Hojas de otoño por Ana Centellas

HOJAS DE OTOÑO

Corría un mes de octubre en el que el otoño había hecho acto de presencia en su máxima expresión. Cada mañana, después de la noche, las aceras de la ciudad aparecían cuajadas de hojas secas que los árboles, acunados por la suave brisa nocturna, habían ido dejando caer de manera lenta pero firme. Casi podría decirse que aquel otoño los árboles de la ciudad donde vivía Nerea habían arrojado más hojas secas que las que ellos mismos tenían, o al menos esa era la impresión que causaban. De nada servía que los servicios de limpieza se afanasen por recoger y mantener las aceras despejadas porque, noche tras noche, un nuevo manto dorado cubría la ciudad.

Una de aquellas tardes, Nerea, melancólica, soñadora, pensante, se asomaba a través de los cristales de su habitación para ver el lento caer de las hojas cobrizas. Faltaba menos de una hora para que la noche hiciese acto de presencia y el espectáculo ya era hipnótico. Con lágrimas en los ojos, recordaba ojerosa la ruptura con Marcos hacía solo tres días.

Con la mirada perdida tras los cristales de su cuarto, mientras miraba sin ver el vaivén de las hojas desde las ramas más altas hasta llegar a depositarse con delicadeza sobre la acera, sus pensamientos estaban sumergidos en un bucle que parecía no tener un fin definido. Sumida en aquella especie de meditación, analizaba los pormenores de su hasta ahora caótica vida sentimental e intentaba encontrar una explicación.

Nerea sobrepasaba con creces la treintena y, hasta el día de hoy, seguía sin tener una pareja estable. Día tras día veía como su sueño de ser madre joven se iba esfumando sin que hubiera nada que ella pudiese hacer. Había llegado incluso a plantearse ser madre soltera, pero ella no quería eso, quería formar su propia familia, tan estable y duradera como la que habían formado sus propios padres. Sin embargo, cada pareja con la que compartía su vida venía acompañada a posteriori de una desilusión, un abandono, una ruptura, un principio de depresión y vuelta a empezar en un círculo vicioso que parecía que ya se había convertido en una constante en su vida.

Pensó en Marcos, su última pareja, y en cuánto le gustaría formar una familia con él. Pero una vez más su carácter, su maldito carácter, había tenido que salir a relucir provocando una descomunal discusión que había terminado con la huida desesperada de Marcos. ¿Por qué tenía aquel pronto tan exasperante? ¿Nadie iba a ser capaz de aguantar nunca su carácter?

Sumida en sus pensamientos, la noche hacía rato que había invadido la ciudad. Vio una última hoja caer en deliciosa armonía hacia el suelo y se fue a dormir sin cenar tan siquiera, deseosa de que aquel angustioso día terminase lo más rápido posible.

A la mañana siguiente, Nerea se levantó temprano, como cada día, para dirigirse a su trabajo. Al asomarse por la ventana, vio el suelo de nuevo cubierto por completo de hojas secas, como venía siendo habitual en las últimas semanas. No se percató de una figura que, apoyada en el tronco de un árbol, fumaba con tranquilidad justo frente al portal de su casa.

Al salir a la calle, la hojarasca se acumulaba contra su portal de una manera mucho más abundante de lo acostumbrado. Extasiada, contempló cómo todas aquellas hojas llevaban escritas frases, como si se tratase de mensajes embotellados en un formato otoñal. Tomó una, luego otra y otra. Todos eran mensajes de Marcos, mensajes de amor, de cariño, de reconciliación. Miró a ambos lados de la calle y por poco se le detiene el corazón cuando, al mirar al frente, vio a Marcos con una sonrisa cómplice esperándola con los brazos abiertos.

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