La historia perfecta por Ana Centellas

LA HISTORIA PERFECTA

Te despediste de mí y juraste que volverías. Desde la ventana, semioculta tras la vaporosa cortina que intentaba proteger la intimidad del que fue nuestro dormitorio, te vi alejarte caminando por nuestra calle. Aún no había amanecido por completo y una densa niebla cubría nuestro barrio en aquella desafortunada mañana del mes de enero. Con una mochila colgada al hombro como único equipaje, tus pasos se fueron arrastrando con lentitud hasta adentrarse en la penumbra que derramaba la fría bruma. Cuando quise darme cuenta te había perdido de vista y nunca supe si fue debido a la niebla o a las lágrimas que empezaban a empañar mis ojos.

Juntos habíamos escrito una historia que quizás no fuese perfecta, pero era la nuestra y, para mí, la mejor que hubiese podido imaginar, porque la habíamos escrito entre los dos. Nada más me importaba que no fuese estar a tu lado. Nunca quise vivir en un cuento de hadas ni evitar todas las preocupaciones que pudiésemos llegar a tener, porque siempre presentí que a tu lado, los dos juntos, podríamos con todo. Me sentía invencible y esa sensación era maravillosa. Invencible, feliz y, sobre todo, enamorada. Siempre pensé que el amor movía montañas y hasta aquella mañana creía en ello con una fe ciega.

Pero para ti no era así. Buscaste para nuestra relación una perfección innecesaria, basada en condicionantes externos que la convirtiesen en, según tú, ideal. Ello pasaba por lograr una estabilidad económica de la que ambos carecíamos y, en busca de ella, partiste hacia el extranjero aquella mañana de niebla y frío del mes enero. Me dejaste sola, únicamente acompañada por buena parte de tu ropa que colgaba lánguida del armario común, y de una promesa de regreso en la que no tuve el valor de creer. Ya ves, nunca he confiado en juramentos, solo en hechos, y jamás me he equivocado al hacerlo.

Te despediste de mí y juraste que volverías. Y lo hiciste. Varias décadas después y con una familia extraña que nada tenía que ver conmigo. Conseguiste escribir una historia perfecta, la que siempre habías soñado, pero te olvidaste un pequeño detalle: incluirme en ella. Ya no es tan perfecta, ¿verdad? Ojalá hubieses comprendido a tiempo que, entre tus páginas y las mías, nuestra historia ya era insuperable.

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