La noche roja de la casa Allende por Asilo Oscuro

Isabel Allende nunca conoció la verdad sobre la casa de los espíritus realmente. Ni sus cuatro generaciones con sus muertos, ni los partidos políticos, ni los sentimientos agónicos que se describen de las violaciones, alcanzan a mostrar la realidad de ese hogar de seres sin cuerpos. Para ella, contar la historia fue parte del negocio, no para atacar a la aristocracia a la que ella pertenecía, no para mostrar al mundo este lugar. Tal vez por eso, Jean de Satigny estaba tan molesto. Él sabía que la aristocracia era un mundo vacío, de espíritus malignos, que muestra lo banal, las apariencias de las que depende la gente, esa belleza acartonada de siluetas hechas y cerebros huecos. Irónicamente, siempre quiso pertenecer a ella, sin importar que lo vieran como un cazafortuna. Pero esa no era su preocupación, de hecho nunca se lo causó. Lo que no le permitía dormir era esa presencia maligna que lo atormentaba cada noche, que se metía en sus pesadillas para sonreírle, que lo convertía en un recuerdo vago en la memoria de las personas que habían leído el libro.

 

La casa tenía ese aire macabro que solo se puede describir cuando el frío se mete en los huesos luego de un roce desconocido o de esa pesadilla que no te deja gritar ni despertar. De hecho, los personajes no eran seres de papel sino almas en pena vagando por una mansión oscura, en la que se refugiaban las tristezas de una época y sus protagonistas.

Sin embargo, una noche, donde la luna roja marcaba el inicio del solsticio, las almas empezaron a desaparecer… En el encuentro de las ocho no habían llegado todos y luego de tres siglos no era normal. Faltaban Pedro, Nicolás, Esteban, Jaime, Severo, sin contar las víctimas de las guerras, dejando solo a Rosa, Clara, Alba y él. La soledad de la casa se sintió por todo el pueblo. El aire estaba enrarecido, pesado, como si no fuera suficiente el rojo lunar para que la gente se preocupara, ahora los espíritus de la casa estaban intranquilos. Se prendieron las luces de la mansión, se oían pasos bajando y subiendo las escaleras, ni una sola sombra pero ninguno sabía dónde se habían podido meter los demás.

 

A las diez regresaron los cuatro al comedor sin encontrar respuesta. Se miraron y sin palabra alguna cenaron, al fin de cuentas, la comida de los espíritus no se enfría como la de los mortales. Nadie quería romper el silencio pues no sabían que decir. De pronto, Jean confesó que sentía algo extraño en la casa desde que había traído unas reliquias del pueblo Vuriloche, encontradas cerca al lago Llanquihue. La mirada de Clara no se hizo esperar.

 

– ¡No has pensado en nosotras! – increpó.

 

Una mezcla de cólera y vergüenza enrojeció el rostro del galán francés. Alba se cubrió el pequeño escote del vestido como un reflejo a lo vivido.

– ¡Lo sabía! – gritó Rosa, – no eran simples sueños los que venían en mi cabeza cuando tejía.

La discusión se acaloraba, entretanto la rojiza luz entraba cada vez más fuerte por la ventana, sin que ninguno se percatara que los minutos avanzaban velozmente, claro, para qué se preocupan los espíritus del tiempo si creen tener toda la eternidad.

 

Pero pasó la medianoche, las demás horas hasta llegar a la maldita, en la que ni siquiera los espíritus se salvan de la espesa oscuridad que cobija a los universos, esa 3:33 de la mañana donde las puertas del infierno abren sus fauces para devorar lo que se atraviese. Para los muertos no es un momento de temor porque son ellos los que la usan para visitar sus seres queridos o cobrar venganza. Sin embargo, esta madrugada fue diferente. La acalorada discusión sobre los restos traídos por Jean había hecho olvidar la preocupación por los demás y el tiempo.

El reloj en la pared marcaba esa hora de muerto, cuando las ventanas y entradas fueron empujadas por un remolino de espíritus revoltosos, gritando, entrando hasta saturar la sala donde se encontraba la familia reunida. El terror asaltó a Jean, Rosa, Clara y Alba. No podían creer lo que estaba pasando y fue el miedo lo que los llevó a correr por toda la mansión.

Rosa huyó a donde estaban las medicinas del amigo boticario que se había alojado desde hace algunas décadas en el segundo piso. Clara quiso ocultarse en el desván donde estaban las hachas de los verdugos de su época y Alba no paraba de escribir escondida debajo de su cama. El surgimiento de los vuriloches había hecho que dejaran atrás sus más profundos miedos, esos recuerdos de sus muertes macabras descritas por Allende y buscaron la forma de que fueran esas y no otras la manera de desaparecer del mundo de los espíritus.

El único que estaba inmóvil era Jean. Cruzaba miradas con el jefe de la tribu salvaje que había tomado la decisión de profanar la casa de los espíritus como habían hecho con sus lugares sagrados. Las pisadas quemaban el suelo, el brillo del puñal ceremonial era la única luz en la sala y De Satigny aguardaba el momento preciso donde desaparecería por completo, más allá de toda eternidad.

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