Hambre por Rain Cross

El dolor era insoportable. Sentada en un charco de sangre, con el cadáver destrozado de mi marido a un lado, las fuertes contracciones me advertían de que nuestro bebé estaba a punto de nacer. Un trozo de carne asomaba aún por mi boca. La carne del hombre al que tanto amaba.

El ansia había empezado unos días atrás, acompañada de un penetrante pinchazo en el bajo vientre cada vez que sentía su olor; un instinto primario que no me dejaba pensar en nada más que en el placer de la carne humana. Al principio, no le di importancia: empezó a gustarme la carne poco hecha, el gato del vecino… Nuestro perro… Hasta que ya no pude resistirlo más. En cuanto cruzó la puerta me abalancé sobre él, cuchillo en mano, y fui desgarrándole la piel hasta dar con el hueso. Sus gritos no me detuvieron: mi hijo tenía hambre.

Pensé que con eso acabaría todo. Que él estaría saciado. Pero me equivocaba. Ahora mi pequeño salía de mi útero destrozándolo todo a su paso. Notaba como sus dedos arrancaban mis entrañas y las arrastraba hasta mi vagina. Puse mis manos entre las piernas para ayudarle a salir. La sangre caliente y el líquido amniótico se entremezclaban en el suelo; la dualidad entre la vida y la muerte.

Me tendí, deseando que todo terminara, chillando ante lo que acababa de ocurrir. Oí el llanto de mi hijo recién nacido y, exhausta, quise abrazarlo… Pero no pude hacerlo. El pequeño comenzó a deslizarse por mi cuerpo y, enseñando unos pequeños dientes afilados, vino hacia mi cuello en busca de un bocado más. La dentellada mortal.

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