Inmoral introducción part 1 por Elena Siles

Introducción

Año 25 DCL. Rey Horlk I del Reino de Rausvai. Ley contra la inmoralidad sexual: “Queda prohibido bajo sentencia de muerte poseer y/o realizar en público o en privado relaciones amorosas del mismo sexo independientemente de su condicional social, edad, sexo, raza y/o patrimonio”

Art 1. Cualquier persona/s que proteja/n o defienda/n dichas relaciones amorosas en el Reino Rausvai ya sea en público o en privado será/n desterrada/s del reino inmediatamente
Art 2. El matrimonio o la unión civil entre dos personas del mismo sexo no se formalizará en ninguna parte del reino de Rausvai.

[Actualidad. Año 425 DCL.]

El rey Horlk II del Reino de Rausvai descubre a su esposa Gyda – la reina- manteniendo relaciones con otra mujer -Tara, su doncella- en la habitación de una taberna. El rey había mandado seguir a su esposa hacía un par de meses porque tenía sospechas de que le era infiel; y así era. Sin embargo a tratarse de una relación inmoral- declarada ilegal por el Rey Horlk I en el año 25 DCL- el castigo que recibiría la reina sería: la muerte. La ley era muy clara: “Queda prohibido bajo sentencia de muerte poseer y/o realizar en público o en privado relaciones amorosas del mismo sexo independientemente de su condicional social, edad, sexo, raza y/o patrimonio”. Y aunque se trataba de la reina la ley dejaba muy claro o que debía de hacerse en este tipo de casos y el rey Horlk II no estaba dispuesto a cambiar las leyes de su reino para salvar a su esposa. Era una de las pocas leyes en la cual todos eran tratados ante la justicia como iguales así que el rey Horlk II repudió a su esposa y la llevó hasta la asamblea de justicia dónde fue juzgada y sentenciada- junto a su amante- a la pena de muerte.
El día de la sentencia de pena de muerte para la reina hubo mucha expectación por parte de los ciudadanos del reino de Rausvai, nunca había sido juzgado antes ninguno de los reyes ni reinas de Rausvai y ahora que había sucedido se sentían eufóricos pues sabían que se haría justicia por todas aquellas veces que los ricos y poderosos han salido impunes de castigo, y aquello les devolvía cierta paz a su existencia. El pueblo sabía que había ciertas leyes que eran sagradas para el reino de Rausvai: el asesinato monárquico, la ley del obligado culto religioso a Agni (dios creador)- y la ley contra la inmoralidad sexual; y en las cuales todos eran juzgados por igual y sentenciados a la misma pena si la incumplían: la muerte.

Aelle se había vestido de negro, largo y de estilo medieval para el funeral de su madre. El pelo rubio, largo y ondulado; lo ojos azules y la piel blanca de Aelle era las características clásicas de la alta sociedad de Rausvai; pero Aelle era además muy atractiva. Tenía un buen físico, y unos rasgos muy delicados, lo que la convertían en una de las mujeres solteras con más pretendientes de todo el reino de Rausvai.
El rey había dejado que se celebrara un pequeño velatorio antes de enterrar a la reina para toda la alta sociedad de su reino y de otros reinos. Aelle no entendía cómo había podido hacer aquello su madre. Incumplir la ley sabiendo que aquello supondría su muerte. El rey había sido quién había denunciado a su madre ante la justicia y aquello le había destrozado el corazón.

Jamás ninguno de los presentes se podría haber imaginado que la reina era una persona inmoral. Lo que no sabía Aelle es que aquel día aunque triste se convertiría en uno de los días más felices de su vida puesto que conocería al amor de su vida: la princesa del principado de Cirne- en el continente de Lynedland-. Inmediatamente ambas mujeres nada más cruzar sus miradas supieron que sentían algo muy especial. Aelle no sabía muy bien porqué pero no podía evitar pensar en la princesa de Cirne de una manera totalmente distinta a la cuál pensaba en el resto de las mujeres. Era la forma en la que la habían educado para que pensara en los hombres, pero que ella jamás había podido pensar en ellos como ahora pensaba en la princesa de Cirne. Pero Aelle sabía que aquellos pensamientos eran impuros e inmorales, y que debía eliminarlos de su mente. Delante de Aelle estaba aún la consecuencia de realizar aquello tipo de actos que su mente le impulsaba a hacer. ¿Cómo había podido si quiera pensar en aquella mujer de una forma tan inmoral? No, no podía pensar aquellas cosas y mucho menos llevarlas a cabo. Aelle estaba decidida a hablar con la princesa de Cirne para dejarle claro que nunca jamás volviese a mirarla de aquella manera. No quería tener nada que ver con aquellos pensamientos y actos que había causado aquella joven en Aelle.
Aelle se acercó hasta la joven con suma elegancia mientras esta la observaba intensamente con aquellos ojos azules tan hermosos. La princesa de Cirne la saludó dulcemente mientras jugaba con su pelo negro azabache, largo y ondulado. Aelle no respondió al saludo, simplemente se limitó a andar hasta ella con paso decidido, dispuesta a alejar a aquella joven de aquellos pensamientos tan inmorales, y de paso también de la propia Aelle.

– ¿Cómo te llamas? – le preguntó Aelle a la princesa de Cirne.
– Mi nombre es Lydia.
– Corrígeme si me equivoco pero me estabas mirando, ¿no es cierto?- Lydia asintió algo nerviosa- Te pido amablemente que te marches ahora mismo del funeral de mi madre. Me parece vergonzoso que actúes con ese tipo de actos inmorales precisamente delante de mi madre que ha sido juzgada incumplir la ley que tú misma querías incumplir. Es totalmente inmoral lo que querías hacer. No quiero que se vuelva a repetir ni conmigo ni con nadie más. En vuestro reino podéis hacer lo que os plazca, pero aquí en el reino de Rausvai siempre hemos considerado ese tipo de actos totalmente inmorales así que mientras estéis en mi reino no volváis a repetir dicho acto.
– Tal vez siempre haya sido así, pero eso no significa que tenga que ser así- le respondió Lydia- En mi reino es totalmente legal y está aceptado por toda la sociedad. No es algo inmoral amar a otra persona tan sólo porque dicho amor sea diferente del que estamos acostumbrados. Es cierto sin embargo que es totalmente inadecuado dada la situación y por ello os pido perdón princesa Aelle. Pero no os voy a pedir perdón por sentirme atraída hacia usted. Es como soy. Nadie debería decirnos cómo debemos ser.

Aelle mantuvo la mirada a Lydia hasta que esta se marchó con paso decidido del funeral de su madre. Aelle sin embargo no se sintió bien al echar a Lydia, sino todo lo contrario. Y no sabía porqué. Había hecho exactamente lo que habría hecho cualquiera que hubiese recibido la misma educación que Aelle. La habían educado a pensar y a comportarse para sublevarse a los pensamientos y leyes del reino.
La habían sometido desde pequeña a los hombres, era algo indiscutible e impensable de rebatir; y ahora de pronto una le había hecho ver que todo aquello a lo que la habían educado no era lo normal en otra partes.
¿Entonces para qué se había sublevado tanto tiempo? ¿Sólo por vivir en otra parte del mundo debía de vivir a los pies de aquellas leyes que le impedían ser quien era realmente? De pronto una única persona con una única frase había derrumbado todas las creencias de Aelle.
Se acaba de dar cuenta que podía pensar de forma diferente, que podía actuar de forma diferente… aunque no Rausvai. Allí jamás podría ser lo que ella era y ella era una mujer que se sentía atraída por otras mujeres. No podría vivir allí mientras existiera aquella ley que le impedía vivir como ella querría: libre para amar a quien de verdad quisiera.
Aelle comprendió que había cometido un gran error al echar a Lydia así que corrió detrás de ella buscando que Lydia la perdonara y pudiese amarla como ella en el fondo tanto deseaba.

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