La Oscura Contraposicion cap 2 por Fran Rubio

Capitulo 2

Las plantas iluminadas, habían creado una bóveda perfecta, que se ensanchaba y crecía en altura por momentos. Allí para su sorpresa en suspensión habían unas pequeñísimas lucecitas doradas que parecían chispas desprendidas del mismo sol. Creaban una suerte de danza mística bailoteando aquí y allá, creando un sin fin de figuritas geométricas que le traía a la memoria aquellas noches en las que de niña miraba el firmamento, imaginando que escondería cada estrella. En todo caso le pareció un espectáculo bello y sobrecogedor, que lejos de atemorizarla, la imbuía en una extraña paz. Las figuritas brillantes producían un suave zumbido que terminaba asemejándose a la suave y melodiosa música de una flauta que por momentos quería hacerla flotar. El suelo, ya no era musgo y hojarasca putrefacta, ahora era suave y desprendía un calor que recomponía todo su cansancio y alejaba todo atisbo de dolor. Pensó que estaba a las puertas del paraíso o que tal vez había muerto y estaba de sopetón ante la entrada de otra existencia.

Las luces sin previo aviso detuvieron su danza agrupándose al fondo de la sala, conformando un rostro de belleza increíble. El tiempo pareció pararse. Ella paradójicamente no sentía ningún temor, era como si aquello lo hubiera esperado desde siempre… y el rostro le habló.

–‘Mi querida niñita, llevo observándote desde que entraste en los dominios de este mi bosque. Rara vez he visto semejante voluntad encerrada en un cuerpecillo tan pequeño y frágil. Muchos han tratado de encontrarme, pero muy pocos han sido merecedores de ello. Yo sólo me muestro a aquellos que en su perseverancia y ante la más atroz desesperación son capaces de mantenerse puros y limpios en su corazón, y tú, tú me has demostrado que tienes el corazón fuerte y limpio. No es de extrañar que se te eligiera a ti para contener a la bestia’—

–‘Pero… ¿pero y cómo sabes tú de mi Bestia? nadie más que Anabel y yo sabemos de ella’–. Apenas acertó a balbucear la frágil muchacha.

–‘Anabel sólo me habló de una fuente de cristalinas aguas, de nada más, no me habló de ti, ni de nada parecido. ¿Cómo sabes tú de la bestia?’–, atinó a preguntar la muchacha.

El rostro dorado adoptó una sonrisa y una apariencia de infinita compasión.
–‘Mi dulce niñita, yo sé mucho de muchas cosas, y no sé nada que no se tenga que saber. En mi bosque nada entra que yo no conozca. Conozco tu esencia divina, de la que tú ni sospechas. Conozco tu profunda amargura, de la que no eres culpable y desde luego conozco a la bestia de la que tú eres prisión. Pero mi niña, nada es lo que parece, ni lo que acontece ocurre sin más. Tal vez ahora no lo entiendas, pero pronto sentirás la certeza de lo que encierras. En cuanto a la dulce Anabel, sus ojos están cerrados por amor, ella no puede ver todo lo que es, ni todo lo que será, y aun así es un camino de luz encerrado en su ceguera’– continuó el brillante rostro.

–‘Pero ¿entonces?…’– Dudó la muchacha, –¿Quién o qué eres tú? ‘–. Acertó a preguntar tímidamente.
–‘Jajajaja’– se rió la cara.
–‘¡Yo soy la fuente!, Pero no temas mi dulce niña, no es a mí a quien tienes que temer. Es a lo que hay tras de mi en todo caso. Piensa si quieres cruzar mis puertas, porque una vez dentro sólo acertará a salir uno de los dos, ¡o tú o la bestia!’–

El rostro nuevamente comenzó a cambiar componiendo en su danza lumínica un magistral pórtico adornado en todos sus extremos por aquellas extrañas figuras geométricas. La sala parecía incluso que se hubiera agrandado sustancialmente y el silencio abarcó todo el lugar.
La joven, que aún estaba sorprendida, se quedó ensimismada contemplando aquel increíble pórtico, tratando de asimilar todo lo que había escuchado. Ahora de golpe no sabía muy bien que debía hacer, si entrar o salir corriendo. Pero la duda desapareció pronto. Cerró los párpados y allí estaba ella y la bestia con su hedor demencial, que la miraba con una inusitada y mal contenida rabia…
Ya no le quedó duda alguna, ¡entraría!. A eso había venido y eso haría. Apretó los puños y más aún los dientes, suspiró y cruzó la puerta.

Imagen de Maria Rubio Varela

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