Lápida 806 por Rubén Falgueras Pradas

Era un día donde el sol jugaba a las escondidas con las nubes. Las hojas secas de los árboles temblaban hasta caer sobre la hierba húmeda que había dejado la lluvia el día anterior.

En el cementerio de Collcerola, casi en las afueras de la ciudad de Barcelona, descansaban los cuerpos incinerados o enterrados de algunas familias que habían pagado su precio por vivir. Algunas eran mas longevas, otras eran demasiado cortas. Entre esas almas que descansaban en paz, había un hombre.Vestido con un traje de color marrón, caminaba con sus zapatos hasta llegar a una pared donde había otras lapidas que conmemoraban algunas familias o a una sola persona en concreto.

La que veía no tenia nombre; solo un número. La lápida 806.

El hombre se arregló sus cabellos canosos con una mano, mientras que con la otra sujetaba un ramo de flores azules llamadas Hepáticas Nobolis. No había ningún jarrón donde guardarlas pero las dejó en el suelo mientras se quedó observando la lapida sin nombre. Dejó que sus recuerdos le invadiesen la memoria sobre la persona que estaba visitando hasta que de pronto oyó el sonido de otros pasos que se dirigían hacia él.

El hombre giró la cabeza para ver a una mujer que conocía muy bien, vestido con un abrigo de piel muy ostentoso y caro, zapatos de tacón de aguja, cabellos recortados y de color azabache, teñidos, y unas profundas arrugas le marcaban la cara. Cargaba entre sus brazos una gran ramo de rosas rojas y las dejó junto a las Hepáticas Nobolis que el hombre había traído.

-Anastasia -dijo el hombre-. Nunca pensé que vendrías aquí.

-Tampoco creí que tuvieras la vergüenza de venir aquí-le respondió ella -Asesino.

-Siempre vengo aquí -le respondió el mencionado Asesino. -Desde ese incidente del cual me siento responsable.

-¿Te sientes responsable?- ironizó las mujer- Deberías ser tu el que estuviera en esta tumba sin nombre.

– Tal vez es lo que me merezca –dijo él- Creeme cuando te digo que no era mi intención matar a tu pequeño…

De repente recordó lo sucedido. El hombre trabajaba de policía y estaban en medico de una redada cuando les empezaron a disparar. Ellos devolvieron los disparos hasta que consiguieron abatir a todos los que osaron usar un arma en su contra. Pero luego se dieron cuenta de que no eran solamente adultos los que dispararon; un niño de apenas 15 años estaba con aquella banda que comercializaba con droga y él le había disparado justo en el corazón. Apenas habría sufrido.

-El no debería de haber estado allí –dijo el Hombre- Tendría que haber estado estudiando o jugando a la consola…

-¡Cállate! -le exclamó mientras sacaba una navaja- ¡Eso no cambia el echo de que lo mataste! ¿Defensa propia? ¡Todos los policías os escudáis en vuestra irresponsabilidad!

El hombre, miró el arma que brillaba bajo los rayos del sol. Después se acercó a ella y no apartó su mirada de sus ojos. La mujer temblaba ante ese movimiento inaudito. Se estaba acercando al arma que ella empuñaba sin temor a que le hiriese o le matase aquí mismo.

-Adelante -dijo el hombre- Si eso le hace sentir mejor, hágalo. ¡Quiteme la pesadilla que me persigue desde hace mas de 10 años! ¡Hágalo, solo es empujar la mano hacia delante!

Anastasia temblaba ante esas palabras, que se le cayó la navaja al suelo. Y enseguida empezó a llorar con fuerza y rabia contenida. El hombre la abrazó y le dio el hombro donde se apoyara y ella sozolló en él.

La muerte del niño de la lápida 806, fue un cúmulo de irresponsabilidades por parte de los dos y de la irresponpasibilidad de una sociedad que se ha convertido en una selva salvaje donde los fuertes viven y los débiles mueren.

No fue culpa del Hombre quien hacia su trabajo, pero fue responsable de una muerte. La madre no fue responsable de su hijo como debería y eso le llevó al fin de su mundo.

No podian culparse los unos a los otros porque…Ninguno lo tenia.

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