Hirviente guerra fría cap 1 por Javier García

Capítulo 1

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Ella corre… De vez en cuando mira hacia atrás fugazmente, para ver a que distancia se encuentra su perseguidor, que trota tras ella más pesadamente que ella, por toda la parafernalia con la que carga.
Ella no sabe en que momento se torció todo, esa noche tan sólo quería hacer oír su voz como otros muchos que acudieron, quería frenar las injusticias que imperaban en la sociedad, y durante un momento, todo parecía ir bien, hasta que la situación estalló en mil pedazos, y sólo hubo gritos, sangre, terror, y violencia.
Ella vio que sus compañeros se dispersaban, y también vio lo que les hacían a algunos de ellos, que al recordarlo, le hacía brotar las lágrimas de sus ojos, juntándose con el sudor que le empezaba a salir de la frenética huida, en la que ya hacía unos minutos que se encontraba inmersa.
Ella sigue corriendo adentrándose por oscuras calles, sin saber a donde va, tan sólo quiere escapar de la bestia humana que le persigue, le empiezan a arder los pulmones de la carrera, pero sabe que detenerse será su perdición, aun percibe que va tras ella con sádica determinación.
Ella siempre creyó en la justicia, pero ahora sabe que la justicia ha sido secuestrada por una inhumana burocracia, que en un instante, la convirtió en una proscrita a la que había que destruir por todos los medios.
Ella sigue llorando desesperada, sin parar de correr, corre sin pausa, porque sabe que si se para, la bestia uniformada que quiere cazarla, la someterá a todo tipo de violencias, y vejaciones, amparado por el aparato del estado, para arrojarla a un infecto agujero, incomunicada del mundo.
Ella se preguntaba, sin abandonar su desesperada carrera, en que momento el mundo, pasó a convertirse en el patio de recreo de unos pocos seres sin escrúpulos, desalojando a la gente de sus vidas, despojándolos de ellos mismos, y enviándoles a patrullas policiales al servicio del poder para acallarlos brutalmente, si se les ocurría protestar, como ella bien sabía, como estaba experimentando en sus carnes.
Ella, como muchos otros, era el enemigo del poder, pues era culpable de tener conciencia, y por eso no puede dejar de correr esa noche, sabiendo que un día, quizá pronto, serían los otros los que debieran correr por todo el sufrimiento que habían causado. Su nombre es Nuria, y se jura a si misma que algunos van a pagar por lo que están haciendo.

Por primera vez en mucho tiempo, quizá años, Nuria tuvo que recurrir a la siesta, una costumbre que había abandonado junto a la niñez, para recobrar fuerzas.
No era algo que le provocase un gran entusiasmo, pero sentía que lo necesitaba. Hacía días que casi ni dormía, y a pesar de su determinación, le estaba pasando factura. Tenía los nervios erizados todo el tiempo. Tanto, que no pudo evitar gritarle a uno de los nuevos fichajes para su particular iniciativa, a raíz de un inocente comentario que logró encender su ateísmo militante.
Ante eso, optó por apartarse del resto de la gente, hasta que recuperase fuerzas y algo de paciencia. Se tomaría un día para ella sola, encerrada en su pequeña habitación, en una especie de cura de sueño improvisada, para no crispar demasiado el ambiente.
Se arrojó sobre la cama, y se dejó invadir por el sueño, rindiéndose al fin a la sensación, sucumbiendo casi inmediatamente.
No pudo evitar soñar. En su sueño, sin saber el porqué, como a menudo sucede en ese onírico universo, sintiéndose flotar, recorrió el cielo, que estaba casi vacío, y en cuya entrada, vio como se cobraba una sustanciosa cuantía por poder entrar a tan selecto club, un club sólo para gente vip, los mismos privilegiados de la tierra. Explorando el lugar, observó al mismísimo dios, un viejo barbudo, que se sentaba en un sofá, y contemplaba en una multipantalla cómo la humanidad, sus juguetes, se afanaba torpemente en destruirse a sí misma, a golpes de misil, invasiones militares, jugarretas corporativas, y otras atrocidades. Dios, se carcajeaba de todo aquel espectáculo, mientras degustaba un cocktail celestial tras otro.
Justo cuando Nuria iba a acercarse al barbudo personaje, sintió como caía, llegando al infierno, y viendo a una gran multitud apiñada, casi sin espacio vital para poder moverse. Un poco más allá, en un raído sillón, el diablo, parecía compartir parte de la desesperación imperante, proveniente de la gente que allí se amontonaba. Gente que vivía en callejones sin salida, sin opciones, y era arrojada al pozo, por errores que todos cometían. Su mayor pecado era el de pertenecer a las clases obreras, con pocos o ningún recurso, excluidos, despreciados, y catapultados a una desgarrada existencia.
Nuria despertó, se sentó en la cama y consultó el reloj. Habían pasado unas seis horas. Pensó en su sueño, había sido muy revelador, e incluso en cierto modo, inspirador. Le surgió una idea. Iba a llevar a las puertas del infierno a aquellos que querían comprar su parcela de cielo. Devolver el daño causado por los bravucones a los que les sobraba tanto el dinero, como la arrogancia. Había que hacerles paladear el amargo sabor de la angustia. Muy pronto.

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