La Despedida

Durante ocho años compartimos una vida juntos, hasta que el cáncer llegó para quedarse. En todo este tiempo habíamos sido unos compañeros inquietos con ganas de vivir y de contar historias. Aquella mañana fue muy extraña, fue la primera vez que el silencio se convirtió en la incomodidad más grande en toda la casa. Me preparé un café mientras ella dormía y tras un largo sorbo de esa taza pensé que debía prepararme para lo peor. Para el mediodía me encontraba en un estado de pasividad que no había experimentado, con el rabillo del ojo alcanzaba a mirarla, me daba miedo sostenerle la mirada y me aterraba pensar en la soledad eterna que me esperaba.

Caminé y caminé de la sala al comedor, de la cocina a la habitación, el suave sonido de mis pies descalzos y las gotas de lluvia que resbalaban por la ventana eran testigos de la agonía y de la desesperada frustración de no poder hacer nada. Pero ella no quería que hiciera nada. Nos habíamos rendido en una lucha que estaba perdida desde hace mucho tiempo.

Cuando la noche llegó ambos estábamos exhaustos, me quedé dormido en el sofá y una corriente de aire frío me penetró hasta calarme los huesos. Abrí los ojos como queriendo no despertar y Nikita estaba a mi lado, como siempre recostada en el piso pero estaba vez con la mirada perdida. Mi mejor amiga había muerto y no pude despedirme de ella… traté de llorar pero fue inútil, cerré sus ojos con la palma de mi mano derecha y acaricié su pelaje color miel por última vez. Había perdido a mi maravillosa perra y confidente que me acompañó en varias etapas de mi vida. Decidí enterrarla en el jardín y plantar un árbol para hacerle honor a su memoria, después de varias semanas sin poder conciliar el sueño me fui a la cama.
Eran las cuatro de la madrugada, ella se había despedido la noche anterior con la promesa de nunca más volver. Su partida me había roto el alma dejándome en completa soledad. Entre sueños pude recordarla y cuando quise caminar a su lado, ella se echó a correr como cuándo jugábamos en el campo.

De pronto un ave apareció surcando el borroso cielo de mi sueño, era un gorrión marrón gris de cola corta que volaba hacia mi ser en dirección contraria de mi perra amada, cuando el gorrión se acercaba, súbitamente sentí que Dios me daba una palmada en la espalda, le prometí un “hasta luego” a Nikita y en ese momento el pico se abrió más y más, la cabeza del gorrión se acercó a mí y el resplandor sonoro del amarillo avanzó suavemente y me envolvió.

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