesa. Se trataba de las fichas de los compradores y surtidores que tenían algún antecedente. En general, pequeños robos o encontronazos con la autoridad, pero nada destacable. Siguió mirando y mirando todas las fichas hasta que dieron las ocho. Entonces, como Cadia todavía no había llegado fue a buscar el informe al hospital. “Si Mahoma no va a la montaña, la montaña va a Mahoma” pensó Rodolfo.

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