La Oscura Contraposicion cap 1 por Fran Rubio

Capitulo 1

Ella era una chica de piel blanca y ojos oscuros, de figura tan frágil que la comparaban con una roja amapola, pero en su interior, su alma era raída por los colmillos de aquella negra bestia, que cada noche pugnaba con destapar el horror que encerraba, y su mente aún joven, enloquecía con cada aullido de la bestia. Antes su fe era fuerte y entera, pero ahora , ahora las grietas habían hecho en ella mella, amenazando con desmoronarla en cualquier instante y ya sólo le quedaba aquella única esperanza, la de aquella leyenda caída de los tiempos que debía buscar con premura. La bestia cada noche le mostraba su poder aniquilador, del cual ella sería su instrumento en cuanto rompiera las cadenas que a duras penas seguían aprisionándola. Tres días con sus noches llevaba por aquel deshumanizado bosque vagando en busca del ansiado portal, sabía que encontrarlo sería caer en los brazos de la noche infinita, pero también sería el final de la bestia y la salvación de su alma.

El bosque parecía una repetición constante de sombras y ramas retorcidas , los troncos brotaban entre el mar de musgo, que amenazaba con atrapar sus ligeros pies en cualquier momento para engullirla de alguna forma, la luz del día apenas se distinguía entre las copas de aquellos enmarañados fantasmas de madera. Pero ella debía de seguir buscando, temía más a su bestia que a cualquier bosque infinito. De su tragedia sólo sabía la vieja Anabel, una viejecita de pelo blanco y desdentada por los años vividos, a la cual le había sido arrebatada el don de la vista en el mismo momento de nacer y a la que paradójicamente esa misma carencia le había propiciado poder ver aquello que estaba oculto a la mirada de los demás mortales que miraban con el sólo sentido. Ella y sólo ella había podido ver al monstruo que encerraba su interior y había sido también la que le había hablado de la leyenda que ese bosque escondía. Se decía que en lo más recóndito de él y sólo para aquellos que fueran capaces del amor más limpio, se abriría un portal en forma de aguas cristalinas, que se convertía en espejo del alma que en sus aguas entrase, purificando y dando la paz y el equilibrio que cada uno precisara, pero que si por el contrario, aquel que en el mágico estanque entrara y no encontrase tal dicha, jamás de el regresaría y sería entregado a la dama fría de la noche infinita y condenado a vagar por ese bosque hasta ser capaz del estanque salir.

Anabel le había advertido que si era capaz de encontrarlo, lo cual ya de por si sería una complicada suerte, se lo pensase muy bien antes de en él sumergirse.

Aquel maldito bosque parecía infinito y su estómago empezaba a rugir. Ya hacía horas de su última comida y en su pequeña mochila ya no quedaba ni una de las tortas de maíz que había preparado y el agua… tampoco le andaba quedando apenas y toda la que había visto hasta el momento estaba estancada y putrefacta. Y ese silencio solo roto por sus pasos amenazaba con hacerla perder la cordura. Desde luego la vieja Anabel no se había quedado corta al describir el horror de aquel lugar. Pero justo a cada vez que empezaba a perder los ánimos en su mente aparecían los encendidos ojos de la bestia y el sólo pensamiento de enfrentarse a ella en su sueño, la espoleaba dándole fuerzas para seguir caminando.
Decidió que era necesario buscar con que alimentarse, ella conocía bien toda clase de hongos y musgos y aunque de momento no había divisado ninguno comestible se prometió a si misma estar atenta a cualquier vestigio de ellos. Mientras, seguía deambulando por aquel retorcido y ennegrecido bosque, había decidido sobrevivir como fuera hasta encontrar el mágico estanque y acabar con su bestia. No importaba el precio que tuviera que pagar para ello.

La cosa siguió de la misma manera por varias horas, a cada paso se sentía más desfallecida y empezó a tener la sensación de estar dando vueltas sobre sí misma. No había nada sobre lo que tomar ninguna referencia. Todo era una repetición constante y el cielo, simplemente había desaparecido a su vista. La humedad bochornosa que la rodeaba la hacía sudar copiosamente, a la par que le producía temblores helados. No tardarían en aparecerle escoceduras del constante roce de sus miembros al caminar. Su mente quería quejarse y gritar a cada instante pero ella la acallaba tratando de mantenerse firme.
Se detuvo!
Casi no podía creérselo allí frente a ella, en un pequeño claro entre los aturullados troncos divisó un pequeño grupo de setas, que ansiosamente deseó fueran comestibles. Se acercó despacito, como con miedo y casi emocionada se dio cuenta de que sí, eran comestibles. Unas lagrimillas comenzaron a manar de sus ojos, mientras su garganta dejaba escapar unos ligeros sollozos tanto de alivio como de angustia mal reprimida. No era gran cosa, pero era algo con lo que saciar su ya dolorido estómago. Con cuidado se arrodilló junto a ellos escarbando con delicadeza para desenterrarlos, no tenía con que limpiarlos, así que decidió soplarle lo más fuertemente que pudiera, a fin de quitarles la máxima tierra posible. Sus dientes rechinaban y el sabor era algo amargoso, pero a ella le pareció el mejor de los manjares. Por un momento se olvidó del lugar concentrándose solamente en el hecho de nutrirse comiéndolos despacio y con cuidado. Cuando terminó bebió un sorbito de la escasa agua que aún acaparaba.

Se recostó ligeramente pensando en continuar en cuanto les diera un poco de reposo a sus maltrechas piernas, pero un pesado sopor se apoderó de ella sin siquiera darse cuenta, quedándose dormida.
Como siempre cuando alcanzaba ese punto de sueño profundo, se abrió aquella puerta de pesado hierro oscura, más aún, negrísima y tras ella, los ojos rojos llenos de sangre encendida junto a aquel hedor de odio y terror que desprendía. Siempre la miraba fijamente antes de abalanzarse sobre ella a la vez que gruñía sordamente. Ella desesperadamente se defendía del inmundo animal tratando de separarse de él , le gritaba, le escupía , le arañaba, le golpeaba, pero todo resultaba inútil. Terminaba siendo su presa y se fundía con su piel. Ella desesperada notaba como aquella bestia tomaba el control de su ser y alejaba de si todo lo bueno que había conocido, hasta hacer desaparecer todo vestigio de amor, compasión o piedad. Notaba cómo crecía en su interior una enorme sed de sangre y una fuerza inhumana y ancestral; el odio y el deseo de hacer daño se apropiaban de todo su ser. Un afán de devorar y envenenar todo a su paso se adueñaba de ella, mientras ella se iba diluyendo como una nube bajo el sol de mediodía y desapareciendo sin más. Entonces gritaba llena de angustia y terror, y haciendo acopio de toda su fortaleza lo expulsaba de sí, pero a cada vez su fortaleza era más efímera, y aquellas cadenas de plata y cristal que sujetaban aquel horror se debilitaban y resquebrajaban, así hasta que dentro de una alteración total volvía a despertar, entre sudor y el miedo de sentirse ir.

Las gotas empezaron a salpicar sobre la delicada piel de su mejilla. En su rostro se dibujó una suave e inconsciente sonrisa. Su mente dándole una tregua, la había trasladado dentro del sueño hasta un verde prado bajo un azul celeste de envidiable pureza. Allí ella se divisaba a si misma tumbada entre un frondoso césped lleno de aroma, disfrutando de una calmada paz, mientras con sus manos era capaz de atrapar el mismo cielo, que increíblemente dejaba caer sobre ella gotas de cristalina agua que brillaban como diamantes encendidos de luz alborea. Pronto el agua comenzó a mojarla con insistencia y el azul del cielo desapareció y el verde césped se convirtió en musgo embarrado, despertándose sobresaltada. En un instante regresó a la realidad y con sorpresa, se dio cuenta que se había quedado dormida y ni siquiera sabía el tiempo que había transcurrido.

El tétrico bosque regresó y se dio cuenta que la lluvia era muy real, estaba lloviendo. Recordó de golpe que no tenía agua apenas y se dispuso a llenar los dos recipientes que había traído consigo, antes de que aquel regalo inesperado se acabase; el cielo seguía sin verse pero de alguna forma el agua se las apañaba para colarse entre las apretadas copas de los árboles. No tardó demasiado en escampar, en apenas media hora cesó, y la tierra lo absorbió de tal manera que era como si una sola gota hubiera caído, pero a Dios gracias había conseguido reponer sus reservas de agua.

Aún sentía el amargor de las setas en el paladar. Decidió dar un buen trago de agua, ahora se podía permitir apagar un poco su sed. La lluvia había subido su ánimo. Recogió y ordenó todo en su mochila. Había guardado algunos de los hongos encontrados para más tarde y recomenzó la marcha.
No llevaría ni tres horas, cuando el bosque pareció cobrar luz propia. Podría haber pasado a tan sólo dos metros y ni lo hubiera visto. Ante ella y tras el tronco de  un arrugado roble se abría una senda estrecha que como por arte de magia se iluminaba con una enorme y tenue luz violeta y aterciopelada que parecía desprenderse de unas extrañas plantas de hojas anchas y alargadas que asemejaban luciérnagas vegetales. Sus ojos las observaban maravillados, tal era su belleza;
Su corazón palpitaba con emoción, había encontrando el camino hacia la fuente deseada. Sus piernas temblaban, ya no sabía si por la emoción o por los días transcurridos. Por un momento se acordó de la vieja Anabel, hablándole mentalmente.

–‘Vieja amiga, esto se te olvidó contármelo, ojalá mis ojos fueran los tuyos por un momento y pudieras ver esta maravilla’–

Un escalofrío recorrió su cuerpo y por un momento le pareció sentir junto a ella a la dulce anciana. Respiró profundo cogiendo aire en sus pulmones y comenzó a adentrarse en la misteriosa y estrecha senda, que iba bajando como por una ladera. Poco sospechaba ella que las sorpresas no habían hecho más que empezar.

Imagen de Maria Rubio Varela.ln

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